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Populismo y América Latina: el caso del fujimorismo

Hay que vivir junto a la masa, sentir sus reacciones y entonces recién se podrá unir lo teórico a lo real, lo ideal a lo empírico.
Juan Domingo Perón

Populismo y América Latina han llegado a fusionarse históricamente. Es difícil entender al continente sin piernas pero que camina sin recurrir a una explicación sobre el fenómeno populista, y viceversa. ¿Qué es, pues, aquello que ha propiciado este matrimonio fenomenológico indisociable? Y más aún, ¿por qué es importante estudiar al continente latinoamericano para entender gran parte de la actual coyuntura política global? A lo largo de este artículo abordaré estos dos interrogantes de manera sintética e inductiva a través del estudio particular del caso del fujimorismo en el Perú.

El esquema analítico que he empleado está basado en tres enfoques complementarios: una aproximación sociológica que analiza los clivajes principales en el discurso, otra de carácter psicológico que ayudará a entender el papel de la religión y el nacionalismo y, por último, una aproximación política para tratar el alcance institucional de las fuerzas suscritas a esta dinámica.

El clivaje fundamental: Nación dominante y Nación dominada

Si bien el populismo latinoamericano de las últimas décadas está vinculado a la corriente socialista —o socialismo del siglo XXI, en términos de Hugo Chávez o Rafael Correa—, esta relación no representa una causalidad estructural. Un caso paradigmático es el de cómo los apoyos que Perón recababa de cara a su tercera presidencia (1973-1974) pivotaban entre ambos extremos —por la derecha con los sindicatos peronistas y por la izquierda con los jóvenes guerrilleros—, o bien un deslinde total de ambos espectros como el de Getúlio Vargas (1937-1945) en Brasil, no dispuesto a consentir espacio ni al comunismo ni al fascismo. De este modo, la estrategia populista puede presentarse tanto como i) la subversión de un estado de cosas existente y ii) la reconstrucción de todo un nuevo orden cuando el antiguo ya ha sido debilitado (Laclau, 2016), sin que exista necesariamente una inscripción positiva en una ideología determinada. Esto sirve como prueba de la necesidad analítica, asumida en los demás artículos de esta serie, de concebir el populismo ante todo como estrategia. El eje izquierda-derecha puede ser, pues, insuficiente a efectos prácticos para comprender la cuestión.

Pese a la heterogeneidad sociocultural de la sociedad latinoamericana, un populismo étnico —que triunfa tanto en otras regiones como Europa del Este— no tiene valor explicativo aquí, salvo con una excepción: el indigenismo de Evo Morales (2006-presente) en Bolivia. Tampoco es éste pues el núcleo necesario; en realidad, el elemento distintivo del populismo latinoamericano es la esencia estatista. La prueba es cómo la diversa gama étnica ha llegado a cohesionarse en un agente vehicular de identidad: la nación encarnada en el Estado y, más precisamente, la diferencia entre Nación Dominante y Nación Dominada, en la última de las cuales se inscriben las clases socioculturales marginadas a lo largo de los cuatro últimos siglos.

Así pues, es casi un requisito indispensable la referencia al Estado-Nación como mecanismo de salvación. En el caso del fujimorismo, por ejemplo, se hace además uso de la retrospección a un relato idealizado: la gestión gubernamental de Alberto Fujimori (1990-2000). Con este fin, aprovechan su presencia en el espacio público mediático para i) legitimar todo lo realizado durante dicho período, ii) justificar la impunidad de Fujimori padre y sus principales aliados y iii) aupar el inminente retorno del fujimorismo al poder a través de la figura de Keiko Fujimori (Acevedo, 2012). En ningún momento rompen con el orden del espacio de representación política, sino que se sirven de su amplio consenso (axioma político, podríamos decir) para sus fines particulares.

En suma, una de las causas del populismo latinoamericano es la latente crisis de representación fruto de la inerradicable heterogeneidad de su gente. Esto podría llevar directamente a un agotamiento absoluto de potenciales clivajes para un vínculo equivalencial (a saber, una extrema fragmentación), pero existe, no obstante, un principio diferencial fundamental que se ha condensado en la identificación común y que hace posible una división dicotómica: Nación Dominada-Nación Dominante. La primera solo puede tener voz a través de un Estado con fuertes prerrogativas institucionales.

El sustrato equivalencial asentado: religión y nacionalismo

Para que se pueda producir una identificación vertical de esta medida es necesario disponer de una serie de aparatos ideológicos que abonen el terreno psicológico adecuado. La religión y el nacionalismo cumplen el rol de imaginarios colectivos que posibilitan la homogeneización de un espacio de representación común. De esta manera, compensan la dinámica antagónica de la heterogeneidad de la que hablamos en el apartado anterior.

Las dos principales instituciones mediante las que ambos fenómenos se materializan son la Iglesia (católica y evangélica, principalmente) y el Ejército. Ambas con una fuerte tradición en las formas de socialización comunitaristas de la región. De este modo, no solamente confieren un imaginario común, sino que también cubren un vacío institucional. El papel de la Iglesia Católica y Evangélica fue crucial durante el periodo de guerra interna en el Perú de la década de los 80 y 90 en la defensa de los derechos humanos de la población civil (Comisión de la Verdad y Reconciliación, 2003), mientras que el cuerpo militar parece ser el agente político que ejerce de común denominador ante cualquier restauración, reforma o revolución. La educación religiosa y el protocolo nacional-militar coadyuvan mutuamente a un proceso de socialización que se coagula en esta fe última hacia el Estado-Nación.

En Psicología de las masas y análisis del yo, Freud realiza un breve análisis sobre la morfología de estas dos masas artificiales: la Iglesia y el Ejército. Concluye que en ambos rige la misma ilusión (presencia de un líder magnánimo) y en ambos existe una doble ligazón libidinal (líder-individuo; prójimo-individuo) (Freud, 2001). La implicación resultante en la esfera política es que, si la distancia entre el yo (individuo) y el yo ideal (líder) es mínima —como en el caso latinoamericano—, el líder participa en el proceso de identificación mutua y, por consiguiente, el rol comunitario no recae únicamente en el líder, sino que este se funde en un ser-uno-con-el-todo junto a las masas.

En suma, esto coloca a la capacidad carismática en el centro de atención ya que de ésta depende la estrecha relación que pueda existir entre el líder y el pueblo. Este vínculo afectivo se abona desde bien temprano porque tanto religión como nacionalismo son dos clivajes fundamentales que forman parte del proceso de socialización y, dado que en ambos existe dicho componente paternalista, torna más fácil la tarea de consolidación de vínculos afectivos (ejemplos paradigmáticos son el talk show popular de Hugo Chávez, o los balconazos, discursos improvisados y esporádicos de Alan García desde los balcones del Palacio de Gobierno). No siempre ambos elementos están situados en el mismo nivel y tampoco son los únicos que influyen en este cultivo ideológico. Comúnmente, es el espectro nacionalista el que prima.

La dinastía Fujimori: construcción de hegemonía expansiva

Gramsci establece dos formas de hegemonía: el transformismo y la hegemonía expansiva (Torfing, 1999). El primero supone un tipo de discurso defensivo llevado a cabo por la fuerza hegemónica dominante en un contexto de crisis. Tiene que ser capaz de crear un consenso pasivo para neutralizar la(s) fuerza(s) antagónica(s) potencialmente hegemónicas en dicho escenario. Por otra parte, el discurso hegemónico expansivo adopta una posición anti-pasiva, esto es, dirige sus energías tanto a una rearticulación del bloque hegemónico dominante como a una construcción de consenso crítico que canalice a las masas en una sola voluntad colectiva. Ambas contienen un carácter de revolución-restauración, si bien el primero predomina en el discurso hegemónico, mientras que el de restauración lo hace en el discurso transformista.

Fuerza Popular (Fujimori) dispone de una materia prima reaccionaria (miedo) y resignada (desafección) para inocular fructíferamente en las masas un discurso hegemónico-expansivo que amenaza con desestabilizar el orden constitucional (y efectivamente así lo está haciendo en esta legislatura (2016-21)) aprovechando la mayoría que ostenta en el Congreso de la República (71/130 curules). Su discurso se articula en base a la mitificación del fujimorismo, la construcción de un símbolo heroico de patria a partir de logros atribuidos a Fujimori padre (estabilización económica, amparo de las zonas abandonadas, derrota del terrorismo). Esto es lo que Marcus-Delgado cataloga como la lógica de la legitimidad (2001).

Una de las razones por las que el fujimorismo no ha perdido apoyo a pesar del paso del tiempo (antes bien, se ha incrementado (Figura 1)), es precisamente porque su debacle no se debió tanto de una deslegitimación popular cuanto sí a una crisis interna del propio régimen desencadenado por actores internacionales. Éste es el gran logro del neopopulismo de Fujimori durante la década de 1990 —aquel identificado por Perón pero que no supo poner en práctica—: la institucionalización del agente histórico construido; el paso que sigue a la cristalización de la identidad popular. Semejante tarea se consigue a través del partido permanente, manteniendo vivas aquellas células-máquinas para hacer votos, institucionalizándolas; en el caso de Fujimori: Cambio 90, Nueva Mayoría 2000 y Vamos Vecino (Stein, 2002).

Así, Fujimori padre aseguró la pervivencia de las condiciones subjetivas necesarias para una futura irrupción de las condiciones objetivas, acaecidas en la actualidad tras el resurgir del fujimorismo en la figura de su hija, Keiko Fujimori. Ella sintetiza las principales dinámicas que se han dado en la tradición populista del Perú a lo largo de su historia: el carisma del amo de Haya de la Torre, el discurso heterogéneo de Sánchez Cerro, la política caritativa de Manuel Odría y el simbolismo dramático de Belaunde Terry (Stein, 2002). Características igualmente extrapolables a sus homólogos de la región.

Dieciséis años después de la insólita renuncia de Alberto Fujimori a su cargo como presidente mediante un mensaje enviado por fax, Fujimori hija se batió en la que ha sido la segunda vuelta más reñida de la democracia peruana (la separaron tan solo 41.057 votos hábiles del ganador, Pedro Pablo Kuczynski). Pero, ¿cuáles son estas condiciones objetivas de las que hablamos? La paulatina radicalización de las demandas democráticas, esto es, de aquellas demandas que independientemente de su grado de satisfacción permanecen aisladas (Laclau, 2016). De esta manera, los reclamos y peticiones que se sitúan dentro de los márgenes institucionales mutan en demandas anti-institucionales que exigen un cambio radical en el sistema democrático. El golpe de gracia de estas situaciones límite normalmente ha sido propiciado por un contexto de crisis económica: en el caso peruano, como aquella de 1930 y la irrupción de lógicas populistas de la mano de Sánchez Cerro y Haya de la Torre; en 1990, la hiperinflación y la inestabilidad económica y la llegada de un outsider al poder, Alberto Fujimori. He aquí la tercera causa que identificamos para responder a la primera cuestión planteada al comienzo de este artículo.

Algunas conclusiones: ¿Por qué hay que estudiar a América Latina?

En concreto, un estudio sobre el populismo fujimorista: la actual deslegitimación de gobiernos latinoamericanos que han debido su éxito a discursos hegemónico-expansivos puede ser explicado básicamente por dos factores: su falta de manejo de la función disgregadora del Estado y su falta de visión de la mutación de las identidades creadas a raíz de los cambios en la esfera económica.

Por una parte, la gestión gubernamental obliga a individualizar cada uno de los elementos que otrora componían la histórica coalición de demandas, desnudándolas a su particularismo «por medio de la cual cada reclamación particular se relaciona de forma vertical con el Estado y no horizontal encadenándose a otras» (Errejón, 2012). Por esta razón el estudio del fujimorismo es crucial para nuestros fines: su supervivencia está anclada a una institucionalización de la identidad creada.

Por otra parte, el anclaje discursivo de una identidad encuentra también una limitación en las condiciones económicas, que pueden producir cambios en las demandas particulares de dicho contingente. Ni siquiera el discurso que ha articulado a estas identidades colectivas podrá contener la potencial mutabilidad de las mismas debido a factores extra-discursivos.

En general, un estudio sobre el populismo latinoamericano: el fenómeno populista no es ajeno a los países del primer mundo más desarrollados, ni a aquellos con una tradición democrática consolidada, como se ha demostrado en los últimos años. Tampoco es el populismo una patología de la democracia, sino más bien uno de sus síntomas. En este sentido, la marginalización de las pasiones en su rol constitutivo de lo político, la sobredimensión de la racionalidad del animal político, ha impedido un análisis profundo de este fenómeno. América Latina, el laboratorio paradigmático de esta lógica de construcción de identidades, es ahora una fuente de estudio vital para entender nuestra coyuntura política global y, sobre todo, saber qué pasos dar en miras de la construcción de una democracia más madura y sólida.


ACEVEDO, Jorge (2012). «La batalla semántica del fujimorismo», Revista Quehacer, 184(10), 54-59.

DAHL, Robert (1999, ed. original 1998). La democracia, una guía para los ciudadanos, Madrid, Taurus, traducción de Fernando Vallespín.

ERREJÓN, Íñigo (2011), La lucha por la hegemonía durante el primer gobierno del MAS en Bolivia (2006- 2009): un análisis discursivo, Universidad Complutense de Madrid, Madrid.

FREUD, Sigmund (2001, ed. original 1955). Sigmund Freud Obras Completas. Volumen XVIII (1920-1922), Buenos Aires, Amorrortu, traducción de José Luis Etcheverry.

LACLAU, Ernesto (2016, ed. original 2005). La razón populista, Madrid, Fondo de Cultura Económica de España.

MARCUS-DELGADO, Jane (2001), «El fin de Alberto Fujimori: Un estudio de Legitimidad Presidencial», en MARCUS-DELGADO, J., & TANAKA, M. (2001), Lecciones del final del fujimorismo, Lima, Instituto de Estudios Peruanos.

República del Perú. Ministerio del Interior (2003). Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Lima: CVR.

STEIN, Steve (2002, ed. original 1999), «The Paths to Populism in Peru», CONIFF, M.L. (ed.) (2002, ed. original 1999), en Populism in Latin America, Tuscaloosa, The University of Alabama Press.

TORFING, Jacob (1999), New Theories of Discourse. Laclau, Mouffe, Žižek, Oxford, Blackwell.

Sergio Corcuera

Sergio Corcuera

(Trujillo, 1997) Estudiante de FPE y Sociología. Ensayista de ideales en perpetuo borrador.

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