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Populismo y nacionalismo: La Impía Alianza

Populismo y nación, nación y populismo. Probablemente dos caras de la misma moneda, un elemento consustancial en la definición de estos movimientos políticos. ¿Cómo va a haber un “pueblo”, un Volk, si no es mediante una nación que lo comprenda? Aurora Nacarino hablaba en este fantástico artículo sobre lo esencial del pegamento nacionalista para la construcción de este discurso. El populismo se sostiene sobre la creación de una comunidad imaginada (Anderson, 2006) y por oposición a un “enemigo” de esa patria.

En esta página hemos ido analizando las relaciones entre los populismos (como categoría analítica, procurando sustraerlos del hombre de paja o el uso peyorativo), la democracia y el socialismo, así como las causas de su ascenso en el panorama actual. Isidoro hablaba de la idea del “pueblo para el pueblo” y una democracia primigenia no encorsetada por los canales institucionales típicos, mientras que Roni repasaba sus virtudes y sus defectos en estas dos piezas que podéis leer aquí. Citándole a él como inicio de este breve intento ensayístico sobre las contradicciones de la alianza populista y nacionalista: “al igual que el nacionalismo, el socialismo es una ideología que basa su cosmovisión y su reclamo político en la construcción historicista de identidades colectivas a las que atribuye la auténtica virtud y el derecho a alzarse”.

Dice Laclau (2005), el teórico de referencia de estos movimientos, quieran o no, que “la gente no es un dato, sino un constructo”. Uno de esos significantes vacíos que han estado presentes en el argumentario de Podemos, por referirnos al caso patrio, desde el principio de su andadura política. “La gente” es el pueblo que se enfrenta al establishment, a la casta, a los que pretenden recortar derechos y libertades o constreñir las demandas democráticas de aquellos a los que el movimiento populista dice representar. La patria, por tanto, deja de imaginarse como una comunidad basada en lazos históricos, culturales y lingüísticos para tornarse el colectivo de “gente decente” peleando por sus derechos frente a aquellos que intentan menoscabarlos.

¿Es esto aplicable en todo momento y lugar? Ni mucho menos. La hegemonía, el combate por los significados, es plástico y llena de diferente contenido cada uno de ellos según la situación y el país. Laclau advertía de que el populismo podía echarse hacia la izquierda o hacia la derecha, acercándose al fascismo en su dialéctica amigo-enemigo (Schmittiana), y tal ha sido el caso de la mayoría de movimientos encargados de representar a “la gente” frente a las élites en el centro y norte de Europa: el UKIP (cuyo triunfo no fue solo el Brexit, sino su decisiva influencia en conservadores y laboristas), el Frente Nacional, AFD, el PVV de Geert Wilders o las formaciones racistas en los países nórdicos. Un populismo de derechas que tiene una visión diferente de “la gente”.

En estos países el populismo ha adoptado la retórica de la antigua izquierda (Wodak et al., 2013) pero sin un componente clave: la universalidad de su discurso. Tal y como hemos comentado anteriormente, han agrupado al pueblo bajo una bandera: la de una identidad nacional. Esta patria consiste también en la defensa de los derechos sociales, pero a través del debilitado actor que es el estado-nación en la época de la Unión Europea, la globalización y la sensación de “falta de alternativas” concedidas por estos constreñimientos. El culpable en este caso es el inmigrante que debilita la argamasa social, introduce elementos venenosos para la cultura “occidental” y se aprovecha del Estado del Bienestar para destruir la democracia. Las élites liberales no son menos culpables, puesto que promueven una concepción del mundo multicultural y falaz que permite a estas personas continuar con ese vaciado de poder de la única institución capaz de dar garantías en tiempos de turbulencia.

Esto no es un fenómeno nuevo, o por lo menos no anticipado. Hace quince años, Pym Fortuyn era asesinado en los Países Bajos y su partido obtenía unos resultados espectaculares en las subsiguientes elecciones, mientras que Haider y su FPÖ habían entrado en un gobierno de coalición en Austria a pesar de las amenazas de sanción de la Unión Europea. Tony Judt reseña unas conversaciones con Juan Pablo II en su estupendo “Sobre el olvidado Siglo XX” (Judt, 2008) donde el antiguo Papa advertía de que “la pérdida de las comunidades de destino puede llevar al regreso a las comunidades de origen”.

No deja de tener sentido que en el proceso, vago y a trompicones, de creación de estructuras europeas, de final del consenso permisivo de la original unión económica y el intento de construir un demos que abarque un continente aun profundamente dividido, haya quien se sienta perdido. Se habla constantemente de los perdedores de la globalización, pero muchas veces se margina la idea de un discurso tecnocrático y teleológico hacia una “Unión cada vez mayor” sin tener en cuenta las reticencias y serpientes que se van guardando bajo la alfombra. El proyecto europeo sabe que se encuentra ante un problema cuando hasta el Financial Times acaba recomendando consejos de “populismo” para que los defensores de la democracia liberal se opongan al profundo “iliberalismo” del We the People basado en términos étnicos.

A la vista de todo lo expuesto, cabría afirmar que los movimientos populistas habrán de ser, por fuerza, defensores del centripetismo político y cierto jacobinismo. Cuanto más esté en “nuestras manos”, más posibilidad hay de evitar que sea tomado por plagas de élites regionales, y más posibilidades de desarrollar proyectos transformadores. En el mismo sentido, la querencia por instrumentos de participación y democracia directa habrían de llamar al conjunto de los englobados bajo la “patria”, ciudadana o étnica, en defensa de sus derechos. ¿Por qué un partido como Podemos se alinea entonces con el derecho de autodeterminación de las Comunidades Autónomas Españolas?, ¿por qué acepta más de un pueblo en España?

Este debate retrotrae al conflicto entre Lenin y Rosa Luxemburgo respecto del qué hacer con los movimientos nacionalistas en un Imperio Ruso que se desmoronaba. La segunda creía que esas autodeterminaciones no eran más que el juego de “pequeños burgueses” que no contribuiría a avanzar la causa de la revolución socialista, mientras que el primero veía el apoyo a estas burguesías aliadas con el pueblo como una “táctica” para debilitar tanto a la élite central como a esos mismos actores. Alineándose con las demandas populares, habían acabado creando una ventana de oportunidad para la transformación social. La respuesta de los seguidores de Luxemburgo es que esas independencias acabaron en un cerco a la Revolución Rusa y, en varios casos, un nacionalismo que desembocó en el fascismo ante la falta de una alternativa por la izquierda.

Podemos es un partido que ha afirmado su inspiración leninista, y, en este sentido, cuesta no ver la lógica de su acción: el apoyo a un referéndum en Cataluña, lugar donde tienen un granero de votos importante, puede servir de palanca de debilitamiento del consenso del 78 y del grupo de partidos al que han denominado “la Triple Alianza”. Si el candado de la unidad de España estalla, entonces el resto del “régimen” puede implosionar para traer los cambios pedidos. Aquí existiría una coincidencia de demandas entre la izquierda populista española y la catalana, con la connivencia de la burguesía “que se rebela contra la opresión”, en palabras de Lenin, en la Comunidad Autónoma. La contrapartida es que el estancamiento de la situación acabe llevando a uno de los bandos en liza, o a ambos, hacia el autoritarismo y un nacionalismo aún más excluyente.

Por otro lado, ha de entenderse la especial lógica española: Podemos es un populismo de izquierdas y España nunca consiguió construir un estado sólido que suministrara una identidad nacional claramente definida (Luebbert o Álvarez Junco, entre otros). No hubo transición “de campesinos a españoles” (Weber, 1976), y la existencia de una pluralidad de lenguas y polities constituyentes del país llevaron a una diversidad post-unificación mayor que en muchos otros países europeos. Podemos aspira a representar a un pueblo diverso trascendiendo lo étnico y confiando en una concepción de “gente” más diversa, unida en torno a la defensa de una “patria social”. Además, los referéndums no dejan de ser expresiones de voluntad popular frente a la cortapisa de las instituciones representativas de la democracia liberal.

Esta concepción de lo nacional, en el caso de Podemos, puede acabar cortocircuitando ante las contradicciones. ¿Por qué apoyar un movimiento ampliamente respaldado por los sectores más favorecidos de una comunidad rica y con un fuerte componente identitario?, ¿no queda dañada la concepción de “gente” y de “patria social” si se entiende que las discusiones identitarias pueden tener primacía sobre la defensa de esos derechos sociales y el preservar el mismo establishment al que se condenaba hace años?, ¿no hace una hipotética salida de Cataluña más vulnerable a la izquierda?, ¿se ha analizado la deriva discursiva del nacionalismo catalán desde 2011? El populismo, al fin y al cabo, ha de moverse navegando siempre entre contradicciones y luchando por dotar a los términos del debate político del sentido que quieran darle.

Es el populismo, pues, indisociable del término nación, del que extrae buena parte de su fuerza y a la que define por oposición a sus enemigos. El contenido de la comunidad imaginada varía dependiendo del país y de la posición en la escala ideológica, pero siempre incluye la defensa de unos derechos perdidos o en peligro. Si los partidarios de las democracias liberales quieren evitar la profecía de Juan Pablo II y dar la batalla de las ideas, deben aprender a apelar a esa misma comunidad, pero entendida como una comunidad cívica, de derechos y deberes (ciudadanía republicana, si quieren llamarla así) bajo unas reglas democráticas comunes y de posibles identidades plurales que mira a un proyecto compartido, sin querer dejar a nadie atrás. El relato de la razón puede ganarse, pero es el de la emoción el que ha de disputarse.


Álvarez, J. (2001). Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid: Grupo Santillana Ediciones.

Anderson, B. (2006). Imagined communities: Reflections on the origin and spread of nationalism. Verso Books.

Judt, T. (2008). Reappraisals: Reflections on the forgotten twentieth century. Random House.

Laclau, E. (2005). Populism: What's in a Name?. Populism and the Mirror of Democracy, 48.

Luebbert, G. M.(1997). Liberalismo, fascismo o socialdemocracia: clases sociales y orígenes de los regímenes de la Europa de entreguerras. Prensas Universitarias de Zaragoza.

Weber, E. (1976). Peasants into Frenchmen: The modernization of rural France, 1870-1914. Stanford University Press.

Wodak, R., Mral, B., & KhosraviNik, M. (Eds.). (2013). Right-wing populism in Europe: politics and discourse. A&C Black.

Tirso Virgós Varela

Tirso Virgós Varela

(Ferrol, 1993) Derecho y Políticas por la UC3M, European Politics en Oxford. Liberalismo, federalismo e historia de las ideas. Hablo europeo en la intimidad.

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