TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

El interés por el comportamiento electoral de los diferentes grupos sociales, donde la clase social toma un papel esencial debido a su rol histórico, no ha dejado de crecer bien sea para tomar partido por la importancia de dichos grupos en la explicación del voto o bien para dar por finalizada la «Era de las Clases» (Bauman, 2009:11-19). Sin embargo, si ya son escasos los estudios sobre la clase alta en general, salvando honrosas excepciones como la enciclopédica obra de Wright Mills (2013) o el periodismo social contemporáneo (Owen Jones, 2013; 2015), a fortiori en el campo del voto de clase, el comportamiento electoral de las clases altas sigue sin discutirse. Evidentemente, su menor peso demográfico, sus actividades políticas más privadas que públicas y la fijación de los investigadores en la clase obrera son algunos factores explicativos.

No obstante, las clases altas tienen un mayor poder político per cápita que las clases más bajas, debido a numerosas explicaciones: desde su mayor educación —que otorga más herramientas e información políticas— a sus contactos (Bourdieu, 1987; Mills, 2013) o sus redes (Putnam, 2002, 2007), pasando por sus mayores recursos tanto tiempo como en riqueza y renta (Verba et al., 1995). La composición de clase de los parlamentos, así como de los principales partidos en Occidente, recalca la sobrerrepresentación de una clase media-alta en la barriga de la ballena. El interés del siguiente trabajo radica por lo tanto en cubrir esta falta de conocimientos sobre el voto de la élite, reconociendo por otro lado la importancia de los estudios del voto de clase obrera.

1. ¿Qué dice la bibliografía?

La discusión bibliográfica sobre el voto de clase ha girado históricamente en torno a la clase obrera. Existen dos modelos explicativos generales de los determinantes del voto: el que pone el foco en los factores estructurales y el que lo pone en los factores contextuales.

El primer modelo, el identitario-estructural, no será puesto a prueba en este trabajo. Resumidamente, se basa en la identificación partidista del voto y la fuerza de las lealtades grupales primarias (clase, etnia y religión) (Lazarsfeld et al., 1954; Campbell et al.,1960; MacAllister, 2001). De acuerdo con este modelo, se puede plantear la posibilidad de una diferenciación en el mecanismo de voto dependiendo de la clase social.

Por lo que respecta a los modelos de explicación contextual del voto, encontramos en la literatura existente la clásica obra de Downs, An economic theory of democracy (1957), que supuso una ruptura radical con los modelos anteriores ya que la naturaleza del votante cambió completamente. De un votante identitario, políticamente socializado y consciente del colectivo al que pertenece, Downs pasa a considerar un votante racional, egocéntrico e individualista que antepone sus intereses económico-materiales a toda posible identificación partidista o colectiva. Fiorina (1981; 2003) da un paso más allá dentro de la lógica del voto económico y plantea la teoría del voto retrospectivo: no votamos para elegir a posteriori sino para evaluar retrospectivamente al gobierno anterior y reelegirlo o castigarlo, de acuerdo a cómo ha influido su gobierno en nuestros intereses. Fiorina considera que la identificación partidista tiene un mecanismo dinámico de cambio, que depende de los issues políticos y económicos contextuales.

No obstante, y aquí radica el interés del teorema, tal y como plantea Polavieja (2001:176) el voto económico requiere de electores más bien sofisticados. Pese a que la educación se ha generalizado y ha aumentado en los últimos años, consideramos que 1) la sofisticación debe ser entendida como un elemento relativo y no absoluto, esto es, se es sofisticado con respecto a otras clases; y 2) el aumento espectacular de la educación no viene acompañado de un mismo aumento en habilidades, herramientas e información políticas (de hecho se discute más el problema de la falta de participación política que su exceso). Esto conduce a que teóricamente sean las clases altas las que tienen una mayor sofisticación, debido a que se informan más y tienen más conocimientos políticos y educación, por lo que su voto será más racional y menos atado a lealtades e identidades de clase. Este modelo plantea que las clases altas votarán de manera menos rígida, tesis que nos será útil para el problema que presentamos.

Sin embargo, otros autores, como Przeworski en Paper Stones (1986), argumentan en el sentido contrario de lo expuesto: los partidos socialdemócratas desactivan el voto de clase obrera para buscar el voto de las clases medias, desactivando por lo tanto el voto de clase. Esta visión pondría en duda la explicación racionalista relacionada con la sofisticación. Además, puede que el paradigma de la elección racional sea más un reflejo del paradigma dominante en la ciencia política y una imposición académica en la realidad que un hecho empírico recogido, de acuerdo con Sullivan y Marcus (1978) [1]. Sumándose a estas críticas, Polavieja (2001; 2002) relativiza:

1) Una parte importante del voto de clase responde a mecanismos de transmisión de ideologías políticas asociados a los procesos de movilidad de clase
2) otra parte puede ser explicada mediante posición de clase y cálculos económicos, pero el voto económico tiene necesariamente una dimensión subjetiva o ideológica
3) la identificación partidista es distinguible de los mapas ideológicos
4) la asociación estadística de voto y clase tienen variaciones temporales inexplicables
5) queda una parte no explicada, posiblemente espuria.

En cuanto a rigidez/lealtad del voto en España, el estudio más reciente sobre volatilidad electoral e identificación partidista es del colectivo Piedras de Papel (2015), que estudia al tipo de votante que nos interesa (el volátil y el que se cambia de chaqueta). Su trabajo apunta a que son un grupo más heterogéneo y tienen un voto más racional que los votantes fieles. Este grupo está caracterizado por ser más joven, más a la izquierda, con más estudios y con más información política que los fieles, cuestiones que encauzan y asientan las bases de nuestra hipótesis.

2. Hipótesis y datos

Vemos por lo tanto que la literatura revisada deja una única teoría en claro para nuestra tesis, la del votante racional, pese a que tenga muchas críticas. Ésta se basa en una mayor complejidad del votante pudiente, bien informado y leído. Nuestra investigación, pese a todo, seguirá tratando de ver hasta qué punto el voto racional/sofisticado afecta en la población española en el actual contexto político según clase social. Estableceremos la hipótesis que afirma el voto racional para posteriormente comprobar si se cumple o no:

HIPÓTESIS:Las clases altas en España muestran mayor volatilidad electoral que las clases bajas.

La clase social es categorizada siguiendo la distinción ocupacional que hace Goldthorpe (2004) para definir qué segmentos de la sociedad pertenecen a la “clase alta” y cual a la “baja” [2]. Hemos modificado el esquema [3] para adecuarlo a las categorías de clase del CIS [4]. A modo de comparación, se incluyen también las clases medias (nuevas y viejas) de acuerdo con la categorización de Goldthorpe (2004). Debido a la brevedad del texto, nos vemos obligados a hacer una única foto fija de la volatilidad del voto de clase. Se propone como caso de estudio la volatilidad de voto de las elecciones generales de 2015, a causa a la importancia de este fenómeno por la aparición de nuevos partidos. Puede obtenerse la volatilidad de voto restando la «Intención de voto en las elecciones generales de 2015» (Estimación de Voto) al «Recuerdo de Voto».

En un primer momento haremos un análisis con datos agregados que nos ayudará a hacernos una idea general de la volatilidad del voto por clases, para luego pasar a determinar la significatividad de la volatilidad que encontremos mediante una regresión logística. Incluiremos además las siguientes variables de control: edad, sexo y escala ideológica.

3. Resultados

En la Tabla 1 y el Gráfico 1 podemos comprobar que la volatilidad del voto es muy diferente entre las diferentes clases: la clase más volátil es con diferencia la clase alta/media-alta, con una suma de los porcentajes de volatilidad de todos los partidos de -322,8 mientras que la suma para los obreros cualificados es de -248,2 (casi un tercio menos) y para los obreros no cualificados es de -194,1 (entre un tercio y la mitad menos). A simple vista y a nivel agregado parece que las clases altas son más volátiles que las clases trabajadoras, pero no sólo existe una mayor volatilidad en los cualificados con respecto a los no cualificados (diferencia de más de 50 puntos) sino que la clase menos volátil es la de viejas clases medias. Los valores negativos y el hecho de que sean tan altos reflejan tanto la desidentificación del electorado con los partidos tradicionales como la aparición de nuevos partidos. Esto produce unos resultados negativos abultados, al ser una diferencia entre recuerdo (cercano a 0) e intención (muy alta en el caso de Ciudadanos y Podemos).

En la segunda Tabla vemos resumidos los resultados de la regresión logística [5]. Constatamos que la volatilidad electoral de las clases que nos interesan (obreros cualificados y no cualificados) sí que son significativas con respecto a la clase alta, por lo que un individuo que pertenece a la clase obrera no cualificada tiene una probabilidad de cambiar el voto 0,531 veces menor que si pertenece a la clase alta. Esta probabilidad es menor y menos significativa para los obreros cualificados. Por otro lado, comprobamos que si bien el sexo no tiene un efecto significativo, sí lo tienen la edad (menos probabilidad de ser volátil conforme avanzamos en edad) y la ideología (menos probabilidad de ser volátil conforme avanzamos hacia la derecha).

De acuerdo con los datos mostrados, a nivel agregado, podemos concluir que la clase obrera cualificada y no cualificada son menos volátiles que la clase alta, confirmando de esta manera la hipótesis planteada al principio de este trabajo. De hecho, la clase obrera no cualificada es menos volátil y con mayor significatividad que la clase obrera cualificada comparada con la clase alta, lo que subraya nuestra intuición en cuanto a los extremos de la estructura social y su comportamiento electoral. Parece ser, por lo tanto, que la hipótesis que hemos tomado prestada de la teoría del votante racional es correcta en el caso español entre los comicios generales de 2011 y 2015: los votantes de clase alta, al ser más sofisticados y menos identitarios en su voto que la clase obrera (cualificada o no), registran una mayor volatilidad del voto. Parece ser además que con la aparición de nuevos partidos y la ruptura del sistema de partidos la tendencia de las últimas décadas de progresiva identificación partidista y rigidez del voto se ha invertido, generando una gran volatilidad/infidelidad. Con las elecciones generales de 2019 a la vuelta de la esquina y la aparición de nuevos partidos, será interesante comprobar la evolución de la volatilidad.


  [1] En este punto cabe mencionar la reflexión de Wright Mills en su obra La Imaginación Sociológica sobre el contexto del trabajo científico: el hecho de ser investigador social debe entenderse poniéndose en relación con el contexto académico, ideológico, político y económico que lo rodea. De esta manera, no es casual que el despliegue y proliferación metodológica y teórica del rational choice se produjera en el momento de expansión de la mercantilización global, en la era del neoliberalismo de Reagan y Thatcher.

[2] Sabemos que el nivel de estudios y la clase social están estrechamente relacionados pero a la hora de plantear la hipótesis, como a la hora del análisis de regresión logística nos vamos a centrar solo en la clase. Se trata de una falacia el identificar sofisticación con clase más alta pasando por alto el nivel educativo. Sin embargo, sí que es cierto que el votante racional sofisticado tiene una mayor educación, tanto general como política, que se da más en las clases más altas.  Por otro lado, es en extremo reduccionista el considerar clase social sólo la renta o el propio esquema (más completo) de Goldthorpe basado en la posición ocupacional en el mercado laboral. En este sentido, conviene recordar que existen otros modelos muy interesantes como el de Erik O. Wright (1994), con un claro componente marxista.  La brevedad del ensayo nos impide hacer una necesaria e imprescindible reflexión en torno a la medición de la clase social, por lo que daremos por válido, de manera artificialmente acrítica, el esquema de Goldthorpe.

[3] - Clase alta: Profesionales superiores; directivos de grandes establecimientos y grandes empleadores. También profesionales de nivel medio e inferior; técnicos superiores; directivos de pequeños establecimientos; supervisores de empleados no manuales. Ambas categorías irán unidas en el análisis.

- Clase baja serán las clases obreras: Trabajadores manuales cualificados, trabajadores semicualificados y sin cualificar no agrarios y trabajadores agrarios. Se diferenciará entre obreros cualificados y no cualificados.

[4] Datos del barómetro de Julio de 2015 del CIS, Estudio nº 3104.

[5] En la primera columna se enumeran las variables de control (edad, ideología y sexo) y las categorías de la variable independiente “Estatus Socioeconómico”: las cuatro categorías socioeconómicas deben leerse por lo tanto como “significatividad de X clase con respecto a la primera categoría”, en este caso la clase alta. En la segunda columna encontramos los coeficientes asociados a cada variable así como su dirección y en la tercera su significatividad (un asterisco al 90% de confianza, dos al 95% y tres al 99%). El modelo en su conjunto es, de acuerdo a las probabilidades asociadas al estadístico Chi2, significativo al 99% y tiene un pseudo R2 de 0,05.    


Bauman, Z. (2009). Modernidad Líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

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Campbell, A., Converse, P.E., Milles, W.E. y Stokes, D.E. (1960). The American Voter. New York: Wiley.

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