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Tecnopopulismo, una nueva respuesta

18/05/2017

Desde que comenzó la crisis, primero financiera, después económica y finalmente social (política en todo caso desde el origen), la lista de posibles soluciones a la misma no ha dejado de aumentar, sin que ninguna de ellas verdaderamente haya conseguido superarla, al menos no en todos sus aspectos ni en toda su extensión geográfica, planetaria por aquello de la globalización. El (pen)último intento por salir airosos de esta complicada situación viene de nuestros vecinos franceses y se materializa en la figura del político de moda, Emmanuel Macron. El nuevo presidente de la V República del país galo encarna, lo que concederemos en llamar en este momento, el “tecnopopulismo”. Cómo hemos llegado hasta este punto es sobre lo que disertaremos en los próximos párrafos.

El comienzo

Si acertamos a ubicar el comienzo del desastre en el año 2008 con la caída de Lehman Brothers (aunque sin duda podríamos retrotraernos hasta más tarde, probablemente con la ruptura del pacto social a raíz del auge neoliberal de los años 80), se puede afirmar que, hasta ese momento, el modelo “tradicional” de democracia representativa, cuyo pilar fundamental se basaba en la alternancia en el poder de partidos bien diferenciados en su target y espectro ideológico, funcionaba al menos adecuadamente. Sin duda estoy incurriendo en generalidades, pero sí se puede ver esta tendencia, respetando las particularidades de cada caso, que las hay, en gran parte de los países de nuestro entorno más y menos inmediato.

A partir de este momento, las respuestas que se dan a las preguntas y retos a los que nos enfrentamos parecen, no solo no solucionar los problemas, sino empeorarlos. Una gran parte de ciudadanos europeos y americanos empiezan a plantearse que no basta solamente con acertar a la hora de aplicar políticas más o menos intervencionistas, más o menos contra cíclicas. Pareciera que, para poder responder las preguntas adecuadamente, tuviéramos que excavar más profundo, hasta el mismo sistema político-democrático. Como se ha acertado a decir, ya no es la economía, es la política, estúpido.

El modelo tecnocrático

En verdad, la discusión sobre la conveniencia de ser gobernados por especialistas, dejando de lado todas las filias políticas, siempre ha sido uno de los debates más recurrentes en sociedades de contextos muy dispares. No es de extrañar, por tanto, que tomara más fuerza en los años posteriores a una crisis originada, en gran medida, por otros expertos. Quizás los casos más paradigmáticos, por cercanía temporal y geográfica, fueron los de Mario Monti, en Italia, y Lukas Papadimos, en Grecia. Dos de los países más acuciados por la crisis económica y de representatividad, que acabaron sucumbiendo a diferentes presiones y cayendo en manos de gobiernos de perfil tecnocrático. ¿Pasaron la prueba? Sabemos que no. Monti, por ejemplo, apenas rozó el 10% de los votos cuando concurrió a las elecciones. Llega un momento en que para que las instituciones sigan funcionando necesitan, aparte de resultados, legitimidad, que es justo lo que le falta al tecnócrata caído en paracaídas sobre un gobierno.

¡Que llegan los populistas!

Sí, populismo fue elegida palabra del año 2016 por la Fundéu Fabra. Igual que antes hemos mencionado que el modelo tecnocrático ya había sido discutido en otros momentos, lo mismo puede decirse de los movimientos populistas. Se podrían mentar distintos antecedentes, siendo quizás el de Berlusconi uno de los más representativos. En todo caso, es innegable el auge de esta corriente en el lapso de tiempo de estos últimos dos o tres años.

Para empezar, tanto Italia (nuevamente) como Grecia, vieron crecer en su sistema corrientes populistas. Del primero podemos mencionar el Movimiento 5 Estrellas y del segundo, el actual partido de gobierno, Syriza. Otros ejemplos que podrían encajar en esta fase serían Podemos en España, el Frente Nacional en Francia o Trump en EE.UU. Sí conviene aclarar, al menos desde mi óptica, que no todo populismo es malo per se. Obviamente bajo este paraguas se encuentran movimientos con aspectos claramente desafortunados cuando no fascistas. Otros simplemente se articulan como instrumentos efectivos para canalizar el descontento de la gente. Es un trampantojo dentro del cual, y marcando claras dicotomías, se trata de alcanzar determinados objetivos, en ocasiones loables, en otras no tanto. Coincido con Ernesto Laclau cuando afirma que «el populismo es indefinible por su misma naturaleza: exige la ausencia de contenido concreto, y precisa de cierta inconcreción programática que atienda a las demandas populares».

Y al hilo de eso último, una de las demandas populares más aclamadas durante los últimos tiempos fue el famoso “No nos representan”, cuyo espíritu se encuentra incardinado, en mayor o menor grado, dentro de numerosas marchas y protestas, desde las de la “Primavera Árabe” hasta “Occupy Wall Street”, pasando, cómo no, por nuestro 15M. La democracia representativa sufre un gran descrédito y lo que se exige es virar hacia la democracia directa. No basta con que el cuerpo político se readapte, es preciso un cambio completo. Que las instituciones se abran y se ventilen para que pueda entrar “el pueblo”.

¿Y ahora, qué?

Si bien la tecnocracia pura no triunfó, el populismo sí ha sumado dos tantos muy significativos: la presidencia de EE.UU. y el Brexit. No obstante, el transcurso de los acontecimientos y la gestión de los resultados ha parecido enfriar el avance populista. No es despreciable, claro está, la influencia de partidos como Podemos o M5S en sus respectivos ámbitos nacionales. Como tampoco lo son los millones de votos cosechados por Marine Le Pen. Pero ya no alcanza para hacerse con el poder. En el caso de Francia, el muro de contención ha sido justo lo que anunciábamos al principio, el tecnopopulismo.

Como corriente superadora de las tres vistas hasta el momento (sistema representativo tradicional, tecnócrata y populista), el tecnopopulismo recoge influencias de todas. Veamos: desde un primer momento, Macron se presentó como independiente, con una trayectoria profesional sólida y conocimientos “científicos” suficientes para salir adelante. En otras palabras, ni de derechas ni de izquierdas. Adiós ideologías. Sin necesidad de contar con el respaldo de un partido tradicional, sino solamente con un movimiento bajo las siglas de tu propio nombre. Un experto (raíz tecnócrata) contra el establishment (raíz populista), con la doble legitimidad que ofrece ganar unas elecciones directas y además incorporar a la sociedad civil para las elecciones legislativas francesas que tendrán lugar en el corto plazo. Para culminarlo todo, a la hora de formar gobierno se cuenta con figuras del antiguo sistema de partidos.

La confluencia entre tecnocracia y populismo no acaba de surgir, pues ya se ha esbozado en otras ocasiones, pero es probable que sea la primera vez que alcanza un éxito notable. El tiempo dirá si se ha llegado a la solución definitiva o si, por el contrario, seguiremos buscando respuestas a unas preguntas que quizás tengamos que empezar a formular de otra manera.

Yago Campos
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Yago Campos

Yago Campos (1992) es graduado en Derecho por la UC3M (2014) y Máster en Acceso a la Abogacía por la UAH (2016). Actualmente compagina la docencia con su pasión el análisis político.

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