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¿Son realmente libres las antiguas colonias?

El 14 de diciembre de 1960, la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 1514 de Concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, pero ¿ha terminado realmente el colonialismo?

Hoy en día existen aún 16 territorios cuyo derecho a la autodeterminación está pendiente de ejercer, entre ellos Gibraltar y el Sáhara Occidental (para los que no conozcáis el caso, aquí os dejo un informe). Sin embargo, hay un fenómeno mucho más extendido que muchos denominan neocolonialismo, del que podemos hablar tanto en un sentido económico, militar o cultural.

La fundación Rosa Luxemburg habla de una dominación que ya no se hace con cruces, caballos y armas de fuego, sino con tratados legales. Según el político y filósofo Kwame Nkrumah, uno de los líderes de la independencia de Ghana, el neocolonialismo es consecuencia directa del sistema capitalista. Explica que las víctimas del neocolonialismo son formal y relativamente independientes, pero su economía y su sistema político sigue controlado por sus respectivas metrópolis.

En 1974, el análisis que llevó a cabo el sociólogo Wallerstein sobre el nuevo sistema mundial le llevó a concluir que la situación económica de los países antes colonizados (que él llamó periféricos) no es simplemente de subdesarrollo, contribuyendo la generalización de este concepto a ocultar el hecho de que la propia dinámica del capitalismo institucionaliza las diferencias entre éstos y los países centrales (industrializados y con posición dominante). Por el contrario, afirma que la injerencia económica en esos países periféricos es real, y que se facilita mediante acuerdos como los Programas de Ajuste Estructural: condiciones que las instituciones Bretton Woods (FMI y BM) ponen a los países en desarrollo antes de concederles préstamos. Estos PAE han sido criticados por limitar la soberanía nacional, dificultar el desarrollo y potenciar el deterioro ambiental y el descontento social.

Óscar Martínez Peñate, doctor en ciencias sociales, explica que, dado que las empresas transnacionales pagan a los obreros salarios de miseria y tributan al fisco de forma simbólica, son capaces a través de sus injerencias a gran escala de adquirir una mayor relevancia que las nacionales y que los mismos ciudadanos.

Martínez Peñate señala también cómo «la oligarquía global ha trasladado hacia los países del Tercer Mundo algunas de sus empresas en el contexto de los Tratados del Libre Comercio, porque ellos tienen “cheque en blanco” para transgredir su ordenamiento jurídico» (jugando con el coste inasumible de estos países de forzar su marcha del país). Los resultados de este panorama los vemos en cifras de informes que muestran la desigualdad tanto a escala global como en sectores específicos.

Pasando al ámbito de lo militar, destaca la declaración del economista Philip S. Golub de que «Estados Unidos ha emprendido una fase de militarización y de expansión imperial que ha trastocado profundamente la gramática de la política mundial. De Asia Central al Golfo Pérsico, de Afganistán a Siria pasando por Iraq, de Somalia a Mali las guerras siguen el camino de los lugares estratégicos de petróleo, del gas, de los minerales estratégicos. Ya no se trata de disuadir a los competidores y/o adversarios sino de llevar a cabo "guerras preventivas"». Pero EE.UU. no es el único caso: tampoco Francia ha abandonado su influencia económica y militar sobre sus antiguas colonias africanas. Por todo ello se habla hoy en día de la necesidad de una segunda descolonización,a saber, un desmantelamiento de la superestructura heredada de la descolonización que elimine definitivamente antiguos mecanismos de dominación que han mutado pero no desaparecido. Saïd Bouamana explicó que ya no se busca instalar gobiernos títere, sino balcanizar por medio de la guerra para hacer que esos países sean ingobernables y, apoyándose en la teoría del choque de civilizaciones, suscitar comportamientos de miedo para generar una demanda de protección y justificar las guerras.

Por último, cabe hablar del imperialismo cultural. Montserrat Hernández Batiz lo define como la influencia que tienen los países desarrollados sobre los países en vías de desarrollo, en términos de la conformación de sus patrones socioculturales. Indica que el medio más eficaz para ello son los medios de comunicación que idealizan el “sueño americano” con series y películas. Estos factores afectan al desarrollo de muchos países más de lo que podría parecer. Por ejemplo, expertos como Aminata Traoré, ministra en Mali, señalan que África no es pobre, sino que está empobrecida. Aunque ésta no es la única causa del subdesarrollo: Acemoglu y Robinson en "Por qué fracasan los países" señalaron cómo se suele achacar la pobreza de un Estado a su geografía, su cultura o su ignorancia cuando muchas veces la clave está en cómo son sus instituciones.

Por último, atendiendo a las tendencias más recientes en el panorama internacional, el nuevo protagonista en este mercado del neocolonialismo parece ser China. China también ha invertido grandes capitales en América Latina y África, desplazando a Europa y Estados Unidos como principales socios comerciales allí y proyectando planes de apertura económica como la iniciativa One Belt One Road. Es un nuevo tipo de colonialismo que no busca involucrarse en los asuntos políticos o sociales sino conseguir el control de recursos naturales estratégicos.

En definitiva, queda aún mucho por avanzar para la independencia real de todos los Estados, para un fin real de las relaciones de dependencia que evite que las antiguas metrópolis succionen la riqueza de los países en vías de desarrollo.

Pilar Bernabé

Pilar Bernabé

Estudiante de Derecho y Periodismo con especial interés por la geopolítica, los derechos humanos y el arte.

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