TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Con argumentos más efectistas que efectivos, se aboga por hacer política del s. XXI, pero, ¿dónde ha quedado la apuesta por un sindicalismo de los nuevos tiempos que conecte con los/as trabajadores/as de nuestra sociedad actual? Hace un tiempo escribía aquí sobre algunos de los retos con los que el sindicalismo actual tenía que lidiar si quería volver a tener un espacio preponderante en la sociedad, especialmente entre la juventud. En realidad, todos ellos se podrían resumir en uno solo. Ser capaces de articular una respuesta contundente frente a la globalización y sus efectos más perjudiciales en el mercado de trabajo.

Stiglitz nos define la globalización como el proceso de integración mundial en dimensiones económicas, culturales y político-ideológica. La primera de ellas, la que más nos interesa, vendría acompañada de una liberalización, así como una desregulación e internalización de los mercados de bienes y servicios. Esto supone irremediablemente una progresiva pérdida de soberanía por parte de los Estados a la hora de ser capaces de regular sobre determinadas materias. Al mismo tiempo, las denominadas instituciones contramayoritarias (FMI, Bancos Centrales) adquieren una relevancia cada vez mayor logrando imponer sus criterios.

Este panorama es terreno abonado para el surgimiento de un nuevo actor, la empresa transnacional, que como nos explica el catedrático Antonio Baylos[1], evita la regulación de un Estado al poder situar en diferentes espacios regulatorios las relaciones de trabajo que genera. A este proceso se le suma la famosa deslocalización, mecanismo que permite trasladar la producción a otros países donde los costes de producción son más reducidos. El sindicalismo se enfrenta, por tanto, ante la titánica tarea de representar a los trabajadores en un escenario de alta volatilidad a la vez que el Estado social cede terreno a las políticas de corte neoliberal.

¿Cuál debe ser por tanto la respuesta de los sindicatos ante la globalización? No se trataría tanto de atacarla sin miramientos, al fin y al cabo se puede afirmar que es una realidad asentada y que ha conseguido ciertos beneficios, como se ve en el Gráfico 1 a propósito de la evolución de la renta per cápita mundial, como reformular algunas de sus tesis y responder de la misma manera. Ante la globalización del mercado de trabajo, globalización de las fuerzas sindicales.

Con esta premisa, surgieron diferentes organismos e instituciones como la Confederación Europea de Sindicatos (CES) y que agrupa a 89 confederaciones nacionales de sindicatos de cerca de 39 países. De más reciente creación es la Confederación Sindical Internacional, fundada en noviembre de 2006, tras la fusión de la Confederación de Organizaciones Sindicales Libres y la Confederación Mundial del Trabajo.

El mayor reto al que se enfrentan estas confederaciones y todos los sindicatos es el de la precarización del trabajo. En primer lugar, aunque el progreso técnico ha supuesto una demanda cada vez mayor de mano de obra altamente cualificada, ha ido dejando por el camino a una gran cantidad de trabajadores que no han podido adaptarse a estas exigencias de una forma tan rápida. Se ha producido, en palabras de Ralf Dahrendorf, una descualificación de los obreros, especialmente de las industrias mecánicas. Este hecho golpea de manera significativas a las fuerzas sindicales, puesto que una gran parte de su músculo social provenía de estos centros de trabajo.

Por el otro lado, cada vez es más profunda la diferencia que empleo estándar y trabajo atípico. Gerry Rodgers aborda ambos tipos afirmando que el primero está marcado por una fuerte influencia de la negociación colectiva, con la estabilidad y la jornada completa como rasgos principales. El segundo, que empieza a ganar terreno a la vez que las políticas liberales ganan predicamento y el Estado de Bienestar se pone en duda, estaría caracterizado por la eventualidad, jornadas parciales y una progresiva degradación de los términos contractuales.

También esto supone un contratiempo para los sindicatos por la dificultad de organización eficaz dentro de estas estructuras. Piénsese que no es lo mismo conseguir unificar las reclamaciones de los obreros de una fábrica o complejo industrial, con un centro de trabajo localizable y unas perspectivas temporales definidas que las de miles de personas que trabajan en centros comerciales, hostelería o call centers, con horarios partidos que no favorecen el contacto entre compañeros o sin saber si estarán en otro puesto de trabajo a los tres meses.

fpilooj5Nuestro país no se caracteriza por una alta afiliación a los sindicatos como muestra el gráfico 2, aunque estamos en la media de la OCDE. Además, el número de afiliados no ha parado de descender durante esta última etapa, lo que coloca en una situación complicada al sindicalismo español de cara al futuro. Intentar capear el temporal confiando en que cuando la situación laboral mejore (si alguna vez realmente es así), también lo harán los sindicatos, resulta un tanto naif por cuanto lo que está verdaderamente en juego es la esencia de la cultura sindical.

Al igual que la socialdemocracia, puede que el sindicalismo atraviese horas bajas precisamente por los grandes éxitos y avances que consiguió, sin haber sabido adaptarse a los nuevos tiempos y mostrarse útiles para las nuevas generaciones, que en muchos casos ya no van a tener las mismas dinámicas que sus padres y madres. Se trata sin lugar a dudas de un proceso complejo y sin soluciones sencillas. Pero un buen comienzo puede pasar por crear redes globales de solidaridad obrera al mismo tiempo que se reconecta con las capas más jóvenes de trabajadores/as para demostrar que, al igual que en el pasado los sindicatos fueron útiles, también lo pueden ser ahora. Manos a la obra.

[1] Baylos, A. (2012) ¿Para qué sirve un sindicato? La Catarata