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Siempre atados

Galeano se preguntó por las semejanzas que compartían la religión y el fútbol. Ambas entidades, vino a decir, son capaces de reunir a millones de personas, pero concitan el rechazo absoluto de los intelectuales.

Para los conservadores, el éxito del balompié entre las masas reforzaba la idea de limitar las bondades de la democracia representativa. El pueblo, una masa irracional entregada a la pasión sencilla del esférico, no podía encargarse de los asuntos del Estado. Aunque su posición sobre el fútbol debe ser matizada, Borges llegó a afirmar: «el fútbol es popular porque la estupidez es popular». Para los revolucionarios, el deporte rey se convirtió en un mecanismo de alienación para una clase obrera distraída del sueño del socialismo. «Es necesario reconocer la extendida despolitización que el actual régimen procura mantener habilidosamente […] con cuestiones intrascendentales, como el fútbol, los toros o las fallas de Valencia». Así reportaba el estado de las cosas en la España del desarrollismo un corresponsal de La Pirenaica (Fuertes Muñoz, 2017), preocupado por el impacto del consumo del fútbol en la conciencia de los trabajadores.

El fútbol, descuidado por los académicos, ha sido una potente herramienta de movilización política a lo largo del siglo XX, actuando como dispositivo cultural para la difusión y penetración de las identidades nacionales. En España, el profesor Alejandro Quiroga ha subrayado la importancia del deporte en «la formación de un lenguaje, de unos mitos y de unas narraciones vinculadas a las naciones» (Quiroga, 2014). Tres son los casos que vamos analizar aquí: el nacimiento de la Furia Roja española, la victoria de Argentina en el Mundial del 78 y el reciente triunfo de México ante Alemania en Rusia.

El espíritu de Amberes: el mito de la Furia Roja

En el conocido programa de TV Fort Apache, conducido por Pablo Iglesias, Ángel Cappa, el que fuera ayudante de Valdano durante su andadura como entrenador del Real Madrid en los años noventa, resaltaba la potencialidad del fútbol para generar épica nacional. Un ejemplo de esto es la conocida Furia Roja, un conjunto de atributos que resumían el ser español: garra, pasión y bravura como medios para alcanzar la victoria. Para el ex-jugador argentino, el mito «fue un invento del franquismo». Si bien es cierto que el régimen salido de la Guerra Civil no dudó en explotar el deporte como un canal válido para sus intenciones nacionalizadoras, la autoría del relato de la Furia española es anterior.

El origen reside en los años veinte del pasado siglo. Concretamente, en los Juegos Olímpicos celebrados en Amberes (1920). En la primera aparición olímpica, la Federación Española de Fútbol consigue una meritoria medalla de plata. Las crónicas internacionales describen al equipo como «gente apasionada, irracional e impulsiva» (Quiroga, 2014, p.40). El estilo desarrollado a lo largo de la competición reflejaba las señas de identidad del pueblo hispano, enfatizando el salvajismo, la violencia desmesurada y el rudimentarismo de sus acciones.

Esta narración pronto sería resignificada por parte de la prensa deportiva patria. Despojándose de la negatividad inicial, la Furia Roja se consolida en la opinión pública como discurso hegemónico. Lo que define a la selección nacional no es lo tosco y bruto, sino la «valentía, el coraje y un intenso deseo de ganar» (Quiroga, 2014, p.41). Las cualidades que se resaltan, muy propias del universo masculino de la época, se confunden con el arquetipo viril: exaltación de la fuerza, dominio total y sacrificio hasta la extenuación. Éste vendría a ser el camino para obtener el éxito deportivo.

En sus páginas interiores, el periódico La Nación, órgano de propaganda creado durante la dictadura primorriverista, alardeaba de la victoria española ante los ingleses en mayo de 1929. España se erigía en la alumna aventajada que derrotaba al maestro fundador del deporte por antonomasia, dando al triunfo la categoría de «consagración definitiva a muchos años de la epopeya reveladora de Amberes». Paradójicamente, la ciudad belga se convierte en el lugar fundacional de la expresión futbolística del equipo, y por tanto de la nación. Un juego marcado por la raza, el espíritu competitivo y la valentía que dejó en la lona a la todopoderosa Inglaterra.

El mito de la Furia prosigue a lo largo de todo el siglo XX, perviviendo en la memoria colectiva durante la II República, el franquismo y la transición a la democracia. Incluso en la victoria mundialista de 2010, las crónicas ensalzaban la laboriosidad del conjunto nacional. En el diario El País, José Sámano expedía el certificado de defunción de otra narrativa instalada durante mucho en las conciencias: la del perpetuo fracaso. Con tonos que recuerdan a la retórica noventayochista, el país parecía sumido en una maldición que condenaba a los equipos a la derrota segura. La excelsa victoria cosechada frente a Alemania, dice el periodista, confirma a España como «un equipo, sin banderas ni las ventajistas demagogias de un pasado oscuro». La violencia del cabezazo de Puyol ante los teutones en las semifinales mantenía viva la leyenda de la épica rojigualda, a la vez que encerraba en el diván los episodios más negros de la Historia y mostraba la versatilidad de la selección, una mezcla de heroísmo amberiano y estilo depurado a través del toque.

Una fiesta en plena dictadura: ¡Argentina campeona!

El contexto en que se celebra la cita mundialista del 78 viene determinado por el golpe de Estado que dos años antes había derribado al gobierno de María Estela de Perón. El llamado Proceso de Reorganización Nacional iniciado por los militares adoptó desde bien temprano el traje de una dictadura que fijó como objetivos irrenunciables la restauración de la moralidad cristiana y la puesta en marcha de una política de seguridad encargada de erradicar a los disidentes. Así, el régimen institucionalizó un autoritarismo que «estableció el estado de sitio, prohibió la actividad política y sindical y se lanzó a una verdadera caza del hombre contra todo aquel que se consideraba subversivo» (Lvovich, 2009).

Menotti, por aquel entonces seleccionador del combinado anfitrión, resumía la función que debía desarrollar el equipo, a escasos días del debut contra Hungría. El rol de la Albiceleste en el Campeonato del Mundo era el de portador de las esencias nacionales, una escuadra competente para «transmitir una manera de vivir» al mundo, un símbolo más de la patria dispuesto a sintetizar el ethos argentino que se conformaba a través «de la corriente afectiva entre nuestro equipo y el pueblo».

Aunque de aquel torneo la figura sobresaliente fue la de Mario Alberto Kempes, la actuación de Leopoldo Jacinto Luque en el partido inaugural merece especial atención. El jugador santofesino acabó los noventa minutos con el codo visiblemente dañado, como aquel soldado exhausto que consigue sus objetivos después de la contienda. En plena concentración del equipo, Jorge Videla militarizaba la cita del fútbol, al dirigirse como «el comandante que arenga a la tropa antes del combate», para después exhortar a la victoria final. La narrativa adquiere tintes bélicos. El propio Galeano define al fútbol como ritual de sublimación de la guerra, una representación de veintidós guerreros impulsados por la rivalidad establecida con el otro.

El Mundial contó con su propia película-documental. Dirigida por Sergio Renán y titulada La fiesta de todos, el film es un aproximación al estado de ánimo de los argentinos a lo largo del mes de junio de 1978. Excesivamente condescendiente con la dictadura, la obra comienza con un elogio a la nación argentina, que durante el tiempo de la cita había demostrado ser «un pueblo maduro y de pantalones largos», para confluir en una «unidad alegre y fervorosa». El triunfo final ante Holanda (3-1) desató la histeria colectiva. Los gritos de ¡Argentina campeona! resonaban en las calles de Buenos Aires. Un militar retirado, desapasionado del fútbol, relató al periodista Simon Kuper el clima que se vivió nada más terminar el encuentro:

El país entero se echó a la calle. Los radicales se abrazaron con los peronistas y los católicos con los protestantes y judíos. Y todos tenían una sola bandera, ¡la bandera argentina! (Kuper, 2012)

La multitud se despojó de las camisetas de River y Boca para enarbolar los colores azul y blanco. La enseña patria actuaba a modo de cicatrizante listo para restañar las rivalidades existentes en la sociedad argentina. Aunque se ha subrayado acertadamente los intentos de la dictadura militar por canalizar la alegría del triunfo, se ha construido un consenso en torno a lo ocurrido en 1978. La explosión de entusiasmo que se vivió en todos los rincones del país, más que interpretarse como un acto de adhesión a los valores del Proceso de Reorganización Nacional, vino a ser el grito liberador de un pueblo acosado por la violencia del Ejército. Osvaldo Bayer, autor del conocido Fútbol argentino, confirma a Kuper «la explosión de una comunidad que se ha visto obligada a permanecer en silencio» (Kuper, 2012, p.272). Porque a un kilómetro del Estadio Monumental de Buenos Aires, miles de presas y presos escuchaban los goles de Argentina en los calabozos de la ESMA, hoy convertido en lugar de memoria histórica. Meses más tarde, después de la victoria argentina en el Mundial juvenil, Videla era recibido en la inauguración del hipódromo San Pablo entre el ruido que provocaban los silbidos del público. La victoria del 78 y el amor a la selección albiceleste se erigieron en las vías de escape para experimentar la sensación de la alegría en tiempos de dictadura.

Cielito lindo para festejar: el triunfo mexicano en Rusia

Ha sido, posiblemente, la primera sorpresa de este Mundial. Alemania, siempre favorita en este tipo de citas, caía derrotada 0-1 frente a México. Para algunos, los tres puntos frente a los germanos han significado un impulso a la autoestima nacional, dañada en el último sexenio presidencial por la corrupción institucionalizada, la creciente desigualdad y el golpe mortal de los terremotos.

El pasado 17 de junio «miles de personas acudieron a las inmediaciones del Ángel de la Independencia, donde Cielito Lindo, las banderas y las porras hicieron creer en México». La exhibición de símbolos vinculados a la nación y la peregrinación a lugares de la memoria que evocan los tiempos de la heroica independencia describen un estado de ánimo: el de un país dispuesto a abandonar los conflictos partidistas (a escasos quince días para la celebración de la elección presidencial) para confluir en la tricolor. Un resumen cómico de lo sucedido aparece en una viñeta de un periódico de tirada estatal. Formalmente, el escudo de México está compuesto por un águila que, en posición de batalla, captura a una serpiente. En el cuadro se observa a ambos animales excitados y exultantes, celebrando el triunfo del Tri.

Junto con la Virgen de Guadalupe (Wolf, 1958), las estrofas del Cielito Lindo forman parte del imaginario nacional. Aunque se trata de un himno informal, es frecuente que en este tipo de celebraciones se entonen sus versos. Pero no solo eso: también en situaciones de extrema gravedad, como los recientes terremotos, el canto ha servido para concitar solidaridad entre los mexicanos.

«Ay, ay, ay, ay / canta y no llores / porque cantando se alegran / Cielito lindo los corazones». La llantina por el dolor se transforma en una alegría colectiva en forma de jolgorio. Después de la tormenta y el horror, viene el regocijo del triunfo. México hacía historia y, de paso, revitalizaba el orgullo del país. «¿ Y dónde están, y dónde están? Los alemanes que nos iban a ganar». Ya lo dejó escrito Galeano en El fútbol a sol y sombra: «el fútbol y la patria están siempre atados» (2017).


Galeano, E. (2017). El fútbol a sol y sombra. Siglo XXI.

Quiroga, A. (2014). Goles y banderas. Fútbol e identidades nacionales en España. Marical Pons.

Fuertes Muñoz, C. (2017). Viviendo en dictadura: la evolución de las actitudes sociales hacia el franquismo. Comares.

Lvovich, D. (2009). Sistema político y actitudes sociales en la legitimación de la dictadura militar argentina (1976-1983). Revista Ayer, nº75.

Kuper, S. (2012). Fútbol contra el enemigo. Contra.

Wolf, E.R. (1958). The Virgin of Guadalupe: A Mexican National Symbol. The Journal of American Folkore. Vol 71. Nº 279.

Enrique Clemente Yanes

Enrique Clemente Yanes

Politólogo. Interesado en el estudio de los procesos de construcción nacional, he colaborado con el Departamento de Historia del Pensamiento Político en la Facultad de Ciencias Políticas (UCM).

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