TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

«Lo personal es político», rezaba el lema, y consiguió conmover e irrumpir con fuerza en las conciencias democráticas, planteando cuestiones ensombrecidas del funcionamiento injusto de nuestras sociedades. El feminismo, en tanto que uno de los polos más fecundos del posmaterialismo europeo, ha evolucionado muchísimo hasta la actualidad y abarca multitud de líneas de reflexión político-filosófica, pero hoy me centro en una que ha causado particular controversia en nuestro país: la incursión lingüística del feminismo.
El último y sonado rifirrafe fue de columna a columna, concretamente entre Francisco Rico y Arturo Pérez-Reverte a lo largo de este mes, el cual, a pesar de haber degenerado en un agrio cruce de descalificaciones, refleja un debate muy vivo y que no hace más que reeditar otros que antes trataron el mismo tema, como el debate Montero-Millás.
Es una evidencia que la lengua refleja el sustrato sociológico, y que éste se manifiesta en usos cotidianos inocentes pero perjudiciales, y esto ha sido especialmente cierto en el caso de la discriminación étnica, racial o sexista. La incursión en la filología, por tanto, se da a través de la sociología, en tanto que ésta determina pautas y normas sociales que afectan a la esfera política, entre ellas el uso lingüístico. El feminismo nos demuestra que, por mucho que la ley salvaguarde la igualdad de las mujeres, demasiados rasgos de nuestra sociedad escapan a ese control y afectan a la demodistribución (esto es, la forma en que se distribuyen las cargas y beneficios en democracia, en términos socioeconómicos); así, se dice que perpetuamos pautas perjudiciales a las que la ley no llega, y que deben ser trabajadas a través del hábito diario y la concienciación colectiva, incluyéndose la lengua como reflejo y constructo de esas pautas (esta es la línea de la psicóloga Florence Thomas, que llega a considerar que «el lenguaje es el fundamento de la reproducción del sexismo»).
En este sentido, se han realizado progresos que han ahondado en la necesidad de doblar sustantivos (especialmente profesiones, por ejemplo juez y jueza, aceptado por la RAE), concienciar acerca del uso del léxico (por ejemplo, palabras que solamente son despectivas en su forma femenina, como zorro/a, tipo/a, barragán/a), evitar usos defectivos sexistas (por ejemplo, hablar en general de secretaria) o incluso construir conceptos políticos (por ejemplo, hablamos de violencia de género, y no ya de violencia doméstica), entre otras cuestiones, que han generado gran consenso social y académico. Pero, más recientemente, se ha generado controversia ante la popularización del rechazo de formas genéricas de morfología masculina, como por ejemplo usar todos y todas en vez de todos. Pero, ¿por qué esto ha molestado tanto?
La razón es que la incursión feminista en la lengua llega así a un ámbito de regulación estrictamente gramatical, ninguneando la autoridad filológica de la Academia y topando con gran incomprensión por parte de la ciudadanía. La cuestión de fondo es sencilla: dado que nuestra lengua, igual que otras tantas, carece de construcciones particulares diferenciadas del género femenino o masculino, toma una de las dos en una sublimación neutralizadora que engloba a ambos en un género neutro. Así, la regla determina que usemos todos para referirnos a hombres y mujeres en un colectivo, y tortugas para referirnos a animales de ambos sexos que pertenecen a esa misma especie, y así sucesivamente. En definitiva, una convención lingüística práctica y economizadora, igual que tantas otras.
Pero el caso del género humano, al tomarse como genérica la forma masculina (y no la femenina, como en el caso de tortugas), se ha considerado una exclusión dañina de la dimensión femenina, conformando hábitos gramaticales que reflejan una sociología machista y que perpetúan concepciones patriarcales del uso de la lengua. Esto ha llevado a plantear tres soluciones: el desdoblamiento constante, como hemos visto antes (muy popularizado por las nuevas fuerzas políticas y expandido a muchos sectores);  el uso de sustantivos colectivos (por ejemplo, ciudadanía, aunque no siempre sea posible); y, en su derivación más radical, el uso exclusivo del femenino como forma genérica.
Pero, como se ha señalado antes, esto plantea un doble conflicto de adaptación que las anteriores iniciativas lingüísticas no presentaban: la imposibilidad de empezar un proceso de concienciación a tal magnitud (podemos cambiar el uso de expresiones machistas, pero no cuestiones fundamentales de nuestra gramática) y el rechazo de la gran mayoría de la comunidad académica.
A este respecto, la Academia no ha creído recomendable seguir tan estrafalarias pautas por ser surrealistas (la regla no puede moldear la lengua, en tanto que la lengua está viva y es la que moldea la regla) y por ser contrarias al principio económico neutralizador. He aquí la divergencia fundamental de ambos planteamientos: los académicos acusan al feminismo radical de confundir sexo y género, mientras el feminismo radical niega la existencia del género neutro. La norma dicta que el género es gramatical y se emplea para englobar conceptos hermanados por características comunes, por lo que la palabra niño/s tiene un género variable según el contexto: puede referirse tanto al género masculino como al género humano. Por tanto, el quid de la cuestión, como señalan académicos como Julio Borrego, estaría en la atribución errónea de un sexo (que es un concepto biológico y no gramatical) a palabras concretas (en el ejemplo, niño) por tener terminaciones gramaticales asociadas al mismo (¿por qué no se considera femenino todo lo que no acaba en -a?). Un ejemplo parejo: la palabra día también se neutraliza, en este caso para englobar día y noche, pues sencillamente es más cómodo decir «nos vemos en dos días» que «nos vemos en dos días y dos noches», y todo el mundo entiende la primera frase como una economización de la segunda. La opinión académica dominante se refleja en Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer (Bosque, 2012), que concluye que la incursión del feminismo en el ámbito léxico ha sido necesaria y fructífera, pero que en el ámbito gramatical ha sido excesiva y contraproducente (ir en contra del genérico es ir en contra de la esencia gramatical de las lenguas románicas).
Teresa Cabré, catedrática de la UPF, coincide con estos posicionamientos, afirmando que el sexismo no es una cuestión gramatical sino social, pues el lenguaje «refleja la conceptualización de la realidad en nuestra mente, y mientras no cambiemos la percepción no se solucionará el problema por más que tratemos de dar visibilidad a la mujer al hablar». La visión feminista tiende a ser opuesta: considera que ante todo el lenguaje incide socialmente, pues es la representación mental que tenemos del mundo y que precisamente por ello es importante dar visibilidad a la dimensión femenina, porque no es casualidad que el masculino haya devenido genérico.
El objetivo no es buscar una conclusión a este debate (algo imposible en términos categóricos), sino que me parece más útil e interesante plantear dos reflexiones importantes de cara a su consideración por parte del lector. La primera: una cuestión clave es hasta qué punto la sociedad debe ceñirse al criterio profesional en casos como éste; pues, al fin y al cabo, en este asunto es difícil definirlo, ya que podría argüirse que la teoría del lenguaje feminista es algo que escapa a las competencias del mundo filológico, pues solamente trata la lengua en tanto que elemento psicosocial, ergo derivando sus conclusiones de otras disciplinas. Pero, aunque no fuera así, ¿acaso les pertenece la lengua a los académicos? No es un caso aislado: cada vez hay más asuntos que a menudo derivan en situaciones similares, como por ejemplo la legislación sobre el aborto.
La segunda reflexión que se suscita es acerca de la verdadera utilidad de la ambiciosa incursión gramatical del feminismo, que se divide a su vez en dos ramas. Volviendo al origen, ¿contribuiría realmente al objetivo del movimiento feminista, que no es otro que el de corregir las injusticias sexistas del orden demodistributivo? Las teorías psicológicas contrarias al género neutro pueden ser muy justificables (a priori no parece contra-discriminatorio usar el femenino como genérico, atribuyendo su uso a la caracterización del sustantivo femenino personas), pero presentan un coste muy elevado (una ardua transformación gramatical y una estigmatización del hábito románico neutralizador) y los resultados no están tan claros como en el caso de la corrección del léxico machista o el desdoblamiento de los títulos profesionales. Preguntemos al revés: ¿se siente usted más representada por que una persona la incluya en todos y todas o todas? ¿Confiaría usted más en las intenciones de un político por que empleara esa clase de fórmulas, o por el contrario puede derivar en un recurso banalmente estético? Estamos volviendo a la cuestión de la catedrática Cabré: ¿es acaso la morfología gramatical meramente un reflejo de rasgos psicosociales más profundos que permanecerían inalterados, o contribuiría esta propuesta realmente a modificarlos?
Y, en segundo lugar, ¿acaso importa la factibilidad de los fines? Es decir, tal vez no se trate de modificar la gramática románica, puede que sea suficiente con alterar a propósito de manera incómoda sus normas para así destacar por medio de la lengua las reivindicaciones feministas, usando la lengua meramente como recurso de concienciación.
En definitiva, es difícil resumir un debate tan vivo y complejo, pero espero que sirva para presentar un esquema realista de la situación. Aunque, al margen de todas estas cuestiones, tal vez el problema fundamental no sea el fondo sino la forma: tanto esa reivindicación irreverente del progresismo radical como esa contestación rancia del conservadurismo escéptico.  Y, tristemente, tal vez esta tendencia a la intolerancia, en que suelen enmarcarse tantos debates en nuestro país, sea una de las claves del actual escollo social español.