TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Siguiendo en la línea del artículo anterior, ahora me dispongo a hacer un breve estudio de los métodos que podrían contribuir a solventar los aspectos criticados en el apartado anterior, no de la LOMCE en sí solamente, sino del conjunto del sistema español. Tras un buen tiempo siguiendo las noticias y los estudios aparecidos sobre el asunto, he querido sintetizar aquí un resumen de las propuestas que más interesantes me han parecido, tocando diversos ámbitos para intentar ofrecer un cuadro representativo de las soluciones y debates que plantean al respecto los expertos, a los cuales las más de las veces no se les presta la debida atención mediática; y, por descontado, yendo más allá de lo que es apreciable meramente estudiando los resultados de los informes PISA, que son para muchos el único indicador a tener en cuenta.
En razón de lo extraído en el artículo anterior, es apreciable que la solución al descalabro educativo español pasa por superar este modelo tan tradicional y anquilosado, por apostar por una renovación integral. Se trata de «superar el modelo industrial», como dice Nieves Segovia, presidenta de la SEK. La transición del modelo del siglo pasado a un modelo reformado es, primordialmente, cuestión de nociones pedagógicas. La educación en España, como se ha explicado en el artículo anterior, ha derivado progresivamente hacia una concepción cada vez más utilitarista del alumno, de la persona como mero medio productivo, y lo necesario es revertir ese proceso y poner los cimientos de un sistema encarado a formar al alumno de manera integral, que resulte eficiente y al tiempo estimulante (el interés del alumno se genera empleando nuevas metodologías, como es el caso de la flipped classroom o similares, que parecen dar muy buenos resultados). Como afirma el pedagogo Richard Gerver, «deberíamos ver el progreso del niño en un ámbito general, su desarrollo emocional, creativo y colaborativo, así como sus habilidades interpersonales»; es decir, que la evaluación del aprendizaje no puede basarse exclusivamente en exámenes que atienden solamente a un tipo de inteligencia. Cabe transmitir no sólo conocimientos, sino también valores, conciencia crítica y responsabilidad (y, a ser posible, prestando una atención más personalizada). En la línea de pensadores como Rancière, es necesario concebir al alumno como un igual, merecedor de un respeto equitativo, permitiéndole expresarse y decidir sobre el curso de su educación. Todo esto son fundamentos pedagógicos modernizadores que deben preceder cualquier proceso serio de renovación.
Uno de los puntos más importantes en que coinciden la mayoría de expertos es que en este proceso es imperativo integrar a todos los agentes sociales y políticos, en la articulación de una auténtica reforma educativa, que supere esta etapa de parches degradantes y afronte las necesidades reales de los alumnos en un contexto moderno. Para posibilitar esta cooperación sería necesario establecer medios para la participación de todos ellos (dando más autonomía a los centros, dando más visibilidad a las asociaciones de padres, etc.), así como tener en cuenta sus necesidades particulares: en el caso del profesorado, mejorar sus condiciones y perspectivas laborales; en el caso de las familias, mejorar su participación en la gestión escolar o darles más libertad a la hora de escoger el centro. Además, es esencial que los expertos, a los que se les da tan poca cobertura, tengan una presencia más destacada y activa como asesores en la formulación de políticas educativas.
Entrando en materia más específica, gran número de pedagogos coinciden en que otro aspecto esencial es la reconstrucción del currículo escolar: son muchos los estudios que señalan que es necesario suprimir este sistema rígido y asfixiante de horas lectivas para favorecer contenidos educativos más flexibles y dinámicos, más adaptados a las necesidades de los alumnos del siglo XXI (para lo cual sería genial delegar más en los centros). Además, el nivel excesivo de tareas y deberes fuera de horario escolar debería ser reducido, pues se ha demostrado su inutilidad (un caso ejemplar es Finlandia, de la que se hablará más adelante). Y, siguiendo en la línea de desmontar los mecanismos rígidos e inútiles de que se valen los modelos como el nuestro, un objetivo más ambicioso a largo plazo podría ser el de revertir nociones como la de castigo y recompensa y la de la evaluación del alumno con notas, aunque la eficiencia de ésta última es algo que aún genera debate.
Ahondando en la cuestión del currículo, hay algunas reivindicaciones muy reiteradas: permitir que los contenidos sean adaptados por las autoridades locales y que se garantice un peso mínimo de contenidos de humanidades, que pierden presencia con la nueva LOMCE, por si no estuviesen ya suficientemente devaluadas (precisamente por servir a la formación personal, y no productiva, que es lo que más interesa económicamente). La mayoría de países con sistemas exitosos demuestran un tendencia muy clara hacia la simplificación del currículo: en vez de abordar gran número de materias de forma superficial, concentran sus esfuerzos en enseñar unas pocas y genéricas en profundidad. Así lo corrobora el experto Daniel Salinas, demostrando que «los países que han creado programas específicos de educación financiera no obtienen tan buenos resultados en esta dimensión como otros países cuyos programas generales de matemáticos son de excelencia”.
Otra cuestión muy importante, que se demuestra crucial en la gran mayoría de sistemas exitosos, es la de la formación del profesorado, una asignatura pendiente en nuestro país. Garantizar una elevada preparación de los educadores genera confianza por parte de las familias y equidad a nivel social. Ésta puede conseguirse elevando el nivel de exigencias formativas para optar a una plaza, pero también fomentando una preparación continuada al profesorado con fondos públicos. Además, sería muy recomendable asegurar que todos los profesores recibieran una formación psicopedagógica mínima, que les permita verdaderamente aprender a enseñar y a hacer frente a los retos que plantean cuestiones como la atención a al diversidad, las necesidades emocionales de los alumnos, la motivación o la forma de llevar a cabo tutorías. Por otro lado, es inconcebible en la Europa moderna un sistema de promociones como el español, en el que lo único que importa es la antigüedad y no los resultados a la hora de ascender en la escala; esto también debería ser corregido.
En relación a la adaptación de modelos educativos a la era actual, marcada por la globalización e internet, creo que cabe comentar también algunas propuestas ineludibles. Primero, una de las más necesarias es implantar el bilingüismo en la escuela de forma integrada y eficaz, y no meramente como un experimento defectuoso que afecte a menos del 10% de las horas lectivas. Y segundo, fomentar el uso de las nuevas tecnologías como instrumentos para dinamizar la enseñanza y la relación profesor-alumno (aunque mayoritariamente se desaconseje la implementación de asignaturas con contenidos específicos, como el experimento de la asignatura de «Programación de Videojuegos» en Madrid).
Habiendo hecho un resumen de las propuestas más reiteradas y notorias del mundo pedagógico, particularmente en referencia a España (aunque existan otras muchas que también son muy interesantes), creo también que es importante que socialmente se haga una llamada a abrir (o reabrir) el debate en torno a tantas cuestiones educativas como sea posible, tanto en el espectro de la renovación (pues hay muchas teorías aún por demostrar) como en el de la superación de tradicionalismos (algo que en España acusamos mucho). Un ejemplo clarísimo del panorama español es de la educación separada por sexos, una noción retrógrada superada ya en tantos países de Europa, pero que persiste con conciertos públicos en nuestro país (aunque recientemente el Trubinal Supremo haya fallado en contra de éstos en Andalucía y Cantabria, lo cual es un avance esperanzador). No olvidemos que impulsar el debate con garantías es el primer paso para detectar problemas y encontrar soluciones, y en ese proceso tienen que tener especial relevancia los profesionales, tan denostados por el poder político.
Y por último, más allá de la pedagogía, también hay que tomar conciencia de los retos de la política. Uno de los principales en España es conseguir mantener la estabilidad del sistema en su conjunto. En el artículo precedente critiqué el proceso agravante de leyes educativas (algunas incluso fuertemente ideologizadas, como la nueva) que se han ido sucediendo desde la Transición, cuyo resultado ha sido empeorar la calidad educativa y generar inestabilidad. Son muchos los expertos que demandan, ahora más que nunca tras la LOMCE, un verdadero pacto de Estado en pos de asentar un modelo educativo consensuado. Lo que mucha gente no recuerda es que de hecho esto ya se intentó en el 2010, cuando el ministro Gabilondo intentó forjar un acuerdo, que fue tumbado por el PP tras cerca de nueve meses de negociaciones.
Otra cuestión política es el nivel de inversión: es un error generalizado creer que la calidad de la educación es proporcional al nivel de inversión. A pesar de los recortes presupuestarios recientes, es cierto que en nuestro país el gasto en educación se ha incrementado enormemente en los últimos diez años, pero esto en todo caso ha sido inversamente proporcional a su éxito. Por ejemplo, la mayor inversión ha permitido incrementar el número de horas lectivas, pero los estudios demuestran que un nivel excesivo como el que tenemos puede llegar a ser perjudicial (en Primaria se imparten cerca de un 12% más de horas lectivas que la media de la OCDE). Y es que el éxito de un modelo educativo depende fundamentalmente «no de cuánto se gasta, sino de en qué se gasta», como dice Andreas Schleicher, gestor de las PISA (el mismo que, irónicamente, criticó aspectos de la LOMCE). De todas formas, las previsiones de reducción de inversión (hasta situarla en el 3,9% de PIB) nunca son buenas noticias.
Por último, atendiendo a las lecciones que pueden brindar otros modelos educativos, creo que sería interesante comentar los aspectos más destacados del éxito de los sistemas más loados internacionalmente.
El primer y más trascendente de los referentes es sin duda Finlandia, aunque los modelos asiáticos vayan ganando terreno. El éxito educativo de este pequeño país nórdico radica en una serie de reformas iniciadas desde la década de los sesenta, y que han culminado en un sistema de concepciones pedagógicas radicalmente diferentes a las españolas: su principal virtud es haber superado el sistema de clase magistral unidireccional, creando un ambiente educativo participativo que estimula verdaderamente al alumno, en vez de ofuscarlos con deberes y exámenes constantes. El educador finlandés (que destaca por requerir una gran formación y tener una elevada consideración social) busca ir más allá de la mera transmisión de información, enseñando a los alumnos a pensar y obrar con autonomía (en definitiva, crear alumnos proactivos). También es notable el número generalmente reducido de alumnos por clase (muchas veces menos de veinte), un asunto que los recortes en España precisamente están agravando (contamos por lo general con 25 en Primaria y 30 en Secundaria, pero va a peor). Otro factor crucial que deberíamos aprender a exportar a nuestro país es la colaboración estrecha entre ejes sociales que constituye el pilar de este sistema: familia, escuela y administración pública. Su imbricación es la clave que sustenta un sistema de calidad, gratuito y exitoso en tantos aspectos. No es un proceso sencillo, pero Finlandia ha demostrado su viabilidad, y el experto Xavier Melgarejo resume su éxito en dos palabras: «equidad y calidad».
Por otro lado, tras el auge de las potencias asiáticas en los índices PISA encontramos unos sistemas educativos de enfoque completamente diferente, pero igualmente eficiente: países como China, Singapur, Taiwán o Corea del Sur destacan por emplear modelos estrictos y con un nivel de horas lectivas desorbitado. Aunque parecería contradecir lo expuesto anteriormente en contra de estos procedimientos, cabe aclarar dos cosas: primero, que en estos países asiáticos los alumnos tienden a tener un sentido mucho más elevado de responsabilidad, confiriendo una importancia suprema al éxito académico y al prestigio asociado, precisamente por vivir en sociedades extremadamente competitivas (circunstancias sociológicas de las que carecemos aquí, aunque nuestro nivel de exigencia se sitúe en el otro extremo; la virtud residiría, pues, en una medianía ideal); y segundo, que el éxito en las PISA no evalúa el nivel de satisfacción, realización o capacidad autónoma que desarrollan los alumnos, índices que posiblemente serán menores que en otros países como Finlandia, donde los alumnos no están sometidos a una presión y una rigidez tan insoportables (un dato interesante: el suicidio es la primera causa de muerte entre adolescentes en Corea del Sur). Por tanto, un éxito que sale muy caro. No obstante, algo que sí podríamos aprender de ellos es su insistencia en presentar los contenidos educativos con tantas aplicaciones a la vida cotidiana como sea posible, facilitando su comprensión e integración (algo muy útil que añadir a esa necesidad de dinamización de los contenidos educativos).
Por último, un tercer modelo del que personalmente creo que España podría aprender mucho, aunque no sea tan reconocido como los anteriores, es el de Polonia. Me parece muy revelador comprobar cómo recientes reformas educativas estructurales (una en 1999 y otra en 2009) comienzan a dar sus frutos a día de hoy. Más allá de su evolución notable en las PISA, el aspecto más interesante es su apuesta por la mejora de las condiciones laborales de sus educadores, basada en dos ejes: por un lado, un fuerte proceso de descentralización, delegando en las autoridades locales y los propios centros gran capacidad de decisión y adaptación (justamente lo opuesto al espíritu centralizador de la LOMCE); y por otro lado, el incremento de salarios y la mejora de las perspectivas profesionales en el sector.
En definitiva, el método educativo tradicional y autoritario se queda caduco y, especialmente en nuestro país (debido al descalabro gradual del sistema), lastra gravemente el potencial de las generaciones futuras. Porque en España seguimos memorizando datos, leyendo en voz alta, poniendo deberes y, en general, perdemos demasiado tiempo ingiriendo y olvidando grandes cantidades de conocimientos en vez de aprender a aplicarlos y de aprender a aplicarnos. Y si de las universidades no hablo es porque necesitaría otro artículo entero, y aquí he preferido centrarme en aspectos más generales, pero su sistema también da que hablar. En resumen, lo que aquí se propone es un compendio bastante representativo de lo que son hoy en día las principales reivindicaciones del panorama pedagógico español (acompañadas de un saludable marco comparativo internacional) aunando todas ellas un objetivo común: la renovación del sistema para transformarlo en uno capaz de innovar, de paliar los acuciantes déficit actuales y de formar alumnos capaces de desarrollar autonomía y pensamiento crítico, preparados para enfrentarse a un mundo cada vez más exigente, aun sin renunciar a una preparación íntegra. Como se ha dicho al principio, se trata ante todo de un cambio de concepciones, que debe ser respaldado por la sociedad civil y por la implicación familiar, y que no depende solamente de políticos.
En España se ha cometido un doble error: por parte de las instituciones, el de menoscabar la importancia de la educación como motor no solamente económico, sino también social y cultural; y por parte de la sociedad, el de no tomar cartas en el asunto. Aquellos países que apuestan por la educación como principal fundamento de desarrollo se acaban beneficiando de esta inversión en la mejora de gran número de indicadores culturales, sociales y económicos y, más allá, en la potenciación del bienestar ciudadano. La historia, a su vez, también prueba que aquellos países con sociedades formadas en sistemas educativos de calidad son capaces de ser más dinámicas, reinventarse, innovar y adaptarse mejor a los cambios. Ergo, afrontar la necesidad de todas estas reformas planteadas es la mejor inversión de futuro que puede hacerse, aunque estas perspectivas sean invisibles a las miradas cortoplacistas que tienden a tomar los gobernantes de nuestro país.