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LAS CLAVES:

  • Globalización como proceso que lleva desarrollándose desde hace mucho años y que ha profundizado más recientemente en las esferas cultural y económica.
  • Brecha de representación entre los valores instrumentales del Estado y los valores nacionales de la ciudadanía.
  • Desalineamiento de los clásicos clivajes electorales– clase y religión– y consecuentemente un realineamiento en base a un nuevo clivaje cultural en torno a la globalización.
  • Mayor facilidad de desarrollar una identidad en base a tus intereses o valores en las ciudades globales que en los pueblos rurales.

En la actualidad estamos observando un revival identitario. Por un lado, las denominadas políticas de identidad promovidas sobre todo desde la izquierda: la identidad feminista, ecologista, perteneciente a una minoría étnica o LGTB+, etc. Por otro lado, la identidad de los que han sido o son mayoría, muchas veces ligada a una identidad nacional. Pese a que muchos vaticinaban el fin o debilitamiento de los nacionalismos, en la actualidad está experimentando un resurgimiento que en parte permite explicar el crecimiento de formaciones de extrema derecha, normalmente con un tinte identitario nacional como es el caso de Vox.

No es casual el auge populista en esta época, muchas veces de la mano de la defensa de una identidad nacional. Ya sea con un corte más de izquierdas, como en América Latina, o al contrario, más de derechas, como en Europa o Estados Unidos.

Para profundizar: "Populismo y nacionalismo: La Impía Alianza", Tirso Virgós en Polikracia (2017).

Mi objetivo en este artículo no es tratar el nacionalismo o el populismo, sino el concepto de identidad y su relación con la globalización. La identidad nacional se explica en parte a través de la identidad social; ésta es la forma en la que uno se define a sí mismo y define a otros. Significa ser parte de un grupo y con ello distinguirse de otros, lo cual afecta a nuestras relaciones sociales. La cuestión es que es una necesidad que tiene el ser humano: pertenecer a un grupo social.

Necesitamos sentirnos parte de algo más grande que nuestra individualidad, y esto implica unos elementos cognitivos, valorativos y emocionales. Cognitivos porque somos conscientes de pertenecer a un grupo, valorativos porque le otorgamos una significación positiva o negativa y, con ello, se despiertan unas emociones en nuestro interior (el tercer elemento). Todo ello luego condiciona nuestro comportamiento  y nuestra forma de relacionarnos con otras personas.

Las identidades pueden tener diferentes "formas" y no son excluyentes entre sí. Hay identidades nacionales, culturales o políticas; lo interesante es cómo se influencian entre sí y el efecto que pueden tener  a nivel electoral. Como observamos recientemente en las elecciones andaluzas, algunas de las razones de los votantes de Vox para escoger a ese partido están ligadas a la cuestión identitaria.

Para ampliar: "Vox y la identidad vulnerable", Belén Barreiro en EL PAÍS (2018).

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El papel de la globalización

En primer lugar, ante la falta de un consenso claro entre las diferentes formas de definir la globalización, utilizaré la perspectiva que comparte Roni Küppers en este artículo: la idea es que la globalización es un proceso que se ha producido desde hace muchos años y que es producto de la interacción entre tres esferas —la política, la cultural y la económica. Lo interesante en la actualidad es que sus efectos son mayores y, por lo tanto, también sus consecuencias. Sobre todo porque existe un desajuste entre las tres esferas: se ha producido un mayor desarrollo globalizador en la esfera cultural y en la económica.

Este proceso tiene lugar  a una mayor velocidad que en el pasado, cuando los cambios eran más lentos. En las sociedades premodernas las sociedades eran más pequeñas y homogéneas, lo cual generaba la construcción y consolidación de identidades más amplias y estables. Una identidad, al fin y al cabo, permite tener un compás moral. Una guía sobre cómo comportarte y cómo relacionarte con otras personas y grupos: en las sociedades premodernas eran la religión y las tradiciones lo que construían y definían una identidad.

Con el desarrollo del capitalismo y la concentración filosófica por el individuo– el sujeto individual– sobre todo a partir de la Ilustración, se produjo la paradoja identitaria del capitalismo. A medida que aumentaba la preocupación por el individuo, sus derechos, su autonomía y su individualidad —lo cual nos ha permitido alcanzar los amplios esquemas de derechos de los que hoy disfrutamos—, también se ha producido un proceso de atomización e individualización, una mayor preocupación por la identidad individual, cuya complementariedad con la cohesión social es un debate recurrente en la sociología desde sus inicios (Crow, 2002). En la postmodernidad, las identidades son más líquidas, superficiales y flexibles. La diferencia respecto a otras épocas es su capacidad de cambiar y adaptarse. La identidad está mucho más fragmentada y es más inestable al carecer de un núcleo firme. Es más volátil y cambiante, más adaptable a la individualidad de cada uno porque la estructura de la sociedad permite construirse una identidad a medida al haber más posibilidades.

La cuestión es: ¿cómo ha afectado la globalización a la identidad?

Como decía anteriormente, se han desarrollado más la esfera cultural y la económica. Sin embargo, la esfera política también ha impulsado la globalización. Han sido los Estado-Nación los interesados en gran parte en impulsar este proceso en ese sentido, por razones de competitividad económica o interés geopolítico, entre otras razones. Sin embargo, con ello estaban tendiéndose a sí mismos su propia trampa, ya que si la esfera política no acompaña este proceso se genera una brecha de representación. Anteriormente el Estado-Nación permitía construir una vida y con ello generar una identidad estable, era una relación bidireccional entre el Estado y sus ciudadanos.

Sin embargo, en la actualidad el Estado-Nación ha de interactuar mucho más con otros Estados-Nación, incluso tomar decisiones conjuntamente (véase la Unión Europea). El Estado-Nación es ahora un representante en un mundo conectado globalmente a través de la economía, la tecnología, la comunicación y el conocimiento. La brecha implica que el Estado tiene unos valores más instrumentales, mientras la Nación tiene unos valores más identitarios. No olvidemos que los Estados-Nación se legitimaron a través de las construcciones identitarias nacionales.

El Estado se ha convertido en un Estado competitivo con el fin de atraer mayores inversiones externas, lo cual ha limitado sus herramientas de cara a sus ciudadanos. Ya no es tan capaz de utilizar las herramientas que le permitían legitimarse como Estado frente a sus ciudadanos, como por ejemplo las altas cotas de Bienestar que hoy en día el mercado laboral internacional hace peligrar. De ahí la construcción como Estado-Nación y el desarrollo de la identidad nacional.

Para profundizar: "Globalización y Estado (I): un diagnóstico", Roni Küppers en Polikracia (2016).

Las identidades que no dependen de una nación son más fáciles de construir y significar con la globalización, se adaptan e incluso se benefician de ella. Las relaciones sociales ahora no están tan limitadas en el espacio-tiempo, las redes sociales e Internet (la globalización comunicativa) te permiten tener un continuo y mayor contacto con las personas que te interesan. Las ideas fluyen a una mayor velocidad, como pudimos observar con el movimiento feminista #MeToo.

Precisamente por ello las personas construyen en la actualidad su identidad en base a unos valores e intereses similares al no estar limitados por su realidad más cercana. Este papel lo desarrollaba anteriormente la religión y las tradiciones, cada vez menos presentes en nuestras sociedades occidentales.

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Las antiguas identidades y el voto

Ahora bien, esto tiene un efecto a la hora de votar. En el pasado tu religión y tu clase eran algunos de los mejores predictores de tu voto. A medida que las sociedades se secularizaron y la estructura de clase se volvió más compleja y heterogénea, la ideología llegó a ser el factor que estructuraba el voto durante la Guerra Fría. La cuestión es que desde hace varias décadas ni lo uno ni lo otro tienen tanto peso como antaño. De hecho los votantes cada vez escogen más tarde a quién votar.

Es cierto que los motivos detrás de votar a un partido u otro siempre han sido complejos. Pese a ello, se está observando cómo unos clivajes que se pensaba que eran rígidos están padeciendo un desalineamiento y consecuentemente un realineamiento en base a un nuevo clivaje cultural en torno a la globalización (o transnacionalismo). Esto genera que muchos ciudadanos, al ver debilitada su identidad tradicional y no encontrar una nueva identidad adaptada al contexto global, les lleva a refugiarse en su identidad nacional. Esto ocurrirá mientras permanezcamos en una estación incompleta de la globalización, produciendo esa brecha de representación y valores entre el Estado y sus ciudadanos.

Esto ocurre porque si las personas tienen una percepción positiva de su identidad y la ven amenazada, aumentarán su distintividad positiva respecto a otros grupos. Como explicaba al comienzo, los elementos cognitivos, valorativos y emocionales de la identidad son esenciales para explicar nuestro comportamiento y nuestras relaciones con otros. De esta forma se explicaría el posible efecto sobre el voto.

La cuestión es que estos procesos afectan más a los jóvenes, al socializarse en un contexto diferente al de sus padres, y a los habitantes de las ciudades, más conectadas a través de la globalización. La ciudad permite una mayor movilidad espacial y social. Por lo tanto, es mucho más sencillo encontrar una identidad acorde a tus valores e intereses en una ciudad, sobre todo una muy conectada a nivel global, más que en un pueblo rural.

Por supuesto, el revival identitario no se explica solo por cambios que se hayan producido en el lado de la demanda (el electorado). También es necesario que exista una oferta para esa demanda, y de eso se encargan los partidos políticos.

Está claro que la identidad juega un papel en la política y como explica Jorge Galindo «toda política es identitaria». Cabe preguntarse entonces lo siguiente: ¿Hasta qué punto tus condiciones materiales te permiten desarrollar una identidad?


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