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¿Qué pasó en las elecciones británicas?

07/07/2017

En la era de la inmediatez digitalizada, es cuando menos curioso ver un montón de personas correteando en la madrugada con cajas llenas de papeletas electorales, teniendo que esperar más de tres horas para los primeros resultados sólidos. Así son las elecciones en el Reino Unido: una elegía a la tradicional testarudez de unos isleños que una vez fueron imperio. La lentitud del proceso, no obstante, se compensa con momentos memorables como el de la inquieta Amber Rudd, Secretaria de Interior, esperando al borde de las lágrimas dos recuentos hasta poder garantizarse la reelección por un ajustadísimo margen de 346 votos. Un panorama que era síntoma temprano de que estas elecciones no habían ido exactamente como se esperaba, planteadas por la Primera Ministra como un calculado anticipo electoral para barrer al Labour y reconstituir una hegemonía inalcanzable desde Thatcher. ¿Qué explica que su plan haya salido tan estrepitosamente mal?

Rebobinemos a esa convocatorio electoral. Abril de 2017: los tories se encuentran unidos de nuevo tras el hundimiento de Cameron y asentados cómodamente en el relato nacional impuesto por la gente de May, lectora privilegiada del momento populista británico. Centrados en la consigna marco de la necesidad de reforzarse en las negociaciones del Brexit, se apuesta por aprovechar vientos favorables para adelantar las elecciones y así ajustar el ciclo electoral al ciclo del Brexit (antes, la salida previsible en 2019 hubiese tenido un impacto cortoplacista en las generales de 2020). Tan favorables eran los pronósticos, que el objetivo electoral se situó en alcanzar la cima simbólica del 40% de voto popular, una ambición apoyada en datos sólidos: además de oscilar en el entorno del 45% de voto estimado en las encuestas, estaban a la cabeza en intención de voto en Gales y acariciaban el 30% en Escocia.

Pero el resultado de las elecciones es aún más sorprendente teniendo en cuenta no sólo el buen punto de partida tory, sino también lo incómoda que era la situación de una oposición que mayoritariamente había hecho campaña por la permanencia y que, no obstante, tenía que descender a jugar en el terreno del Brexit. Por si fuera poco, el Labour en particular arrastraba una prolongada decaída electoral a causa de una crisis ideológica y de liderazgos que, teniendo que afrontar una cita electoral a medida del oponente, no podía aspirar más que a buscar justificar ante el país una derrota segura (y a la vez justificarse Corbyn ante esa parte del partido que no dudaría en intentarle derrocar otra vez).

Y si bien todo esto es cierto, también lo es el resultado electoral: desastrosa caída de los tories, potente resurgimiento del Labour y sorpresas dramáticas como la remontada laborista en Gales. Todos conocemos los resultados, sólo haré al respecto unos apuntes. Primero, que si bien es cierto que el Labour ha experimentado antes otros efectos rebote importantes (1983 y 2010), la excepcionalidad de estas elecciones lo hace aún más sorprendente. Segundo, que ambos partidos han rebasado a la vez la cima simbólica del 40% de voto popular (el mejor resultado desde Thatcher y Blair para cada partido respectivamente), consolidando claramente el bipartidismo (los partidos minoritarios han perdido muchos depósitos legales al haber quedado por debajo del 5% en varias circunscripciones, lo que significa un coste alto si pretenden presentarse en las elecciones siguientes) pero demostrando que los beneficios de un sistema FPTP pueden diluirse cuando las opciones se polarizan tanto y llevar a situaciones anómalas (aunque los conservadores han incrementado su porcentaje de voto, pierden escaños; aunque los liberaldemócratas han caído en porcentaje de voto, ganan escaños). Tercero, para tener una perspectiva más profunda de los resultados, podemos contrastar los resultados con los battlegrounds de cada partido (aquellas circunscripciones donde la diferencia en las últimas elecciones fue baja, que suelen ser puntos estratégicos en los que focalizar esfuerzos), ordenados aquí en función del porcentaje de swing (una medida más precisa de la diferencia en un sistema tan fuertemente bipartidista, ya que mide no la diferencia absoluta, sino el porcentaje de voto que el partido en segundo lugar tiene que quitarle al partido ganador para superarlo).

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Como se puede apreciar, el conservadurismo solo consiguió ganar un 7,1% de los objetivos estratégicos, y ni uno de entre los que requerían un swing igual o inferior al 2%. Además, al cotejarlos con los valores relativos de los laboristas, es revelador ver que no solamente mantienen la gran mayoría de circunscripciones más frágiles, sino que además aumentan su mayoría en términos relativos en el 72% de las mantenidas (indicadas en negrita).

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Por otro lado, como puede apreciarse en este segundo gráfico, el laborismo consiguió ganar un 30% de los objetivos estratégicos, ganando hasta dos tercios de las circunscripciones que requerían un swing igual o inferior al 2%. Además, al cotejarlos con los valores relativos de los conservadores, vemos que se reduce en términos relativos la mayoría en el 70% de las circunscripciones estratégicas mantenidas (indicadas en negrita). En definitiva, ambos gráficos revelan que el resurgimiento del Labour es más poderoso de lo que los resultados revelan a primera vista.

La explicación de este resultado no es monocromática, y empezaremos por intentar explicar qué parte de culpa tienen los propios tories, malos gestores del momento a pesar de ser los árbitros electorales. El primer y más fundamental error cometido ha sido haber querido utilizar la identity politics (el discurso transversal y populista de la reafirmación soberana frente a la tecnocracia ilegítima de Bruselas) como tapadera para pasar un programa electoral durísimo. Es decir, se intentó focalizar las elecciones en términos plebiscitarios (o votas a May o no tendremos fuerza en las negociaciones con la UE) para así asegurarse el voto y poder colar toda una serie de medidas programáticas extremadamente impopulares que ahondan en el pozo de la austeridad como dogma fiscal: reducción de ayudas a la tercera edad, infrainversión en la NHS (prometiendo unas cifras imposibles sin prever una garantía pública en caso de faltar los ingresos), reducción de las garantías a las pensiones, reducción de las ayudas energéticas en invierno, supresión de las ayudas a comedores escolares, etc.

Pero el Labour, en vez de trabarse en el juego plebiscitario post-Brexit como esperaban los conservadores, se ha centrado precisamente en esto último. Y la gente ha escuchado. «La gente me habla de muchas cosas que le preocupan pero no del Brexit», le decía la candidata Jess Phillips a un sorprendido Owen Jones durante la campaña. La estrategia del Labour ha sido rehuir el tema del Brexit, mantener una posición crítica no demasiado desarrollada (tampoco hacía falta más, pues nadie esperaba ver a Corbyn de Primer Ministro, y además ha permitido apelar tanto a votantes remain y leave) y centrarse en desenmascarar el lado oculto del adelanto electoral: la necesidad de consolidar una mayoría antes de que los malos datos económicos actuales (reducción del output industrial, ensanchamiento del déficit comercial y reducción salarial generalizada) se solapen con el multiplicador negativo del efecto Brexit (una combinación de ciclo recesivo y convulsión que, según un informe de la LSE, podría tener consecuencias desastrosas si el Brexit se lleva a cabo con la firmeza con que pretende la Primera Ministra). De ahí la urgencia por colar un programa tan duro, porque la situación no es idílica y sobrevivir un Brexit duro requiere medidas drásticas. Y de ahí el programa laborista: centrado en un discurso eminentemente social, anti austeridad y con medidas muy atractivas.

También ha habido otros fallos determinantes en la estrategia de May, como la lectura desacertada que se hizo del electorado del UKIP: se dio por hecho que tras el Brexit y su consecuente caída en las encuestas, su electorado haría una transición directa a las filas del conservadurismo. Pero esto no ha sido así, y el voto del UKIP se ha fragmentado más de lo esperado; en términos globales, el UKIP bajó 10,8 puntos porcentuales, pero los conservadores sólo subieron 5,5. El error de considerar su electorado como un bloque ideológicamente cohesionado se ve reflejado si recuperamos el gráfico de battlegrounds conservadores y lo cotejamos con el porcentaje de voto del UKIP en las anteriores elecciones: en el 77,8% de los casos, el porcentaje del UKIP era mayor que la diferencia entre laboristas y conservadores en las elecciones de 2015 (con lo cual, teóricamente, las habrían tenido que ganar al sumar ese porcentaje). Pero de ese bloque de circunscripciones solamente ganaron un 9,5%.

También parece haber tenido un impacto significativo la reacción del ejecutivo a los dos atentados que se produjeron durante la campaña: ni pudieron defenderse de las acusaciones de Corbyn que los responsabilizaban por haber ajustado el presupuesto de los cuerpos policiales, ni lo arreglaron endureciendo su discurso hasta el punto de decir que los derechos humanos no serían obstáculo en la lucha contra el terrorismo.

Por otro lado, y al margen del acierto evidente de la estrategia de campaña, los laboristas también han tenido varios aciertos más. Uno muy claro ha sido aprovechar algo que ya se ha dicho: nadie esperaba ver a Jeremy Corbyn de Primer Ministro, y esto se ha explotado y ha permitido despersonalizar la campaña, lo cual fue positivo teniendo en cuenta los bajísimos índices de aprobación que tenía el líder laborista antes de las elecciones (según una encuesta de Ashcroft, solamente el 18% creía que sería un buen primer ministro, frente al 55% que registraba Theresa May). Además, también ha permitido venderse como un partido exclusivamente de oposición, facilitando rehuir dar importancia al tema del Brexit y permitiendo apelar a todos aquellos votantes que desearan un contrapeso parlamentario que rebajase la dureza del gobierno en las negociaciones con la UE (independientemente de si apoyan o no la salida o de si quieren a May de Primera Ministra o no).

Por último, es evidente lo favorable que ha sido para el laborismo el súbito repunte en la participación electoral de los jóvenes. Ya se venía notando un gran apoyo de la juventud a Corbyn y esto se reflejaba en las encuestas, pero nadie esperaba tal youth surge, que ha llegado al 64% de participación (el más alto de las últimas tres décadas, 21 puntos porcentuales por encima del dato de 2015). Según las últimas estadísticas de Ipsos, el 60% de los votantes en la franja de 18-24 años optaron por el Labour. Las circunscripciones con mayor proporción de gente en esta franja notaron incrementos grandes de apoyo al laborismo, con casos como el de Bristol West, donde creció 30 puntos porcentuales. Esto está relacionado con la pésima justificación que dio May de las últimas subidas de las tasas universitarias y con la fuerte apuesta del partido laborista por medidas atractivas para los jóvenes y por medios tecnológicos de campaña muy avanzados, como la herramienta de marketing geolocalizado Promote.

Creo que todo esto resume bien las causas reales que se pueden identificar tras la transformación de una oportunidad dorada en un descalabro electoral, y que apuntan a tendencias que se pueden prolongar (como por ejemplo la movilización de la juventud a favor del laborismo) y que indican que, contra el pronóstico de la gente de May, las identidades sociales y de clase son aún muy fuertes en el Reino Unido como para ser barridas con la lanza del nacionalismo populista. Además, la derrota de estos planteamientos puede significar un punto de inflexión en la peligrosa orgía de la posverdad que se había instalado en la política británica y que culminó con la campaña que llevó a la salida de la UE.

Para finalizar, un apunte acerca de las consecuencias de estos resultados en diversos ámbitos. Primero, se cancela el programa de radical austeridad de May, que se ha visto obligada a gobernar con el apoyo de los unionistas norirlandeses, y que previsiblemente no será ya Primera Ministra en 2018 (hay quien apunta incluso a otras elecciones en otoño).

En segundo lugar, al plantear los comicios en términos plebiscitarios, el resultado es una enmienda a la totalidad del plan del hard Brexit, y con toda seguridad May tendrá que buscar consenso con la oposición para acordar una salida que sea percibida como legítima (según datos estadísticos, el 55% de la población sería favorable al establecimiento de una coalición multipartita para abordar las negociaciones). Además, un parlamento sin mayoría absoluta es un parlamento más lento, lo cual dificulta al gobierno maniobrar frente a la UE, lo cual es peligroso ya que el artículo 50 del Tratado de la UE ya ha entrado en vigor y contempla unos plazos no ampliables. Y por si fuera poco, no hay que olvidar que han entrado muchos brexiteers en el parlamento: los que han hecho carrera al amparo del ala dura que May ha reavivado, lo cual hace que, aunque se paralice el plan del Brexit radical, gran parte del grupo parlamentario esté muy radicalizado con respecto a este asunto (lo cual indudablemente ejercerá presión sobre la Primera Ministra). En definitiva, toda una serie de circunstancias que juegan claramente a favor de la posición de la UE en estas negociaciones.

Y que no se nos escape la paradoja del resultado electoral: Corbyn es ahora el líder indiscutido, y May la frágil primera espada de unos tories que sangrarán internamente hasta dar con un nuevo líder.

Roni Kuppers
AUTHOR

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

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