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¿Qué hay de nuevo, Berlusconi?

La década de los noventa está grabada en la memoria de los italianos. Tres hechos tuvieron un notable impacto en el sistema político que salió de la posguerra. En primer lugar, la corrupción institucionalizada hizo añicos a la Democracia Cristiana. La colusión entre empresarios y cargos públicos (llevada magistralmente a las pantallas por Stefano Accorsi) acabó con el líder del Partido Socialista huido a Túnez. El caso Mani Pulite reforzó el sentimiento popular contra los partidos y las élites de la Primera República, ya registrado en distintos sondeos años atrás (Del Palacio, 2017).

En segundo lugar, la puesta en marcha del euro limitó las ‘policies’ de los gobiernos (Morgan, 2011). El Tratado de Maastricht, que establecía criterios para el déficit, la deuda y la inflación, hacía imposible la estrategia emprendida durante los años cincuenta y sesenta, y que dieron lugar al conocido como miracolo economico: el aumento del gasto público para generar nuevos empleos. El arquetipo fue la creación de la Casa per il Mezzogiorno, que «contribuyó a la creación de infraestructuras indispensables para la industrialización, absorbió desocupación y distribuyó recursos económicos» (Silveira Gorski, 1998: 51). De esto modo, la consagración del euro restringió las posibilidades de acción de los gobiernos nacionales y obligó a la convergencia para proseguir en el proyecto de integración continental.

Por último, los efectos del fin de la Guerra Fría también se hicieron notar en Italia. La caída del Muro de Berlín en 1989 obligó a la izquierda a adaptarse al nuevo orden internacional. Disuelto el PCI, nace el PDS, que se integra relativamente pronto en las estructuras organizativas de la socialdemocracia (el Partido Socialista Europeo y la Internacional Socialista).

Este conjunto de acontecimientos intervienen decisivamente para que, en 1994, Silvio Berlusconi decida dar el salto a la política institucional de la mano de Forza Italia. La oferta del empresario milanés ya era conocida. Inspirado en gran medida en el qualunquismo de Giannini (Tarchi, 2015), Il Cavaliere se presenta ante la sociedad como un hombre sin vínculos con la partitocracia del 48 y que se identifica con la laboriosidad y el virtuosismo de la sociedad civil. Casi veinticinco años después de aquellas elecciones, Italia vuelve a mirar a Berlusconi. ¿Es posible vislumbrar elementos de continuidad? ¿Y de ruptura?

La continuidad: la tensión entre liberalismo y populismo

Sobre el berlusconismo, Giovanni Orsina define a éste como una emulsión entre liberalismo y populismo. Como muy bien advierte Del Palacio, el término no está seleccionado aleatoriamente, pues subraya la tensión que subyace en ambos discursos. En el imaginario político inicialmente articulado por Berlusconi, el Estado se instituye en un actor que ayuda, y no desincentiva, a la creatividad de los individuos. El Stato amico y la Azienda Italia se entremezclan para configurar una armonía social: italianos convertidos en pequeños empresarios que generan crecimiento económico, beneficio y valor añadido al país.

Con el periodista Bruno Vespa (2001) de testigo, el entonces candidato a presidente del Consejo firmaba el ‘Contrato con los italianos’. Imitando a los republicanos norteamericanos de 1994, que tejieron su propio Contract with America, la propuesta política concebía una importante rebaja fiscal en el IRPF y la supresión de los impuestos de sucesiones y donaciones.

Aquella aparición es una síntesis de lo que representa el berlusconismo. La televisión ofrece una oportunidad excelente para practicar la cultura de la inmediatez (Orsina, 2013). Si la democracia de partidos se caracteriza por la lentitud de los procesos legislativos, la necesidad de construir mayorías parlamentarias y la cacofonía del pluralismo político, el medio televisivo ayuda a establecer una relación directa entre líder y pueblo. Así, en el espacio mediático no hay límites procedimentales ni obstáculos para hacer efectiva la voluntad popular recogida en las urnas.

El berlusconismo de hoy no ha abandonado la emulsión que enfrenta a liberalismo y populismo. En una de sus últimas intervenciones, Il Cavaliere ha lanzado tres promesas: menos impuestos, menos impuestos y menos impuestos. La medida estrella se ha concretado en la conocida como flat tax, que establece un tipo impositivo único del 23% en la fiscalidad para familias y empresas (y que ya estuvo incorporada en la agenda del centro-derecha años atrás). El Credo Laico publicado por Forza Italia para las elecciones del próximo cuatro de marzo recoge uno de los postulados más reproducidos en la agitada década de los noventa: un Estado que sirva a la nación y no una nación subordinada a éste. El pueblo no es definido en base a características étnicas, sino que se construye a través del elogio de la capacidad emprenditorial y el talento de cada individuo, que permite poner en marcha los engranajes de la empresa Italia.

La aureola de hombre salvador sigue presente en el universo Berlusconi. Si en pleno colapso del sistema de partidos se presentó como self-made man con una hoja de ruta impecable en su trayectoria empresarial, en 2018 vuelve (si es que se ha ido alguna vez) para evitar una hipotética victoria del Movimiento Cinco Estrellas, acusado frecuentemente de ser un nido de ‘políticos profesionales que no han trabajado nunca en su vida’.

Este recurso ha sido muy explotado en las entrevistas que el líder de Forza Italia ha ofrecido en los canales de televisión y radio durante la campaña electoral. El pasado mes de noviembre propuso, para la formación de un gobierno, un ejecutivo que incluyera a 12 ministros de la sociedad civil. En contraposición a una clase política viciada, dedicada únicamente a la gestión del poder, el ex premier propugna una élite virtuosa, salida de la cantera de la ciudadanía activa, de la empresa y de las profesiones liberales. No es casualidad que entre los posibles candidatos de Forza Italia para la presidencia del Consejo haya aparecido el nombre del ex-general de los Carabinieri Leonardo Gallitelli, adscrito a las fuerzas del orden y sin ningún tipo de filiación partidista.

¿La ruptura? La presión de los extremos

En el marco de un seminario sobre la cita electoral celebrado en el CEPC, el profesor Andrea Betti indicaba acertadamente la heterogeneidad del centro-derecha y los cambios respecto a la coalición que se presentó en 1994. Con la desintegración y desinstitucionalización de la I República, Berlusconi fue capaz de configurar y liderar un polo bajo las coordenadas del liberalismo, ante la posible victoria de la izquierda.

Las coordenadas han cambiado. En el último congreso de Fratelli d’Italia, Giorgia Meloni introdujo el nuevo elemento galvanizador de la derecha: la identidad. La campaña electoral ha estado marcada por la agitación del miedo hacia la inmigración. En un estudio publicado por Financial Times y La Stampa, se incidía en que la mecha que encendía el populismo en el país transalpino no era tanto el euro o la pérdida de soberanía nacional, sino la inseguridad y el miedo que generaban los flujos de migrantes llegados de las costas.

El último sondeo realizado por DEMOS confirmaba que «la inmigración dividía a la sociedad». El pasado año, el 47% de los italianos afirmaba que la inmigración era un peligro para el orden y la seguridad pública, el dato más alto en diez años. El empuje de la Lega y Fratelli d’Italia (que rondan el 20% en intención de voto) ha obligado a Berlusconi a incluir en el programa de gobierno la expulsión de seiscientos mil inmigrantes y el aumento del gasto en defensa para garantizar «la tranquilidad en las calles».

Lo interesante del caso italiano es que rompe con algunas de las premisas teóricas desarrolladas hasta el momento. Considerado un fenómeno transnacional, el populismo ha adquirido connotaciones diferentes dependiendo del contexto en que surge. En los países del norte de Europa, los partidos anti-elitistas han cimentado su éxito gracias a un discurso chovinista. La experiencia no es nueva, pues durate los años setenta y ochenta ya cosecharon consensos electorales en Noruega y Dinamarca (Norris, 2009). La recesión económica, la pérdida de soberanía y los efectos de la política de austeridad habrían abonado el terreno para formaciones populistas escoradas hacia la izquierda en la Europa del Sur (Hernández y Vidal, 2016).

El caso italiano es de difícil encaje. Si bien el Movimiento Cinque Stelle consiguió en 2013 convertirse en primera fuerza, difícilmente la plataforma creada por Grillo y Casaleggio puede considerarse un artefacto político cercano al campo ideológico de Podemos y Syriza. Más allá de los resultados que obtengan el próximo cuatro de marzo, el éxito de la Lega de Salvini y de Fratelli d’Italia ha sido el de modificar el curso del debate público para incluir en la agenda issues que parecían enterrados en la Europa meridional, y que gravitan en torno a un denominador común: la identidad nacional.


Rivero, A. y Del Palacio, J. (2017). Geografía del Populismo: un viaje por el universo del populismo desde sus orígenes hasta Trump. Tecnos. Madrid.

Silveira Gorski, H. (1998). El modelo político italiano. Un laboratorio: de la tercera vía a la globalización. Edicions Universitat de Barcelona.

Morgan, J. (2011). Bankrupt representation and party system collapse. The Pennsylvania University Press.

Orsina, G. (2013). Il berlusconismo nella storia d'Italia. Marsilio.

Tarchi, M. (2015). Italia populista: dal qualunquismo a Beppe Grillo. Il Mulino.

Hernández, E. y Vidal, G. (2016). Los partidos anti-elitistas tras la recesión de 2008. Fundación Alternativas.

Norris, P. (2009). Derecha radical. Votantes y partidos políticos en el mercado electoral. Akal.

Enrique Clemente Yanes

Enrique Clemente Yanes

Politólogo. Interesado en el estudio de los procesos de construcción nacional, he colaborado con el Departamento de Historia del Pensamiento Político en la Facultad de Ciencias Políticas (UCM).

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