/

Qué es el populismo: historia y concepto

El concepto de populismo es uno de los más ambivalentes de la ciencia política. Lo primero que merece la pena subrayar es que el populismo no es una ideología, sino que se trata de una narrativa o estrategia, capaz de manifestarse en los más diversos espectros políticos.

Si nos fijamos en los actores políticos que a lo largo de la historia han sido tachados de populistas encontramos a Juan Domingo Perón en Argentina, un político partidario de la intervención del Estado en la economía como medio para impulsar el desarrollo; a Alberto Fujimori, un presidente neoliberal; a Hugo Chávez, a Nigel Farage y por supuesto al “Rey del Populismo”: el señor Donald Trump. Todos estos señores emplean el populismo como un elemento estratégico que apoya o complementa tanto sus discursos como sus políticas públicas. Pero esto no es un producto moderno de la era del compol, sino una estrategia compleja y añeja que ha ido evolucionando a través del tiempo.

Los primeros antecedentes del populismo datan de finales del siglo XIX y principios del siglo XX (Frei & Rovira, 2008) tanto en EEUU como en Rusia. En EEUU se materializó en un partido denominado People´s Party (de ahí el término). Dicha formación política era el canal de expresión de los pequeños terratenientes rurales que se habían empobrecido con la creciente industrialización del país. Reaccionaban oponiéndose a las dinámicas de la modernidad capitalista y propugnaban una mayor participación política que excediera los límites de la democracia representativa, aunque de una manera un tanto ambigua. Por su parte, en Rusia, el populismo (Narodnike) bebía del ideal romántico de la vida agraria y defendía ciertas formas de vida en comunas (García, 2010). El elemento común de la representación de parte del campesinado y su búsqueda utópica de una mayor participación política son dos rasgos que nos permiten entender por qué, para combatirlo, en EEUU se introdujo el proceso del referéndum.

Tenemos que viajar a la época de entreguerras, y concretamente a Iberoamérica, para ver la irrupción de una nueva serie de movimientos que fueron definidos como populistas y que tienen más que ver con la concepción de populismo que concebimos hoy en día. Se trata de nuevo de un escenario de transición en el que unas clases sociales trataban de emerger y las ya posicionadas generaban resistencia. Las clases medias nacientes no eran capaces de hacer frente a las estructuras aristocráticas previas y reclamaron una autoridad fuerte capaz de impulsar la transición hacia una industrialización completa; dicha autoridad tendría la función de impulsar el desarrollo interno y combatir la pobreza frente a las élites. Es por eso que muchos movimientos populistas de esta etapa, como el peronismo, pueden adscribirse políticamente en la izquierda (aunque este ejemplo, en particular, mutara a lo largo de los años). Si lo ponemos en contexto, el populismo desarrolló una función similar a la que pudieron realizar los nacionalismos autoritarios en Europa, pero con dos importantes salvedades: no suprimieron la democracia en la mayoría de los casos (aunque desde luego se generaron externalidades negativas, como por ejemplo un fuerte culto a la personalidad del líder) y no combatían políticamente contra el comunismo. Es en esta etapa del populismo cuando se empieza a visualizar más claramente su estrategia: se presenta como un movimiento «del pueblo y para el pueblo», como en la etapa anterior, pero definiendo a un colectivo adversario como enemigo.

Desde los años 90, asistimos a un nuevo tipo de populismo que es ante todo estrategia: Una lógica de la acción política (Frei & Rovira, 2008) que es consecuencia de los déficits institucionales de los regímenes representativos. Es decir, responden a una situación en la cual un espectro amplio de población no se siente correctamente representada. Dicho momento puede ser coyuntural (en una situación de crisis, por ejemplo) o consolidarse como una situación de desafección crónica. La principal diferencia respecto de la etapa previa es que el desarrollismo deja de ser el objetivo prioritario y se busca llegar a un electorado muy heterogéneo que comparte una cierta desafección. Los líderes populistas tratan de crear una comunicación directa con sus votantes al margen de los cauces típicamente institucionales. Presentan en esta etapa un marco de acción pragmático y basado en soluciones expuestas de manera simple, como si fuesen evidentes. Y de nuevo se repite la dialéctica élite-pueblo y un cierto caudillismo que, aunque es compatible con la democracia, en ocasiones provoca excesos que desafían los check and balances (el caso más evidente es el de la supresión del Senado por parte de Fujimori).

Podríamos decir que, en el contexto actual, asistimos a una suerte de cuarta etapa en la que se conservan intacta la estrategia populista y su versatilidad para presentarse en cualquier contexto político. Pero se le añade un elemento importante: a la desafección con las instituciones del Estado-Nación se une la desconfianza en una globalización generadora de incertidumbres y desigualdades en el plano social y económico. Este descontento se extiende a las empresas multinacionales, las instituciones internacionales, etc.; básicamente a todo aquello que sea susceptible de transgreder en cierta medida las fronteras democráticas del Estado por medio de largas cadenas de burocratización. En este contexto hemos visto reacciones impactantes como la victoria de Donald Trump y o el Brexit.

Partiendo de este recorrido histórico, podemos decir que el populismo presenta los siguientes elementos de manera inconfundible:

  • Una cierta devoción al líder, en tanto que persona capaz de llevar a cabo los cambios necesarios.
  • Un discurso comunicativamente sencillo que expone las problemáticas existentes. Especialmente se explica la realidad en términos dicotómicos: élite-pueblo, buenos-malos.
  • Una relación cercana entre el líder y/o el partido y los votantes, al margen de cauces institucionales.
  • La creación simbólica para su narrativa de adversarios a los que combatir, externos o internos.
  • Una monopolización del concepto de pueblo o nación y un posicionamiento como outsider, al menos hasta la conquista del poder.

Líder, narrativa dicotómica, solución sencilla y concepto de pueblo son elementos clave en la concepción del populismo como estrategia. La lógica de la acción política con la que combate el populismo no es otra que la del elitismo, una percepción de la realidad cuya premisa es mantener el statu quo (el establishment de las élites, en términos del populismo). Así, y partiendo de que el lenguaje nunca es neutral en ciencias sociales, si bien populismo es usado por las formaciones políticas convencionales como un concepto despectivo que está relacionado con falsas soluciones, los populistas emplean a su vez el concepto elitismo de modo peyorativo para hacer referencia a unos gobernantes que legislan al margen del pueblo.
En cuanto a su carácter propositivo, el elitismo es normalmente tecnocrático: entiende que a la hora de solucionar un problema hay una solución que es la óptima y que está avalada por la práctica. Promueve no caer en las “soluciones fáciles” del populismo y, por el contrario, proporciona un menú muy limitado de opciones posibles que causan una cierta frustración cuando son poco efectivas, sobre todo en el corto plazo.

A día de hoy, la crisis de las instituciones representativas nos proporciona un escenario ideal para analizar a los actores políticos en términos de su cercanía o lejanía con el ideal de elitismo o de populismo, como un eje alternativo y tal vez más informativo que el de izquierda-derecha, como apunta Innerarity (2015). Propongo a continuación un posicionamiento de los principales partidos políticos en España en función de su adecuación a estos conceptos; para ello los clasificaremos en una escala del 0 al 5, siendo 5 el mayor grado de populismo y 0 el mayor grado de elitismo.

Estos resultados se pueden explicar de la siguiente manera:

  • El PP y el PSOE son dos partidos fuertemente institucionalizados. A pesar de que el PSOE podría ofrecer una posición de apertura para tratar de reducir el “efecto Podemos”, rechazan fuertemente las “soluciones simples” de las opciones populistas y afirman que, ante un problema como es la crisis fianciera actual, lo mejor es mantenerse en las instituciones existentes (especialmente la UE) frente a la lógica de “hacer experimentos”. Para cada uno de ellos la vía óptima es la suya (la vía neoliberal o la vía socioliberal, todas las demás son irrealizables) y, en términos de praxis, muchos votantes han dejado de ver las diferencias entre ellas.

  • Un caso curioso de analizar es el de Ciudadanos. El partido de Albert Rivera presenta rasgos evidentes de populismo como es precisamente el hiper liderazgo y la personalización en torno a su líder. En cuanto al discurso, trata de agrupar a los potenciales votantes a través del concepto de patriotismo constitucional, el cual le legitima a emplear los símbolos nacionales como representativos de la unidad de la ciudadanía. En cambio, a diferencia del populismo, la diaéctica élite-pueblo no está presente. Es más, dice criticar ese esquema y ofrecer una idea de país integradora, pero en la práctica sí que genera una dialéctica frente a los nacionalismos periféricos, a los que considera excluyentes y adversarios. No obstante, en términos económicos se alinea con el statu quo y huye de las soluciones fáciles. Está en un término medio que mezcla una narrativa populista con unas soluciones bastante pragmáticas.

  • Podemos presenta desde su fundación elementos muy variados y desarrollados de la estrategia populista. Un buen ejemplo es la elaboración del concepto de casta que tacha a las élites de inmovilistas (como son las castas hindúes, por nacimiento) y la denominación del resto con el genérico gente, equivalente a la idea de pueblo compartido. Además, comparte con Ciudadanos el hiper liderazgo y la lectura dicotómica contra sus adversarios, mucho más pronunciada. En el discurso Podemos es populista y también lo es en los aspectos programáticos, proponiendo soluciones que, realizables o no, se sitúan al margen del consenso económico dominante.

En líneas generales, el debate acerca del populismo y el elitismo ha dado y dará de qué hablar en los próximos años, con el auge de la inmediatez, el predominio de lo visual y las explicaciones en formato de tuit. Espero que estas breves líneas ayuden a comprender mejor el fenómeno.


FREI, R., ROVIRA, C. (2008). «El populismo como experimento político: historia y teoría política de una ambivalencia», en Revista de Sociología, Nº 22, Universidad de Chile.

GARCÍA, Roberto (2008). «Las Raíces del Populismo: los movimientos populistas en Rusia y Estados Unidos», en Revista Nueva Época, Nº 63.

INNERARITY, Daniel (2015). La política en tiempos de indignación, Barcelona, Galaxia Gutenberg.

Isidoro Sevilla

Isidoro Sevilla

Sociólogo y politólogo por vocación. Máster en comunicación política e institucional e interesado en geopolítica. Con la idea de esforzarme día a día en todos los ámbitos de mi vida.

Más