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La cuestión del neoliberalismo es a la vez ubicua y esquiva: a saber, la disputa acerca de su significado y usos empíricos es acalorada entre aquéllos que se dedican al negocio de la crítica social, pero nada parecido ocurre entre aquéllos que son adscritos —a veces algo forzosamente— a la etiqueta. Esto debe prevenir un tipo de perspectiva común a cualquier otro ismo contemporáneo, ya que es posiblemente a día de hoy un concepto más antagonístico que sustantivo.

Ha sido habitual en los usos comunes y académicos referirse con neoliberalismo a un conjunto de políticas públicas definidas en torno al monetarismo —la imposición de una política restrictiva de la inflación— y a la priorización de la acumulación de capital.

Pero muchos han apuntado que lo que hace del neoliberalismo neo se refiere a cuestiones más relacionadas con la ideología política y social que con la política pública, y que por tanto esto debe primar en su estudio. Foucault (2008 [1979]), por ejemplo, trazó una genealogía que sitúa el origen del neoliberalismo en la identificación entre nazismo y centralización estatal, lo cual empujó a la Escuela de Friburgo a promover una fusión Estado-mercado que garantizase la máxima competencia: el mercado como principio legitimador del Estado, la competencia como criterio de gestión estatal y la garantía forzosa de la máxima competencia como principal objetivo de la fuerza del Estado. He aquí las claves que diferencian el neoliberalismo del liberalismo económico clásico —confiado en la tendencia natural hacia del quehacer de la sociedad civil hacia un mercado operativo, y preocupado antes bien por delimitar claramente su dimensión de la del Estado— y de lo que se conoce como new liberalism —caracterizado por empujar la barrera entre Estado y sociedad civil para paliar la "imperfección moral" del mercado y promover políticas sociales.

En este programa ideológico occidental muchos han visto el ‘proyecto’ de las élites para reinstituir su poder de clase a expensas del proyecto socialdemócrata. Este tipo de argumentos trazan un historial de movimientos (fundaciones, think tanks, financiación electoral, acaparamiento de los medios, etc.) que generalmente apuntan a la crisis de los setenta como punto de inflexión a partir del cual las élites empezaron el reaprendizaje social de pautas de actuación de clase más propias de la antigua aristocracia. Pero hay cuestiones problemáticas. Por ejemplo, el caso de Harvey (2005) demuestra que no es sencillo identificar actores de clase: si bien apunta que la materialidad del proyecto neoliberal se refleja en la creciente desigualdad (p.19), no se da cuenta de la contradicción que supone afirmar más adelante que los actores de clase reinstituidos puedan no ser los mismos del pasado —y por tanto en ningún caso los responsables de haber empezado dicha ‘lucha’ de clases en su origen. ¿Pero cómo pueden ser ambas proposiciones compatibles? Además, los estudios empíricos apuntan a una gran variedad de escenarios o itinerarios hacia el neoliberalismo: por ejemplo, puede ser visto no como el resultado de lógicas de dominación sino más bottom-up, es decir, como el resultado contingente de equilibrio entre demandas ciudadanas y políticas públicas (Barnett, 2005). Encontramos, incluso, formas de progresismo que consiguen hacer migrar las herramientas del neoliberalismo para que sirvan a sus causas (Ferguson, 2010).

Forzar estos esquemas —la necesidad de sujetos en conflicto, la búsqueda de mecanismos de dominación— es común en las definiciones a las que me he referido como antagonísticas. Pero la variabilidad empírica, a la vez que la ubicuidad tan palpable del neoliberalismo, animan a buscar definiciones que permitan entenderlo más ampliamente, como una economización de las formas de decisión y juicio, es decir, como una racionalidad antes que una ideología. Una forma de racionalidad adaptada a dos dinámicas sociales imbricadas entre sí: la transición de la solidaridad del bienestar a la individualización (Bauman, 2004; Beck, 1992) y el «divorcio entre las estrategias económicas y la construcción de un tipo de sociedad» (Touraine, 1995 [1992], p.185 y 192, traducción propia) —i.e., la desconexión entre el progreso material y la emancipación social.

Así, Brown (2015, p.30, traducción propia) define el neoliberalismo como «un orden de razón normativa que […] toma forma como una racionalidad de gobernanza extendiendo una formulación específica de valores, prácticas y métricas económicas a toda dimensión de la vida humana». Para ella la dominación es, antes bien, no la causa sino el peligro al que se abre una conciencia ciudadana neoliberalizada (pp.206-208), que se caracteriza por poner sistemáticamente la eficiencia por encima de criterios de libertad o igualdad —que en términos posmodernos se consideran inalcanzables o idealistas— y se concibe a sí mismo como una empresa, es decir, como un sujeto cuya realización debe buscarse independientemente del sistema colectivo.

De esta forma es posible comprender mejor la variabilidad histórica y la extensión indiscriminada de dicha lógica a multitud de ámbitos de la vida personal y social. Y también permite entender dos elementos: la importancia como mecanismo legitimador de cierta forma de teoría económica que, no obstante, permanece completamente desvinculada de los condicionantes sociales (Baudrillard, 1975; Bourdieu, 1998); y el desplazamiento de la gobernabilidad en favor de la gobernanza: una lógica dedicada a la solución de problemas cuya determinación no entiende de sujetos ni de fines sociales, sólo de problemáticas sobrevenidas que requieren medidas para las que ‘no hay alternativa’ (Offe, 2009).

Así puede definirse el neoliberalismo: como una racionalidad póstuma (Garcés, 2017), a saber, como la racionalidad del sujeto posmoderno agotado y dedicado a la lógica económica: la lógica de gestionar lo que hay, sin cuestionar lo que hay. Lo que define al neoliberalismo, en fin, ese esta asombrosa trascendencia de la economía al ámbito normativo. Puede que la doctrina del ‘no hay alternativa’ sea, pues, no más que el precipitado social de la «pérdida de la gran narrativa» (Lyotard, 1984, p.37, traducción propia).


Barnett, C., 2005. The Consolations of ‘Neoliberalism’. Geoforum, 36(1), 7-12.

Baudrillard, J., 1975. The Mirror of Production. St. Louis, MO: Telos.

Bauman, Z., 2004. Europe: an unfinished adventure. Cambridge: Polity.

Beck, U., 1992. Risk society: towards a new modernity. London: Sage Publications.

Bourdieu, P., 1998. Acts of resistance: against the new myths of our time. Cambridge: Polity.

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Ferguson, J., 2010. The Uses of Neoliberalism. Antipode, 41(supplement), 166–184.

Foucault, M., Senellart, M., ed. 2008. The Birth of Biopolitics: Lectures at the Collège de France, 1978–1979. Translated from French by G. Burchell. London: Palgrave Macmillan.

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