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Populismo y socialismo

Como se ha argumentado en otro artículo de esta serie, en el seno del populismo se encuentra siempre una noción esencialista del pueblo, al que busca restituir su verdadera identidad y soberanía. Estudiar este núcleo operativo del populismo permite entender por qué las ideologías son más o menos propensas a emplear sus formas discursivas. Por ejemplo, si tuviéramos que dibujar un eje de sensibilidad, encontraríamos en uno de los extremos el liberalismo más puro (reivindicación de la autonomía, garantía de derechos individuales, pluralismo), lo cual encaja con la descripción que hace Zanatta (2014) del populismo como «la corriente antiliberal más poderosa de la era democrática». En el extremo opuesto del eje colocaría dos ideologías que, como indican sus contenidos y confirma sobradamente la historia, están mucho más expuestas que cualquier otra a la lógica del populismo: el nacionalismo y el socialismo. Concretamente, ahora me centro en estudiar la relación entre populismo y socialismo: la causa de su interrelación, los efectos que ésta tiene y sus perspectivas (positivas y negativas) en la actualidad.

La respuesta a la primera cuestión es evidente: al igual que el nacionalismo, el socialismo es una ideología que basa su cosmovisión y su reclamo político en la construcción historicista de identidades colectivas (en este caso, de clase) a las que atribuye la auténtica virtud y el derecho a alzarse para corregir las desigualdades perpetradas por la élite capitalista (a través del ejercicio efectivo de la soberanía). Es fácil ver cómo se expone a un fuerte componente emocional y a la lógica populista virtud-maldad. Además, su valor central, la igualdad a través del paradigma de justicia social, proyecta un horizonte de homogeneización (socioeconómica) del pueblo que conecta con la pulsión unanimista del populismo.

Es importante tener en cuenta, además, que la gestación del discurso socialista corre paralela al nacimiento de la sociedad de masas, base fundamental del populismo moderno. Ésta traería sus propias formas políticas, tensando el muro de contención de los derechos colectivos que ejercían los regímenes liberales. Construyendo una nueva cultura política a la sombra de la histórica denostación de la multitud como lugar en que se creía que el individuo, súmmum de racionalidad, padecía un proceso de degradación social (Le Bon, 1895). La identificación negativa que hizo el socialismo de esos mecanismos como anclajes del elitismo político es una palanca fundamental de los populismos del siglo XIX y de inicios del XX, lo cual demuestra conexiones evidentes no sólo en el plano teórico, sino también en el histórico o empírico, en el que podríamos decir que se apoyan mútuamente.

Mucho ha llovido desde entonces: en la actualidad, tras haberse encumbrado el rally del socialismo democrático en Europa, su cosmovisión se encuentra en una situación particularmente delicada. No me refiero a las consecuencias de la coyuntura occidental (crisis financiera, crisis migratoria, etc.), sino a un arco más amplio que se extiende desde mediados del siglo XX (construcción del Estado de Bienestar y expansión de la democracia) hasta nuestros días (cuestionamiento neoliberal del Estado de Bienestar y contracción de la democracia por socavamiento del ideal de soberanía popular) y que abarca cohortes enteras que han asimilado a la vez una decadencia de sus expectativas en tanto que sociedad (la idea de ser una generación que no vivirá mejor que la anterior) y en tanto que pueblo (la idea de haber perdido la soberanía a manos de la globalización y los organismos internacionales). Europa, lucero del socialismo mundial en los 70, emite hoy una inquietante señal de alarma para los que ansiaban encumbrar el Estado de Bienestar.

La conexión entre el Estado de Bienestar (producto socialista) y la democratización (la progresiva igualación de las capacidades de participación política, que pasaba fundamentalmente por los correctores socioeconómicos) es elemental para entender por qué la generación de la decepción apela particularmente a las expectativas generadas por el socialismo en el mundo entero, dando lugar a una fuerte desconfianza. Ante esta situación, por si la sensibilidad hacia el populismo no fuera evidente, se hace aún más tentador por ofrecer una forma de reafirmación en los valores propios y de externalización del enemigo ante lo que algunos han llamado la crisis de la socialdemocracia. ¿Pero serviría esto verdaderamente a los objetivos socialistas?

El primer factor que me parece importante para contestar a esta pregunta es la cuestión de cómo reintegrar políticamente aquellos sectores sociales que sienten una desafección completa hacia lo político (en el sentido institucional, de polity), es decir, que se sienten marginados del proceso democrático, ya sea por obstaculizarse su participación o por desoírse sus reivindicaciones. Una de las virtudes del populismo es su capacidad por construir relaciones equivalenciales entre demandas marginadas para aunarlas de manera simbólica (con lo cual pueden pasar de ser demandas a ser reclamos frente a una injusticia identificada) y movilizarlas políticamente. Un ejemplo es la movilización en España por el derecho a la vivienda (precariedad, hipotecas, etc.), aglutinada en un discurso cohesionado de reclamo frente a un enemigo común (los abusos del sector inmobiliario y bancario).

Al tiempo, si bien es responsabilidad del socialismo atender a cualquier tipo de marginación política, y las herramientas populistas pueden ayudar a reintegrarlas democráticamente, se consigue a costa de lógicas antagónicas que, de acceder al proceso institucional, dificultan enormemente la negociación, pudiendo generar nuevos arcos (cada vez más pronunciados) de expectativas frustradas. Continuando con el mismo ejemplo, Ada Colau accedió a la alcaldía de Barcelona aupada por su activismo al frente del movimiento por el derecho a la vivienda, pero no ha podido impedir que se siga desahuciando en su ciudad. ¿En qué situación quedan entonces tales demandas marginadas? Las herramientas populistas serán convenientes solamente cuando se pueda delimitar claramente esos antagonismos.

En segundo lugar, es un efecto habitual del populismo plantar cara mediante la moralización de la política, jugando con la dialéctica antagónica («nosotros somos el pueblo») para deslegitimar al adversario independientemente de su aval representativo. Si bien es un rasgo general que dificulta el juego democrático con los actores populistas, y del que ya hemos hablado antes (con lo cual no me extenderé), creo que cabe señalarlo por ser un problema particularmente grave en el caso del socialismo, convirtiéndose en un lugar común de la izquierda populista el pregón de la superioridad moral, bloqueando la posibilidad de transacción o diálogo con el contrario (algo que no ocurre en los populismos de derechas, cuya moralización se ejerce en un sentido de rechazo, no de integración, de sectores marginados). En la actualidad encontramos muchos ejemplos políticos: sigue siendo habitual conjurarse contra la derecha o contra el imperialismo, mientras que desde el fin de la guerra fría es mucho menos común hacerlo contra la izquierda o contra el comunismo (por ejemplo, la consigna electoral más repetida por Pedro Sánchez nunca ha sido la justicia social, sino «echar a la derecha» y «derogar» muchas cosas). Conectan también con algunos esfuerzos intelectuales, como el planteado por el profesor Sánchez-Cuenca (disputado por el compañero Tirso aquí).

Otra cuestión que también me llama la atención es la tendencia del populismo de izquierdas a transmutar la desafección en un rechazo explícito de lo político (de nuevo, en tanto que polity) y una identificación del pueblo verdadero con lo social: movimientos sociales, protestas vecinales, asambleas de barrio y demás formas de asociación no institucional son los santos laicos de la izquierda populista. Esto es visible tanto en Occidente (España es un caso ejemplar) como en América latina (asociado al comunitarismo y el corporativismo social). Esto está evidentemente relacionado con el hecho de que muchos actores socialistas tradicionales se hayan institucionalizado excesivamente, funcionarizándose incluso, quedándose los partidos en meras cáscaras de reducido contacto social (Urquizu, 2012).

La izquierda progre es, por tanto, esa que recela de las instituciones (sí, del poder efectivo que nos damos a nosotros mismos como sociedad) y prefiere «la calle» (una forma de poder como mucho apendicular y mediática); es decir, esa que prefiere la movilización y la protesta por encima del diálogo y la legislación (lo cual encaja muy bien con el vicio de la superioridad moral). Creo que el socialismo debería contestar dos cosas ante esta tendencia populista: que la sociedad se organiza y se moviliza políticamente por motivos que pueden ser igual de egoístas que los de cualquier actor institucional (el que se queja o protesta no tiene por qué tener la razón solo por tener derecho a ello); y que las movilizaciones sociales se ejercen fundamentalmente contra cosas (soberano negativo) y carecen de la capacidad puramente política de juzgar lo que es o no acertado y de agregarlo de forma constructiva (soberano positivo) (Innerarity, 2015). El mejor ejemplo que se me ocurre son los movimientos de tipo not in my backyard: una comunidad no rechaza un cementerio nuclear por estar ideológicamente motivada, sino sencillamente porque prefiere que caiga en cualquier otro sitio menos en su vecindario; pero es tentador abandonar la deliberación institucional y hacerse la foto al lado de gente con pancartas.

En cuarto lugar, me parece que uno de los mayores peligros para el socialismo es caer en la trampa populista de la liquidez ideológica. La retórica del «nosotros» construye equivalencias identitarias entre demandas por su asociación común contra algo, pero no todas esas demandas tienen por qué ser compatibles entre sí (o sea, no todo lo que comparte el enemigo del socialismo tiene por qué compartir la noción de justicia del socialismo); sin embargo, la potencialidad electoral de tales coaliciones hace común el error de agregar al propio bloque demandas aliadas pero no compatibles. Podría decirse que se cae en el error de primar la rentabilidad de la soberanía negativa a costa de resentir la coherencia ideológica y, por ende, la capacidad de soberanía positiva; lo cual se soluciona difuminando la propia ideología, recurriendo a significantes vagos que permitan mantener unida la coalición social constituida.

Pero a la vez no es negativo regenerar los propios postulados, mientras eso no conlleve una traición de la coherencia, pues la tan criticada vaguedad puede en ocasiones ser la única forma de construir significados políticos relevantes (Laclau, 2005), siempre y cuando se sea consciente de la importancia de moderar la apertura del núcleo ideológico a los sectores aliados. Ahora me remito al ejemplo del delicado plurinacionalismo propugnado por la izquierda en España: en este caso, el socialismo puede tener una relación aliada con el nacionalismo periférico contra la derecha centralista, pero corre el peligro de integrar reivindicaciones que no corresponden a los valores de la izquierda (por ejemplo, Podemos ha conseguido así ganar en las generales en Cataluña y el País Vasco, pero a costa de un compromiso excesivo).

Por último, no podíamos repasar las perspectivas populistas del socialismo sin atender a la mayor amenaza contemporánea a la construcción del pueblo: la globalización como una amenaza a la soberanía popular. El sometimiento a interdependencias y decisiones marcadas por organismos no democráticos es el nuevo enemigo favorito de todo populismo (una lógica de disgregación que hace atractivo el discurso de reintegración), pero a grandes rasgos sólo hay dos respuestas posibles desde el socialismo: enrocarse en la soberanía nacional, externalizar las interdependencias como enemigos y apelar a la cohesión del pueblo frente a los usurpadores de la soberanía; o sacrificar la soberanía nacional, reconocer la inevitabilidad de las interdependencias y apelar a nuevas formas de soberanía popular que optimicen la calidad democrática (Cooper, 1996). El primer caso es la vía preferida del populismo, tomada por muchos gobiernos latinoamericanos. El segundo sería la vía paneuropeísta de la UE: sacrificar la seguridad del «nosotros» y buscar nuevas formas democráticas (aunque implique menos calidad democrática a corto plazo). Ambos buscan la mejor forma de garantizar la justicia social, pero juzgan de forma diferente las circunstancias, y apuntan a uno de los problemas endémicos del populismo: la necesidad de remitir al pueblo a una identidad virtuosa como limitación de su capacidad de innovación más allá de los marcos de soberanía nacional. Personalmente como europeo me decanto por la segunda opción porque creo que la primera deriva a la larga inevitablemente en una subversión aún mayor de la soberanía popular (lo traté hace tiempo en una serie de dos artículos), por lo que me parece que en este caso el populismo desvía al socialismo de sus objetivos.

El populismo no es solamente una herramienta discursiva; es una forma de construir identidades colectivas y, como todo lo que apela a la interioridad, tiene un poder que es a la vez muy grande y muy volátil. Pero esa volatilidad no implica que no se pueda discernir en ella una lógico o racionalidad propia (Laclau, 2005), y que esa lógica pueda ser compatible a veces con los objetivos socialistas. Espero que los temas que he tratado aquí sirvan para aclarar cuáles son las oportunidades y amenazas que ofrece esa relación, pero es evidente que no hay una respuesta taxativa a la cuestión acerca de la relación entre populismo y socialismo; que pueda ser útil para éste último dependerá de qué se prima como objetivo. Sí es posible identificar, no obstante, una serie de puntos calientes de esa compleja relación, que aquí expongo de manera teórica y aplicada.


COOPER, Robert (1996). The Post-Modern State and the World Order, London, Demos.
INNERARITY, Daniel (2015). La política en tiempos de indignación, Barcelona, Galaxia Gutenberg.
LACLAU, Ernesto (2005). La razón populista, Argentina, Fondo de Cultura Económica.
LE BON, Gustave (1895, ed. 1995). The Crowd, Londres, Transaction Publishers.
URQUIZU, Ignacio (2012). La crisis de la socialdemocracia: ¿qué crisis?, Madrid, Catarata.
ZANATTA, Loris (2014, ed. original 2013). El populismo, Madrid, Katz.

Roni Kuppers

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

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