TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Cuando en la actualidad se mencionan los límites y carencias del sistema representativo, el populismo se encuentra inevitablemente en el centro de la discusión, ya que constituye un elemento común a una gran variedad de contextos políticos. Para Ernesto Laclau (2005) el discurso populista se caracteriza por la construcción particular que realiza del pueblo, en el que hay una parte (plebs) que se identifica con el todo y en torno a la que se unifica un deseo de ser populus (en democracia, demos) por converger en ésta un cúmulo de demandas democráticas insatisfechas. Esto supone trazar una frontera antagónica que divide el campo de lo social, así como la demarcación de un «exterior constitutivo», imponiéndose la lógica de la equivalencia a la lógica de la diferencia, que permite dicha adhesión de demandas.

Este tipo de discurso representa un desafío sumamente interesante desde el punto de vista de las democracias modernas, con fuertes implicaciones en lo relativo a la representación política, debido a que ha puesto de relieve algunas de las tensiones inherentes a la misma, convirtiéndose en el “invitado incómodo” del modelo democrático liberal. En este sentido, Margaret Canovan (1999) sostiene que el populismo debe ser entendido como una respuesta ante el surgimiento de una brecha entre los procedimientos liberales y la promesa redentora de que la democracia es por y para el pueblo, que consistiría en la colonización de la dimensión popular de toda la lógica democrática, en detrimento de la función constitucional de la misma.

En el contexto europeo, y también en el de Estados Unidos, esta perspectiva de Canovan se traduce en el auge del populismo a la sombra de un escenario de convergencia y desideologización de los partidos, donde la representación misma se produce cada vez más en un marco supranacional y multi-nivel (a menudo con alto grado de opacidad), y donde el margen de actuación de las políticas a nivel nacional se ve notablemente constreñido, difuminando las diferencias entre izquierda y derecha, especialmente enn un contexto de crisis económica como la de 2008.

Con este panorama, que conduce a una desconfianza cada vez mayor hacia las élites y a una progresiva sustitución de lo político (en el sentido laclauista, de confrontación constructiva) por la mera gestión sistémica de lo existente, es fácil comprender el renovado atractivo que ejerce la promesa de los partidos populistas de devolver el poder “al pueblo”. Sin embargo, si bien dicha afirmación condensa la esencia misma de la operación populista, supone a la vez un cuestionamiento de algunos de los presupuestos básicos de la representación democrática. Esta cuestión, ya apuntada anteriormente en estas páginas, es en lo que ahora quiero centrarme.

Según Pitkin (1967), lo que constituye al sistema como representativo no es cualquier acción singular realizada por cualquier participante, sino su estructura global y funcionamiento, las pautas que son producto de las múltiples actividades de agentes diversos, entendiendo que no existe algo así como un sujeto político homogéneo, cuya voluntad colectiva pueda ser interpretada y aplicada directamente, sino una suma o agregación de diferentes voluntades en el proceso mismo de la representación, que exige además una cierta discrecionalidad del poder. Por eso la representación es contraria tanto al mandato imperativo como a la autonomía total del representante, ya que exige un difícil equilibrio entre ambos elementos, y un exceso hacia cualquiera de estos dos polos terminaría con la representación, de ahí los peligros que entrañan tanto el populismo como la tecnocracia o el elitismo.

El populismo se presenta por tanto como un fenómeno que promete redimir a la democracia de dicha lógica, que se entiende que está socavándola o desfigurándola, apelando para ello al poder constituyente del pueblo, a fin de recrear instituciones y normativas políticas. Por ello, los fenómenos populistas tienden a proliferar en momentos posteriores a crisis o cambios acelerados, que provocan que las dimensiones sobre las cuales se sustenta la representación política sufran un desgaste importante. Si tomamos como referencia la crisis de 2008, se aprecia claramente cómo la mayor parte de partidos populistas que han prosperado en Europa comparten un común denominador, que tiene que ver precisamente con una crítica expresa a los principales elementos de la representación descritos por Pitkin, aupados por la incompatibilidad mayor entre el proyecto europeo multinivel y la lógica unanimista del populismo.

Desde el punto de vista formal (primera dimensión en que desglosa Pitkin la representación), éstos ponen en entredicho tanto la autorización como la rendición de cuentas, entendiendo que las elecciones no han estado funcionando como una herramienta que haya garantizado verdaderas alternativas, sino solamente la alternancia en el poder de élites prefiguradas, señalando que los sucesivos cambios de gobierno no han servido para cambiar las políticas; esto, a su vez, está relacionado con la presunción de que los representantes no son responsivos hacia las preferencias de sus electores, al haberse vuelto cada vez más autorreferenciales, prefiriendo seguir las instrucciones del partido, expertos u otros agentes externos antes que “escuchar al pueblo”. Desde un punto de vista sustantivo, se articula una oposición a estas políticas por ser injustas para el pueblo (atacando la segunda dimensión de la representación); en definitiva, el paradigma de la injusticia se cierne doblemente sobre las políticas de los gobernantes actuales: por su procedimiento y por su contenido.

Ante todo esto, al presentarse a sí mismos como la voz del pueblo como un todo, eludiendo el hecho de que representan tan solo a una facción del mismo, estarían sembrando dudas sobre la propia legitimidad y autorización que se le presupone al resto de partidos para actuar también en nombre del pueblo en el caso de adquirir responsabilidades de gobierno.

Sin embargo, en la crítica a estas últimas dimensiones de la representación es donde los partidos populistas han encontrado históricamente más dificultades para confeccionar un discurso genuino y coherente (en la medida en que, con el paso del tiempo, la institución de las elecciones democráticas se ha ido expandiendo en el mundo), puesto que, en tanto que competidores en las elecciones, se ven obligados a aceptar la lógica de la representatividad. Y no solo eso, sino que su participación en las elecciones y su presencia en el Parlamento, así como sus posteriores alianzas con otros partidos, contribuyen a fortalecer el nivel de aceptación de la representación política, por lo que dicha crítica pierde peso, paradójicamente, cuando los partidos populistas se convierten en actores clave de las instituciones representativas –una posible salida es la quiebra de la división de poderes para desautorizar formalmente a los contrincantes electorales, de forma que no puedan participar del propio procedimiento (véase el caso de Venezuela). No obstante, las más de las veces esta debilidad se compensa por el hecho de que donde el populismo es realmente fuerte es en el terreno de las otras dos dimensiones que Pitkin atribuye a la representación: la simbólica –la medida en que el representante es aceptado como tal por el electorado– y la descriptiva –la medida en que el representante se parece al electorado–, lo cual explica su facilidad para coordinarse numerosas veces con ideologías de corte nacionalista y etnocentrista, así como con movimientos con una cierta identidad de clase, por lo que siempre debemos hablar de populismos en plural.

Con un discurso en cierto modo similar a la crítica arrojada por los socialismos al parlamentarismo a finales del S. XIX, debido a su carácter elitista (retomada luego por los fascismos, adalides de la autenticidad frente al oscurantismo parlamentario), los populistas argumentan que buena parte de los representantes son meramente oficiales de partido, “profesionales” de la política, que no representan al ciudadano corriente, y que priorizan el cargo y el beneficio individual antes que el servicio público, lo cual entronca también con el elemento de la corrupción. De esta forma, la dimensión simbólica, necesaria para la legitimación de la representación, se resiente, reforzando el antagonismo entre pueblo y élites, del cual se alimenta el populismo. Como parte de la dimensión descriptiva, el populismo aduce que los miembros del Parlamento son parte de una clase política privilegiada, por lo que los representantes no se parecen ni describen a sus representados.

Sin embargo, para que un movimiento populista adquiera significancia política no basta con la frustración de dichas demandas o promesas de la representación, sino que es preciso que éstas confluyan en torno a un determinado símbolo o significante, acción que Laclau describe como la construcción de esa voluntad por medio del proceso mismo de representación simbólica (la ruptura populista). Esto equivale a decir que la vaguedad del discurso populista, que trata no solo de representar, sino de construir en el mismo proceso de la representación una nueva identidad popular, en base a la adhesión y homogeneización de demandas dispersas en torno a un común denominador, surge precisamente ante la vaguedad o indeterminación de la propia realidad social en contextos cambiantes. Por ello, el teórico argentino entiende el populismo no como una actividad que rechace la representación política en sí, sino como un caso paradigmático de representación, entendida ésta como creación de objetividad social que no preexiste a su construcción política. Por tanto, el populismo constituiría la máxima expresión de una voluntad manufacturada, no genuina, constituyendo así un fenómeno reactivo que precisa de un fuerte liderazgo y una constante movilización y presencia mediática.

Por último, cuando hablamos de populismos debemos distinguir sus efectos democratizadores de sus prácticas autoritarias; a saber, diferenciar entre los populismos como movimientos que cuestionan el poder de las élites y los populismos cuando llegan al poder, donde normalmente chocan con las instituciones de la democracia liberal. Por ello, el devenir autoritario que gobiernos populistas han experimentado en ciertos países, especialmente en aquellos con sistemas presidencialistas, crisis sistémicas e instituciones débiles, se explica por la lógica populista que construye al pueblo como uno, que puede ser encarnado en un líder, y que transforma a los adversarios en enemigos morales, eliminando los contrapesos institucionales (de nuevo, véase el caso venezolano). Sin embargo, allí donde las instituciones son fuertes y existe una sociedad civil organizada (lo que Rosanvallon denomina contrademocracia) que no permite a los populistas hablar en nombre de todo el pueblo, y donde además existen sistemas parlamentarios en los que los partidos populistas se ven obligados pactar y entrar en la lógica del compromiso, desradicalizando sus demandas, el populismo termina siendo influenciado por las instituciones representativas, asumiendo su propia lógica (y pudiendo contribuir entonces, como arguyen Levitsky y Loxton (2012), a la optimización democrática). En conclusión, la crítica del populismo a la democracia representativa ejerce una gran presión sobre ésta, pero no constituye su mayor enemigo, ya que, si bien puede degradarla en ciertos contextos, también puede suponer un síntoma de desgaste que sea que absorbido por el propio marco representativo dentro de sus acuerdos institucionales, fortaleciendo la democracia.


CANOVAN, M. (1999) «Trust the people! Populism and the two faces of democracy», Political Studies, 47(1), 2-16.

LACLAU, E. (2005). La razón populista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

LEVITSKY, S., LOXTON, J. (2012). «Populism and competitive authoritarianism in the Andes», Democratization, 20 (1), 107-136.

PITKIN, H. (1967). The Concept of Representation, Berkeley, University of California Press.