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Populismo y democracia

Desde un punto de vista discursivo, podemos partir del acuerdo de que el populismo es un fenómeno que aspira ante todo a una reintegración del pueblo, cuya identidad se supone desvirtuada; éste es su núcleo operativo y condición necesaria para conseguir la articulación de un marco de antagonismo entre el «nosotros» (el pueblo, la virtud) y el «ellos» (la élite, la corrupción) en la lucha por la soberanía. Esta noción esencialista del pueblo es semilla de todo totalitarismo (Zanatta, 2014). Podemos encontrar ejemplos tan dispares como la defensa de la cubanidad de Castro o la italianidad del fascismo (concepto que ha vuelto a resonar, por cierto, en los discursos de Berlusconi y Grillo).

Que todo populismo tiene un horizonte totalitario ni es una exageración ni es una sentencia contra él, sino que significa meramente reconocer que en su lógica unanimista reside la condición necesaria del proyecto totalitario. Pero que esta pulsión subyazca no implica que no lo haga muchas veces de forma inconsciente, ni por supuesto que se deba proyectar una materialización necesaria. Si bien es evidente que el totalitarismo es incompatible con la democracia, lo importante aquí es que esto no implica que un populismo no pueda aspirar a reivindicar la democracia (como hacen la mayoría hoy en día), aunque se aproxime a lo que se entiende por democracia orgánica (en línea con la democracia de los trabajadores del marxismo-leninismo), reivindicada honestamente pero opuesta al modelo liberal (pues rechaza toda autoridad no emanada directamente del pueblo, lo cual imposibilita el sistema de equilibrios fundamental en toda democracia liberal). Esta clase de aclaraciones me parecen importantes y es algo que falta en conocidos estudios acerca de la relación entre populismo y democracia, como es el caso del famoso trabajo de Kaltwasser y Mudde (2012), que dan por hecho el supuesto de la democracia liberal y no se interrogan acerca de otras posibilidades.

Hoy en día muchos proyectos populistas se desarrollan en contextos liberaldemócratas consolidados y no muestran hacia ellos una pretensión destructiva, pues los reconocen como condición legitimadora de forma ideológicamente honesta; pero que no tengan intención no evita que, de acceder a las instituciones, ese ethos unanimista choque con los anclajes institucionales liberales. Vamos a suponer, de entrada, que esos anclajes son lo suficientemente sólidos y el liberalismo está suficientemente consolidado socialmente como para evitar que este choque comporte una desliberalización de la democracia. En tal caso, podemos distinguir una serie de efectos claramente positivos del populismo sobre la democracia:

  • Permite dar voz a grupos que no se sienten representados por las élites.
  • Puede movilizar políticamente a sectores marginales, mejorando los índices de participación e integración democrática.
  • Puede ser capaz de articular un consenso (a través de la construcción de identidades colectivas) que fomente importantes coaliciones sociales y políticas, atravesando clivajes territoriales o de clase.
  • Puede fomentar una cultura más sólida de rendición de cuentas.
  • Permite revitalizar lo estrictamente político (la confrontación constructiva) en el seno de democracias que derivan hacia una vida cada vez más rígida, burocrática y administrativa (Laclau, 2005).

La mayoría provienen del trabajo antes citado, y todo ello nos indica que, rechazando la denigración del populismo por las ciencias sociales que denuncia Laclau, sí que podemos encontrar en él una racionalidad propia y, más concretamente, una aspiración honesta de optimizar el orden liberaldemócrata, para el que puede ejercer la función de importante corrector democratizador. Esto desmiente posturas como las de Zanatta (2014), que considera que lo ideal en un sistema democrático es que el populismo aparezca meramente como señal de alarma del desgaste al que está sometido el sistema, marcando un punto de inflexión reformista, pero nunca consiguiendo representar una visión política alternativa.

Ello no es incompatible con reconocer, no obstante, los efectos negativos que puede tener el populismo para la democracia dentro de ese mismo marco liberal, algo a lo que voy a dedicar más espacio porque me parece que la mayoría de autores que lo tratan se centra excesivamente en los peligros de la desliberalización (ruptura de la división de poderes, desprotección de las minorías, etc.), sin aportar gran cosa sobre las consecuencias dentro de los propios márgenes liberales.

Quiero centrarme particularmente en cuatro factores que me parecen los más interesantes a día de hoy. El primero es que salta a la vista la contradicción entre la participación representativa y la arrogación a uno mismo de la verdadera representación del pueblo (o la representación del verdadero pueblo, si se prefiere). Es decir, todo actor populista acepta el sistema liberaldemócrata de manera utilitaria, sin por ello respetar la legitimidad representativa de los demás actores. Es por ello que los actores populistas tienden a dificultar el acuerdo democrático y se resisten a aceptarse como parciales de una sociedad plural. El mejor ejemplo que se me ocurre es la CUP, un partido minoritario de la izquierda radical que, en formar coalición en Cataluña, forzó la sustitución del candidato de la lista más votada (una condición de lo más extrema, pues subvierte la intención del voto de todo ese electorado que tenía a un candidato en mente) bajo amenaza de nuevas elecciones, aun representando solamente un 13,8% del poder parlamentario de la coalición.

El segundo es el hecho de que creo que a día de hoy hay circunstancias objetivas que hacen pensar que la distancia entre el maniqueísmo del discurso populista y la complejidad de los condicionantes de las democracias liberales se ha ensanchado demasiado. A saber, las decisiones políticas en las democracias actuales están condicionadas por entornos y entramados de instituciones muy complejos, muchos de ellos en niveles no representativos o semi representativos, cuya importancia es demasiada como para que un gobierno populista pueda romper con ellos en pos del ideal de soberanía popular plena. Y esto nos lleva a planear sobre la cuestión de si la interdependencia moderna hace del ideal tradicional de soberanía no más que una quimera del Estado-nación decimonónico, irrealizable y, en todo caso, perjudicial para la democracia, pues ceder soberanía para compartirla también es reconocer la propia legitimación a participar de decisiones que de otra forma tomarían instancias extranjeras y que nos afectarían igualmente, al devenir las fronteras exclusiones arbitrarias del proceso de decisión (Held, 1995). Pero el populismo ha demostrado ser, hasta el momento, insensible a esa clase de razonamientos.

El tercer factor que quiero señalar es el nuevo cariz que ha tomado recientemente la aspiración unanimista. Los populismos desconfían por naturaleza de toda mediación entre el pueblo y la realización de su voluntad, y aspiran a una relación lo más directa posible entre los electores y un líder que sepa encarnar la supuesta voluntad colectiva. En el pasado, estos planteamientos llevaron por razones evidentes al autoritarismo, siendo el mejor ejemplo el de Mussolini como encarnación de la voluntad de un pueblo por encima del ocultismo y la ineficacia del parlamentarismo. En la actualidad perdura esa desconfianza hacia la representatividad, y se extiende un discurso de lo democrático que entiende que su optimización pasa necesariamente por más participación directa: los populismos de hoy, especialmente en Occidente, no han tardado en anunciar una nueva era democrática amparada por las nuevas tecnologías de la comunicación (el primer caso, el del fallido Partido Pirata alemán). A saber, las redes tecnológicas como forma de aunar la democracia con la idealizada relación directa entre pueblo y soberanía.

El problema aquí reside en considerar la representación un sucedáneo circunstancialmente necesario de la democracia verdadera, es decir, la democracia directa (Innerarity, 2015). Frente a los que creen en el poder de la autorregulación y la espontaneidad, hay que remarcar que la función más importante de la representación es realizar una síntesis democrática de intereses, en un complejo proceso donde juegan un papel fundamental las garantías de entrada (pues la representación garantiza principios tan democráticos como la paridad o el equilibrio territorial) y los procedimientos institucionales (no hay síntesis sin contraposición constructiva). La deliberación en las instancias representativas es lo que permite la negociación y el compromiso, sin lo cual la sociedad actuaría como una yuxtaposición de reivindicaciones sin posibilidad de compenetración; la consecuencia última de la democracia digital sería convertir lo político en una lucha plebiscitaria en que cada día unos ganan y otros pierden en términos absolutos. La representación es lo que permite a la democracia elaborar interpretaciones comunes de la convivencia. No seremos más democráticamente soberanos por ser más directamente soberanos.

El cuarto factor que me parece importante es hablar de la deliberación propiamente, como esfera de lo público en que se aspira a tener un espacio de debate racional entre ciudadanos iguales (Habermas, 1996). Los valores de la llamada democracia deliberativa, muy en boga en las facultades, son la racionalidad argumentativa y la búsqueda de un consenso epistémicamente honesto. Al margen de que los estudios demuestren insostenibles las aspiraciones más idealizadas, muchos condicionantes animan a ser moderadamente optimistas (reducción de las desigualdades educativas, democratización de la información, etc.), pero todo proyecto deliberativo choca con la naturaleza radicalmente agonística del imaginario populista. Su núcleo unanimista moraliza la política al sustentar una cosmovisión que adquiere gran calado psicológico, dificultando mucho que la gente esté abierta a considerar honestamente los argumentos contrarios y a cambiar de opinión (cosa que amenazaría su construcción identitaria), algo que se traduce en una fuerte presión sobre sus representantes para que tampoco claudiquen en las instituciones. El mejor ejemplo para mí sería la conexión falaz entre referéndum de secesión y democracia que ha dogmatizado el nacionalismo catalán, permitiendo acotar la deliberación a los considerados demócratas verdaderos («nosotros») y excluir al resto (no dejan de ser ilustrativos algunos excesos, como que el cabeza de lista de Junts pel Sí llegara a declarar, tras obtener menos del 50% del porcentaje de voto, que tenían «legitimidad moral» para llevar a cabo la hoja de ruta independentista).

Debemos tener en cuenta este análisis diferenciando claramente las democracias liberales consolidadas de las que no lo están: los estudios de Levitsky y Loxton (2012) apuntan a que en las democracias no consolidadas el populismo obstaculiza el desarrollo pleno de las instituciones democráticas (e incluso deriva en regímenes autoritarios), aun cuando sirve para mejorar la integración política. El caso paradigmático es el de gran parte de América Latina (salvo contadas excepciones como Uruguay), desgarrada por unos clivajes étnicos y por una cultura católica comunitarista que se resisten a asimilar la cultura política colonial. Si esto se junta con el hecho de que, como señala Innerarity (2015), la democracia es por naturaleza decepcionante porque en ella nadie puede conseguirlo todo (lo cual es, de hecho, buena noticia), es fácil ver cómo estas sociedades poco maduras democráticamente son caldo de cultivo del populismo en la medida en que se opone a los límites impuestos por los anclajes del entramado liberal.

Para terminar, volvemos con todo esto en mente al concepto democrático populista (la democracia orgánica), para preguntarnos si es posible la maximización conjunta de democracia y populismo, sin equilibrios que encaucen éste último dentro de ciertas garantías liberales (suponiendo que no diera el paso a un sistema totalitario). La respuesta no es taxativa porque depende de la volatilidad del significante democracia, pero si acordamos ciertos mínimos que son aceptados ampliamente en la actualidad como consenso significativo (el respeto a los derechos humanos, los derechos de las minorías, la división de poderes, la rendición de cuentas institucionalizada), es evidente que deberemos descartar esta opción y reconocer que el liberalismo no es un capricho ideológico del mundo occidental capitalista, sino un verdadero contrafuerte para garantizar una democracia de mínimos. A este respecto son interesantes las reflexiones de Habermas (1998) acerca de la relación entre democracia y Estado de Derecho.

Y, por último, una recomendación: es genial la forma en que Black Mirror reflexiona sobre populismo y nuevas tecnologías en The Waldo Moment, donde un personaje de ficción televisiva se presenta a unas elecciones con un discurso populista sin concesiones. Muchos de los temas tocados aquí se reflejan de una forma u otra en ese episodio.


HABERMAS, Jürgen (1998, ed. original 1992). Facticidad y validez. Sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso, Madrid, Trotta.
— (1996). La inclusión del otro: estudios de teoría política, Barcelona, Paidós.
HELD, David (1995). ‘Democracy and the New World Order’, ARCHIBUGI, D., HELD, D. (eds.) (1995), Cosmopolitan Democracy. An Agenda for a New World Order, Cambridge, Polity Press.
INNERARITY, Daniel (2015). La política en tiempos de indignación, Barcelona, Galaxia Gutenberg.
KALTWASSER, C. R., MUDDE, C. (eds.) (2012). Populism in Europe and the Americas: Threat or Corrective for Democracy?, Cambridge, Cambridge University Press.
LACLAU, Ernesto (2005). La razón populista, Argentina, Fondo de Cultura Económica.
LEVITSKY, S., LOXTON, J. (2012). «Populism and competitive authoritarianism in the Andes», Democratization, 20 (1), 107-136.
ZANATTA, Loris (2014, ed. original 2013). El populismo, Madrid, Katz.

Roni Kuppers

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

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