TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

La conformación, a estas alturas, de una política de bloques en el eje izquierda-derecha de cara al ciclo electoral que se abre parece ya una evidencia. Y no es difícil agrupar a las distintas fuerzas en uno u otro bloque. A la luz de todas las encuestas, y tomando en debida consideración los resultados de las elecciones andaluzas, se puede afirmar que las próximas elecciones autonómicas y municipales se jugarán, a la vez, como choque entre bloques y como lucha por la hegemonía en el interior del propio bloque. La entrada de Vox en la ya de por sí frágil ecuación ha sido el factor clave que ha terminado de desbaratar la fórmula.

En este nuevo escenario las predicciones se vuelven cada vez más difíciles, ante una volatilidad del voto a izquierda y derecha superior incluso a la que ya experimentamos en las elecciones de 2015 y 2016. ¿Cómo mirar entonces las elecciones de abril y mayo? ¿Cómo prever o, en todo caso, cómo dibujar posibles escenarios futuros en base a un presente que se tambalea?

Apuntes desde Cataluña

Quizás podamos arrojar algo de luz al asunto si miramos a un escenario donde esta lógica de bloques lleva tiempo instalada en la vida política, tanto dentro como fuera de las instituciones. Una mirada a la forma en que los partidos han manejado esta situación podría servirnos para desvelar algunas claves del camino que está tomando la política en el conjunto del país en los últimos tiempos. La competición electoral se juega aquí tanto en la primacía dentro de uno de los bloques claramente diferenciados como en la superación en conjunto del bloque de enfrente. Esto último es lo que ha intentado, sin éxito, ERC; mientras, al otro lado de la trinchera, Cs ha logrado hacerse con la mayoría indiscutible dentro del bloque denominado 'constitucionalista'. El trasvase de votos entre ellos es mínimo: nadie imagina hoy a un votante del PDeCat apoyando de pronto a Cs, o viceversa.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Qué ha permitido que esta lógica de frentes opere sobre el panorama político catalán llegándolo a dominar por completo? En primer lugar, esta política de bloques no sería posible sin una cierta paridad de fuerzas, en términos globales, de ambos frentes. Si existiera una mayoría clara e incontestable a favor o en contra de la independencia, el conflicto no estaría en la decisión, sino en el procedimiento. Esta situación de «empate catastrófico» (García Linera, 2008) es la que genera una polarización cada vez mayor, debido a la imposibilidad por parte de ninguno de los dos bloques de imponer un criterio y un rumbo claros. ¿Cómo se traduce esto en términos electorales? Al aumentar la polarización y ensanchar la ‘grieta’ que separa a ambos, la idea de poder captar votantes del otro lado de la trinchera se vuelve cada vez más improbable. A la hora de votar, los indecisos lo son solo en el interior de un determinado bloque: un no-independentista puede dudar entre votar al PSC o a Cs, pero jamás le daría su voto a PDeCat o a ERC.

Otra de las cuestiones, evidente a la luz de lo anterior, es la progresiva desaparición del espacio entre bloques, es decir, de fuerzas que escapen a la lógica imperante y traten de poner en agenda otras cuestiones. En este caso, es el espacio que ocupan Podemos y sus confluencias. Mantener esta postura de neutralidad en un escenario de polarización creciente les ha pasado factura, aunque ha demostrado que es posible mantener una lógica paralela que, de no desaparecer, se convierte en una pieza clave cuando llega el deshielo: a día de hoy, el grupo de CEC en el Parlament es el único que puede establecer alianzas a ambos lados de la brecha.

En una coyuntura así, la participación electoral se vuelve clave a la hora de definir los resultados. Aunque ya es importante de por sí en cualquier elección, cuando ésta toma un carácter plebiscitario conseguir movilizar a quien hasta ahora no votaba es la llave del triunfo. Lo vemos repetidamente en Cataluña, y lo hemos visto hace poco en Andalucía, como veremos más adelante.

En este sentido, el repetido intento del bloque ‘constitucionalista’ —PP, PSC, Cs— de hacerse con la mayoría absoluta del Parlament en Cataluña se ha visto superado siempre por la gran movilización del voto independentista. Si vamos a los resultados de las últimas cuatro elecciones catalanas podemos ver cómo, a medida que aumenta progresivamente la participación, el bloque PP-PSC-Cs mejora sus resultados de forma prácticamente simétrica, mientras el porcentaje de votos al bloque independentista se mantiene estable (entre el 48,7% y el 47,5%).

Elaboración propia

Si miramos en más detalle, veremos que el voto no independentista consigue mejores resultados donde más se ha sentido este aumento de la participación. Tomemos, por ejemplo, los resultados en L’Hospitalet de Llobregat, uno de los municipios donde la suma de Cs-PSC-PP ha sido de las más altas de Cataluña. Si desglosamos el voto por bloques vemos que, con el aumento de la participación, ha crecido también el apoyo a los constitucionalistas, mientras que el voto independentista se mantiene estable. En un segundo gráfico, vemos ese ‘sorpasso’ de Cs, que consigue hegemonizar el bloque no independentista, lo que parece indicar, también, que es el partido más favorecido por el aumento de la participación.

Elaboración propia
Elaboración propia

¿Qué rescatar y qué descartar del precedente catalán?

Parece claro, a la luz de la experiencia en Cataluña, que una lógica de bloques implica

1) un juego de doble competencia, hacia dentro y hacia fuera del bloque; y

2) poner la participación y la movilización de voto en el centro del debate.

En este escenario, nadie imagina hoy, por ejemplo, a un votante del PP que cambie su papeleta por la del PSOE o viceversa —algo que sí ocurría con cierta frecuencia en el contexto de un sistema bipartidista. Del mismo modo, la victoria sobre las demás fuerzas de un mismo bloque solo es una victoria parcial si no se consigue con ello decantar la balanza hacia ese lado, es decir, si no se supera en términos globales al bloque contrario. Pero en un momento en el que el espacio interbloques se ve reducido a la insignificancia, la única forma de conseguir un mayor apoyo global, para la izquierda o para la derecha, es con un aumento de la participación. En el siguiente gráfico examinamos este fenómeno para el caso de las elecciones andaluzas.

Elaboración propia

Efectivamente, es ahí donde hemos tenido la primera prueba. No descubrimos nada nuevo si vamos al desglose del voto en las últimas elecciones andaluzas para mostrarlo con claridad. Como cabía esperar, la transferencia de votos entre bloques es mínima, mientras que, dentro del bloque de la derecha, es evidente el reacomodo de fuerzas necesario para acoger a Vox: según la encuesta postelectoral de 40 dB (El País), un 21,6% de los votantes del PP en 2015 han optado esta vez por el partido de Abascal; y lo mismo se puede decir de un 10,9% de exvotantes de Ciudadanos. Sin embargo, esto no explica la caída en términos agregados del voto a la izquierda, que pasa del 57,2% al 44,1%. ¿Dónde han ido estos votos?

Elaboración propia

A la luz del anterior gráfico —en el que se compara la participación electoral, el resultado del PSOE y la suma total del voto de izquierdas de las elecciones andaluzas desde 2000—, lo vemos bien: la espuesta está en la abstención. La participación ha caído más allí donde el PSOE obtiene tradicionalmente sus mejores resultados. Por ejemplo, en Dos Hermanas —tradicional feudo socialista—, la participación ha caído un 7,9% y el voto al PSOE un 6,9%; mientras, en otro feudo como Carmona, la caída ha sido de un 8,3% y los socialistas han dejado por el camino un 10,6% de los votos.

Estos datos de participación son los segundos más bajos desde que se celebran elecciones autonómicas en Andalucía, y es la primera vez que la izquierda no supera conjuntamente el 50% de los votos. El fenómeno no es reciente ni exclusivo de Andalucía: la movilización del voto de izquierdas ha sido un elemento clave para decantar los resultados electorales en el conjunto de España durante todo el periodo democrático actual. En un cruce similar al que hemos hecho para Andalucía, pero con las elecciones generales celebradas desde 1977, podemos ver bien la relación:

Elaboración propia

La aplastante victoria de Felipe González en 1982 aparece acompañada de un gran aumento en la participación (+12%), del mismo modo que la mayoría absoluta de Aznar en 2000 vendría de la mano de una desmovilización igualmente considerable (-8,7%). El desajuste que se ve entre 1989 y 1996 estaría motivado por el crecimiento en paralelo de AP/PP (del 25,8% al 35,8%); y el aumento del ‘bloque’ de izquierdas en 2015 (+10,7%), por la irrupción de Podemos.

Sin embargo, debemos ser cautelosos antes de afirmar que la participación beneficia, de forma automática, a los resultados de la izquierda. Otros factores también afectan a la relación entre participación y resultado de los partidos según ideología. Como exponían en este artículo de Politikon María Ramos y Pablo Simón en relación a las elecciones generales de 2015, se debe identificar dos mecanismos explicativos —y hay razones para pensar que estos siguen vigentes: uno es la competitividad de las elecciones en cuestión, es decir, cómo de decisivo se espera que sea cada voto a la hora de definir los resultados; el otro es el efecto composición o la idea de que «una mayor participación beneficiará a los partidos cuyos votantes potenciales sean parecidos a electores desmovilizados». Para el caso concreto de las próximas elecciones estos dos elementos siguen vigentes en vista de la polarización creciente. A la luz de los resultados en Andalucía y de la trayectoria habitual de la participación electoral en España, podemos prever una alta movilización del electorado que compone PP-Cs-Vox. Será, por tanto, la capacidad del bloque PSOE-UP de movilizar el voto progresista lo que definirá las mayorías hacia uno u otro lado.

Por otra parte, el mantra que ha regido el análisis de nuestro sistema político y que decía que la partición del voto se castigaba electoralmente —especialmente para la izquierda— se pone ahora en cuestión: en un escenario como el madrileño, por ejemplo, donde se reparten 132 escaños en una única circunscripción (sumando las diversas citas electorales), ampliar la oferta partidista puede resultar beneficioso. Esto se debe a que, antes que ganar, lo prioritario es sumar mayorías, y eso puede conseguirse desplegando distintas opciones ante el votante que, de otro modo, se quedaría en casa. En Catalunya lo hemos visto ya: el crecimiento de Cs, lejos de perjudicar al bloque constitucionalista, lo ha reforzado; al mismo tiempo que una parte del voto tradicional de PP-PSC se iba hacia la formación naranja, ésta conseguía atraer nuevos votantes o antiguos abstencionistas, que veían ahora una opción que sí les movilizaba. No fue suficiente para alcanzar el Govern, pero sí ha servido para aumentar su representación (de 49 a 57 diputados entre 2010 y 2017).

En definitiva, la altísima volatilidad del voto y su fragmentación en el interior de cada bloque hacen de esta cita electoral, más que una demostración de fuerza, un juego de debilidades: por ahora, la única estrategia posible es la de jugar y aprovecharse de las debilidades del otro, con la esperanza de ocultar o minimizar así las propias. Lejos quedan ya las mayorías absolutas de un solo partido; incluso las victorias ‘claras’ parecen ya poco probables, en vista de que, para las próximas generales, puede darse la inédita situación de que ningún partido supere los 100 diputados.


García Linera, Álvaro. Empate catastrófico y punto de bifurcación. En: Crítica y emancipación : Revista latinoamericana de Ciencias Sociales. Año 1, Nº. 1 (jun. 2008- ). Buenos Aires : CLACSO, 2008.