/

Nuevas tendencias: lecciones del independentismo

Lo que estamos viviendo en Cataluña (llámese desafío secesionista o revolución popular, según el ángulo desde el que se contemple) es con toda seguridad el conflicto político más grave que ha vivido España desde la restauración de la democracia: una acumulación cada vez más esencialista de reivindicaciones sin posibilidad de acercamiento, en el marco de la clásica superposición española de clivajes centro-periferia y nación minoritaria-nación mayoritaria. Vivimos momentos de gran convulsión social que tienden a ser escaparates privilegiados a los que asomarse para averiguar cuáles son los nuevos repertorios de la participación política, cuáles son las nuevas tendencias; en particular, el movimiento independentista me parece un caso de estudio muy interesante por ser un ejemplar particularmente extremo dentro de lo que hoy en día llamamos la ola de acción colectiva de indignación, cuya línea común es el reclamo de la soberanía o democracia verdadera.

Enlazando con esto último, es importante remarcar que el independentismo no es un fenómeno único y auténtico, sino que pertenece y se identifica claramente con una ola de contención más general; y no sólo por su motivo referido a la soberanía, sino también por sus repertorios, por sus formas de organización (horizontalidad, redes digitales, etc.) y por sus marcos discursivos (también bebe del momento populista europeo). Creo que un factor particularmente importante es el hecho de que el movimiento independentista confirma y extrema el diagnóstico que hizo Innerarity en 2015 de la política de indignación en España: se trata de participaciones y reivindicaciones políticas que son ante todo negativas, a saber, se conjuran contra algo (soberanía negativa) antes que a favor de algo. Así, el independentismo es más una ola de protesta que propositiva. Esto puede parecer contraintuitivo (al fin y al cabo, se propone el proyecto más grande, la construcción de un país), pero nótese que de ese país que ansían sabemos bien poco, mientras que, si preguntamos a cualquier independentista, rápidamente advertimos que las razones de fondo son mayoritariamente negativas; el discurso hegemónico del independentismo es precisamente muy transversal porque prima esto, enfatizando su razón de ser contra el expolio fiscal, contra la represión estatal, etc. En este sentido, está en línea e innova poco con respecto a la ola de movimientos actual.

Es fácil advertir factores contextuales que explican esa tendencia a reivindicarse soberanos de forma cada vez más negativa: desde la irrupción de las redes sociales en la esfera política (dadas a interacciones breves que favorecen el desprestigio o el rechazo por encima de la deliberación, siendo tal vez Gabriel Rufián el exponente más claro de los peligros de extremar este vicio como estrategia política) a la funcionarización de los partidos políticos (que se perciben lejanos y desconectados de la sociedad). Una forma interesante de corroborarlo más allá de lo estrictamente discursivo es comparar datos de afiliación: como demuestran los datos, el resultado neto de las mayores movilizaciones de la historia de Europa es una pérdida de militantes del independentismo, con un ascenso muy moderado de militantes en el que podría ser el primer partido de Cataluña en las próximas elecciones (ERC). Es decir: hay más de dos millones de personas en Cataluña dispuestas a salir a la calle semana tras semana para protestar y reivindicar discursos de subversión, pero no a militar y tomar parte activa y positiva en la conformación de la voluntad colectiva. Es importante no confundir esto con la desafección hacia los partidos, pues de ser así habrían proliferado formas alternativas de construcción propositiva (al estilo de los Foros Sociales Mundiales, por ejemplo) que no existen (la ANC y Ómnium Cultural no cumplen esta función tampoco, aglutinan pero no canalizan en positivo).

En segundo lugar, el independentismo modifica una tendencia histórica, originada en los nuevos movimientos sociales de los sesenta, de primar la dimensión de lo social por encima de lo político. A saber, igual que en el caso de los movimientos indignados (15M, etc.), se confirma aquí una tendencia a la legitimación acrítica de lo social, de las movilizaciones y el asociacionismo, por el hecho de ser ajenos a la esfera institucional. Esto, que ha sido una herramienta habitual de los movimientos sociales para legitimarse y generar simpatías como outsiders del sistema, ha operado como un verdadero poder contrahegemónico en el caso independentista: en vez de surgir de su seno partidos que lo representen o de racionalizarse a través de la institucionalización y la moderación, ha protagonizado un asalto de la esfera institucional que le ha permitido a la vez ganar poder político no sujeto a rendición de cuentas (sometiendo, en muchas ocasiones, el poder de decisión de los actores democráticos) y no perder por ello esa estética social que es su eje legitimador.

Esto contradice la regla fundamental según la cual los movimientos tienen dos líneas de maduración: la institucionalización (poder efectivo a cambio de moderación y pérdida de credibilidad) y la radicalización (extremismo y credibilidad a cambio de renunciar a posibles progresos incrementalistas a través de las instituciones), cuando no directamente la desactivación. En este caso, el independentismo consigue radicalizarse y ganar apoyos a la vez que se institucionaliza, lo cual me parece el mayor de sus logros y creo que se explica por dos razones: porque su propio proyecto político es antipolítico, es decir, destructor de las instituciones, lo cual permite de hecho camuflar que a día de hoy estos movimientos se han institucionalizado bastante (sea directa o indirectamente –es decir, participando o recibiendo subvenciones); y porque la opinión pública acepta aún la noción de que en el caso del independentismo lo social prepondera sobre lo político, lo cual es muy dudoso.

En general, la ola de movimientos de indignación o anti austeridad que vivimos actualmente ha representado una síntesis razonable con los motivos del movimiento obrero (parte de los llamados viejos movimientos sociales), rota en los sesenta y recosida a partir de principios de siglo con las movilizaciones antiglobalización, aunque no sin ciertas dificultades (incompatibilidades con el momento populista, preeminencia de la manifestación por encima de la huelga, protagonismo de la clase media, etc.). Sin embargo, creo que el independentismo escapa a esta tendencia por haber vuelto a fracturar el clivaje de clase, buscando presentarse como transversal para universalizar demandas supuestamente fundamentales pero limitándose, en la práctica, a una dialéctica puramente superestructural; es decir, no integra los motivos básicos del movimiento obrero, como sí lo hacen la mayoría de movimientos indignados al conjugar el deseo de soberanía con principios sociales e igualitarios, pues se vincula ante todo el deseo de soberanía con un sustrato nacionalista pero que poco tiene que ver con factores socioeconómicos (de hecho, es eso precisamente lo que se oculta muchas veces mediante la estrategia independentista, pues el Govern independentista de Artur Mas tiene el récord de recortes en materia social junto con el gobierno Cospedal, y con un claro sesgo ideológico conservador). Argumentar que los cambios socioeconómicos vendrán después de conseguir la independencia es, en términos marxistas, crear falsa conciencia con fines partidistas (no es coherente creer que vaya a haber cambios estructurales sólo por modificar la forma del Estado). Aunque ciertos grupos de extrema izquierda hagan mucho ruido, los datos corroboran este análisis, pues existe una correlación positiva clara entre nivel socioeconómico e independentismo.

Una última cuestión interesante, que va más allá de lo que se refiere estrictamente a movimientos sociales, es que se hereda de otros actores como los euroescépticos o Trump una consolidación de la desinformación como elemento del repertorio de movilización (producto de la era de la posverdad: importa más el significado que el contenido, más lo que transmite que su veracidad). Solamente tomando ejemplos de los últimos meses podemos hartarnos: Marta Rovira diciendo que fue amenazada con «muertos en las calles» por el Estado (desmentido por todos los mediadores, y casi admitido por ella en Salvados), la reivindicación de leyes suspendidas por el TC que los propios redactores querían ver suspendidas, la idea de la mayoría social que se admite que no existe pero a la que se apela igualmente como cojín moral, etc. El más reciente, además, es muy ilustrativo: decir que las obras de Sijena que se devuelven a Aragón tienen algo que ver remotamente con la aplicación del artículo 155 de la Constitución es absurdo (el procedimiento judicial es ordinario, se ha producido con otros casos como el MNAC y se remonta a mucho antes, sólo coincidiendo la fecha límite con este fatídico mes). La desinformación es un peligro que, desgraciadamente, es global y creciente: un estudio de la consultora Gartner augura que para 2022 la mitad del flujo informativo que consumamos contendrá falsedades.

Para concluir: a la vez que claramente se corresponde el movimiento independentista con la ola de movimientos sociales de indignación que vivimos hoy en día (lo cual apunta a un marco más amplio en el cual es necesario estudiarlo para comprenderlo mejor), tiene desde la perspectiva de análisis de los movimientos sociales una serie de factores diferenciales (superación populista del clivaje de clase, combinación de institucionalización y radicalización) que confirman cierta originalidad y que explican, hasta cierto punto, el gran éxito que ha tenido hasta la actualidad, y que seguramente prevalecerán independientemente del resultado electoral.

Roni Kuppers

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

Más