TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Ingeniería informática es una carrera que ha empezado, en comparación con las carreras clásicas de ciencias, hace nada. De hecho, muchos de los profesores y profesoras que actualmente enseñan ingeniería informática en las facultades son de matemáticas, física o electrónica. Cuando digo que estoy estudiando ingeniería informática, casi siempre me encuentro una cara de sorpresa y, a parte de escuchar montones de veces “¡Uf! en menudo lío te has metido...”, éste suele ir acompañado de un “pero, apenas tienes compañeras chicas, ¿verdad?” y sus variantes, como por ejemplo “¿cuántas chicas hay en tu clase?”, “¿No te molesta estar rodeada de chicos?”. Estoy acostumbrada, y nunca me molesta responderlas, pero sin duda alguna, hay una de las preguntas que jamás he sabido responder con certeza: ***“¿Por qué no les gusta a las mujeres la informática?”***.

¿Que por qué no nos gusta? Bueno, la última vez que lo comprobé, era mujer, y me gusta la informática, así que no sabría responder a esa pregunta porque para mí no tiene sentido. Y es que creo, afirmo, que el género no determina nuestras preferencias académicas. Sin embargo, es evidente que existe algún tipo de barrera que hace que haya un desequilibrio abismal en los porcentajes de mujeres y hombres entre los estudiantes de ingeniería informática. En un intento por comprender mejor este misterio, me dediqué hace un tiempo a investigar sobre esto desde el origen de la carrera; entrevisté a mujeres en informática de varios países, leí sobre el contexto histórico de las mujeres en cada fase importante del desarrollo de ingeniería informática como carrera, di charlas en colegios sobre ingeniería con toques de feminismo y finalmente enseñé Arduino a algunas chicas de instituto. Todo esto me hizo comprender mucho mejor la situación de las mujeres en esta área que para mí resulta tan interesante.

Me centré en Estados Unidos (por ser una gran potencia cuyo desarrollo cultural tiene un impacto global), Canadá, otras localizaciones de Europa y la India (pues por algún motivo allí las matemáticas y la informática tienen un peso esencial entre los estudiantes). Salvo la muestra de Canadá –que increíblemente me explicó que en su universidad las mujeres eran más de la mitad en informática–, el resto me contó algo que me resultaba muy familiar: estaban ellas solas en clase de prácticas, apenas tenían compañeras, o se habían habituado a juntarse con hombres y apenas con mujeres para desarrollar sus proyectos.

La mujer india incluso narró cómo su familia le había instigado desde pequeña a dirigir sus estudios hacia las matemáticas, y había pensado en la informática (y la inteligencia artificial) como una forma de darle salida a esa imposición. Habiendo una gran tradición por esta preferencia, muchas chicas simplemente se dejaban caer en las matemáticas y descartaban a la primera la informática. Estas conversaciones, aunque fueron enriquecedoras, fuera de aclararme dudas, me generaron más inseguridades. Seguí investigando.

Antes de que la ingeniería informática fuera siquiera un concepto, Ada Lovelace, amante de las matemáticas (y de la poesía) desarrolló teóricamente una máquina calculadora que se considera la madre de la programación actual. Prefiero no tener que desarrollar con más precisión su biografía en este artículo, pero sin duda era una mujer apasionada por lo que por aquel entonces era la computación. Sin embargo fue posible porque su madre, de clase acomodada, contrató un despliegue de profesores de matemáticas que la instruyeron desde pequeña, cosa que sin duda fue una maravillosa excepción. Más adelante, durante la Segunda Guerra Mundial, las que eran amas de casa y madres dejaron sus tareas y fueron empleadas como calculadoras –o el término que más me gusta a mí: codebreakers– para a descifrar los mensajes del enemigo (con gran eficacia). Es remarcable, por ejemplo, el trabajo de las mujeres de Bletchley Park. Sin embargo, cuando acabó la guerra, las mujeres fueron despojadas de sus puestos de matemáticas y se vieron obligadas a volver en su mayoría a las tareas del hogar. Fue justo entonces cuando casualmente se estrenó en Cambridge la carrera de Ciencias de la Computación, coincidiendo con una etapa de reconstrucción de posguerra en que se promocionaba con insistencia la labor en el hogar de la mujer.

En torno a los años setenta y ochenta, cuando la computación empezaba a invadir las casas y la vida diaria en lugar de quedarse enclaustrada en laboratorios de investigación, el número de mujeres en informática ascendió precipitadamente. Coincide con una época en la historia que, quiero creer, supuso un pequeño avance en el feminismo, dado que “la ola feminista” que se empezó en EEUU a finales de los sesenta se fue extendiendo en los setenta por Europa. Es notable mencionar que de esta época salen varias profesoras de las que hay actualmente en las escuelas técnicas que realmente son informáticas, y no matemáticas o físicas. Sin embargo, algo ocurrió entre los noventa y la actualidad, que hizo que de nuevo el número de mujeres en informática cayera estrepitosamente. De nuevo me siento confusa.

Durante el pasado curso se me presentó la oportunidad de ir a hablar a niños de primaria sobre ingeniería informática. Esto me pareció genial, dado que yo descubrí que existía mucho más tarde y fue amor a primera vista; ¡ojalá alguien me lo hubiera mostrado mucho antes! Sin embargo había un punto más allá. Todos las ponentes principales éramos mujeres STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics), y los ejemplos de las diapositivas también eran de mujeres. Los chavales parecían no ver nada extraño en esto, y muchas niñas se animaron a contar ideas de tecnología cuando preguntaba al respecto. Así que “en primaria no hay un aparente sesgo social”, pensé.

Dediqué parte de un verano a enseñar Arduino, primero en mi ciudad natal, Granada, donde un grupo de chicas STEM guiamos a alumnas de secundaria en un campamento de electrónica y programación para hacer sus proyectos. Algunas de estas chicas ya comentaban que su situación era una excepción, y que a veces tenían que justificar a familiares y amigos su interés por la informática; intuí pues que el sesgo social más importante comenzaba en secundaria. Poco después repetí la jugada en Suiza, donde impartí robótica básica a varios grupos de secundaria de Arabia Saudí, dos mixtos, uno sólo de chicos y otro sólo de chicas. En el grupo sólo de chicas me encontré con varias alumnas que habiendo estudiado Java (un lenguaje de programación) en clase, les habían inculcado el interés por la robótica y habían probado robots con Scratch (lenguaje básico de programación diseñado para la enseñanza) y similar por su propia cuenta, tras pedirlos en casa. Esto me llenó de alegría, y viendo la participación de las chicas, y cómo aplaudían cuando hicimos espectáculos de luces en clase con leds RGB y Arduino, jamás aceptaré como argumento que “a las mujeres no les gusta la informática”; no es que yo sea una excepción, es que se trata de un problema cultural.

Aunque a día de hoy sigo sin tener una respuesta clara a por qué no hay mujeres en informática, creo que todo lo que he leído, investigado y preguntado, me lleva a pensar que refleja una problemática que va más allá de la informática. Cuando vemos los catálogos de juguetes en Navidad con niños alegremente montando mecano y niñas acunando a una muñeca, o cuando vemos en un programa de televisión cómo las mujeres esperan pacientemente a que los hombres a su alrededor le arreglen el ordenador... todo eso influye. La informática es un área que tiene incidencia en todos los aspectos de nuestra vida: el estudio, el trabajo, el ocio, la comunicación… Y por tanto que una se sienta inspirada a contribuir en la informática indica que quiere hacer una contribución a la sociedad, y para eso la sociedad tiene que parecernos un sitio propenso a aceptar nuestra contribución. Para que haya más mujeres en informática, la sociedad tiene que aceptar nuestro trabajo, ya sea en la calle o en una pantalla.