TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Los más aclamados estudios de la academia sobre capital social se nos presentan hoy pobres a la hora de considerar las diferencias de género. La investigación de Robert Putnam, fundacional del propio concepto y la literatura en torno a él, ha sido criticada por pasar por alto la «naturaleza de género de la participación asociativa» (Gidengil et al. 2003). Es interesante enfatizar tales diferencias haciendo un poco de retrospectiva sobre los movimientos de mujeres en España, sus formas de establecer redes entre ellas y sus implicaciones en política.

Al considerar a las mujeres dentro del concepto de capital social, las estadísticas e investigaciones emplazan tradicionalmente los intereses y campos de participación de la mujer en áreas mucho más cerradas, tales como la familia, vecinxs y conocidxs; esto es, formas informales de socialización. Las formas de capital social que presentarían las mujeres estarían, al fin y al cabo, relacionadas con los cuidados en general (particularmente, en asociaciones que traten temas de salud, educación o servicios sociales), dentro de lo que Putnam bautizó como «bonding social capital» (Putnam 2000; Lowndes 2003).

Sin embargo, los tiempos han cambiado – un resurgimiento de la lucha feminista ha tenido lugar y quiere intervenir en la esfera política (aunque no es que no lo hubiese hecho antes). Un ejemplo de esto sería uno de los lemas del movimiento 15M, que reza «La revolución será feminista o no será». Pero, ¿qué dicen los datos sobre este supuesto creciente interés en la política entre las mujeres? ¿Qué hay de la acción política llevada a cabo por asambleas feministas no-mixtas? ¿Podríamos decir que dichas asambleas son espacios de acción política o representan áreas mucho más amplias para el desarrollo del capital social en las mujeres?

Aunque estas cuestiones merecen una mayor profundización y explicación, y el espacio aquí es bastante limitado, ciertas cuestiones podrían abordarse.

Por ejemplo, si miramos los datos, una encuesta del CIS de 2006 sobre la ciudadanía y la participación nos muestra que, de aquellxs entrevistadxs, sólo un 25% aproximado de mujeres estaban muy o bastante interesadas en la política, mientras que un 73.5% lo estaban poco o nada. Por otro lado, los hombres mostraron más de diez puntos de interés que las mujeres, y un 62% no se declararon interesados en la política, tal y como podemos ver en el gráfico. La tendencia de las mujeres es claramente creciente cuanto más se acerca al menor interés.

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Pese a lo desalentador de estos resultados, las mujeres tienen una historia dentro del sindicalismo y la organización en grupos políticamente activos en España que no puede obviarse, tal y como plasma Fernàndez en su investigación «Una revolución silenciosa» (2015). En ella, compara las redes creadas por mujeres durante los últimos años de la dictadura franquista en adelante (a través de las asociaciones de vecinxs o partidos políticos tales como el PCE) con grupos surgidos durante el 15M.
Lo que la autora concluye es que los primeros, que eran generalmente asambleas mixtas, acabaron reconvirtiéndose en grupos no-mixtos, liderados por mujeres, que no solían ser tampoco políticos (los denominados «Casals de la Dona», la DAIA – Dones per l’Autoconeixença I l’Anticoncepció, etc.) (Fernàndez 2015, 33). Los segundos eran de hecho líderes de ciertas secciones del 15M, muchas veces teniendo fuertes debates en las asambleas donde se les discutía su propia naturaleza (no-mixta, liderada por mujeres) (Egio 2013; Fernàndez 2015).

En el primer caso, estas asambleas eran de hecho espacios de encuentro de mujeres a través de los cuales se establecían redes lo suficientemente fuertes como para identificarlas con cierto modo de capital social. Tal vez por su contemporaneidad con Putnam y otrxs investigadorxs en el campo, estas asociaciones eran ejemplos perfectos de lo que aquéllxs definían como capital social femenino. Además, la tendencia era la de pertenecer a grupos de la misma edad, nivel educativo y, por supuesto, género – una característica común de cómo las mujeres se relacionaban con su entorno según la academia (Propielarz 1999; Gidengil et al. 2003; Lowndes 2003).

No existe demasiado consenso en lo que se refiere a las razones por las que las mujeres acabaran perteneciendo a tan estrechos grupos, que estrechaban a su vez su capital social. Fernàndez, al hablar de las mujeres en los 80, afirma que «las mujeres que habían optado por formar parte de unas entidades mixtas, como las asociaciones vecinales, percibieron un desgaste en la permanente negociación o minusvaloración de sus actividades como vocalías» (2015, 33).

Algunxs académicxs han esbozado la siguiente idea, una suerte de argumento circular, que es nuclear para entender las afirmaciones de Fernàndez. La falta de interés en política está relacionada a una falta de conocimiento sobre ella, que conlleva una falta de representación y, por esto, una falta de poder. Esta falta de poder conllevaría a su vez a la falta de interés. Debe apreciarse, sin embargo, que no existe tal cosa como un «comienzo del problema» – no es la falta de interés de las mujeres lo que las lleva a no tener poder ni representación. De hecho, podría decirse que es precisamente al contrario, ya que existen muchas «ventajas [que] los hombres continúan teniendo en términos de ocupación, salario y reputación» (Gidengil et al. 2003, 14).

Esto está estrechamente relacionado con el peso que tiene el conocimiento político en términos de capital social. Putnam afirma que tal forma de socialización impulsa el conocimiento de la persona –y su interés– en la política (Putnam 2000, 343). Por lo tanto, ¿cómo puede darse el empoderamiento de las mujeres en política cuando es ciertamente «un mundo de hombres» (Gidengil et al. 2003, 26)? Tomemos datos otra vez para ilustrar lo anterior. El siguiente gráfico muestra cómo la población española ha visto a las mujeres en política entre los años 2010 y 2012; los resultados son tristemente obvios.

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Lowndes (2003) afirma que «las mujeres siguen infrarrepresentadas en política (...) Parece que el capital social acerque a las mujeres a [ella], pero también las retiene» (2003, 17). Esto se explicaría por la tendencia de las mujeres a dar un paso atrás cuando se trata de puestos de responsabilidad, resalta la autora, bien por «una falta de confianza y (...) familiaridad» (2003, 19) o bien por las tradicionales «responsabilidades de cuidado [que] parecen particularmente incompatibles con puestos de mando en la concejalía para las mujeres»5 (2003, 20).

Lo que se nos presenta aquí, al fin y al cabo, es la razón por la cual las mujeres prefieren asambleas y asociaciones segregadas por género. La naturaleza de espacios no-mixtos intenta «permitir a las mujeres desarrollarse en espacios seguros, exentos de dominación masculina (...) espacio[s] para la autodeterminación y la colectividad subjetiva» (Aromatario s. f., 1, 4). Aromatario también afirma que la discusión en torno a esto tiende peligrosamente a argumentos tales como la innecesaridad de dichas asambleas porque “la igualdad ya se ha alcanzado”, idea equivocada de la actual situación de género.

Para concluir, podríamos argüir que las mujeres se relacionan con su entorno político de forma distinta a los hombres debido a los problemas de estructura patriarcal de la sociedad en que nos encontramos. Sin embargo, tampoco deberíamos incurrir en el error de intentar masculinizar la forma en que las mujeres socializan. Investigaciones de antes del principio de siglo afirman que el capital social de las mujeres no estaba para nada interesado en el devenir político. Pero, con el paso del tiempo, el empoderamiento de éstas está facilitando su entrada a ese mundo – un empoderamiento proporcionado por la holgura de pertenecer a asociaciones no-mixtas, que otorgan a las mujeres un entorno apropiado para desarrollarse políticamente, aunque aún no en posiciones reales de responsabilidad. Puede que sea cuestión de tiempo, pero ciertamente se trata de una cuestión de cambio y de conciencia lo que permitirá ver esta situación revertida.


Aromatario, Aurélie (s.f.). «Gender (Non-)Mixity: Strategy and Collective Identities in Feminist Activism», EURP Drafts.

CIS (2006). «Ciudadanía y Participación», Madrid, CIS.
——— (2012). «Comparación de la situación de las mujeres frente a los hombres: acceso a puestos de responsabilidad en la vida política», Madrid, CIS.

Egio, Carolina (2013). «Las Feministas a Pie de Calle. Redes y Alianzas Desde La Coordinadora Feminista. Notas Del Seminario “Crisis 2: Necesidades, Alianzas y Propuestas”», Barcelona.

Fernàndez, Eva (2015). «Una revolución silenciosa. Memorias de activismo feminista y vecinal: de la Transición al 15M en Barcelona y su cinturón industrial», Ankulegi, 2015.

Gidengil, E., Goodyear-Grant, E., Nevitte, N., Blais, A., Nadeau, R. (2003). «Gender, Knowledge and Social Capital», Canada, University of Manitoba.

Lowndes, Vivien (2003). «Getting on or Getting by? Women, Social Capital and Political Participation», Canada, University of Manitoba.

McMichael, C., Manderson, L. (2004). «Somali Women and Well-Being: Social Networks and Social Capital among Immigrant Women in Australia», Human Organization, 63 (1):88–99.

Popielarz, Pamela A. (1999). «(In) Voluntary Association: A Multilevel Analysis of Gender Segregation in Voluntary Organizations», Gender and Society, April 1999.

Putnam, Robert D. (1995). «Turning In, Turning Out: The Strange Disappearance of Social Capital in America», PS: Political Science and Politics, 28 (4):664–83.
——— (2000). Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community, Simon and Shuster, New York.