TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

El estreno del docufilm El silencio de otros, que retrata el dolor y la lucha generacional de aquellas familias que sufrieron la violencia de la dictadura franquista, pone de relieve distintas cuestiones: ¿ha sido insuficiente la Ley para la Memoria Histórica? ¿El llamado pacto del olvido del 78 deforma el ideal democrático? ¿Está habilitado el Estado para intervenir en el recuerdo del pasado? Este artículo quiere, brevemente, acercarse a las dos últimas preguntas.

¿La amnesia de la democracia? Pluralismo, libertad e igualdad

Son muchas las causas que se han esgrimido para explicar el crecimiento y la consolidación de los partidos populistas de derechas en la política europea contemporánea. Enrique Hernández  y Guillem Vidal (2016) han detectado un patrón continental: éstos consiguen apoyos generalmente en los países del norte, caracterizados por presentar balances económicos saneados y Estados de Bienestar robustos. El discurso de estas formaciones se traduce en un chauvinismo que privilegia al nacional a la hora de distribuir las transferencias estatales. Otros factores (la institucionalización de nuevos centros de poder en el contexto de la UE o los efectos en el mercado de trabajo de la globalización) han contribuido a la fragmentación.

Un elemento recientemente incorporado al debate es el de las políticas de la memoria. El argumento es el que sigue: la cultura del recuerdo sirve de antídoto para bloquear en la esfera pública las pulsiones autoritarias de nuestro tiempo. En palabras de Ramos Tolosa, «el desconocimiento y la desmemoria de los errores del fascismo facilitan que se abran las puertas para su retorno» (2019: 256). No es éste un post dedicado a establecer posibles analogías entre la experiencia del totalitarismo y los populismos de hoy (a este respecto, se recomienda la última obra de Emilio Gentile, publicado en español por Alianza Editorial). ¿Pero cómo es posible, entonces, que una democracia como la italiana, organizada a partir de los valores de la Resistencia, albergue en el Parlamento a la Lega de Salvini? Y las excepciones se multiplican: Alemania, conocida por incorporar a su derecho penal la sanción por apología del fascismo, cuenta en su sistema de partidos con la presencia de AfD.

Una vez que el autor no acompaña con ejemplos la validez de su planteamiento, concluye así: «pero al igual que para el antifascismo la memoria ha sido un ejercicio y un ritual muy importante, una democracia no puede ni debe ser amnésica» (Ramos Tolosa, 2019: 255). El régimen constitucional de 1978 adolecería, desde esta perspectiva, de un vicio casi incorregible. El carácter transaccional de la Transición, unido a otros hechos históricos relevantes como el nombramiento de Juan Carlos I por parte de Franco o la Ley de Amnistía de 1977, habrían abonado el cultivo para el florecimiento de una cultura política dominada por el consenso elitista, las prácticas clientelares y el desprecio a la soberanía popular. Tanto Rafael Escudero Alday (2013) como Gerardo Pisarello han empleado el término democracia de baja intensidad para referirse al contexto español.

Siguiendo a estos autores, las instituciones alumbradas por la Constitución de 1978 operarían en un vacío de valores que debe superarse con una memoria «despatriarcalizada, descolonizada y descapitalizada» (Ramos Tolosa, 2019: 256). El olvido ético y político impulsado durante el proceso constituyente obligaría a la nueva política a tejer un relato de memoria construido desde el legado de una lucha transversal, que englobe a los esclavos, a la clase trabajadora y a las mujeres. En resumen, el diseño constitucional fue obra de élites reformistas que abrazaron un formalismo desentendido de las hazañas de la Historia. ¿Es la democracia liberal un complejo armazón sin contenido axiológico? La hipótesis que sostiene este texto es la contraria: supone la realización de la igualdad, la libertad y el pluralismo. Y lo hace, precisamente, teniendo en el recuerdo el autoritarismo que marcó la historia política del siglo XX europeo.

Sobre esta cuestión, es correcta la interpretación que Josu de Miguel y Javier Tajadura elaboran del pensamiento de Hans Kelsen:

En cualquier caso, con ello queremos apuntar la idea central de que la pretendida democracia formal y sin sustancia de nuestro autor constituye un universo que requiere en realidad unas leyes de funcionamiento muy precisas, que incorporan una cultura política de alta exigencia ética y que se expresan particularmente en lo que Baume ha dado en calificar, de forma muy acertada, como instrumentos de la libertad e instituciones de la deliberación (2018: 168).

Efectivamente, la concepción minimalista de la democracia contiene esfuerzos que no pueden desecharse. Para Schumpeter, se trata de un «sistema institucional para tomar decisiones políticas, en el que, a través de una lucha competitiva por el voto del pueblo, los individuos adquieren el poder de decidir» (2010: 68). La competencia partidista es indicador de la apertura y la tolerancia de las sociedades. En términos similares, Kelsen afirmó  que  «[la democracia] brinda a toda convicción política la posibilidad de manifestarse y de ganarse el ánimo de los hombres en libre concurrencia» (2009: 227). Este principio obliga a los actores a encauzar los conflictos sociales mediante la negociación con el distinto, pues no existe una verdad infalible que guíe la acción de los individuos. En fin, el frío imperio de la ley garantiza la protección de los ciudadanos frente a los abusos del poder. No es cierto, por tanto, que las democracias de posguerra (y también la española) no descansen en valores sublimes. Al contrario, conectan con la mejor tradición ilustrada: gobierno representativo, rendición de cuentas y libertad política.

Además, resulta paradójico que se acuse a las democracias liberales de institucionalizar el olvido cuando pensadores como Kelsen, preocupados y comprometidos por un orden de libertades y derechos, sufrieron en primera persona el escarnio de la política ideológica nazi.

Una teoría política para evitar el sufrimiento

Cuenta Paloma de la Nuez (2017) que Judith Shklar se adhirió a un liberalismo de la memoria, esto es, una teoría política que tuviera en cuenta los efectos de la aplicación de las utopías fascista y comunista. Tiene sentido, ya que la letona incorpora a su biografía la condición de exiliada y refugiada por ambos regímenes. Identifica liberalismo con la pluralidad y la diversidad social, pero asume que no es posible aspirar a la libertad si la dimensión psicológica del ser humano está manchada por el miedo y el dolor (Shklar, 2018).

Las guerras, las violaciones de derechos a las minorías y el despotismo gubernamental son fuentes de crueldad injustificadas que deben movilizar a los poderes públicos para conseguir su supresión. Si esto no sucede, si la política no actúa y se acomoda en la desventura, reinará la injusticia, aquella «negligencia, tanto por parte de funcionarios públicos como de ciudadanos privados, en evitar una mala acción cuando podrían y deberían hacerlo» (Shklar, 2013: 33). ¿Qué tiene que ver esto con las políticas de la memoria?

La situación de muchas familias, relatadas en El silencio de otros, bien puede ajustarse a la categoría de injusticia activa propuesta por Shklar. La Guerra Civil española (1936-1939), el episodio final de una década caracterizada por una alta polarización social, conllevó la desaparición de miles de cuerpos enterrados en fosas comunes. Resulta sensato que las víctimas reclamen la colaboración del Estado para identificar los cadáveres y permitir su inhumación en los panteones familiares. No se trataría, de acuerdo con el universo shklariano, de una mera remoción de huesos o de un instrumento al servicio de una nueva democracia radical, sino de «refrenar las fuentes públicas de daño que pueden hacer peligrar nuestra seguridad e integridad. Pero debemos reconocer que la línea que separa injusticia y desgracia es una elección política, no una simple regla que sólo hay que seguir» (Shklar, 2018: 32).

Parecería atrevido categorizar los efectos de una guerra como una simple desgracia que la psicología humana debiera interiorizar. Difícilmente, ya lo advertía la profesora de Harvard, la reparación del sufrimiento sea absoluta. Incluso podría ser indeseable. Solo sería factible en un gobierno con pretensiones de penetrar en los sentimientos de los individuos. Pero ayudaría a la convivencia si además de los instrumentos de libertad (la libertad de los modernos que diría Constant) y deliberación (los parlamentos), nos dotáramos de instrumentos de liberación que aminoraran el sufrimiento del pasado. Así, la existencia sería más transitable.


De Miguel, J. y Tajadura, J. (2018). Kelsen vs Scmitt: Política y derecho en la crisis del constitucionalismo. Guillermo Escolar.

Escudero Alday, R. (2013). Modelos de democracia en España. 1931 y 1978. Península.

Hernandez, E. y Vidal, G. (2016). Los partidos anti-elitistas tras la recesión de 2008. Zoom Político. Nº30. Fundación Alternativas.

Kelsen, H. (2006). De la esencia y valor de la democracia. KRK Ediciones.

de la Nuez, P. (2017). Miedo, injusticia y libertad en el pensamiento de Judith Shklar. Crítica Contemporánea- Revista de Teoría Política. Nº 7 pp. 72-94.

Ramos Tolosa, J. (2019). Memoria y (anti) fascismo. En Guamán, A. , Aragoneses, A. y Martín, S. (dirs). Neofascismo: la bestia neoliberal. Siglo XXI España.

Schumpeter, J. (2015). Capitalismo, Socialismo y Democracia (Vol.2). Página Indómita.

Shklar, J. (2013). Los rostros de la injusticia. Herder.

Shklar, J. (2018). El liberalismo del miedo. Herder.