TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Ponte en situación. Has ganado la cesta de Navidad de este año. Además de los jamones y el cava en la cesta hay un ticket para unas vacaciones de año nuevo: tú y un acompañante, tres noches, una ciudad europea...suena ideal, pero hay un dilema: tienes que elegir la ciudad.

5. Evita los señuelos.

El ticket te da a elegir entre reservas de hoteles de cinco estrellas, uno en Roma y dos en París. La decisión es complicada: El Coliseo o el Arco del Triunfo, La Capilla Sixtina o el Louvre, La Fontana de Trevi o La Torre Eiffel... un dilema imposible hasta que te das cuenta de que uno de los hoteles Parisinos no es un hotel, sino un hostal en las afueras y sin agua caliente. En ese momento no sabes qué hotel es mejor pero sí sabes que al hostal no vas a ir. La comparación ofende casi, ¿por qué alguien iba a elegirlo? De hecho la diferencia es tan grande que empiezas a mirar 3 noches en París en un hotel de lujo con otra luz más positiva.

Estas opciones que nunca nadie elegiría en una situación así nos crean un sesgo, los precios son relativos, y no somos capaces de medirlos de forma absoluta. Por otro lado comparar nos resulta muy fácil. En nuestras cabezas tenemos la idea de lo bueno que es el jamón que nos ha tocado en la cesta, hasta que llegas a la cena de Navidad con la familia y la novia de tu hermana te sirve del suyo. Todos los años es mejor que el tuyo, éste también. Cuando vuelves a casa no vuelves a mirar a tu jamón igual. Si quieres ganar en salud lo mejor es reconocer lo que son los hostales y jamones desde el principio, nada más que señuelos publicitarios que cambian nuestra perspectiva sobre el valor de las cosas. Si no los identificas y descartas, acabarás yendo a París a pesar de que lo que siempre has querido es perderte en los callejones romanos.

4.  Lo gratuito sale caro.

Los viajes y el cava están bien, pero en el fondo, lo que más te gusta de haber ganado la cesta, es que te la han dado gratis. Nos encanta lo gratuito, son transacciones perfectas, no perdemos nada y siempre ganamos algo. Es cierto que el jamón no era tan bueno como el de tu familia, ¡pero es gratis! Es cierto que el chocolate con pasas al fondo de la cesta no te gusta, ¡pero es gratis! También es cierto que todos los años compras un turrón mejor que el de la cesta, pero éste es gratis, no vas a comprar otro. Quizá lo gratuito no es tan barato.

La palabra gratis implica una enorme tentación que nos llama a comprar productos de precio cero sin valorar si de verdad queremos dicho producto o existe una oferta mejor. Esto lo sabe bien Amazon. Momentos antes de empezar a escribir este artículo pensaba regalar a un amigo un libro. 12€+gastos de envío es una buena oferta y un precio razonable, pero justo encima del botón de añadir a la cesta había una frase que lo cambió todo:

"Envío GRATIS en pedidos de libros superiores a 19€."

Acabé comprando tres libros, no los leeré hasta verano. El hecho de no plantearnos si necesitamos algo no es el único coste que tendemos a ignorar cuando el precio de las cosas es cero, también existe otro: El coste de oportunidad. Al igual que ganamos un turrón de baja calidad de forma gratuita, perdemos el turrón que nos acompaña todas las Navidades. Después nos sorprendemos cuando es Febrero y la caja no ha sido abierta.

3. Nunca pagues la cena de Navidad a medias.

La cena de Navidad ha sido para la posteridad, tu abuela es una cocinera excelente, todos los platos era dignos de tres estrellas Michelin. Tanto que como muestra de aprecio y como sabes que las finanzas familiares no son las más robustas te ofreces con una frase: «La comida ha sido excelente. Increíble, ¿cuánto es mi parte que quiero pagarla?»

Sería extraño que tu familia no se ofendiera y se negara rotundamente a aceptar un pago. ¿Cómo puede ser esto si solo estás pagando por los servicios prestados? Se debe a que el mundo económico no se rige por las mismas reglas que el mundo social.

El mundo social es agradable, las peticiones hacen a todos felices. El mundo económico es frío y afilado, solo hay beneficios equiparables a los pagos. Tu abuela es feliz cocinando para ti, su familia. No es tan feliz cocinando por dinero.

Las normas sociales a un lado, y las de mercado en otro. Esto no es solo para el (poco probable) caso en el que se cometa la insensatez descrita. Vale para todo. Por ejemplo, es Navidad y quieres ayudar a algún familiar que lo pasa mal: no le des dinero, hazle un regalo que le ayude. No se sentirá mal como podría hacerlo por recibir dinero sin nada a cambio y le ayudarás en la misma medida, pero no le digas el precio. Las normas del mercado no hacen a nadie más feliz. Por este motivo debes quitar los tickets de todos tus regalos, incluso aunque no les gusten y quieran cambiarlos y jamás regalar vales de compra. Por ese motivo puedes abusar del gruñón de tu familia, y hacer que se involucre como el resto reprochándole que es Navidad. Las normas sociales son los mejores estimulantes y motivadores. Hay que darlas crédito por el papel que hacen.

2. Cómo no llegar nunca tarde.

Ha vuelto a pasar: llegas tarde a la cena de Navidad. Tendrás que aguantar los reproches de todos los que te esperaban para comer, tendrás que aguantar las bromitas durante la cena, y lo peor de todo tendrás que aguantar los «te dije que no llegaras tarde».

Todos los años llegas tarde no porque tengas algo que hacer, sino porque calculas mal cuándo empezar a arreglarte y el atasco que habrá. Pero en el fondo sabes que esto no es la verdad, siempre te distraes haciendo otra cosa. Pero esto tiene solución. Una solución que los profesores de instituto conocen muy bien: poner una restricción. Al igual que los profesores ponen exámenes parciales para que los alumnos no estudien solo en la última semana del final, nos podemos imponer un horario para no llegar tarde. Pero eso en el fondo no funciona, es tu horario, siempre puedes modificarlo un poquito haciendo otra cosa.

Una restricción no basta, tiene que ser una restricción que cumplamos y no podamos romper de ninguna manera haciendo otra cosa. ¿Cómo podemos obligarnos a hacer algo? Quedando con otra persona a una hora para ir juntos. Las restricciones que más aumentan la productividad de las personas son concertar un compromiso o trabajo con otra persona de forma voluntaria. Ésta resulta ser la mejor arma que tenemos para aumentar nuestra productividad y huir de la tentación de la procrastinación. Nos resulta mucho más difícil fallar en algo cuando hemos hecho una nueva promesa de la que otros dependen, que la promesa ya violada de llegar pronto a la cena. Quieres obligarte a hacer algo sí o sí, combina este consejo con el tercero, y comprométete con un amigo o familiar. Así nunca llegarás tarde y en el peor de los casos siempre podrás decir que esta vez ha sido culpa del otro.

1. Los peligros de la propiedad.

Hace unos cuantos días hice un experimento curioso aunque no original. Me acerqué a Sol aprovechando la locura navideña. Esperé pacientemente en la salida de La Administración de Doña Manolita a que aquellos que compraban la lotería de Navidad salieran con su boleto. Conforme lo hacían, paré a unos cuantos felices compradores y les dije que le compraría sus boletos por cinco veces su precio. Aparte de algunas cuantas miradas guasonas, desconfiadas y asesinas, recibí principalmente dos respuestas: «no está en venta» y «éste toca».

Aquí hay dos preguntas que hacerse: ¿cómo puede ser que todos rechazaran mi oferta? ¿Y qué hubiera pasado si alguno hubiera dicho que sí? La respuesta a la segunda me la llevaré a la tumba, pero la primera tiene varias posibles explicaciones.

Una posibilidad es que «cinco veces su precio» no fuera suficiente para compensar las horas de cola. Otra posibilidad podría ser que los boletos de Doña Manolita tuvieran un valor añadido que desconozco, y que la gente tuviera miedo a vender un boleto que luego fuera premiado. La última sería que hubieran desarrollado apego a sus boletos comprados.

Lo más seguro es que la verdad sea un mezcla de estas tres razones. Aun así, no deja de ser una decisión irracional, la reventa a cinco veces el precio en la misma puerta no es una oportunidad que surja muchas veces en la vida. Es un beneficio inmediato y fácil. Pero las horas de cola cuentan más de lo que parece. El orgullo de la propiedad tiene una particularidad. Cuanto más empeño pongamos en conseguir una cosa más valioso será a nuestros ojos. Y ese orgullo se desarrolla incluso antes de tener ese algo en nuestra posesión.

La propiedad tampoco está limitada a las cosas materiales, es también aplicable a puntos de vista. Como ser hincha de un equipo, fan de un artista o ideologías políticas. Lo valoramos más de lo que vale. No existe cura para los síntomas de la propiedad, pero tenerlo en cuenta puede ayudar. Especialmente en lugares como discusiones navideñas de sobremesa con tu cuñado, no sea que el cuñado acabes siendo tú.

Todos los "life hacks" provienen de los experimentos económicos que Dan Ariely explica en su libro Irrational Predictable, obra que divulga varios trabajos sobre Economía del Comportamiento.