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Uno de los eventos protagonistas del inicio de la última precampaña electoral —la previa al 10 de noviembre de 2019— fue la presentación en sociedad del nuevo proyecto político de Íñigo Errejón, Más País. Este proyecto surge de una transformaciónn de “Más Madrid”, la plataforma popular que impulsó la candidatura de reelección de Manuela Carmena a la Alcaldía de Madrid (y a la que se sumó Íñigo Errejón como candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid), a una formación política de índole nacional, cuya finalidad principal era contribuir a generar un acuerdo de Gobierno progresista tras el fracaso de las negociaciones entre PSOE y Podemos.

Sin embargo, el nuevo partido no ha logrado los resultados deseados en base a sus expectativas (Errejón llegó a pensar que podría alcanzar 15 escaños el 10N), no consiguiendo siquiera obtener un grupo parlamentario propio. En este escueto artículo nos aventuramos a tratar de desentrañar precisamente las potenciales causas del fracaso de la más nueva de las formaciones políticas nacionales.

Todos conocemos la trayectoria política de Íñigo Errejón como cofundador de Podemos, el exitoso partido protesta surgido a rebufo del 15M y la crisis económica. Su papel inicial dentro del partido fue crucial en su organización interna, siendo responsable de la creación de sus cuadros mientras su líder, Pablo Iglesias, se encontraba en Bruselas ejerciendo como eurodiputado. Pero a su vuelta, con las elecciones generales de 2015 retomó el control de la organización y comenzó a derivar su discurso, desde la protesta y transversalidad inicial (véase el spot electoral de Podemos en las elecciones europeas de 2014, centrado en el esquema del populismo de Laclau y sin entrar en la dicotomía tradicional de izquierda-derecha; o los coqueteos de Pablo Iglesias con la salida del € en esas fechas; que son discursos que comparten algunos partidos del espectro político antagónico, en Europa), a una extrema izquierda más tradicional aderezada con motivos progresistas de nueva ola, llegando a la coalición con Izquierda Unida en las siguientes elecciones de 2016, si bien fracasando en su intento de lograr el sorpasso al PSOE.

Desde entonces, los desencuentros entre ambos líderes en torno a la estrategia política del partido comenzaron a acrecentarse hasta el punto de crearse dos corrientes internas alrededor de ambos líderes. Errejonistas y pablistas tendrían su enfrentamiento final en Vistalegre II, donde, si bien Errejón no disputó la dirección del partido a Pablo Iglesias, sí que trató de imponer su visión política, de corte más moderado y transversal. Todos conocemos el resultado final, en el que el oficialismo se impuso. Aunque al final de la asamblea ciudadana las promesas de unidad y reconciliación fueron proclamadas grandilocuentemente, por debajo del mantel se procedió a una purga en toda regla de las estructuras del partido de los elementos errejonistas.

A esta asamblea le sucederían diversos acontecimientos, como el compromiso Iglesias-Errejón para presentar a este último como candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid, a la vez que se daba su progresivo alejamiento de la dirección del partido y el alza de otras figuras cercanas a Iglesias, como Irene Montero o Rafael Mayoral; o el fallido plan de Carolina Bescansa para tratar de alejar a Iglesias de la dirección, entre otros asuntos.

Así, a inicios de 2019, nos encontramos a un Podemos ensombrecido por las purgas y los conflictos internos a nivel nacional y regional, y que ha perdido protagonismo dentro de la izquierda ante la vuelta de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE y su triunfo en la moción de censura contra Mariano Rajoy; una moción de censura que, a su vez, sólo fue posible por un cambio de narrativa en Podemos: de la estrategia del sorpasso al PSOE a la estrategia de la colaboración para posibilitar la moción de censura. Los conflictos estratégicos en Podemos podrían haber pasado a un segundo plano exteriormente si el partido se convertía en condición necesaria para sentar a Sánchez en la Moncloa y poder marcarle la agenda; no obstante, no fue así para una parte de la organización. Mientras tanto, por otro lado, la sorpresa del resultado de VOX en las elecciones andaluzas también le restó protagonismo a nivel nacional.

En este contexto, parece que Errejón podía terminar de dar la puntilla a la formación política con su salida de ésta para formar, junto a Manuela Carmena, Más Madrid. Errejón estaba descontento, ya que no había podido conformar la candidatura a la Comunidad con sus afines, mientras que Carmena prefería librarse de la vinculación con Podemos y los elementos más extremos asociados a los anticapitalistas, que se encontraban entonces dentro de su grupo municipal. La defección de Errejón y Carmena no sentó especialmente bien y Podemos decidió hacer frente en la Comunidad a la nueva formación, si bien en el Ayuntamiento decidieron no presentarse contra Carmena (aunque sí lo hizo la corriente anticapitalista, que fue apoyada por la dirección de Podemos).

El éxito de la nueva formación —que logró 19 concejales, siendo la primera fuerza en el Ayuntamiento; y 20 diputados autonómicos, siendo la cuarta fuerza y superando ampliamente a Podemos, que quedó con 7— se vio ensombrecido por la pérdida de la alcaldía frente al bloque de derechas, además de su fracaso a la hora de arrebatar la comunidad a la derecha. Lo cual era aún más decepcionante teniendo en cuenta que su líder más carismática, Manuela Carmena, ya había anunciado su renuncia en caso de no retener la alcaldía, lo que dejaba al nuevo partido parcialmente descabezado y con un sabor agridulce.

Mientras tanto, a nivel nacional se vivían las encarnizadas negociaciones PSOE-Podemos para formar nuevo gobierno tras las elecciones del 28-A, que resultarían en fracaso y en una nueva repetición electoral. En especial, parecía que el liderazgo de Iglesias pendía de un hilo durante todas las negociaciones y que el futuro de Podemos también. En este contexto se vislumbraba una ventana de oportunidad para Errejón y su nueva formación a nivel nacional, en unas nuevas elecciones, para que un nuevo partido de izquierdas aglutinara el descontento generado tanto en Podemos como en el PSOE ante el escenario de repetición de elecciones y la incapacidad de sus líderes para entenderse.

Hoy, en cambio, ya tras las elecciones del 10-N y con los resultados en la mano, vemos que no se ha obtenido tal éxito, y que o bien no existía dicha ventana de oportunidad, o bien no se ha sabido aprovechar. La obtención de únicamente tres diputados (dos en Madrid y uno en Valencia de la mano de Compromís) no era el resultado esperado. ¿Qué ha ocurrido para explicar el fracaso de Más País y Errejón?

Como siempre, no existen respuestas sencillas o únicas, sino más bien una miríada de factores que se fueron concatenando hasta el desenlace del 10-N:

  1. En primer lugar, podemos destacar cuestiones que podríamos denominar estructurales o de organización. Ésta no podía encontrarse demasiado asentada dada la corta existencia tanto de Más País (septiembre) como de la formación madre, Más Madrid (febrero), que además no contaban apenas con estructura fuera de la Comunidad de Madrid. Otros partidos, como el propio Podemos o incluso VOX, han dispuesto de algo más de tiempo para organizar su estructura tras sus primeros éxitos, o bien han podido apoyarlas en otras organizaciones y estructuras preexistentes. Errejón también trató de hacer lo mismo, y en los primeros momentos logró algunos éxitos de calado en este sentido, puesto que consiguió el acercamiento de la formación ecologista Equo y de los nacionalistas valencianos de Compromís —que previamente se habían aliado con Podemos— así como de la Chunta Aragonesista. Mientras tanto, los cuadros de Podemos sufrían importantes defecciones en algunas provincias hacia la nueva formación (sobre todo en Murcia) y espaldarazos de antiguos dirigentes como Carolina Bescansa. Parecía que la implosión del partido de Pablo Iglesias podía ser inminente, y que su formación acudiría muy debilitada a las urnas; sin embargo, las deserciones se fueron frenando, los conflictos quedaron congelados por el momento y Errejón no logró más éxitos atrayendo más descontentos y cuadros regionales.
  2. La renuncia de Manuela Carmena a mantenerse en el ayuntamiento de Madrid o jugar un papel decisivo en la formación, así como el tibio apoyo mostrado a Errejón en la nueva aventura nacional, también ha podido ser relevante por el respaldo que Carmena podría aportar a la nueva formación, tanto por su trayectoria profesional como por su liderazgo en el espectro político de la izquierda, además de su experiencia de gestión política previa. Su renuncia, además, privaba a Más País de la que podría haber sido su líder más carismática y conocida, como reconoció el propio Errejón.
  3. Otra cuestión estructural a tener en consideración es el contexto de alta competición electoral y la multiplicación de actores, que dificulta que un nuevo actor político como Más País logre hacerse con un espacio que ya se encuentra congestionado y es altamente competitivo (ello sumado a la propia naturaleza del sistema electoral español, que no beneficia precisamente a los partidos pequeños).

Sin embargo, no consideramos que el relativo fracaso de Más País repose fundamentalmente en todas estas cuestiones de índole estructural, sino más bien en la propia estrategia política y la narrativa, que, hasta el momento, ha caracterizado a la formación. Ésta es, en última instancia, la que puede hacer penetrar en la mente de los votantes las ideas de los partidos y decantar su voto. Resulta pues irónico, ya que se había identificado la estrategia política de Errejón para Podemos como la que podría haber devuelto a la formación a su antiguo crecimiento, frente a la estrategia pablista, que venía causando un progresivo declive.

Lo que ocurre es que, en esta ocasión, Errejón no adoptó la estrategia inicial de Podemos de buscar un partido transversal alejado de las posiciones partidistas más tradicionales, sino que se decantó por crear un partido a imagen y semejanza casi exacta de sus bases: así, Más País se identificó como «de izquierdas, ecologista, feminista y progresista», en la línea actual de la izquierda entorno a las políticas identitarias (Gitlin, 2000).  Y en su programa político no se daba ningún cambio revolucionario ni nada claramente diferenciador de Podemos, más allá de la copia del Green New Deal de Ocasio-Cortez.

Ni siquiera se vislumbraban cambios respecto a otras formaciones en la cuestión catalana, donde Más País defendía el mismo discurso —si bien con matices más moderados, sin mencionar abiertamente el referéndum de secesión— que Unidas Podemos, renunciando a la opción de crear un “peronismo español”. Hacemos hincapié en este concepto porque, contrastando la información disponible, parecen existir dos corrientes en el seno del partido emergente: una que pone el marco en el populismo de inspiración peronista y otra centrada en las políticas de identidad, propias del progresismo new age.

Así, la corriente populista se define en esta cuestión por no sentir vergüenza de la idea de la nación española y que busca “robarle” la idea de ésta a la derecha política. En esta línea, encontramos a un cuadro medio del partido, Guillermo Fernández, que provocó cierto revuelo compartiendo en las redes sociales un meme donde salía Errejón arropado por una gran bandera de España rojigualda y acompañándola de frases de Durruti. Debido a esto, Fernández fue entrevistado en El Gato Al Agua de Intereconomía, donde defendió que Errejón tenía una idea de España amplia en la que «cabían todos» frente a un presunto exclusivismo que atribuye a la derecha sociológica española (minuto 4 hasta minuto 11), y una concepción de soberanía que permitiría la emancipación respecto del exterior en algunas cuestiones como la transición energética. No obstante, respecto a la cuestión catalana, la posición es ambigua, decantándose por una connivencia de la idea nacional española y de la plurinacionalidad sin ofrecer un marco institucional o territorial claro.

Desde un punto de vista académico, la representación más nítida de esta corriente la encontramos en Clara Ramas San Miguel, doctora en Filosofía por la UCM y diputada de Más Madrid en la Comunidad Autónoma de Madrid.  Ramas ha escrito una serie de artículos  en CTXT denominados «Ocho Claves para el patriotismo democrático que viene». En el primero de esta serie de artículos define su concepción de Patria concebida como una comunidad:

Así, el nuevo patriotismo es soberano: construye un pueblo donde lo nacional y lo popular coinciden. Construye una democracia soberana que da voz a una voluntad general constituida como sujeto político y que no quiere plegarse a la globocracia de la gobernanza neoliberal. Construye, en fin, una comunidad de pertenencia frente a los poderes salvajes del libre mercado.

A continuación, añade que dicha comunidad tiene que ser «feminista, ecologista y no xenófoba».

Por otra parte, la corriente más enfocada exclusivamente en políticas de identidad resulta hegemónica, reflejándose esto tanto en el programa electoral como en la idea de ser una fuerza pragmática y progresista que se defendió durante la campaña. El problema de esta corriente es que comparte muchas similitudes con el PSOE y con Podemos, salvo por un mayor énfasis en la cuestión ecológica. Rita Maestre es la figura visible más clara de entre las que escenifican esta narrativa.

Para verificar el hecho de que la corriente enfocada en las identity policies es mayoritaria frente al populismo, nada mejor que las propias declaraciones de Errejón en CTXT, donde, ante una pregunta, no niega ser ya más posibilista que populista y anteponer lo que considera común a todos los partidos autodenominados progresistas. Si bien en otra pregunta parece refutarlo y defender que hay que arrebatarle la idea de España a la derecha sociológica, e incluso que no vería mal verse envuelto en la rojigualda (aunque expone que es un proceso lento el de dejar de asociar a España con la derecha política).

Probablemente Errejón trata de bascular entre ambas posiciones, pero el populismo de inspiración peronista resulta minoritario a todas luces en su proyecto político, al menos en sus acciones y su mensaje, quizás debido a las distintas influencias de los grupos cooptados en la formación como Equo, la hegemonía del discurso feminista en la izquierda y el propio ambiente político de los que son sus feudos principales.

Por tanto, retomando lo expuesto, el partido de Errejón no presenta diferencias relevantes frente a otras formaciones políticas de su espectro ideológico. Su estrategia consigue limitar claramente a los potenciales votantes del nuevo partido a unos perfiles muy determinados: jóvenes urbanitas de clase media, de ideología progresista o de izquierdas, preocupados por cuestiones postmaterialistas como el ecologismo y el feminismo. Esta autoidentificación tan profunda con estas cuestiones ha podido alejar a la formación de otros muchos votantes con otra serie de preocupaciones diferentes (más asociadas al materialismo), sobre las que Más País no traía ideas o respuestas diferentes a las de Podemos o el PSOE, ni fue capaz de canalizar el descontento o atraerse a votantes no tan ideologizados.

A continuación, presentamos un gráfico que muestra el resultado de MP el 10N en los diferentes distritos de Madrid capital:

Elaboración propia. Fuente: RTVE.

Si analizamos el resultado electoral en los distritos de Madrid, donde ha logrado obtener representación, podemos comprobar cómo es bastante parecido en la mayoría de los distritos, manteniéndose entre el 5% y el 6,5% de los votos en la gran mayoría de distritos de la capital, situándose como la última de las principales fuerzas nacionales. En cambio, observamos un resultado bastante mejor tanto en Centro como en Arganzuela, con un 11,81% y un 9,6% respectivamente, obteniendo también un ligero incremento —hasta el 7,9% y el 7,15%— en Villa de Vallecas y Vicálvaro (barrios de carácter obrero), y un resultado de entorno al 4% en Salamanca y Chamartín (más conservadores). Estos datos nos muestran claramente cómo el voto a Más País se concentra en unos barrios muy determinados del centro de la capital con características muy particulares (más urbanitas y multiculturales, con una elevada renta per cápita frente a los distritos obreros), mientras que en el resto de zonas de la capital la formación no logra despegar.

Por todo ello estaba claro que un proyecto político basado en un electorado tan concreto no podía tener un potencial de crecimiento demasiado alto, cuando además dicho electorado encuentra una variedad de proyectos políticos que le interpelan directamente. En palabras sencillas, España no es Malasaña, ni Lavapiés, ni Chueca… Los dirigentes de Más País han olvidado que la sociedad es mucho más amplia, y que los barrios “hipsters” del centro de la capital no son representativos de ese país del que quieren más, pero no parecen conocer más allá de la M-30.


Gitlin, T. (2000) “El auge de la política de identidad” en Arditi, B. (ed): El reverso de la diferencia. Identidad y Política, Caracas, Nueva Sociedad, 2000, pp 59-68.