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Los comunes ante el referéndum

El pasado sábado 16 amanecíamos con la noticia de que, tras una serie de días de acuciante presión, y a falta de que esto derive en una sangrante ruptura, los comunes se han permitido una cierta tregua al saberse el resultado de la consulta interna acerca del apoyo al referéndum ilegal del día 1-O: se ha decidido darle apoyo, y ya se ha anunciado que se organizarán actos de promoción, con el respaldo de casi el 60% de los militantes (ha participado el 44% del censo). Este posicionamiento es contrario tanto a la posición formal de su grupo parlamentario aliado (CSQP, aunque de todos modos está partido por la mitad) como a la de la Asamblea Fundacional de su partido (Catalunya en Comú), que en abril se mostró favorable sólo a un referéndum vinculante y efectivo. Se trata por tanto, de entrada, de una apuesta arriesgada.

Como hablábamos hace un tiempo (El descenso a los infiernos del ecosocialismo catalanista), si bien Cataluña ya es de por sí un polvorín político de difícil tránsito, la mal llamada izquierda alternativa ha tenido una experiencia particularmente dantesca en los últimos tiempos: de la marginalidad al pacto con el rompehielos podemita, y de ahí a una sopa de letras en la que se ha disuelto plenamente en la nueva fórmula de los comunes de Colau y Domènech, hábiles herederos del desfase parlamentario bipolar de Catalunya Sí Que Es Pot (el resultado electoral del pacto ICV-EUiA-Podemos en 2015).

La presión sobre ellos ha sido brutal, dada la indecisión y ambigüedad de sus pronunciamientos tanto en lo que se refería a su posicionamiento ideológico (cerrado ya, lo cual no implica resolver la fractura interna) como institucional (dada la relevancia del papel del Ayuntamiento de Barcelona en el plan del 1-O, que ha experimentado varios bandazos y que a día de hoy aún no está claro, pues el apoyo se transmuta en pronunciamientos sin valor ejecutivo y en acuerdos de contenidos ocultos). La actuación frente a esta crisis determinará el futuro de los comunes porque en ella se solapan dos ejes que han caracterizado el surgimiento de su espacio electoral (y el de Podemos, en general):

· El eje multicultural: una integración transversal de las demandas de las minorías culturales y nacionales, como reivindicaciones de pluralismo desde la izquierda, ha sido una de las claves de la nueva izquierda. Defender la autodeterminación sin ser nacionalistas y proyectarse en Madrid sin faltar a su compromiso periférico (compromiso que imposibilitó el acuerdo para la investidura de Pedro Sánchez). Al apoyar el referéndum, los comunes se sitúan en una línea muy fina entre una propuesta multicultural y una directamente nacionalista (que, por mucho que ERC intente esconderlo bajo la etiqueta de soberanismo, sigue siendo lo mismo y sigue siendo una ideología de desigualdad y exclusión incompatible con los valores de izquierdas).

· El eje anti establishment: bajo la etiqueta del soberanismo, el nacionalismo catalán se ha regenerado por enésima vez camuflándose de progresismo democrático (de ahí que los sospechosos habituales del establishment catalán, como CDC y UDC, estén de capa caída o directamente hayan desaparecido, aunque irónicamente CDC también haya intentado camuflarse con otro nombre). La idea-fuerza: una reivindicación maximalista de la democracia («nosotros somos más demócratas»), aunque se base en una premisa falsa (como demuestra Innerarity, más democracia no siempre significa mejor democracia). Este discurso antisistema apela intuitivamente al ideario de los comunes, y además se ha podido acoplar al eje izquierda-derecha al ser un gobierno del PP el que está enfrente: los que no respetan el pluralismo son esa gente centralista de la meseta, herederos del franquismo y la derecha rancia de Transición. Al apoyar el referéndum, los comunes se sitúan contra el PP de la única forma posible ante la opinión pública, pues todo alineamiento con él, aunque fuera para defender el Estado de derecho (como sí han hecho Ciudadanos y el PSC), significaría deslegitimar su discurso rupturista.

La cuestión del referéndum aúna, por tanto, las dos claves discursivas del éxito electoral de los comunes (llevándolas al extremo), las mismas que han posibilitado su intenso diálogo interelectoral con ERC y la CUP (que muchos votantes alternan con el voto a los comunes en las generales por una lógica utilitaria), y este diálogo podrá extenderse al contexto autonómico (donde permanecen como fuerza minoritaria, a pesar de ganar en las generales) en la medida en que demuestren su compromiso por el llamado derecho a decidir (que ya sólo se entiende más allá de la ley). De ahí que la gestión del momento, especialmente por parte de la alcaldesa de Barcelona, sea de importancia crítica.

Además, hay otra cosa que hace que los comunes sean un actor decisivo: como apunta el barómetro del CEO, la movilización de su electorado es indispensable para rebasar la barrera del 50% de participación el 1-O (mínimo para cosechar algo de legitimidad). En principio, esto parece probable, así lo demuestra el resultado de la consulta interna, y parece sensato que Colau se decante por ese bando, firmando incluso una carta con el President para defender la convocatoria del referéndum. Pero un estudio más detenido de su electorado revela algunas cosas interesantes.

Si nos fijamos en el primer gráfico, cuyos últimos datos coinciden con este mes (durante el cual los comunes hicieron su consulta interna), se percibe cómo en realidad el entorno del 60% de apoyo es un mínimo y la tendencia desde abril es acusadamente bajista. Si a ello se une el sesgo participativo (a saber, que los que participan en la encuesta del partido no son los electores sino los militantes censados, por lo que son gente más politizada y cuyo posicionamiento medio puede ser más radical), es evidente que el resultado de la consulta, máxime en un momento de tanta convulsión, puede ofrecer un retrato engañosamente estático de la realidad del votante. Lo que este gráfico refleja es cierto cansancio del ánimo rupturista del electorado, que puede sentirse incómodo al coincidir este mínimo con un grado máximo de ánimo rupturista del partido.

Por otro lado, el segundo gráfico muestra una evolución claramente alcista del apoyo del electorado a la independencia. Es decir, los votantes comunes (aunque sea extraña la expresión) son cada vez más favorables a la independencia (notándose un despunte chocante este último mes, aunque hay que ser cautos con todo dato expuesto a convulsión coyuntural), pero esto no se ha traducido en un mayor apoyo a medios radicales para alcanzarla. ¿Cómo se explica esta situación y, sobre todo, cuáles son sus implicaciones?

Tiene más sentido pensar que la causa está no en que los votantes sean más independentistas, sino que más independentistas sean votantes: a saber, la deriva autoritaria del procés puede haber atraído muchos votantes moderados de ERC, que son independentistas pero antes son de izquierda, y por ello se explica que un crecimiento del electorado independentista reduzca la media de apoyo al referéndum ilegal (porque estás menos dispuesto a arriesgar si la secesión no es tu prioridad). Es decir, si bien el podemismo había sido capaz de atraer en Cataluña a los votantes de izquierda a quienes espantó en su momento la infraponderación del eje multicultural (PSC), ahora es capaz de atraer a quienes espanta una sobreponderación de ese mismo eje (CUP y ERC).

Pero, como hemos dicho, el derecho a decidir ya no puede ser entendido de forma moderada, como quiso hacer el PSC en su momento; y estando como está asentado el éxito de los comunes en la explotación del mismo momento populista que los independentistas, éstos se ven atrapados y arrastrados por la izquierda soberanista, de forma que para aparentar ante la población mantener el mismo compromiso en el eje multicultural deban necesariamente extremar su posición en el eje anti establishment (si no lo hiciera, seguramente perdería potencial de voto utilitario de ERC y CUP en las generales).

Esto es lo que explica el efecto actual: un desplazamiento de los comunes en el eje antisistema, y no en el multicultural, como podría parecer de manera intuitiva. A corto plazo, y como dan a entender retratos estáticos como el resultado de la consulta, puede parecer la mejor estrategia para sobrevivir al 1-O; pero a largo plazo y en un contexto electoral, ¿es esto buena idea? Por un lado, nunca va a ser tan rupturista como la CUP o ERC, con lo que por ese lado no tiene mucho más que ganar (ni en las generales, en las que ya gana todo el voto utilitario, ni en las autonómicas, en las que perdería por convertirse en el reverso preciso de la moneda utilitaria); por otro, sí va a descolgar a votantes a quienes espantan los excesos antisistema (incluso a esos independentistas moderados recién pescados), dejando más espacio al PSC. Las consecuencias a medio y largo plazo, por tanto, podrían ser muy negativas electoralmente.

La conclusión parece ser que, si los comunes siguen por este camino, pueden caer en la trampa de su propia apuesta populista. En términos de análisis discursivo, es lo que ocurre cuando se rompe el equilibrio entre afirmación y apertura, debilitándose las relaciones equivalenciales para atraer a más aliados (es decir, esencializando y difuminando el ideario para llegar a más votantes) hasta el punto en que esto quebranta la afirmación de las propias convicciones de base (creando incoherencias). Construir identidades sobre pilares tan frágiles es peligroso y, en un contexto con tanta oferta de izquierdas, puede dar con el fin de la construcción hegemónica de los comunes.

Roni Kuppers

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

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