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El enfrentamiento entre una primera potencia mundial en decadencia y una segunda potencia en ascenso no es algo nuevo en la historia, es lo que se llama la trampa de Tucídides; sin embargo, esta imaginaria confrontación entre China y Estados Unidos tiene características peculiares. La primera es que nunca antes en la historia un país ha tenido el poder económico-social y militar que tiene Estados Unidos, pese a estar en una supuesta decadencia. La segunda es la existencia de un armamento moderno totalmente destructivo que, al igual que durante la Guerra Fría, sella la amenaza de destrucción mútua que frena la posibilidad de conflicto.

No obstante esta situación de enfrentamiento con otra potencia no es nueva para Estados Unidos, pero dista mucho de ser parecida al enfrentamiento que tuvo con la URSS. Esto es debido a que China no representa una ideología contraria que quiere acabar con el libre mercado, sino un país que transformó su economía planificada hacia una economía plenamente integrada en el sistema económico internacional, en proyección de ser la mayor economía del planeta. También el contexto dista mucho de ser parecido al vivido en la Guerra Fría, donde existían dos bloques enfrentados y bastante encorsetados. A día de hoy podemos decir que el contexto internacional en el que nos encontramos tiende al multilateralismo, con Estados Unidos como líder destacado.

Por lo tanto, para poder definir cómo va a ser la relación entre estos dos países y las políticas aplicables por parte de EEUU debemos remontarnos al inicio sus relaciones y hacer un recorrido por su historia conjunta. Al analizar dichas relaciones podemos observar que sus características son que Estados Unidos consideraba a China un actor regional necesario para la contención de la URSS y a la vez un actor peligroso que podía dañar sus intereses. El cisma en el mundo comunista dio a EEUU la oportunidad de abrir relaciones con China y a la vez mejorar las relaciones con la URSS, y al mismo tiempo la utilización de la potencia soviética para contener el auge chino, jugando en una diplomacia triangular iniciada por Henry Kissinger durante el mandato de Nixon, resultó fructífera.

Esta situación cambia con la caída de la URSS, su desaparición y el continuo crecimiento chino, posibilitando que China deje de ser un actor regional y pase a ser un actor global, necesitando las relaciones entre estos dos países un nuevo marco estructural. La búsqueda de esta estructura-marco que rigiese las relaciones entre ambos países se da aún hoy en día, sin embargo Estados Unidos ha utilizado diferentes políticas más directas que en la Guerra Fría para hacer frente China. Por lo tanto podemos exponer las políticas aplicadas a China por Estados Unidos en dos etapas:

1ª etapa: referida a una actuación regional, basada en la teoría de balances, englobada en la esttategia de contención de la URSS.

2ª etapa: referida a una actuación global, basada en la dependencia económica de China, el intento de penetración en la sociedad china con un discurso pro-derechos humanos y democracia, la introducción de China en las organizaciones internacionales, la creación de alianzas con actores regionales asiáticos e intervención en conflictos, sobre todo de matiz soberano, de estos actores con China.

En contraposición, la estrategia china de desarrollo nos puede recordar a la Alemania de Bismarck, marcada por una serie de factores decisivos: un gran desarrollo económico y la entrada en las relaciones económicas mundiales, con el desarrollo de su potencial militar, renovando y modernizando su ejército, el control y el apoyo de las élites a esta política y la transformación hacia un discurso basado en el éxito económico y en el nacionalismo. Sin embargo tiene ciertas diferencias, siendo la primera que China no posee ambiciones territoriales; sí que es verdad que existen ciertos conflictos soberanos en el Mar de China, pero estos conflictos no están basados en una idea expansionista, sino en la de restablecer su statu quo previo y proteger su área marítima más cercana, algo que es fundamental para el comercio chino. Además, si observamos la historia de China, podemos ver que nunca fue una potencia que se basara en el control militar de los territorios, si no que se fundamentaba más bien en el control cultural. Por último, hasta ahora China ha optado por la utilización del soft power, proyectando una imagen esforzadamente amistosa, desarrollando la teoría del desarrollo pacífico planteada por Deng Xiaoping y buscando la construcción de un mundo armonioso como defendió Xi Jinping en la conferencia de Davos en 2017.

Con la llegada de Trump a la Casa Blanca la relación y la estrategia con China cambia bastante, tanto que se podría decir que ha sido de los giros más bruscos que se han dado durante la relación sino-estadounidense. Ejemplos tenemos varios, como la salida del TPP y la mejora de relaciones con Taiwán, además del conflicto con Corea del Norte cuyo desarrollo es digno de la política ficción. A esto tenemos que añadir la ya habitual retórica agresiva del presidente, con amenazas de enfrentamiento en una guerra comercial. Así que viendo como se han desarrollado los primeros años de la Administración Trump, los pilares en los que se debería fundamentar la política sino-americana son seis:

La primera cuestión es seguir dando la importancia a esta región dada por la anterior administración, manteniendo la presencia militar en la zona dado que es de una gran importancia para la seguridad estadounidense y de sus aliados. No obstante esta presencia militar debe ir acompañada de una relajación de tensiones y mejora de relaciones e intercambios diplomáticos con China, incluso sería positiva la realización de ejercicios militares conjuntos para evitar malentendidos con el gigante asiático.

La segunda cuestión se refiere a la modernización del Ejército de Liberación Popular, que es vista por los “halcones de Washington” como una amenaza. Esto es una falacia ya que pese a la inversión realizada el ejecito chino aún está a una gran distancia de la potencia del estadounidense y, especialmente, de su poderío naval. Por lo tanto es necesario para los intereses norteamericanos que esa superioridad se siga manteniendo y si es posible realizar tratados de desarme involucrando a otras potencias para mantener dicha superioridad.

Otro punto importante es la necesidad de Estados Unidos de tener credibilidad respecto a sus compromisos; con esto me refiero a la confirmación de que los tratados de amistad y de defensa mútua se vayan a cumplir. Un punto clave para tener esta credibilidad es apoyar e incluso actuar de mediador en los conflictos soberanos que involucran a China, siempre sabiendo de la necesidad de tratar dichos temas con delicadeza. Como sabemos, Trump sacó a EEUU del TPP, por lo tanto es necesaria la renovación o la creación de acuerdos bilaterales, que por otra parte dejan un margen de maniobra mayor, con los posibles países aliados en esta zona como son Australia, Corea del Sur, Japón, Indonesia, Vietnam o Filipinas. Hay que hacer un aparte en el caso de Japón, país que anda jugueteando con la construcción de un ejército propio, lo cual supondría la desestabilización de la región debido a la historia de este país con sus vecinos. Lo que sí puede ser necesario es que Japón ayude económicamente a las tareas de mantenimiento de las tropas establecidas en la zona si Estados Unidos pretende seguir manteniendo la preeminencia en la zona.

El cuarto pilar es la dependencia económica china respecto a Estados Unidos. Pese a que la interrelación económica se da entre ambos país, favorece a Estados Unidos: pese a la posesión por parte de China de gran parte de la deuda soberana estadounidense, éste es el primer socio comercial y la inversión y dominio mundial de los sectores estratégicos de la economía, además de la innovación tecnológica, pertenece a empresas estadounidenses o a aliados de este país.

El quinto pilar se refiere a la retórica nacionalista, la cual es uno de los pilares que utiliza el PCC para legitimarse en el poder. Pese a que esta administración no es muy dada al uso de organizaciones multilaterales, puede ser inteligenre potenciar el uso de las organizaciones regionales asiáticas e implicar a China en ellas para crear unos órganos de diálogo y consenso que mitiguen los conflictos creados por dicha retórica.

Por último y considerando que es una acción a largo plazo, no permanecer impasible ante los movimientos de descontento que se producen en el gigante asiático; me refiero aquí a continuar con la defensa de las libertades y la democracia en la región, potenciar a países democráticos y esperar que con el tiempo haya una deslegitimación del régimen que acabe desembocando en el establecimiento de una democracia.


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