TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

«No nos representan» fue el lema de mayor calado y uno de los principales reclamos del 15M, y lo curioso fue que gracias a su polisemia unió a ciudadanos con aspiraciones muy diferentes. Este eslogan podía querer transmitir un «No nos representan “ellos”, pero sí éstos otros» tanto como una oposición de índole anarquista a la democracia representativa. Un tercer significado, del que trataremos aquí, es el de ampliar la democracia a través de mecanismos participativos.

Las élites que gobernaban siguen siendo, con ligeros cambios, las mismas, y no nos hemos tampoco tornado a la autogestión. Sin embargo, sí hemos presenciado el paulatino desarrollo de procesos participativos, con especial presencia en ciudades como Barcelona o Vitoria. Proyectos masivos como los presupuestos participativos de DecideMadrid, u otros a escala más local como los Planes de Inclusión y Cohesión Social en distintos municipios de Cataluña, se han ido propagando por el territorio español.

Las supuestas virtudes de la participación ciudadana nos parecen evidentes: más justicia social, menos desafección cívica y política, políticas públicas más legítimas y eficientes, y un empoderamiento de los ciudadanos gracias a su impacto en la política y en las capacidades que desarrollan.

Sin embargo, los procesos participativos por sí mismos no garantizan estos resultados, y la ciencia política no ha conseguido aún encontrar un modelo de participación cuya resolución sea positiva. El entusiasmo por la participación ha conducido a muchos académicos a analizar estas experiencias y las descripciones empíricas de proyectos ya realizados abundan, pero medir los resultados efectivos en las políticas públicas es una tarea delicada. Este artículo tratará de analizar por qué la democracia participativa puede producir políticas menos justas y representativas que las que se obtendrían en un sistema democrático representativo tradicional.

Primero, es necesario distinguir entre dos conceptos diferentes: democracia deliberativa y democracia participativa. La participación puede existir sin deliberación (tal es el caso de los referéndums) y, de manera inversa, la deliberación puede no implicar participación ciudadana (como ocurre en un consejo de expertos). Los mecanismos de participación son muy diversos, pero podríamos resumirlos en tres niveles si seguimos la clásica escala de la participación formulada por Arnstein en 1969: en primer lugar se encuentra la información, proporcionada por la administración; en segundo lugar, la consulta a la población; y en último lugar, la codecisión, es decir, la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones.

El proyecto MECPALO, el censo más amplio levantado hasta la fecha en España sobre experiencias participativas, mostró que en el 90% de los casos la iniciativa provenía de las autoridades. Es por lo tanto el aparato estatal el que pone en marcha innovaciones democráticas, y en la mayoría de los casos bajo ninguna presión social, según el estudio.

Cabe por lo tanto preguntarse qué motiva a los representantes políticos a abrir procesos de este tipo y si son rentables en términos electorales o de imagen. Respecto a esto se ha demostrado que, a pesar de que emprender un proceso participativo no asegure una reelección, son beneficiosos para la clase política y no confieren descrédito aunque sean procesos fallidos. Un proceso participativo puede por lo tanto servir para legitimar la democracia representativa y las decisiones políticas que ésta tome.

Además, si los ciudadanos salen descontentos de un proceso participativo, algo bastante común, no repercutirá en la legitimidad del agente político sino que supondrá un sentimiento de frustración que puede incrementar la desafección política.

Por otra parte, los procesos participativos pueden comportar contradicciones complejas entre intereses particulares e intereses generales. El caso del llamado síndrome «Not in my backyard» es bastante representativo: vecinos que se oponen a la instalación de servicios percibidos como peligrosos (vertederos, centros de rehabilitación) que, sin embargo, no dudarían en apoyar si no afectaran a su barrio.

También en este sentido, el fenómeno de las élites participativas, extensamente estudiado por C. Navarro, es otro ejemplo de resultados contradictorios. Se trata de una aquella parte de la ciudadanía que posee más recursos para organizarse y participar, como el tiempo libre o la cultura política, y que por lo tanto suponen un sesgo en los resultados.

Iris Marion Young critica los procesos participativos en su artículo «La democracia deliberativa frente al desafío del activismo» haciendo hincapié en las desigualdades estructurales que se generan dentro de la esfera política. Estas últimas corrompen a la vez los procesos y los resultados, ya que ciertas partes tienen más poder de influencia. El activismo, según ella, debería dedicarse a ejercer una oposición crítica y no a buscar acuerdos con los que sostienen las estructuras de poder existentes.

Este problema ya fue planteado por Jürgen Habermas, padre del concepto de democracia deliberativa, cuando explicó qué elementos condicionan su desarrollo:

«Sin duda abundante tanto en conflictos como en formas de vida generadoras de significación, el potencial del pluralismo cultural no puede desarrollarse plenamente sin que las bases estén emancipadas de fronteras de clases y despejadas de las cadenas milenarias de la estratificación social y de la explotación».

Vemos así que las críticas hacia la democracia participativa son muchas y diversas, y es importante ser consciente de las trabas a las que se enfrenta para alcanzar mejores resultados. Para lograr que las formas de democracia participativa sean un complemento real a las formas dominantes de democracia, la clave reside en la capacidad de impacto. Si el impacto en las políticas públicas es muy bajo, los temas que se tratan no son de importancia real o los resultados están sesgados, los mecanismos participativos corren el riesgo de convertirse en un nuevo mecanismo de desafección política.

Uno de los principales obstáculos para lograr esta capacidad de impacto es que, al ponerse en marcha un proceso participativo, los objetivos suelen ser confusos, dado que muchos investigadores parten desde la base normativa de que la participación sólo puede acarrear efectos positivos. Archon Fung, uno de los principales teóricos del tema, recopiló los distintos resultados que se pueden querer alcanzar.

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Tabla de elaboración propia basada en Recipes for Public Spheres: Eight Institutional Design Choices and Their Consequences, Archon Fung.

En sus trabajos vemos cómo las experiencias que mejor han funcionado son las que se han centrado en uno o unos pocos de estos temas, ya que querer abarcarlos todos conduce al fracaso. El diseño de una política participativa será muy diferente dependiendo de los objetivos que nos hayamos planteado. Fung lanzó en 2017, junto a Mark E. Warren, la plataforma Participedia, un proyecto colaborativo para recopilar y comparar las experiencias participativas por el mundo, y con ello entender qué factores y qué diseños son responsables del éxito.

Como hemos podido observar, los procesos de participación ciudadana suelen proceder mayoritariamente de una estrategia de los poderes públicos, pero también pueden ser una demanda de la sociedad, o derivarse de una imposición de organismos internacionales.

Al final, lo relevante será con qué objetivo diseñamos estos procesos, y si se ha logrado el impacto pretendido. Pensar que la participación es buena como fin en sí mismo no es suficiente, y genera resultados dudosos como una mayor legitimidad de los gobiernos o un aumento de la desafección política.

Es por ello primordial analizar las múltiples formas de participación y las distintas sinergias entre actores en las arenas participativas para llegar a alcanzar una participación transformadora. Es decir, una participación que tenga capacidad de incluir a los ciudadanos en la esfera pública y que transforme las relaciones de poder que reproducen sociedades excluyentes.


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Presupuesto Participativos "Decide Madrid" https://decide.madrid.es/presupuestos