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La educación de dos velocidades

Como es sabido por todos, el derecho a una educación de calidad y un libre acceso a la misma es básico para conseguir una sociedad más democrática y justa. Sin embargo, ciertos sectores y corrientes políticas siempre han apostado por torpedear este objetivo y crisis como las que estamos sufriendo han servido como coartadas perfectas para conseguirlo. Es innegable que el Estado de Bienestar construido tras la IIWW mejoró los sistemas educativos entre los países desarrollados, pero es igual de cierto que las políticas liberales impuestas por diversos gobiernos empezaron a degradarlo. Las consecuencias no tardarían en dejarse notar y, por ejemplo, ya en la década de los noventa los autores Shavit y Blossfiel advertían en su libro “Persistent Inequality” (y aquí de nuevo transcurrido un tiempo) que, a pesar de la expansión de la educación en nuestras sociedades, esto no implicaba que se igualaran las oportunidades de estudio.

En España, lograr acceder a un nivel superior de educación siempre ha supuesto una verdadera carrera de obstáculos, especialmente si se proviene de entornos deprimidos económicamente. Para observar algunos factores que han agrandado la brecha de la desigualdad podríamos retrotraernos de nuevo a los años 90, que es cuando se empieza a observar de nuevo un aumento de la misma. La LOGSE trajo consigo algunas medidas que, aunque bien intencionadas, tendrían una serie de consecuencias perjudiciales. Elevar la edad obligatoria de escolarización de los 14 a los 16 por ejemplo, implicó un mayor desembolso económico para familias con menos recursos o mayores dificultades para continuar los estudios en ambientes rurales, donde el número de institutos era menor y obligaba a más desplazamientos. Además, el hecho de que para poder acceder a la Formación Profesional hubiera que tener obligatoriamente la ESO, lo que no ocurría con anterioridad, excluyó del sistema a jóvenes que aun queriendo proseguir con sus estudios, no pudieron. Para paliar esto, se crearon los Programas de Garantía Social, sistema que a la larga se ha destapado como poco efectivo, como desvela el hecho de sus múltiples reformas y cambios de nombre.

Por tanto, como podemos ver, antes incluso de llegar a la educación superior considerada de referencia, la universitaria, nuestro sistema presentaba algunos fallos y se tornó cada vez más selectivo. No en balde, en el ámbito de las facultades, las últimas políticas puestas en práctica han supuesto un verdadero destape por los que apuestan por una “elitización” de la vida universitaria. Las tasas para acceder han subido de media un 50% desde el curso académico 2009-2010 al mismo tiempo que las becas han dejado de verse como lo que son, un derecho, para pasar a ser mera limosna. España era, según informes de la OCDE, el séptimo país que menos porcentaje de su PIB dedicaba a ayudas financieras para sus estudiantes (0.11 frente a al 0.31 de media de la OCDE).

Lo peor de todo es que, si en el pasado una educación superior era garantía de progreso y permitía desarrollar un proyecto de vida, en la actualidad la situación es distinta desafortunadamente. La EPA revela que más de un millón de universitarios se encuentran actualmente en paro. Al mismo tiempo, casi un 60% de los asalariados de menos de 30 años se encuentran en puestos para los que están sobrecualificados. Aunque no son cifras para el optimismo, sí se podría sacar una primera lectura positiva. Definitivamente, y a pesar de la parte de la sociedad que busca perpetuar un sistema de clases, las políticas redistributivas, por débiles que hayan sido, habían logrado abrir una puerta en las aulas magnas por las que colarse la clase media y en menor medida la trabajadora. Como el procedimiento empezaba a no ser lo suficientemente selectivo, se decidió apostar por la figura de los estudios de posgrado o máster.

En el curso académico 2013-2014 los estudiantes de máster eran aproximadamente 120.000, esto un 7.8 % del total. Ya es una cifra relevante, pero es aún más llamativa cuando se compara con los datos del curso 2006-2007. Por aquel entonces, solo 16.609 personas cursaban estudios de posgrado. En la universidad pública, durante ese lapso de tiempo, hemos pasado de 13.000 estudiantes de máster a más de 86.000. Esta avalancha de personas ha supuesto que en la actualidad se oferten 3670 titulaciones de este tipo, un aumento del 4.3 % respecto a años anteriores. No querer ver la verdadera barrera que suponen los presentes estudios, que implican un fuerte gasto añadido para las familias y jóvenes, es querer negar una evidencia. Se está construyendo poco a poco, una educación universitaria de dos velocidades (el sistema 3+2 va también por esos derroteros). Si el proceso para dejar atrás aquellos con menos recursos ya empieza en la educación secundaria, esto se ve agravado en ámbitos superiores cuando ni siquiera un grado es sinónimo de oportunidad.

En cualquier caso, si pensábamos que el sistema no podía ser más perverso, estábamos muy equivocados. Aún más reciente es la figura del máster habilitante, que ha ido cobrando cada vez más relevancia (en el campo de las Ciencias Sociales suponen hasta un 30% del total de másteres, debido principalmente al de Acceso a la Abogacía y Formación del Profesorado). Hasta un total de 14 profesiones, desde procuradores hasta diferentes ramas de la ingeniería, requieren que se curse este tipo de estudios sin los cuales el estudiante se encontraría en tierra de nadie.

Aquellos que ven la educación no como un derecho sino como un auténtico privilegio y negocio siempre encontrarán una manera de añadir una barrera a esa carrera de obstáculos de la que hablábamos al principio. En nuestra mano está, y en la del legislador, trabajar por corregir las desigualdades del sistema y tener una sociedad más justa. De cualquier otra manera nos tocará recordar la famosa frase de Derek Curtis Bok “Si cree usted que la educación es cara, pruebe con la ignorancia.”

Yago Campos

Yago Campos

Yago Campos (1992) es graduado en Derecho por la UC3M (2014) y Máster en Acceso a la Abogacía por la UAH (2016). Actualmente compagina la docencia con su pasión el análisis político.

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