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La democracia y sus acríticos

El eminente sociólogo estadounidense Charles Wright Mills publicó, hace más de 50 años, el equivalente a La Miseria de la Filosofía de Marx en el ámbito académico, con el nombre de La Imaginación Sociológica. Cual médico experimentado, diagnosticó uno por uno todos los males que aquejaba la sociología de su época. De dicho libro-manifiesto se pueden desgajar numerosos pasajes imprescindibles para todo científico social, pero, tras leer el artículo «Francoland: ¿de verdad la democracia española ha retrocedido a los años 70?» de Nacho Carretero y Kiko Llaneras, del pasado 8 de noviembre en El País, el siguiente extracto parecía ir dirigido intencionalmente a los autores:

Quien emplea su vida al estudio de la sociedad y publica sus resultados, está obrando moral y políticamente, quiéralo o no, sépalo o no. (…) 1) al justificar la organización del poder, las ideas transforman el poder en autoridad, 2) al criticarlos les despojan de autoridad, 3) al distraer la atención de las cuestiones de poder, la apartan de las realidades estructurales. (…) Solo por ser investigador social, está representando un papel burocrático e ideológico que legitima o no el poder (Mills, 1964 p. 95).

El periódico El País no tiene por qué sorprendernos por la baja calidad de algunos de sus artículos o por la relación de éstos con el problema que plantea Mills. Sin embargo, cuesta encontrar un ejemplo de manual tan próximo como esta pregunta falsamente retórica que se plantean Llaneras y Carretero. En este artículo, más reflexión axiológica que bronca desde la izquierda, emplearemos como ejemplo el mencionado artículo para revisar su concepto de democracia. También trataremos algunos problemas de enfoque del artículo que nos servirán como reflexiones a propósito del quehacer como científico social y, sobre todo, revisaremos el aire despreocupado y acrítico que sobrevuela el artículo.

La tesis es indudablemente justa: la democracia española no ha retrocedido a los años 70. Sea como definamos las condiciones mínimas de democracia, en los años 70 se fusilaba a los últimos opositores democráticos al régimen franquista, había encarcelamientos (y amnistías) en masa, la judicatura como tantas otras instituciones no habían sufrido ninguna reforma aperturista… Había toda una democracia por construir, por ello la pregunta se plantea de manera tramposa. Sin embargo, uno de los problemas principales de la coherencia teórica del artículo es justamente la ausencia de este apartado. ¿En qué momento se define lo que es democracia? Más precisamente, ¿cuál es la cadena lógica de la tesis de los autores? Parece ser que, simple y llanamente, democracia es «libertad más bienestar», al separar por un lado el apartado «más libres» de los apartados «más ricos» y «más sanos, más formados». Este simple juego de conceptos, al más puro estilo Linz separando cuasi-arbitrariamente los amigos de las democracias (autoritarismos) de los enemigos comunistas (totalitarismos), evita que se establezcan comparaciones odiosas entre, por ejemplo, la Unión Soviética y sus altos estándares de vida, con el Estado español. No obstante, seguimos preguntándonos de dónde ha sacado esos medidores, cuál es la conexión entre libertad y democracia, y entre bienestar y democracia. Simplemente nos ciega con gráficos y datos. Una vez más, el francotirador Mills (1964 p. 52) apuntaba y acertaba:

El empirismo abstracto es por sí solo inútil, la inhibición metodológica es paralela al fetichismo del concepto: Gran Teoría y empirismo metodológico trabajan conjuntamente para despojar a la sociología de su función de resolución de problemas sociales. Estas dos escuelas representan la abdicación de la ciencia social clásica.

Llaneras, como buen ejemplo de la escuela del empirismo abstracto («técnico, cuantitativo, ateórico, segmentario y particularizado, como una suerte de corsé metodológico», según Mills), nos ofrece una batería de indicadores que, en su conjunto, al parecer, nos dan la receta de la democracia de mínimos. En ella aparecen la libertad (de acuerdo con The Economist y QOG), la renta, la sanidad y la educación como dichos ingredientes, sin previa justificación. El primero de los elementos, la libertad, se mide a través de dos índices, datos del WVS y de Amnistía Internacional. Consigue el efecto deseado: lo leemos, nos parece coherente y pasamos al siguiente apartado. Sin embargo, este argumento resulta insuficiente en cuanto miramos detrás de cada frase, de cada dato.

El indicador de The Economist, más allá de que sea una revista con su proyecto político y fórmula de democracia concreto, está construido de tal manera que nos encontramos en los dos últimos puestos a Corea del Norte y Siria. Este resultado, que parece más mediático que riguroso, no debe de alertarnos tanto como el hecho de que Venezuela esté por debajo de Ucrania (recordemos: golpe de Estado, guerra civil y violaciones sistemáticas de los DDHH), Marruecos (autocracia de Mohammed VI, ocupación del Sáhara y violaciones sistemáticas de los DDHH), Turquía (guerra sucia en Kurdistán, encarcelamientos masivos y la construcción de la autocracia en torno a Erdogan), pero sobre todo de Burkina Faso. Un país que llevaba sumido en la dictadura personalista de Blaise Campaoré desde 1987, cuando asesina a su compañero en armas Thomas Sankara, hasta 2014, cuando es destituido por un golpe de estado civil. ¿Se es menos libre en Venezuela que en Burkina Faso? No es el lugar para hablar de Corea del Sur, con la ilegalización del tercer partido por ser progresista, encarcelamiento de sus líderes y su pasado filo-fascista; tampoco de Israel, su apartheid interno y sus violaciones sistemáticas de los DDHH en Palestina; pero ambos aparecen por encima de Venezuela en el mencionado indicador.

Por otro lado, se hacen eco de un informe de Amnistía Internacional concreto sobre el caso de los Jordis, pero olvida otros tantos toques de atención de la organización al Estado español, sujeto político que no aparece en el razonamiento de los autores, dándole un cariz neutral y sobrenatural. Estos toques de atención han sido regulares y diversos, pero “sólo” sacaremos a colación los dos ejemplos más flagrantes. Por un lado, la tortura sistemática en un territorio español, concretamente el vasco, de más de 4000 detenidos entre 1960 y 2013 (sobre todo en los 80-90), por parte de las diversas fuerzas del orden. Estos hechos han sido subrayados también por la ONU y por Estrasburgo. Por otro lado, la persecución política de diversas formas durante los últimos diez años contra la ciudadanía que se movilizaba contra los gobiernos. Estos dos grupos de ejemplos son tan sólo dos ámbitos o miradas desde las que se puede medir la “libertad” o la cara libertaria del poliedro democrático, conviene recordarlo.

El primer grupo de ejemplos sirve simplemente para descalificar a España de la Champions League de las democracias donde al parecer está emplazada, debido a la responsabilidad (e iniciativa) política y jurídica de parte de las élites políticas (sobre todo en el caso GAL). Pero también debido al entramado de tolerancia, conocimiento y complicidad generalizado en las fuerzas del orden, así como la represión y aislamiento de las fracciones que no participaban en ello. La Guerra Sucia no es propia de una democracia y se sale de los límites de la llamada “normalidad democrática de la Transición” que tantas veces escuchamos en la Universidad. Las dos fotografías, intencionalmente seleccionadas por Carretero y Llaneras, no dan cuenta de este proceso de terrorismo de Estado (1), que no ha puesto su punto final, no sólo porque los últimos casos de tortura tienen menos de 5 años, sino porque no ha habido ninguna investigación interna real. Tampoco ha habido reparación a las víctimas, ni se ha reconocido por parte de los Gobiernos y el Estado.

El segundo conjunto de ejemplos, más actuales y más sonados, son muy variados y van desde montajes policiales como el caso de Alfonso Fernández (“Alfon”), condenado por portar una mochila con un objeto explosivo durante la huelga general del 14N de 2012, la Operación Araña contra las “peligrosísimas” redes sociales que ya cuenta con 73 detenciones (de las cuales hay 28 delitos de enaltecimiento del terrorismo que A.I. considera como inapropiadas), la Ley Mordaza, las actuaciones irregulares en la Marcha de la Dignidad, el tratamiento autoritario de la crisis catalana (anteponiendo actuacion policial y represión a una mesa de diálogo), y un largo etcétera que ha sido criticado por diversos organismos jurídicos extranjeros. Estamos acostumbrados a enumerarlos, la lista es larga, pero cada uno de estos casos es un ejemplo de tragedia humana, política y democrática.

Con esta lista de casos no sólo se comprueba la falta de memoria democrática de los autores, sino además los problemas de su enfoque: desde esos datos macro no se puede palpar, no se puede apreciar el significado de los casos, como advierte Mills. Los autores de «Francoland…» aportan un dato muy importante de «calidad democrática» como es la participación en manifestaciones y celebra su alto valor en 2014. ¿No se tratará, justamente, de un ejemplo con doble filo, cuando muchas de esas manifestaciones, desde luego las más importantes, eran contra la falta de calidad democrática, contra la Troika, la corrupción y la alianza político-financiera nacional? Ese es precisamente el problema fundamental del enfoque que emplean, un enfoque desvirtuado, completamente alejado del conflicto social (muy presente durante estos años de crisis), de la estructura, del contexto y de la explicación teórica. ¿La democracia es algo que se cuantifica, que se otorga, que está ahí? ¿O es la cristalización institucional de una correlación de fuerzas entre grupos sociales, donde la movilización social, sindical y vecinal ha jugado el papel de motor de la democracia?

Dejando de lado las consideraciones acertadas sobre sanidad y educación, nos interesa el razonamiento y manejo de los datos a la hora de hablar de la esfera económica de la crisis. Una vez más, un tratamiento superficial de los datos, empleando el PIB por habitante, con el que no se puede vislumbrar el efecto real de la crisis. ¿De verdad el sol brilla igual para todos? Los autores comentan que ha brillado menos, pero de forma relativa. Y no se equivocan, pero la relatividad viene de otro lado. De acuerdo con Saturnino Martínez, entre 2007 y 2012, la mayor destrucción de empleos por clase social se ha dado en el segmento de obreros cualificados y no cualificados, y la tasa de paro entre estas clases ha pasado de 5,3% a 19,5% y de 12% a 35,2%. En términos de renta, la pérdida de poder adquisitivo entre esos dos años es de 14,9% para los cualificados y 18,1% para los no cualificados, cuando tan sólo ha sido de 4,8% para los autónomos o de 2,9% para la clase servicios. La pérdida de poder adquisitivo media relativa fue de 10,8% entre 2007 y 2011.

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Fuente: Encuesta de Condiciones de Vida e INE (2008 y 2012). Elaboración: Saturnino Martínez

Afortunadamente, los autores relativizan a posteriori añadiendo datos sobre el índice de desigualdad, pero nos ofrecen otra verdad a medias con el tema de los salarios. Evidentemente, como ocurre en la práctica totalidad de los países cuando nos fijamos a largo plazo, los salarios, la riqueza, el PIB, progresan, como el caso de España. Pero, ¿dónde queda el poder explicativo de estas afirmaciones? De nuevo, vemos las fotografías, pero no el proceso. Quedan suspendidas en el aire si no se comparan, por ejemplo, con la evolución del cociente rentas del capital/rentas del trabajo. En otras palabras, la parte del PIB nacional que representa la riqueza acumulada por los salarios de los trabajadores en relación con la otra parte del PIB que representa los beneficios empresariales, la acumulación de riqueza en manos de los empleadores. Poniéndolas en relación, estas rentas nos advierten que es la primera vez “en democracia” que las rentas de los trabajadores están por debajo de las rentas del capital debido al efecto de la crisis, tanto a nivel agregado como a nivel de hogares. En datos concretos, como anota Tomeu Ferrer “Los asalariados pierden 30.852 millones en seis años de crisis (2007-2013) mientras las rentas del capital ganan 62.934 millones”. Esto es desde luego más explicativo y nos hace preguntarnos el porqué de las cosas, apartándonos de la sensación de conformismo que nos deja el artículo.

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Fuente: INE 2012. Elaboración: Alberto Garzón para ATTAC

No se trata de “sacar punta” a los datos, de ser puntilloso con el artículo aparecido en El País, sino de demostrar ese desdén con el que se exponen datos de manera acrítica. Esa irresponsabilidad desde el punto de vista de Mills, que no pone el punto de mira en el poder y sus issues, para no tener que preguntarse justamente para qué/quién sirve lo que se explica. Mills fue, sin duda, mucho más sutil que la dicotomía “putas o militantes” de un Pablo Iglesias aún con su as en la manga. El sociólogo norteamericano veía natural ejercer la prostitución intelectual en el ámbito académico, siempre y cuando se hicieran explícitos los valores desde los que se partía. Éste es precisamente otro de los grandes problemas de la ortodoxia cuantitativista, que afirmando que no parte de ningún valor (ese poso weberiano pseudo-científico), trata de aproximarse a la realidad sin ropajes. ¿Por qué tendrían que decir de qué marca visten, si ellos, como el traje del emperador al revés, creen ir desnudos, engañándose a sí mismos?. Llaneras y Carretero concluyen con lo siguiente, al final del artículo: «hablar de franquismo, presos políticos o ausencia de libertad parece tener más que ver con intención ideológica que con la realidad». Cabría preguntarse hasta qué punto su respuesta a esta cuestión en forma de artículo es un acercamiento a la realidad, o en cambio tiene más que ver con la intención ideológica.

Hemos visto cómo el artículo de Carretero y Llaneras trata de contestar a una pregunta retórica poco útil que ya tiene una respuesta desde el comienzo, cómo una serie de indicadores macro no responden a qué es una democracia, cómo la ausencia de reflexión teórica vacía de contenido y de utilidad un artículo, cómo algunos de los datos son empleados superficialmente para justificar el statu quo a la vez que se ocultan otros datos incómodos para éste y cómo, tras la cortina de falsa ausencia de valores, como Única Manera de Hacer ciencias sociales (Becker, 2011), se esconden los valores dominantes.

En un momento en el que se saca a la palestra, superficial e intencionadamente, la importancia del papel de los intelectuales y de las consecuencias de su producción para el establishment, debemos tomarnos en serio la cuestión y plantearnos el recambio intelectual en una época post-crisis. Tras la tormenta de la crisis y las oportunidades de nuevos discursos y formas diferentes de hacer las cosas, debemos preguntarnos por qué no han surgido nuevos intelectuales rupturistas, anti-establishment. O por qué los que lo han intentado, desde su salto de Somosaguas hasta el Parlamento, se han quedado a mitad, y su compromiso social se ha desvanecido. Este inmovilismo profesional generalizado de investigadores y profesores tiene evidentemente una raíz social: «no existe un movimiento que apoye y dé prestigio y ocupación a los intelectuales políticos», dice Mills, «y la comunidad académica no tiene raíces en los círculos obreros». No nos llevemos tanto las manos a la cabeza hablando de “nuestros” intelectuales ya que, como en los Estados Unidos de los tiempos de Mills «no se han vendido porque no hay nada que vender».


BECKER, H. (2011). Manual de escritura para científicos sociales: cómo empezar y terminar una tesis, un libro o un artículo, Siglo XXI, capítulo 3, pp.65-93.
MILLS, C. W. (1964). La imaginación sociológica (1959)

Notas:

(1) No nos alarmemos por la expresión, la definición de terrorismo de Estado es: «utilización de métodos ilegítimos por parte de un gobierno, los cuales están orientados a inducir miedo o terror en la población civil para alcanzar sus objetivos o fomentar comportamientos que no se producirían por sí mismos».

Fidel Oliván Navarro

Fidel Oliván Navarro

(Zaragoza, 1993). Estudiante de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Carlos III de Madrid y en la Universidad de Buenos Aires. Trabajo en una radio comunitaria y como becario en la UC3M.

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