TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Democracia iliberal. Es un término en discusión. También en los foros de la academia. ¿No es una contradicción? ¿Es posible que la democracia y el liberalismo constitucional rompan una relación virtuosa? En 2003, Fareed Zakaria alertaba de la proliferación de gobiernos que, si bien afirmaban ser los portadores de la voluntad popular, desgastaban los mecanismos de control político (Zakaria, 2003).  Esta situación abarcaría un conjunto de experiencias, desde la Rusia poscomunista de Yeltsin y Putin, pasando por la India de los años setenta y arribando al proyecto socialista de Hugo Chávez.

En su reciente ensayo, Yascha Mounk considera al populismo enormemente democratizador. ¿Por qué? Los líderes populistas exaltan el demos y su capacidad para transformar los fundamentos de la sociedad. Es el agente que impulsa el irreversible cambio histórico. En cambio, es profundamente iliberal al proclamar que ‘’ninguna institución independiente y ningún derecho individual debería amortiguar la voz del pueblo’’ (Mounk, 2018:16). Es un revival del romanticismo que despuntó en el último tramo del siglo XVIII. Aquellos intelectuales y artistas denunciaban las pretensiones homogeneizadoras del pensamiento ilustrado. La función ordenadora de matemáticos y científicos positivistas, con sus leyes inmutables y sus cálculos deshumanizantes, amenazaba con destruir la diversidad de los pueblos.

A un romántico como Herder «le desagradaba toda forma de violencia, de coerción, de deglución de una cultura por otra» (Berlin, 2015:101). Para los seguidores del alemán, el motor que hacía girar la rueda del mundo era la voluntad humana, revelada a través de los sentimientos más hondos de cada nación. Ésta era imparable, creadora y desprovista de cualquier límite impuesto por la naturaleza y el mundo exterior.

Antes que la ley, la democracia

El propio Jordi Pujol ha reconocido el influjo de Herder y los románticos en el nacionalismo catalán. Y las recientes declaraciones de Quim Torra («la democracia va antes que la ley») no hacen más que reforzar esta argumentación.

Para el imaginario independentista, la movilización ciudadana en torno al llamado procés y el mandato del 1-0 adquiere la condición de fuerza moral para sortear el sistema de pesos y contrapesos diseñado por la Constitución. Nada ni nadie puede frenar el anhelo de independencia de Cataluña porque precisamente nace de las entrañas de una comunidad que aspira al progreso mediante la autodeterminación nacional. La verdad no puede ser mutilada por tribunales, pues surge y coincide con la acción espontánea de millones de personas que confluyen en las calles. La voluntad de ser es inconmensurable, e «impele a los hombres más allá de la lógica para satisfacer necesidades emocionales» (Bell, 2015:166).

La lógica que menciona Daniel Bell equivale, en este caso, al incumplimiento de la ley y la no adhesión a los principios del rule of law. La política no permite mediaciones ni cesiones que pudieran favorecer la construcción habermasiana del consenso deliberativo. No hay ni rastro del presupuesto liberal-democrático de la acomodación de intereses legítimos en sociedades plurales. El mai ens rendirem de Jordi Cuixart en la Diada de 2016 es un descriptor: los principios (la independencia nacional) no están sometidos a modulaciones. Al revés, el carácter totalizante de estos obliga incluso a laminar los derechos parlamentarios de las minorías.

El iliberalismo del movimiento soberanista reside también en su concepción del poder. Para Claude Lefort, lo original y verdaderamente revolucionario de las democracias representativas, en contraposición a otros sistemas de organización social, es la neutralidad de sus instituciones políticas (Lefort, 2004).  Ningún grupo o facción puede incorporarse o apropiarse el poder. Parece acertada, entonces, la metáfora del lugar vacío. El entramado institucional no está subordinado al proyecto ideológico de turno, sino que desde la asepsia dedica sus esfuerzos a canalizar el conjunto de demandas y conflictos que brotan de la convivencia entre individuos. El pulso que mantiene la Generalitat con la JEC a causa de los lazos amarillos, desde este planteamiento, hace más precario el equilibrio democrático.

En conclusión: la democracia iliberal, más que una tipología de gobierno, es útil para acercarnos a una teoría de la representación política que se desentiende de los fundamentos del Estado de derecho para proclamar el inevitable triunfo de la voluntad del pueblo. Valgan las palabras de Goethe refiriéndose al pensamiento del teólogo Hamann: «Todo lo que se proponga el hombre [...] debe surgir de sus poderes aunados, toda separación debe rechazarse» (Berlin, 2015).


Bell, D. (2015). El final de la ideología. Alianza Editorial.

Berlin, I. (2015). Las raíces del romanticismo. Taurus.

Lefort, C. (2004). La incertidumbre democrática. Ensayos sobre lo político. Anthropos.

Mounk, Y. (2018). El pueblo contra la democracia. Paidós.

Zakaria, F. (2003). El futuro de la libertad. Taurus.