TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Esta serie de artículos enmarcados bajo la rúbrica de “La Cuestión del Espacio Público” forman parte de una investigación sobre el espacio público en Madrid y las políticas públicas que intervienen en este. Se trata por lo tanto de una serie de reflexiones en torno a la dimensión política del espacio público, así como su interconexión con las dimensiones social, simbólica y económica. Se divide en 7 partes: (I) Introducción (II) ¿Qué es y qué no es? (III) La Economía Política (IV) Lo Simbólico y lo Social (V) Henri Lefebvre (VI) Institución y Periferia y (VII) La Dimensión Política.

Con idéntica intención de provocar carcajadas como reflexiones, el peculiar filósofo hegeliano Slavoj Zizek demuestra en una de sus ponencias (2011) que incluso al sentarnos en el váter nos sentamos sobre la ideología, en una comparativa entre los diferentes modelos de escusados europeos de acuerdo con sus respectivas ideologías nacionales. ¿Cómo entonces el espacio primordialmente político en donde se producen manifestaciones políticas de todo tipo, un espacio que es creado directamente por intervención pública con un proyecto ideológico de ciudad, de nación, no va a estar atravesado por la ideología? No hace falta ir hasta Haussman o Cerdá y los presupuestos ideológicos que justificaban estas intervenciones urbanas (ver Harvey (2006) y Berman (1988)). Se irá más allá de lo retórico de esta pregunta a la vez que se diferenciará entre espacio público de la política y la dimensión política del espacio público físico.

Para ampliar sobre Zizek y su análisis aplicado: "Zizek, el amor y el sexo", Fidel Oliván en Polikracia, 2014.
"Análisis marxista de Matrix", Fidel Oliván en Polikracia, 2014.
"Black Mirror o la rendición política de la socialdemocracia", Fidel Oliván en El Estado Mental y Polikracia, 2016.

La ciudad es urbes (concentración de población), es civitas (cultura, comunidad y cohesión, como se ha tratado más arriba), pero también es polis, es decir, el lugar donde se toman las decisiones políticas y donde se da la política. De acuerdo con Habermas (1993), la ciudad es sobre todo el espacio público donde el poder se hace visible. Si se adopta la definición básica de política como la «gestión del conflicto social por medio de decisiones vinculantes» (Vallés, 2000), la ciudad es, siguiendo a Pietro Barcellona (1992), «también donde la sociedad desigual y contradictoria puede expresar sus conflictos» (no en vano, Lefebvre acota las revoluciones obreras a las ciudades y las hace exclusivamente urbanas (Lefebvre, 1976)). La idea de la ciudad como polis, como ágora abierta para expresar las opiniones políticas, como escuela de democracia o de ciudadanía es muy antigua y es fundamental. Concretamente, el espacio público es, como condensa Sahui (2000:20), un «espacio de encuentro entre personas libres e iguales que razonan y argumentan en un proceso discursivo abierto dirigido al mutuo entendimiento y a su autocomprensión normativa». En este mismo sentido, Ash Amin (2008) considera que el espacio público es:

«(…) el terreno de la política participativa, de la reivindicación popular y de la contra-reivindicación, del diálogo público y la deliberación, de la oportunidad para los infrarrepresentados o las comunidades emergentes, y de las políticas de la espontaneidad y de la interacción agonal entre la ciudadanía empoderada.»

Esta participación iría tanto desde el punto de vista del comentario público y la deliberación, (aspectos secundarios o más bien “secundarizados” en las democracias liberales), hasta protestas contestatarias; otorgándole de esta manera un potencial reivindicativo y disruptivo. Este espacio representaría la «base institucional sobre la que se asienta la posibilidad de una racionalización democrática de la política» (Delgado, 2007:58). Sin embargo, como advierte este mismo autor, caemos en atribuir unas características al espacio público que en realidad viven más bien en nuestras cabezas. En otras palabras, se cae en una “cosificación” en el sentido que emplea Lúkacs (1985), «puesto que se le confiere la responsabilidad de convertirse como sea en lo que se presupone que es y que en realidad sólo es un debería ser» (Delgado, 2007:61). Se quiere ver en el espacio público una suerte de locus privilegiado donde la política “se produce” con más bien poco contacto con la realidad social y económica de la ciudad de donde proceden los potenciales ciudadanos. Es un espacio donde “surgen” los ciudadanos ya formados políticamente, separado de las desigualdades y sin diálogo con el contexto. Esta situación entre iguales se produce cuando el espacio es, según Manuel Delgado (2007:57):

«Espacio de visibilidad generalizada, en la que los copresentes forman una sociedad por así decirlo óptica, en la medida en que cada una de sus acciones está sometida a la consideración de los demás, territorio por tanto de exposición, en el doble sentido de exhibición y de riesgo.»

Para ampliar sobre la democracia mínima: "La democracia y sus acríticos", Fidel Oliván en Polikracia, 2017.

Esta visión responde a la tradición filosófica, inaugurada por los griegos y recuperada por Habermas (1993) y Arendt (1958), que eleva el espacio público a categoría política y trata de entenderlo desde la teoría política: la “visibilidad” y el análisis de los medios de comunicación, en lugar de hacerlo desde el urbanismo o la sociología urbana. Esta definición que se ha estado empleando corresponde al “espacio público de la política”. Bajo esta visión, las masas o audiencias irracionales se convertirían en público racional de acuerdo con este espacio filosófico republicano que Toledano (2007) denomina “ciudadanismo” y que Delgado califica como la armonización del espacio público y el capitalismo. Esta es una reflexión interesante: la mayor apuesta de la izquierda desde “el derecho a la ciudad” y sus mil y una reformulaciones (España, 2016), ha sido este “ciudadanismo” cuyas premisas (participación, gestión y gobernanza) son fácilmente compatibles con la derecha neoliberal. No obstante, es preciso poner en diálogo contrastando esta visión con el espacio público físico, el de las plazas, parques y calles, ya que es el lugar donde se tienen que producir estas promesas democráticas. Este espacio público físico es (Delgado, 2007:61):

«Mucho más trascendente, puesto que se le asigna la tarea estratégica de ser el lugar en que los sistemas nominalmente democráticos ven o deberían ver confirmada la verdad de su naturaleza igualitaria, el lugar en que se ejercen los derechos de expresión y reunión como formas de control sobre los poderes y el lugar desde el que esos poderes pueden ser cuestionados en los asuntos que conciernen a todos. A ese espacio público como categoría política que organiza la vida social y la configura políticamente le urge verse ratificado como lugar, sitio, comarca, zona..., en que sus contenidos abstractos abandonen la superestructura en que estaban instalados y bajen literalmente a la tierra, se hagan, por así decirlo, “carne entre nosotros”.»

Este sentimiento también se aprecia en Borja y Muxí (2000:7):

«El espacio público ciudadano no es un espacio residual entre calles y edificios. Tampoco es un espacio vacío considerado público simplemente por razones jurídicas. Ni un espacio “especializado”, al que se ha de ir, como quien va a un museo o a un espectáculo. Mejor dicho, estos espacios citados son espacios públicos potenciales, pero hace falta algo más para que sean espacios públicos ciudadanos.»

Se puede constatar que hay un décalage, gap o diferencial entre este espacio público filosófico y el físico. Los ejemplos son innecesarios por innumerables. No obstante, cabe preguntarse si este décalage se produce debido a una serie de patologías, más o menos congénitas del propio modelo de ciudad (modelo productivo, sistema de segregación espacial capitalista), o si el problema está en las lentes que se emplean. En este sentido son pertinentes las críticas que avanzan hacia la “desmaterialización” del espacio público (Thompson, 2011).

No obstante, son numerosos los estudios que recalcan la fuerte relación entre el espacio público y la promoción política, la ciudadanía y la categoría republicanista de la “virtud cívica”. De acuerdo con Ash Amin (2008):

«No se han cuestionado generalmente la asunción de que existe una fuerte relación entre el espacio público urbano, la cultura cívica y la formación política, como refleja claramente la cita que inaugura este trabajo (…) Benjamin, Simmel, Mumford, Lefebvre y Jacobs, así como visionaries urbanos contemporáneos como Sennett, Sandercock y Zukin, todos sugieren un fuerte vínculo entre el espacio público urbano y la virtud cívica urbana y la ciudadanía».

Para profundizar en dos teorías sobre la democracia: "La democracia según Marx y Webber", Fidel Oliván en Polikracia, 2015.

Por ello, las bases están claras y asentadas: el espacio público es el lugar predilecto de la formación del ciudadano en el sentido del homo politikon. Existe además una relación firme entre este espacio y la participación política y ciudadana y evidentemente este espacio, al ser político, está atravesado por la ideología (materializada en modelo de ciudad, desigualdades urbanas etc). Pero además se ha visto que, siguiendo a Lefebvre y otros tantos analistas del espacio, hay un diferencial entre “lo que es” el espacio público y “lo que pudiera ser” en términos de potencial político.

Este diferencial es palpable en el día a día, en la rutina de la mayoría de las personas que habitamos la periferia madrileña. A pesar de los proyectos y políticas públicas que siguen sin acortar esta distancia, es posible identificarse en este abismo abstracto, y hasta sentirse precariamente cómodo en la desolación del landscape del Mirador de Orcasitas, en las institucionalmente olvidadas y ajenas plazas de Vicálvaro y Villaverde, en los andrajosos parques de Carabanchel, en las interesadamente intervenidas calles de San Cristóbal o en la uniformidad estructural cuasi-autoritaria de Las Margaritas.

“Y al ahondar en mi barrio
mirando casa a casa
despacio, como quien desde la amnesia
despierta a la razón, con más que amarga
tristeza, descubrí que éste es mi pueblo:
que ésta es mi ciudad, ésta mi patria”.

Carlos Álvarez. Una historia en dos ciudades. Seguiremos sembrando. (2016)


Amin, A. (2008). Collective culture and urban public space. City, 5-24.

Arendt, H. (1958). The human condition. New York: New York.

Barcellona, P. (1992). Postmodernidad y comunidad. El regreso de la vinculación social. Madrid: Editorial Trotta.

Berman, M. (1988). Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Madrid: Siglo XXI.

Borja, J., & Muxí, Z. (2000). El espacio público, ciudad y ciudadanía. Barcelona: Diputació de Barcelona, Oficina Tècnica de Cooperació.

Delgado, M. (2007). El espacio público como ideología. UrbanDoc, 57-65.

España, E. (2016). Reabrir la cuestión urbana. El derecho a la ciudad como práctica instituyente. Sevilla: Universidad de Sevilla.

Habermas, J. (1993). The Structural Transformation of the Public Sphere. An Inquiry into Category of a Bourgeois Society. Cambridge, Massachusetts: MIT Press.

Harvey, D. (2006). The Political Economy of Public Space. The politics of public space, 1-13.

Lefebvre, H. (1976). La revolución urbana. Madrid: Alianza.

Lúkacs, G. (1985). Historia y consciencia de clase. Barcelona: Orbis.

Sahui, A. (2000). Razón y espacio público. Arendt, Habermas y Rawls. México D.F.: Ediciones Coyoacán.

Thompson, J. B. (2011). Los límites cambiantes de la vida pública y la privada. Nueva Época, 11-42.

Toledano, M. (23 de Octubre de 2007). Espacio público y dominio de mercado. Público.

Vallés, J. M. (2000). “¿Qué es la Política?” y “Qué es el poder político”. En J. M. Vallés, Ciencia Política: Una introducción (págs. 17-45). Barcelona: Ariel.

Zizek, S. (15 de Octubre de 2011). Youtube. Obtenido de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=iGQsko0tdR0