TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Esta serie de artículos enmarcados bajo la rúbrica de “La Cuestión del Espacio Público” forman parte de una investigación sobre el espacio público en Madrid y las políticas públicas que intervienen en éste. Se trata por lo tanto de una serie de reflexiones en torno a la dimensión política del espacio público, así como su interconexión con las dimensiones social, simbólica y económica. Se divide en 7 partes: (I) Introducción (II) ¿Qué es y qué no es? (III) La Economía Política (IV) Lo Simbólico y lo Social (V) Henri Lefebvre (VI) Institución y Periferia y (VII) La Dimensión Política.

Como ya se ha comentado, el punto de partida de la reflexión sobre el espacio público surge de La production de l’espace de Lefebvre (1974b) donde, en un texto mucho más cercano a la filosofía que a las ciencias sociales –no sólo por su contenido, también por su complicada sintaxis–, el autor desgrana las diferentes facetas del espacio público. Además, y esto es lo que lo hace significativamente genuino, en vez de clasificar los diferentes espacios –algo ya tratado anteriormente–, el autor los cualifica. Diferencia originalmente entre el espacio físico, el mental y el social (Lefebvre, 1974a). Esta separación simplista da cuenta de tres ámbitos del espacio público que, pese a estar interconectados, hacen referencia a tres “mundos” autónomos que cualquier sujeto puede diferenciar.

En primer lugar, el espacio físico, la topografía (“descripción del lugar”) del espacio público en cuestión, sus características físicas, sus obstáculos, su accesibilidad, su dimensión… Todo lo que podemos palpar, emplear y hasta chocarnos con ello. Este es el espacio primario, más evidente, que ya ha sido tratado por otros autores anteriormente.

En segundo lugar, el espacio mental del lugar, esto es, la reconstrucción de experiencias que hacemos en nuestra cabeza al pensar en un lugar concreto. Son los recuerdos, experiencias y sensaciones que nos transmite el lugar y que están íntimamente ligados a su dimensión física. La forma del espacio se proyecta en nuestra reconstrucción mental, pero forma una parte diferenciada. Se puede concebir o “pensar” la esfera física del espacio, pero esto es algo diferente al espacio mental que Lefebvre trata como «lógico, una abstracción formal» (1974b:22) y que el autor ve atravesado por el discurso dominante, por la ideología. El espacio mental es objeto del discurso dominante: es teorizado, manipulado y moldeado por los «teóricos del espacio», concretamente los arquitectos, urbanistas y planificadores, considerados por Lefebvre como «tecnócratas». Por ello, tras pasar por las manos tecnócratas, adopta la forma de un espacio neutro, desideologizado ante nosotros, pero en su seno dormita la ideología dominante. Este punto es crucial en su pensamiento, y volveremos después a él: «Una cierta práctica teórica engendra un “espacio mental”, ilusoriamente exterior a la ideología (dominante)» (Lefebvre, 1974b:18).

Para ampliar sobre el rol de la ideología: "Ultraviolencia e ideología: un análisis de los disturbios", Fidel Oliván en Polikracia, 2014.

En tercer lugar, aparece el espacio social como las prácticas, las relaciones, las interacciones y los usos sociales que se dan en el lugar por parte de los usuarios, ciudadanos o sujetos. Son las acciones que dotan de significado al espacio, son los usos que lo desgastan o que lo instrumentalizan y son los hechos sociales que cristalizan relaciones de poder, de cooperación u otras en un lugar delimitado. Si bien las esferas física y mental, en menor medida, tienen un componente o tono “pasivo”, la esfera social es la que permite la “acción sobre el espacio”, es la que tiene un componente activo. Se ve inmerso en las lógicas operatorias e instrumentales: los actores lo dotan de contenido y significado, emplean el espacio y hasta lo moldean. No es sólo una lista de las prácticas sociales que “suceden” en un lugar determinado, sino la relación de estas con el espacio, su impronta, su erosión.

Pensemos en una plaza o calle de nuestra niñez. Los portales que servían como refugio en el pilla-pilla o los bancos-portería de fútbol contienen estas tres facetas del espacio público. Por un lado, su componente físico, como los bancos, recovecos o superficie lisa. Por otro, su componente mental, como la sensación de refugio en el portal, la misma reconstrucción de este recuerdo, pero también la decisión de emplazar los bancos de una manera determinada y el espacio que se deja para actividades de ocio o para el automóvil; es decir, el espacio aparentemente neutro atravesado por la ideología dominante. Y en tercer lugar su componente social, como la transformación en campo de fútbol, como apropiación de ocio de la juventud en determinadas horas del día, como lugar de descanso para mayores en otras horas o incluso como conflicto social cuando estas horas y usos coinciden.

Sin ánimo de ser exhaustivos con esta definición primaria, se añadirán algunas reflexiones de Lefebvre en cuanto a esta separación triádica. En primer lugar, el autor identifica una ruptura entre estos tres campos del espacio, una suerte de separación cognitiva, que él llama «distorsion, cassure, coupure ou encore décalage» (distorsión, ruptura/falla, corte, o también desfase(Lefebvre, 1974b:24)). El problema se ubicaría entre la distancia que separa lo ideal/mental de lo real/social, sobre todo a nivel de los analistas del espacio (“filósofos y matemáticos”) que no son capaces de ver la diferencia entre uno y otro y saltan entre ellos sin ver contradicciones en ello. «Por culpa de esto», escribe, «transferimos del espacio mental (discurso) una buena parte de las atribuciones y propiedades del espacio social» (Lefebvre, 1974b:19). Lamentablemente, no dice mucho más a propósito de este desfase, de la confusión consecuente o de las propias consecuencias de la confusión entre campos. Por otro lado, Lefebvre hace referencia a la relación entre el campo físico y el campo social del espacio de una manera muy sugerente para la sociología urbana y el interaccionismo simbólico: «las prácticas sociales (espaciales) inherentes a las formas» (Lefebvre, 1974b:27). Una forma, una disposición espacial, una topografía concreta, tiene unas prácticas sociales inherentes a sus formas, o con otras palabras, las prácticas sociales que se dan en un espacio físico están condicionadas por las características de este espacio –luminosidad, formas más o menos agresivas, densidad de objetos, etc.. Si bien esta reflexión parece bastante evidente a ojos del lector, es de una importancia fundamental para cualquier análisis sociológico del espacio. Por último, resulta valiosa la manera en que el autor califica la toma de contacto y de conciencia de estos espacios (social, mental y físico) por parte de los sujetos que lo experimentan. Lefebvre considera que se aprehenden «tragiquement» (trágicamente), se entiende que en referencia a las situaciones desgraciadas que provocan dolor y sufrimiento. La ciudadanía aprehende estos espacios mediante su contacto con la realidad trágica («sacrificio, violencia, explosión social») del centro y de la periferia (Lefebvre, 1974b:28).

Para ampliar sobre la relación con el Espacio Público: "Gentrificación, espacio público y modelo de ciudad", Fidel Oliván en Polikracia, 2017.

No obstante, tras esta separación inicial, Lefebvre afina su puntería conceptual y propone una segunda separación triádica del espacio entre el espacio concebido, el vivido y el percibido, o en sus propias palabras: «la representación del espacio, los espacios de representación y la práctica espacial» (Lefebvre, 1974a:42-43, 48-49). Esta segunda tríada tiene similitudes y continuidades con la primera, pero deja de lado esferas importantes como la física, para desarrollar puntos más interesantes desde el análisis y no tanto desde la descripción del espacio. No se deben confundir o tratar de cruzar automáticamente con la primera división, que es meramente introductoria al problema del análisis del espacio público.

De acuerdo con Manuel Delgado (2013:2):

«La práctica espacial se corresponde con el espacio percibido, el más cercano a la vida cotidiana y a los usos más prosaicos, los lugares y conjuntos espaciales propios de cada formación social, escenario en que cada ser humano desarrolla sus competencias como ser social que se sitúa en un determinado tiempo y lugar».

La práctica espacial sería por lo tanto el espacio que primero se experimenta, el primero que se ve y se aprehende. Por esto mismo, es el espacio más circunscrito, el más concretado en un “tiempo y lugar”, otorgando a esta definición mayor potencial analítico. Las prácticas sociales hacen de este espacio un espacio social: es lo que ocurre en las plazas, en las calles, en la ciudad. Son también los usos que se le da al espacio, conectándose con el espacio social de la primera tríada.

En un segundo momento, aparecen los espacios de representación (los “espacios vividos”), los que corresponden al poso, a la capa simbólica que se superpone al espacio físico, convirtiendo este espacio físico en una especie de «albergue de imágenes e imaginarios» (Delgado, 2013:2). ¿De dónde proviene este sistema de símbolos resultado de una serie de imágenes e imaginarios de un lugar? Esta posición tiene una clara afinidad con la teoría populista de los discursos, concretamente con el concepto de hegemonía de Laclau (2012); el sistema de símbolos flotante es creado tanto por los ciudadanos, usuarios o artistas callejeros –notablemente con los grafitis, los tags, los murales, etc.– como por los artistas de élite, los escritores y los filósofos que, desde el poder, imponen sus códigos y su proyecto simbólico. El lenguaje, los usos y las intervenciones son por lo tanto armas en este espacio de representación, devenido campo de batalla. En palabras de Manuel Delgado (2013:2):

«En los espacios de representación puede encontrar uno expresiones de sumisión a códigos impuestos desde los poderes, pero también las expresiones del lado clandestino o subterráneo de la vida social. Es el espacio cualitativo de los sometimientos a las representaciones dominantes del espacio, pero también en el que beben y se inspiran las deserciones y desobediencias».

Por último, la representación del espacio, que coincide con el espacio concebido, es el espacio “maligno”, la parte del espacio que no puede ser “ganada” por la ciudadanía, correspondiendo al bando de los científicos, los técnicos y tecnócratas. Es el espacio «al servicio de una ideología que no puede ser más de dominación y que, en manos de urbanistas, proyectistas, arquitectos y tecnócratas, se convierte en instrumento discursivo clave» (Delgado, 2013:1). Son estos actores sociales, muy estigmatizados por Lefebvre, los que, como correas transmisoras del capitalismo, vacían al espacio, lo convierten en “suelo” y lo degradan a espacio inmobiliario, “espacio para vender”. Como se puede intuir, dentro de esta esfera se encuentra el germen capitalista, especulativo, el que se enfrenta al espacio público y quiere reducirlo a un mero elemento comercial (Borja & Muxí, 2000). Son las mismas fuerzas las que fomentan la securitización del espacio público (Amin, 2008), la mixofobia (Bauman, 2006), la agorafobia (Borja & Muxí, 2000:23) o simplemente la privatización de éste (Borja & Muxí, 2000:10-11). Estas fuerzas tratan de imponerse desde este espacio hacia los demás –las prácticas espaciales y los espacios de representación–, «es un espacio no percibido ni vivido, pero que pugna por serlo de un modo u otro» (Delgado, 2013:2). Esto se debe a que están vinculadas a las relaciones de poder y de producción capitalistas y que tienen en su seno esa lógica de expansión, apropiación y acumulación (Harvey, 2007). Como en otras facetas de la vida, estas fuerzas 1) se presentan como neutras, son «ideología aderezada con conocimientos científicos y disfrazada tras lenguajes que se presentan como técnicos y periciales que la hacen incuestionable, puesto que presume estar basada en saberes fundamentados» (Delgado, 2013:2); y 2) defienden un statu quo, un «orden que intentan establecer incluso por la violencia tanto a los usos ordinarios como a los códigos».

Para ampliar sobre el rol de la ideología: "Ultraviolencia e ideología: un análisis de los disturbios", Fidel Oliván en Polikracia, 2014.

En síntesis, distinguimos entre las dos divisiones trialécticas del espacio público de Lefebvre: una primera, más simple, que es la que separa el espacio físico, el espacio mental y el espacio social; Separa tajantemente tres dimensiones, que son las más evidentes y fáciles de diferenciar –la estrictamente física, los recuerdos, las experiencias, representaciones o prácticas sociales que se dan en el espacio. La segunda, más elaborada, distingue entre práctica espacial, que correspondería con el espacio social de la primera; espacios de representación, que van más allá de la definición del espacio mental; y la representación del espacio, una suerte de “espacio de los planificadores” que va en contra del usuario/ciudadano común.


Amin, A. (2008). Collective culture and urban public space. City, 5-24.

Bauman, Z. (2006). Confianza y temor en la ciudad. Vivir con extranjeros. Madrid: Tercer Sector.

Borja, J., & Muxí, Z. (2000). El espacio público, ciudad y ciudadanía. Barcelona: Diputació de Barcelona, Oficina Tècnica de Cooperació.

Delgado, M. (2013). 2013. El espacio público como representación, (págs. 1-6). Oporto.

Harvey, D. (2007). Espacios del capital. Madrid: Akal.

Laclau, E. (2012). La razón populista. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Lefebvre, H. (1974a). La producción del espacio. P*apers: revista de sociología, *219-229.

Lefebvre, H. (1974b). La production de l'espace. L'Homme et la société. Sociologie de la connaissance marxisme et anthropologie, nº31-32, (págs. 15-32).