TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Esta serie de artículos enmarcados bajo la rúbrica de “La Cuestión del Espacio Público” forman parte de una investigación sobre el espacio público en Madrid y las políticas públicas que intervienen en este. Se trata por lo tanto de una serie de reflexiones en torno a la dimensión política del espacio público, así como su interconexión con las dimensiones social, simbólica y económica. Se divide en 7 partes: (I) Introducción (II) ¿Qué es y qué no es? (III) La Economía Política (IV) Lo Simbólico y lo Social (V) Henri Lefebvre (VI) Institución y Periferia y (VII) La Dimensión Política.

Una vez hemos definido y contextualizado el espacio público, es preciso apellidar dicho concepto. En este caso, a través de la sociología urbana se destacan dos principales esferas del espacio público: lo social y lo simbólico.

Evidentemente, el espacio es público cuando es empleado de esta manera, públicamente. Cuando hay unos ciudadanos, unas vecinas, unos usuarios (la elección del término nunca es inocente), y por lo tanto surgen las interacciones sociales. Siguiendo a Rubio (2011:103), “Existe un acuerdo (teórico) generalizado sobre que la actividad social no es posible sin un suelo (una sede)”. Es un espacio social en el momento en que es el escenario, pero también el motivo o incluso el objetivo de las interacciones sociales que se producen en él. Es escenario, contenedor o lugar de estas interacciones desde una visión más pasiva del espacio, y a la vez, es el motivo, la causa o el objetivo de estas interacciones, otorgándole un papel mucho más activo en esas interacciones.

Como apunta Delgado (2013:3), el espacio público es entendido por las ciencias sociales, notablemente desde la interacción situada como “escenario y producto a la vez de las relaciones en público —por evocar el título del libro de Goffman—, para las que se constituiría” (Goffman, 1974). No en vano el espacio público es, como demuestra magistralmente Marshall Berman con las calles de San Petersburgo (1988:174-300), como han demostrado recientemente las diversas y variopintas ocupaciones de las plazas bajo la rúbrica #Occupy o como lleva sucediendo desde la creación de la ciudad, el espacio de la movilización y acción colectiva. Por ello, el espacio público es también histórico. La relación del sujeto con el espacio público va desde una mera identificación hasta su apropiación consciente; desde un empleo periférico como “ir de paso” hasta una rutina de presencia diaria; desde una sensación de armonía entre grupos muy diferentes hasta llegar a convertirse en un verdadero campo de batalla político y a veces, no tan político.

Para profundizar sobre la relación con el Espacio Público: "Gentrificación, espacio público y modelo de ciudad", Fidel Oliván en Polikracia, 2017.

El carácter social del espacio público es, normalmente, cotidiano, rutinario: “la calle por la que pasamos siempre para ir a trabajar”; “la plaza donde paran todas las tardes los jóvenes del barrio” o “la salida del metro donde se suele sentar el vendedor ambulante”. Esta es una precisión de suma importancia, ya que, si bien el espacio público puede ser a veces “inexplorado”, la relación que se establece con el espacio conocido o rutinario es fundamentalmente de confianza, de seguridad. Es lo que el filósofo Beck (2000:117-118) denomina sugerentemente “espacios acogedores”. Este comentario de Agnes Heller (1998: 382-385) es especialmente útil:

> “Este espacio es antropocéntrico: en su centro está siempre un hombre que vive su vida cotidiana. Su articulación está siempre fijada por la vida cotidiana, donde la experiencia interior espacial y la representación del espacio están indisolublemente interrelacionados.”

De acuerdo con Borja y Muxí (2000:27): “El espacio público también tiene una dimensión sociocultural. Es un lugar de relación y de identificación, de contacto entre las personas, de animación urbana, y a veces de expresión comunitaria.”. Justamente, el uso social puede estirar los límites de la definición y convertirlo en público, pese a que jurídicamente no lo sea: una okupa, una fábrica abandonada, un solar sin emplear o “casi siempre los accesos a estaciones y puntos intermodales de transporte” (Borja & Muxí, 2000:28). Es necesario, por lo tanto, poner en diálogo el estatuto jurídico de un espacio y el uso social que se le da para ser capaces de definirlo, de la misma manera que su dimensión simbólica trasciende la definición mínima que se ha expuesto en la segunda entrega de esta serie.

“Un lugar es decir un hecho material productor de sentido. Una concentración de puntos de encuentros” afirman Jordi Borja y Zaida Muxí (2000:35). Como productores de sentido, los lugares públicos son puntos de referencia cargados simbólicamente para la población vecina. En este sentido, en una escala local, corresponden tanto con los “nodos” como con los “hitos” en el modelo clásico de Kevin Lynch (2004:91-103). Son confluencias, concentraciones y condensaciones de personas, interacciones y acciones desde un punto de vista social o cultural. Los espacios públicos son más propensos a ser “nodos” que a ser “hitos” por su naturaleza espacial y por su componente inherentemente social. Naturalmente, muchas plazas emblemáticas, monumentales son tanto hitos como espacios públicos, pero la mayoría de ellos, sobre todo en el ámbito local de los barrios, son puntos nodales de reunión y no tanto elementos de referencia externos. De acuerdo con Lynch (2004:98-103), el espectador es eso: espectador, y no “entra en él”. La característica clave de los hitos es su singularidad, un espacio que es único y memorable, elegido como un elemento significativo. Un bajo porcentaje de los espacios públicos son hitos. Esto no invalida el hecho de que los espacios públicos estén cargados simbólicamente como se verá más adelante con la división trialéctica del espacio de Henry Lefebvre.

Para ampliar sobre lo Simbólico: "Análisis marxista de Matrix", Fidel Oliván en Polikracia y Ssociólogos, 2014.
Para ampliar sobre Lefebvre: "La cuestión del Espacio Público (V): Henri Lefebvre", Fidel Oliván en Polikracia, 2018.

El espacio público posee fuertes características simbólicas estando directa y físicamente plagado de símbolos: grafitis, tags, murales, señales, elementos decorativos artísticos… simbología cristalizando en las paredes y en los suelos de los espacios públicos. También lo está de manera indirecta, mediada por los recuerdos y experiencias de los usuarios de, por ejemplo las plazas, quienes pueden tener gratas reminiscencias de un pasado de recreo feliz o de movilizaciones políticas con mucho significado para ellos. No obstante, la relación con la ciudadanía no es sólo pasiva en el ámbito simbólico, no son simplemente flâneurs, sino también creadores de símbolos y, por lo tanto, productores de cultura. El espacio público es lugar de identificación (con unos símbolos que lo caracterizan), pero también de expresión personal y artística, como de producción cultural. Es el lugar preferente para la organización de estas actividades debido a la facilidad de acceso de los vecinos y a su difusión. También es cultural en el sentido empleado por Muxí y Borja (2000:42), desde el punto de vista de la monumentalidad como símbolo de identidad colectiva:

“La monumentalidad del espacio público expresa y cumple diversas funciones; referente urbanístico, manifestaciones de la historia y de la voluntad del poder, símbolo de identidad colectiva... Es uno de los mejores indicadores de los valores urbanos predominantes.”

Los símbolos ayudan a referenciarse en un entorno, y también a identificarse en este entorno. Esto es particularmente interesante en las grandes ciudades como Madrid o París donde, por un lado la dimensión de la urbe y el modelo urbano desigual trazan grandes fronteras simbólicas creando barrios compartimentados. Por otro lado, la riqueza simbólica, cultural, social e histórica de algunos de sus barrios forman verdaderos “centros” (en el sentido que emplean Borja y Muxí) en la periferia, creando un local attachtment de suma importancia en cuanto a la identidad de los individuos y colectivos. Se trata del barrionalismo explicado en el “Diccionario de las Periferias” (Carabancheleando, 2017:58):

“Es el sentimiento de orgullo y pertenencia con el que muchos de los habitantes de las periferias responden a la estigmatización y marginación que sufren sus barrios. Funciona como un punto fuerte de identidad y de construcción de una experiencia común.”

Este “repliegue” a los barrios, sin duda muy útil como actitud defensiva desde la periferia a la estigmatización clasista desde el centro, puede sin embargo traer consigo un problema de incomunicación entre estos espacios identitariamente diferenciados (Castells, 1998):

“Porque si cada identidad se hace específica y los puntos de conexión pasan por una instrumentalidad que es global y que está cortada de lo expresivo, tenemos entonces a la vez un mundo de instrumentos globales con una cultura cosmopolita ahistórica y un fraccionamiento en tribus locales.”

Para ampliar sobre el repliegue a los barrios: "Barrio rico, barrio pobre: análisis del 24M en Madrid por Distritos", Fidel Oliván en Polikracia y Politikon, 2015.

Tanto en un sentido como en otro, el espacio público es, como se verá con Lefebvre más adelante, un espacio de representación, una capa simbólica sobre la geografía urbana local, pero también un campo de batalla en el plano cultural y simbólico.

BIBLIOGRAFÍA

  • Beck, U. (2000). La democracia y sus enemigos. Barcelona: Paidós.

  • Berman, M. (1988). Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Madrid: Siglo XXI.

  • Borja, J., & Muxí, Z. (2000). El espacio público, ciudad y ciudadanía. Barcelona: Diputació de Barcelona, Oficina Tècnica de Cooperació.

  • Carabancheleando. (2017). Diccionario de las periferias. Métodos y saberes autónomos desde los barrios. Madrid: Traficantes de Sueños.

  • Castells, M. (1998). Espacios Públicos en la sociedad informacional. En P. Subirós, Ciutat real, ciutat ideal. Significat i funció a l’espai urbà modern. Barcelona: CCCB.

  • Delgado, M. (2013). 2013. El espacio público como representación, (págs. 1-6). Oporto.

  • Goffman, E. (1974). Relaciones en público: microestudios del orden público.

  • Heller, A. (1998). Sociología de la vida cotidiana. Madrid: Ediciones Península.

  • Lynch, K. (2004). La imagen de la ciudad. Barcelona: Gustavo Gili.

  • Rubio, A. (2011). Primeros elementos para una genealogía del derecho a la ciudad: H. Lefebvre. Hábitat y Sociedad, 89-107.