TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Esta serie de artículos enmarcados bajo la rúbrica de “La Cuestión del Espacio Público” forman parte de una investigación sobre el espacio público en Madrid y las políticas públicas que intervienen en este. Se trata por lo tanto de una serie de reflexiones en torno a la dimensión política del espacio público, así como su interconexión con las dimensiones social, simbólica y económica. Se divide en 7 partes: (I) Introducción (II) ¿Qué es y qué no es? (III) La Economía Política (IV) Lo Simbólico y lo Social (V) Henri Lefebvre (VI) Institución y Periferia y (VII) La Dimensión Política.

La manera en la que se discute y analiza el espacio público desde la esfera mediática y el policy-making suele ser algo naïf desde el punto de vista económico, algo que se va a solucionar en este apartado. Se suele tratar como un espacio descontextualizado tanto histórica como económicamente: un espacio desenraizado del medio socioeconómico en el que reposa y del que se nutre. Es preciso indagar en «La economía política del espacio público», como reza el título del artículo del geógrafo marxista David Harvey (Harvey, 2006). Éste es y ha sido, no obstante, un tema dilatadamente discutido desde su puesta en valor con los primeros trabajos del mencionado autor y del que se pueden extraer las principales conclusiones con el ánimo de sintetizar un tema que es de una amplitud que excede el formato y alcance de este trabajo. Antonio Miranda, en el prólogo del libro de Manuel Delgado (2015:9), divide sugerentemente la arquitectura y la ciudad en «infraestructura geográfica, superestructura ideológica y estructura económica». No obstante, el mismo autor corrige con un apunte de gran interés (Delgado, 2015:13):

«La ciudad es también estructura económica. En rigor, deberíamos decir estructura crematística. Porque la economía se refiere a la colectividad, mientras que la crematística -en sentido clásico- alude a la realidad actual: el beneficio privado a base del saqueo público por quienes detentan el poder público al servicio del Poder Financiero Mundial».

En los siguientes apartados se tratarán las características de la superestructura ideológica y algunas conexiones de ésta con la infraestructura geográfica, y en un segundo momento aterrizaremos este análisis al caso español. Sin embargo, en cuanto a la estructura económica del espacio público, como advertía Lefebvre con La representación del espacio, tiende a ser percibida como neutral, como natural. Como este mismo autor planteó hace tiempo (Lefebvre, 1974a:221), «a través de la agricultura y de la ciudad (realidad anterior al capitalismo), el capitalismo ha echado la zarpa al espacio. El capitalismo ya no se apoya solamente sobre las empresas y el mercado, sino sobre el espacio». Esta afirmación fundacional ha sido desarrollada con rigor y a escala planetaria por David Harvey (2007; 2012b) y Saskia Sassen (1999). De acuerdo con el primero, el análisis espacial juega un papel tan importante como el análisis histórico, en lo que bautizó como el materialismo geográfico. El capital emplea y moldea el espacio a su imagen y semejanza, prosiguiendo su dinámica interna (Harvey, 2012a:131):

«El principio número uno es la necesidad del capital de superar todos los límites geográficos a su acumulación. El capital —escribió Marx en los Grundrisse— debe “esforzarse por derribar cualquier barrera espacial al intercambio, esto es, a la compraventa, y conquistar toda la tierra para su mercado».

Para ampliar sobre los efectos del capitalismo: "Crisis: un fenómeno recurrente", Fidel Oliván en Polikracia, 2014.

De aquí se desprenden dos elementos de una importancia crucial: 1) el capital no para de expandirse y rompe de esta manera todo tipo de barreras, geográficas y no geográficas (deslocalizaciones y colonialismo (Harvey, 2012b:57-159), pero también acumulación por desposesión (Harvey, 2004)); y 2) el espacio, y en concreto la ciudad, es el lugar de la acumulación del capital. Además, según Kike España (2016:42):

«La urbanización juega un rol fundamental en la “absorción del producto excedente que los capitalistas producen continuamente en la búsqueda de plusvalor” (Harvey 2012, p. 23). El capitalismo produce excedente requerido por la urbanización, pero al mismo tiempo, necesita la urbanización para absorber el sobre producto que genera continuamente».

Como polo de desarrollo del capitalismo, las ciudades, la edificación de emplazamientos urbanos, «donde vive actualmente la mayoría de la población mundial, se ha ido entrelazando cada vez más con la acumulación del capital, hasta el punto de que resulta difícil distinguir una de otra» (Harvey, 2012a:124). El proceso de urbanización concentra espacialmente tanto las fuerzas productivas (las principales empresas, fábricas, multinacionales e infraestructuras) como la fuerza de trabajo, además del propio proceso de acumulación, tal y como se ha visto.

De acuerdo con Sassen (1999), las ciudades no sólo son polos de desarrollo y de acumulación del capital, sino que también son sedes de la globalización, haciendo una necesaria referencia a la estructura material entre tanta palabrería ingenua, acrítica y metafísica acerca de la globalización. No, no todo lo sólido “se desvanece en el aire”. La globalización, aparentemente intangible, tiene unas sedes físicas emplazadas estratégicamente en las principales ciudades globales, donde los actores económicos y financieros mundiales toman decisiones que afectan a países y regiones enteras. Banqueros, financieros, brokers, pero también los principales sellos de abogados, consultores, sedes de organismos internacionales… todos ellos agentes de la globalización, se concentran en una decena de ciudades, tienen un emplazamiento físico localizado y determinado.

Sin intención de profundizar en el extenso tema de la globalización, conviene recordar las distancias, sobre todo políticas, que se han creado entre lo local y lo global. Algo pertinente cuando se habla de la conexión del espacio público de la ciudad inserto en la globalización. Siguiendo a Bauman (2006:21):

«Los verdaderos poderes que dan forma a las circunstancias que determinan nuestra vida contemporánea se mueven en el espacio global; en cambio, nuestros órganos de actuación política suelen estar sólidamente establecidos en un sitio; son, como siempre, locales. (…) En un planeta que se mundializa por momentos, la política tiende a ser cada vez más, y de forma más apasionada y consciente, local. Expulsada del ciberespacio, o con el acceso vedado, la política vuelve de rebote a los asuntos que están a su alcance, a cuestiones locales, a las relaciones vecinales».

Para ampliar sobre las desigualdades urbanas: "Barrio rico, barrio pobre: análisis del 24M en Madrid por Distritos", Fidel Oliván en Polikracia y Politikon, 2015.

Tras discutir la economía política del espacio público global en general, pasemos a tratar las peculiaridades del caso español, que podríamos resumir en “ladrillo, suelo y especulación”. Se hace necesario trasladar esta relación a escala urbana, no tanto para ver cómo se conectan las ciudades a nivel global sino para descifrar las dinámicas internas de esta relación en el seno de la ciudad. Como se ha podido ver antes, numerosos autores alertan de la privatización del espacio público, del zarpazo de lo privado a lo público. Este conflicto se produce por el simple hecho de que el espacio público es espacio no privatizado, no sujeto al beneficio privado, ya que «es especialmente rentable en términos sociales, culturales y civiles; pero también lo es, en un mediano plazo, en términos políticos, de gobernabilidad, y económicos, generando atracción y creación de nuevas actividades» (Borja & Muxí, 2000:11).

No obstante, esto se produce fundamentalmente porque la organización capitalista del espacio en la ciudad no se da “sin más”, sino que es llevada a cabo por unos actores sociales concretos, con un proyecto de ciudad y unos intereses dados (Madrid O. M., 2014:94). Según con Miranda (2015:10-11):

«Es así como en la neoliberal ciudad posmoderna, la geometría de la ciudad ha llegado a estar —gracias al apoyo de conservadores y socialdemócratas— en las exclusivas manos de especuladores, mafiosos y rastacueros del casino inmobiliario. (…) El neoliberalismo capitalista sobrevive privatizando lo común en cualquier servicio público».

En el caso español, esta privatización, esta ordenación capitalista del territorio, se ha ejecutado esencialmente mediante la producción-especulación urbanística, confundiendo voluntariamente el espacio con el suelo (Delgado, 2015:19-20). Una sólida alianza interpartidista entre gobiernos locales (notablemente la pata de las concejalías de urbanismo), promotores privados, constructoras, bancos y gabinetes de arquitectos ha marcado la política urbanística local española desde hace unas décadas, desencadenando la mayor crisis económica desde la Transición.

Para ampliar sobre estas alianzas a nivel local: "El debate de los Ayuntamientos: la Remunicipalización de servicios", Fidel Oliván en Polikracia, 2015.

Se puede situar el pistoletazo de salida de este modelo de producción espacial inmobiliario en la proclama del primer ministro franquista de la Vivienda, José Luis de Arrese: “mejor todos propietarios que todos proletarios” (Capel, 2011:175). Este inteligente leitmotiv tuvo un doble objetivo: inaugurar la era del modelo productivo basado en el ladrillo y en el enriquecimiento de las constructoras y promotoras y por otro lado asegurar la paz social mediante la creación de una “nación de propietarios”. La traducción legislativa de esta máxima fue la Ley del Suelo de 1956, que Luciano Parejo (2016) ha calificado como un «cuerpo extraño en la obra legislativa de este periodo de la Dictadura de Franco» (en Capel, 2011:175) y que Capel califica como una buena ley para el urbanismo. Sin embargo, el modelo actual responde fehacientemente al desarrollo legislativo posterior a los gobiernos socialistas, siendo la Ley 6/98 de Régimen del Suelo y Valoraciones, promulgada por el Partido Popular, el estandarte de dicho modelo. De acuerdo con Capel (2011:167), esta ley «aceptaba la liberalización del suelo, con la posibilidad de una urbanización general del territorio por iniciativa y actuación de los agentes privados. Una urbanización excesiva, insostenible, poco atenta al medio natural, como han puesto de manifiesto en España numerosos autores».

Dicha ley cuestionaría a su vez la planificación y la propia función pública, dando rienda suelta a los «principios del libre mercado, de la iniciativa privada», que acabarían por representar el modelo de desarrollo económico y urbanístico que «a comienzos de los 2000 causaba admiración» (Capel, 2011:170) no sólo dentro sino también fuera de España. A posteriori, la recalificación y edificación excesivas, no planificadas y agresivas con el espacio público, han sido muy perjudiciales para la vida de las ciudades y, evidentemente, para la economía del país pese a que «muchos lo veían venir y lo advirtieron. Pero no se hizo caso» (Capel, 2011:171). Como indica Delgado (2015:20), el espacio público desde entonces se configuró como «complemento sosegado de las operaciones urbanísticas», como un espacio residual meramente estético entre parcelas construidas para proporcionar algo de oxígeno. En resumen, el espacio público es tratado como un espacio mínimo “vacío” cuando ya no se puede construir más, en vez de constituirse como espacio político, social o cultural de calidad; en vez de constituirse en la propia ciudad, como propugnan Zaida Muxí y Jordi Borja (2000) («El espacio público es la ciudad»). Y cuando este espacio público supuestamente “de calidad” es concebido por los planificadores y agentes constructores y promotores, se traduce en calles y plazas como «mera guarnición de acompañamiento para grandes operaciones inmobiliarias» (Delgado, 2015:21).

En resumen, se constata cómo el binomio capitalismo-espacio público se manifiesta en el caso español siguiendo una estrategia determinada, con una alianza de actores concretos, de confusión entre espacio y suelo, de explotación del suelo público por la iniciativa constructora privada y de tratamiento del escaso espacio público en “guarnición de acompañamiento” vacía de todo potencial social, político y cultural.


Bauman, Z. (2006). Confianza y temor en la ciudad. Vivir con extranjeros. Madrid: Tercer Sector.

Borja, J., & Muxí, Z. (2000). El espacio público, ciudad y ciudadanía. Barcelona: Diputació de Barcelona, Oficina Tècnica de Cooperació.

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