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La cuestión del Espacio Público (II): ¿Qué es y qué no es?

Esta serie de artículos enmarcados bajo la rúbrica de “La Cuestión del Espacio Público” forman parte de una investigación sobre el espacio público en Madrid y las políticas públicas que intervienen en éste. Se trata por lo tanto de una serie de reflexiones en torno a la dimensión política del espacio público, así como su interconexión con las dimensiones social, simbólica y económica. Se divide en 7 partes: (I) Introducción (II) ¿Qué es y qué no es? (III) La Economía Política (IV) Lo Simbólico y lo Social (V) Henri Lefebvre (VI) Institución y Periferia y (VII) La Dimensión Política.

Da igual cómo se plantee, sea rebuscando entre la sociología, el campo jurídico o el sentido común de Gramsci (1967) (esto es, como «la filosofía de los no filósofos. Una concepción del mundo absorbida acríticamente por el hombre medio»): el espacio público se aparece siempre como un extremo de la dicotomía público-privado. De esta manera, el espacio público sería todo aquel que no es privado, que no pertenece ni al ámbito familiar o del hogar, ni al ámbito privado del negocio (el «espacio de la propiedad» según Lefebvre (1974a)). Esta separación no tiene nada de novedosa, como recuerda Arendt (1958), siendo fundacional para la vida política de los griegos que oponían el espacio, vida y discurso públicos a la vida, la familia y el hogar (espacio) privados. Ésta es una definición maximalista que incluye un enorme número de imprecisiones: ¿qué se hace con el espacio público privatizado, con los solares, con los porches o centros comerciales? Son espacios cuya función y uso no es completamente comercial/privado, donde se producen dinámicas y relaciones similares al espacio público “clásico” como las plazas. Más adelante se profundizará en esta contradicción. No obstante, es necesario acotar el término desde un punto de vista jurídico. De acuerdo con Jordi Borja y Zaida Muxí (2000:27):

«El espacio público es un concepto jurídico (pero no únicamente): un espacio sometido a una regulación específica por parte de la administración pública, propietaria o que posee la facultad del dominio sobre el suelo y que garantiza la accesibilidad a todos y fija las condiciones de utilización y de instalación de actividades».

Esta definición subraya la importancia de la propiedad del suelo por parte de la administración pública como elemento vertebrador del calificativo público. Por otro lado, también es un espacio público porque es accesible y empleable por todo el mundo. Bauman (2006:55-56) coincide en este sentido: «El espacio es público siempre y cuando los hombres y las mujeres puedan acceder a él, y es probable que lo hagan, sin selección previa. No se requieren permisos, ni un registro de los que llegan y de los que se van». Esta universalidad en el acceso es interesante en su sentido primario: ninguna institución o persona puede limitar el acceso o condicionarlo como implicaría la imposición de unos permisos o registros. Es un espacio de “todos y todas”, porque justamente nace de la separación jurídica entre propiedad privada y pública en el seno de la ciudad.

Para ampliar sobre la frontera público-privado: "¿Multiculturalidad o reparto espacial de culturas? Observación participante en Plaza de Lavapiés (Madrid)", Fidel Oliván en Ssociólogos, 2015.

No es momento para indagar en la complicada trama de la regulación urbanística del suelo, por lo que cabe limitarse a definir jurídicamente el espacio público como un espacio en reserva donde no se puede construir, donde no pueden surgir iniciativas privadas (Borja & Muxí, 2000:27). Los autores mencionados hacen una excepción a esto: los «equipamientos colectivos, infraestructuras de movilidad y actividades culturales y a veces comerciales», que pueden apropiarse fugaz o permanentemente del espacio público, pero como se puede observar, de forma colectiva. Sin embargo, de acuerdo con Manuel Delgado (2007:57), si se deja de lado la minimalista definición jurídica como espacio de titularidad pública, «la idea de espacio público trasciende de largo la distinción básica entre público y privado». El espacio público está atravesado, como se verá a continuación, por lo social, lo simbólico, lo político y lo ideológico. El espacio es multifuncional; como explica Rubio (2011:90), el espacio es el objeto central:

«[…] asociándole múltiples propiedades: sede de las actividades e interacciones del desenvolvimiento social, medio de producción (suelo) y componente de las fuerzas productivas; objeto de consumo, instrumento político y componente de la lucha de clases».

Como acabamos de comentar, ésta es una definición minimalista. ¿Qué ocurre con los espacios donde existen las mismas prácticas que en los públicos pero son privados? Cabe apuntar una breve crítica al concepto de espacio público que se está empleando: se ha hablado de espacio público en abstracto, con el fin de discernir y desarrollar en los artículos posteriores el contenido de sus principales campos (político, jurídico, social, simbólico). Este “zigzagueo” conceptual tiene que esclarecerse definitivamente antes de ser tratado analíticamente y debe responder a dos cuestiones o críticas: la materialidad y la concentración del espacio público. Por un lado, ¿el espacio público tiene que estar necesariamente asociado a un lugar? Por otro, ¿el espacio público se resume en la titularidad jurídica del suelo o puede estar presente en áreas privadas o semi-privadas, de manera desconcentrada? Ambas cuestiones relativizan concepciones más o menos rígidas y son muy útiles en ese sentido, pero urge “cerrar algunas puertas”.

Para ampliar sobre estas excepciones: "Gentrificación, espacio público y modelo de ciudad", Fidel Oliván en Polikracia, 2017.

En cuanto al primer tema, de acuerdo con Thompson (2011), la concepción clásica del espacio público (pero también del espacio privado, como categorías políticas más que como realidades socio-urbanísticas) está en grave decadencia, y uno de sus principales elementos, la visibilidad, ya no es definitorio. El modelo de ágora griega (Harvey, 2006) o de sociedad de cafés del espacio público fue defendido por Arendt (1958) de manera eurocéntrica y por Habermas (1993) de manera involuntaria (Thompson, 2011). En este modelo, el requisito primordial para que el espacio se considere público es la visibilidad recíproca de los participantes y por lo tanto su sujeción al espacio-tiempo, la co-presencia. Con el desarrollo de los medios de comunicación, pero sobre todo de las nuevas ágoras cibernéticas, estos dos requisitos se vuelven innecesarios: la visibilidad está mediatizada y la esfera pública se desespacializa. En palabras de Thompson (2011:23):

«En estas nuevas formas del contexto público mediático, el campo visual ya no está restringido por las propiedades espaciales y temporales del aquí y el ahora, sino que se va definiendo a través de diversos factores como son: las características específicas de los medios de comunicación, las diversas consideraciones sociales y técnicas […] así como por las nuevas formas de interacción que estos medios han hecho posibles».

La tesis del mencionado artículo está resumida en su título Los límites cambiantes de la vida pública y privada: no somos capaces de controlar nuestra privacidad ni nuestra aparición en el espacio público. Desde su punto de vista, el espacio de aparición público de Arendt (1958) ya no correspondería a las plazas, sino que sería cualquier espacio que fuera pertinente para el interés de los medios o de otros ciudadanos (a través de las herramientas de la red). Éste es un debate de gran interés, pero lastraría el desarrollo de este trabajo, por lo que se declina la invitación a desmaterializar o desvisibilizar el espacio público.

En cuanto a la segunda cuestión, la desconcentración del espacio público, se puede encontrar condensada en las siguientes palabras de Muxí y Borja (2000:10):

«Es reconsiderado el espacio público desde diferentes ámbitos tanto públicos como privados, que en el pasado no lo tenían en cuenta: áreas comerciales que reproducen calles y plazas y que ya no son espacios cerrados y excluyentes; estaciones y hospitales que son también equipamientos multifuncionales; equipamientos universitarios y culturales que han dejado atrás la concepción de campus separados y palacios –fortalezas– para convertirse en animadores y articuladores de áreas urbanas, creando espacios de transición con el entorno».

Con esto, Borja y Muxí pretenden poner en cuestión, de manera acertada, la definición mínima jurídica que hemos tratado antes. Son espacios públicos algunas zonas comerciales (aparentemente antagonistas a aquellos), equipamientos semi-privados y espacios de transición. Ash Amin (2008) aún va más lejos incluyendo:

«Espacios cerrados como centros comerciales, librerías, ayuntamientos, piscinas municipals, clubes y bares; y espacios intermedios como clubes y asociaciones confinadas a públicos específicos como residentes de viviendas, estusiastas del ajedrez, fanáticos del fitness, pescadores, patinadores, y por el estilo».

Incluso se atreve a transgredir, con Thompson, la materialidad del espacio público. Incluye en la lista el modelo educativo, la televisión, los libros y la música como prácticas cívicas y culturales imbricadas en el espacio. En resumen, «hoy […] los lugares de la formación cívica y política son plurales y están distribuidos» (Amin, 2008).

Se mantienen, no obstante, ciertas dudas con respecto a estos comentarios. Es cierto que estos espacios pueden jugar como potenciadores cívicos, como lugares de interacción social y cultural y que tienen características sociales y simbólicas similares a las del espacio en suelo público, pero no es menos cierto que tienen elementos que los diferencian. En primer lugar, tienen unos horarios de obligatorio cumplimiento y unas reglas fijas de utilización. Todos los espacios públicos tienen unas “horas punta” o están sujetos a unas normas de convivencia, pero todas éstas son normas no escritas pero, lo más importante, sí tuteladas o vigiladas. Esto lleva al segundo punto: en caso de incumplimiento, estos espacios tienen servicios de vigilancia propios (ej. cámaras) y “policía propia”, con lo cual la relación con el entorno es sustancialmente diferente. No obstante, son numerosos los autores (Amin, 2008; Bauman, 2006; Borja & Muxí, 2000) que advierten una excesiva securitización del espacio público que acercaría las dos orillas de las que hablamos. Por último, y más importante, el suelo no es público, por lo que la iniciativa pública y el alcance de las políticas públicas es limitado y está mediado por muchas otras variables.

Para ampliar sobre estos límites en la acción municipal: "El debate de los Ayuntamientos: la Remunicipalización de servicios", Fidel Oliván en Polikracia, 2015.

Por todo lo expuesto aquí, cuando se habla de espacio público se hace referencia al espacio público donde la visibilidad recíproca y la co-presencia es indispensable por un lado; y por el otro, donde la titularidad del suelo es pública, fundamentalmente alejada de la iniciativa privada. Por ello se pueden desarrollar las políticas públicas urbanas sin mediar necesariamente y de manera subalterna con lo privado.


Amin, A. (2008). Collective culture and urban public space. City, 5-24.

Arendt, H. (1958). The human condition. New York: New York.

Bauman, Z. (2006). Confianza y temor en la ciudad. Vivir con extranjeros. Madrid: Tercer Sector.

Borja, J., & Muxí, Z. (2000). El espacio público, ciudad y ciudadanía. Barcelona: Diputació de Barcelona, Oficina Tècnica de Cooperació.

Delgado, M. (2007). El espacio público como ideología. UrbanDoc, 57-65.

Gramsci, A. (1967). La formación de los intelectuales. México D.F.: Grijalbo.

Habermas, J. (1993). The Structural Transformation of the Public Sphere. An Inquiry into Category of a Bourgeois Society. Cambridge, Massachusetts: MIT Press.

Harvey, D. (2006). The Political Economy of Public Space. The politics of public space, 1-13.

Lefebvre, H. (1974a). La producción del espacio. Papers: revista de sociología, 219-229.

Rubio, A. (2011). Primeros elementos para una genealogía del derecho a la ciudad: H. Lefebvre. Hábitat y Sociedad, 89-107.

Thompson, J. B. (2011). Los límites cambiantes de la vida pública y la privada. Nueva Época, 11-42.

Fidel Oliván Navarro

Fidel Oliván Navarro

(Zaragoza, 1993). Politólogo y sociólogo por la Universidad Carlos III de Madrid. Investigador en Fundación RAIS. Promotor y coordinador de un proyecto de intervención social a través del boxeo.

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