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¿La celebridad del feminismo o el feminismo de las celebridades?

Desde 2014 el número de celebridades que se han declarado feministas no ha hecho más que aumentar. Siguiendo la estela de Beyoncé o Meryl Streep, decenas de personalidades del mundo del cine y de la industria musical se han proclamado enérgicamente feministas. Esta etiqueta, históricamente temida por sus asociaciones con el radicalismo, el odio a los hombres, la quema de sujetadores o –dios nos valga– el vello corporal, ha sido poco a poco aceptada por las celebrities. La nueva embajadora feminista por excelencia, Emma Watson, marcaba en 2014 un antes y un después en la percepción mediática del feminismo con su discurso ante las Naciones Unidas. Mientras las redes se saturaban con fragmentos de su intervención y aplausos por sus palabras, algunas nos preguntábamos por qué se consideraba valiente o admirable repetir un mensaje que las feministas llevaban defendiendo 40 años.

Parece ser que hoy en día el feminismo se acepta mejor si viene bien envuelto y patrocinado por alguna celebridad. No importa, no obstante, que esa persona -casi siempre una mujer de la industria del cine o de la música- represente a la perfección los estándares de feminidad y sexualidad contra los que el feminismo lucha, o que forme parte de una industria que perpetúa pautas sistemáticas de discriminación.

El principal problema de este feminismo descafeinado frente al feminismo como fuerza política y social es que, mientras el último se centra en sistemas, el primero se limita a los individuos. En esta concepción neoliberal del activismo político, las celebrities deslumbran con su estrellato a las causas globales y sistemáticas de desigualdad y venden el empoderamiento individual como panacea milagrosa contra la opresión. Esta ceguera no solo impide ver más allá del individuo, sino que devalúa la discriminación sufrida por otras mujeres menos privilegiadas que hace mucho que se dieron cuenta de que su empoderamiento personal no podía hacer nada contra el sistema que las discriminaba.

No obstante, el auge de este feminismo también es responsabilidad de los medios de comunicación. Cuando las celebridades “valientemente” se declaran como feministas se les aplaude por haber abrazado esa palabra maligna, en vez de preguntarles cómo la aplican en su trabajo y sus comunidades. Se examina la ropa que llevan mientras se declaran feministas en vez de observar si en la práctica eligen papeles, productores o proyectos que sean afines a la causa. Ya es hora de dejar de dar palmadas en el hombro a los personajes públicos que aceptan que, efectivamente, todos deberíamos ser iguales.

La capitalización del feminismo, al igual que otros movimientos políticos que se hicieron eco en Hollywood como la concienciación sobre el VIH, el no a la guerra o el ecologismo, se recibe también con escepticismo. Según el primer estudio sobre este tema, la implicación de las celebrities en el feminismo no está consiguiendo sino trivializar el movimiento y que el público le dé cada vez menos importancia a los derechos de las mujeres. Pese al patrocinio de las celebridades, solo un 20% del público declara interesarse más por la causa feminista debido a la participación de una persona famosa. Según el estudio, el mayor problema radica en que la gente percibe el feminismo cada vez más como una herramienta publicitaria, y no como una preocupación genuina. Por ello, el 80% de los encuestados no compra las credenciales feministas de una celebridad si ésta no ha demostrado previamente que realmente lo es. Lo que es más, el 75% de los participantes desearía ver a más personas multiculturales y conocedoras del feminismo abogando por dicha causa en vez de a personajes famosos. Y todo esto daña al feminismo.

Nuestra sociedad de la información, la comunicación y el consumo dota a las voces amplificadas de las celebridades del privilegio de la validación y del capital cultural. Las posiciones de poder, por tanto, son patrimonio de personas célebres que generalmente ya están en el cénit de las jerarquías económicas, raciales y de género, perpetuando así los sistemas de desigualdad.

Sin embargo, cada persona cuenta, y por supuesto las celebridades tienen todo el derecho a declararse feministas, lo cual también tiene consecuencias positivas. En el mundo de los 140 caracteres, para el que los complicados textos académicos feministas han quedado obsoletos, la participación de personajes públicos abre una puerta más accesible al movimiento y lo democratiza. Posibilita que el feminismo se desarrolle como un diálogo e interacción continuos, acercándolo al público. La academia ha creído durante demasiado tiempo que el complicado discurso académico era el único legítimo, y ahora este feminismo mainstream ofrece la oportunidad de crear conciencia de manera masiva y servir como portal a la profundización académica. Además, también es cierto que el poder mediático y de movilización que tienen los personajes públicos ayuda a impulsar el feminismo y a desmentir los estereotipos y posverdades que tanto se difunden sobre el movimiento.

En conclusión, el feminismo como marca personal es criticable mientras no vaya acompañado de acciones. Hace falta darse cuenta de que, aunque Hollywood lleve algunos años llenándose la boca –y los bolsillos– con los derechos de las mujeres, hay motivos claros por los que no estamos viendo nuevos cambios significativos en igualdad de género. Algunas celebridades deben dejar de preguntarse qué puede hacer el feminismo por ellas para empezar a plantearse qué pueden hacer ellas por el feminismo, y el debate público ha de atreverse a abordar el duro trabajo que requiere cualquier cambio social. La igualdad de género no debería necesitar patrocinadores ni campañas publicitarias; la idea de que mujeres y hombres merecen los mismos derechos tendría que venderse por sí sola.