TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Introducción

Tanto los ingenieros como los estrategas nucleares han utilizado periódicamente lenguaje e imágenes religiosas para equiparar las armas nucleares con la divinidad (Gusterson, 1999:126).

Ahora bien, la bomba atómica no cayó del cielo, sino que es el resultado de un largo proceso por el cual la raza humana buscaba deliberadamente desarrollar una “super-arma”. Este proceso fue simplemente el resultado de la ambición política, y la persistente tendencia a resolver las disputas internacionales mediante la amenaza al uso de la fuerza. En la actualidad, varios países poseen armas de un poder sin precedentes. La humanidad ha adquirido la capacidad de cometer un acto de autodestrucción. Lo peor, sin embargo, no ha sucedido. ¿Por qué es así? Los activistas pro-nucleares podrían tener una respuesta inequívoca: porque los países que participan en el enfrentamiento militar se disuaden mutuamente mediante la intimidación (la llamada mutually assured destruction (MAD)). El miedo a la represalia final es lo que impide que ambas partes recurran a la agresión nuclear. La principal deficiencia moral de las armas nucleares, su fuerza destructiva excesiva e indiscriminada, infunde un terror que aturde hasta al más gallardo de los estrategas. Resulta que la deficiencia moral de las armas nucleares no es en absoluto un vicio, sino más bien una virtud, en la medida en que impide que estalle la guerra.

Es por ello que a continuación analizaremos, mediante un estudio comparado, las distintas aproximaciones religiosas (principalmente la católica y la protestante) a la cuestión nuclear, y defenderé que, al igual que otras políticas de Estado, la religión también puede aportar algo distinto, crítico y útil en esta materia en términos normativos y dialécticos, lo cual en última instancia representa su capacidad de influir en la toma de decisiones nucleares.

La aproximación católica a las armas nucleares

En su pastoral de paz de 1983, los obispos estadounidenses rechazaron categóricamente, por ser indiscriminado y desproporcionado, el uso de armas nucleares contra ciudades o múltiples objetivos militares dentro de las ciudades. Se opusieron al primer uso de armas nucleares y se mostraron profundamente escépticos acerca de la moralidad de un uso, incluso limitado, de represalia, o de un segundo uso en respuesta a un ataque nuclear. Dichos juicios se basaban en las preocupaciones de los obispos sobre las consecuencias de romper el tabú nuclear y los riesgos inherentes a una escalada. Sin embargo, no descartaron ningún segundo uso concebible, reconociendo la posibilidad moral de que un uso aislado, por ejemplo, contra un silo de misiles en Siberia, pueda ser discriminado y proporcionado.

Numerosas declaraciones del Vaticano desde el fin de la Guerra Fría han puesto en tela de juicio incluso esta aceptación moral estrictamente condicionada de la disuasión. Por ejemplo, en una charla en Georgetown en 2010, el arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, denunció la segunda era nuclear (la primera fue la Guerra Fría) debido a que estas armas «ya no son sólo para la disuasión, sino que se han atrincherado en las doctrinas militares de las grandes potencias». Migliore concluyó que «es evidente que la disuasión nuclear está impidiendo un verdadero desarme nuclear» (Migliore, 2010).

La iglesia católica está haciendo frente a la cuestión nuclear con gran vigor, cuestionando el statu quo y presionando para proceder al desarme nuclear generalizado. Tres factores han condicionado esta posición. En primer lugar, el desarme nuclear, que durante mucho tiempo ha sido la llamada solitaria de los líderes religiosos y de los activistas antinucleares, se ha convertido en una corriente dominante en la política internacional. El desarme nuclear es ahora respaldado como un objetivo de política a largo plazo por un coro mundial de prominentes figuras militares y políticas, liderado por las iniciativas de George Shultz, William Perry, Henry Kissinger y Sam Nunn (2007), así como por la campaña Global Zero. En segundo lugar, la serie de conferencias internacionales sobre el impacto humanitario del uso de armas nucleares ha atraído renovada atención a las dimensiones legales y morales de este tipo de armamentoLa Santa Sede aborda habitualmente la cuestión nuclear en declaraciones como las formuladas en las reuniones del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) y la Conferencia de Desarme. Al mismo tiempo, el Vaticano ha desempeñado un papel activo en el apoyo a las conferencias internacionales sobre el impacto humanitario de las armas nucleares. Durante la cumbre de Viena en 2014, el Papa Francisco emitió su primera declaración importante sobre las armas nucleares, que fue acompañada por una declaración del representante de la Santa Sede ante los organismos de las Naciones Unidas en Ginebra, y un extenso informe (el tratamiento más detallado del Vaticano sobre las armas nucleares en muchos años) sobre el impacto humanitario de las armas nuclearesEn su discurso ante la Conferencia General del OIEA en septiembre de 2014, el viceministro de Relaciones Exteriores del Vaticano, Monseñor Antoine Camilleri, manifestó la opinión de que «la mera existencia de estas armas es absurda y que los argumentos en apoyo de su uso son una afrenta contra la dignidad de toda vida humana» (Representative of the Holy See, 2014). Una de ellas se deriva de la probabilidad de que cualquier uso de armas nucleares cause sufrimientos innecesarios e irreversibles y sea indiscriminado y desproporcionado, especialmente dado el riesgo de una escalada. El otro es las consecuencias de romper el tabú nuclear, incluido el menoscabo de las perspectivas de desarme. La posición de la Iglesia católica con respecto a las armas nucleares devino aún más clara en la Conferencia General del OIEA de 2015, en la que el Vaticano indicó que la propia posesión de armas nucleares, incluso con fines disuasorios, es moralmente problemática. Dos importantes distinciones teológicas subyacen a las declaraciones oficiales de la Iglesia sobre las armas nucleares. En primer lugar, los líderes de la Iglesia han insistido en que la moralidad importa en el debate nuclear y han ofrecido un marco moral para evaluar el uso, la disuasión y el desarme nucleares; sin embargo, en el mejor de los casos, los líderes católicos han evitado moralizar, o simplificar demasiado, esta complicada cuestión. En lugar de esto, su análisis de las armas nucleares ha tenido considerable cuidado en distinguir los principios morales, como la prohibición de atacar a los civiles, de los juicios prudentes sobre cuestiones políticas específicas, como el apoyo a la ratificación por parte de los Estados Unidos del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCEN) y la oposición a la doctrina del primer uso y al despliegue de la Iniciativa de Defensa Estratégica. En segundo lugar, aunque los líderes religiosos tienen un papel legítimo a desempeñar en el tratamiento de cuestiones de política pública con dimensiones morales significativas, los políticos son en última instancia los responsables de hacer juicios prudentes sobre cómo las normas morales se aplican a políticas específicas. La renuencia de los obispos a ofrecer juicios morales definitivos sobre políticas nucleares particulares no es una función de excesiva cautela sino de su comprensión de los límites de la moralidad y el liderazgo religioso.

Llegados a este punto, y en base al cauto rol llevado a cabo por la Iglesia católica, podemos formularnos la siguiente pregunta: ¿tiene la opinión de la Iglesia católica sobre esta cuestión alguna relevancia o impacto en la opinión pública o puede alterar la actitud y/o posición de los líderes mundiales en esta materia? La Santa Sede desempeñó un papel muy importante en las negociaciones del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN). Los representantes del Vaticano observaron las negociaciones, hicieron intervenciones, celebraron eventos paralelos y vigilias de oración, se reunieron con delegaciones gubernamentales, enviaron mensajes a sus gobiernos animándolos a participar y realizaron una labor pedagógica para con el público sobre la importancia del Tratado. El 20 de septiembre de 2017 la Santa Sede fue uno de los primeros estados en firmar y ratificar el TPAN, y la promoción del mismo por parte de la Iglesia católica ha sido fundamental para lograr que 60 países (hasta ahora) lo firmen y 14 lo ratifiquen. Sin embargo, para que los argumentos morales cambien la opinión de los responsables políticos, se requerirá un esfuerzo concertado y sostenido por parte de las comunidades de fe para educar acerca de la inmoralidad de las armas nucleares y para generar en los Estados nucleares el tipo de voluntad política a nivel de base que ya existe en gran parte del resto del mundo. Los líderes católicos deben continuar llevando un mensaje moral a los que toman decisiones políticas, especialmente si pueden formar alianzas inesperadas para hacerlo. Por ejemplo, los esfuerzos conjuntos de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos y los líderes evangélicos para promover el nuevo Tratado START, así como la defensa de la abolición nuclear que involucra a los obispos católicos de diferentes Estados nucleares, han sido importantes, y a veces eficaces. Pero las instituciones religiosas deben invertir mucho más en pedagogía y animar a sus propios miembros a nivel parroquial y de la comunidad local para apoyar y luego promover la abolición de las armas nucleares. Aprendiendo de un creciente cuerpo de investigación que demuestra la importancia de la sinergia entre el activismo no violento y las negociaciones internas para el cambio de políticas, parecería lo más recomendable para la Iglesia desarrollar estrategias de colaboración con los movimientos de paz basados en la fe.

La aproximación protestante a las armas nucleares

Durante los años 1950 y 1960, los organismos religiosos protestantes fueron críticos elocuentes de la carrera armamentística y de los ensayos nucleares. Ya en 1954, el Consejo Mundial de Iglesias (CMI) pidió la eliminación y la prohibición de las armas nucleares. Las organizaciones religiosas fueron particularmente activas durante el gran auge de las protestas contra las armas nucleares a principios de la década de 1980. En Estados Unidos, el Consejo Nacional de Iglesias respaldó la idea de un «congelamiento nuclear». Las principales denominaciones protestantes, incluyendo la Iglesia Presbiteriana Unida, la Iglesia Metodista Unida, la Iglesia Unida de Cristo, la Iglesia Episcopal y la Iglesia Luterana, también apoyaron el congelamiento y condenaron la guerra nuclear.

Pero esta condena de las armas nucleares y de la guerra nuclear estaba lejos de ser universal entre los protestantes. A principios de la década de 1980, la emergente derecha cristiana adoptó una posición pro-nuclear. El reverendo Jerry Falwell, un predicador evangelista y jefe de Mayoría Moral, atacó repetidamente la campaña de desarme nuclear como fachada del Kremlin y exhortó a hablar en favor del aumento de la capacidad nuclear de la administración Reagan. No obstante, durante los años 1980, al igual que en décadas anteriores, la mayor parte del liderazgo religioso estadounidense se puso del lado del desarme nuclear. Esto hizo mucho para legitimar los esfuerzos de los grupos de paz y desarme.

La posición particular de la Iglesia de Inglaterra

En el pasado, la Iglesia de Inglaterra ha reflexionado mucho sobre la cuestión de la capacidad nuclear de Gran Bretaña. La Iglesia y la bomba (1982) , un informe encargado por la Junta de Responsabilidad Social, se debatió en febrero de 1983 en medio de una amplia publicidad, en vista de su recomendación de que el Reino Unido renunciara unilateralmente a su capacidad disuasoria. La recomendación fue criticada por el arzobispo Runcie y rechazada por el Sínodo General. Por otra parte, el Sínodo aprobó una moción enmendada en la que se decía que no era tarea de la Iglesia determinar la estrategia de defensa del país, sino más bien dar una orientación moral a la nación planteando las cuestiones morales y éticas que debían abordarse antes de tomar una decisión.

El Sínodo reconoció, sin embargo, que es deber del Gobierno y de sus aliados mantener fuerzas adecuadas para protegerse contra el chantaje nuclear y para disuadir la agresión nuclear y no nuclear. Estas fuerzas, sugirió, deberían ser inequívocamente defensivas, ya que incluso un primer uso de armas nucleares en pequeña escala nunca podría justificarse moralmente, en vista del alto riesgo de que ello condujera a una guerra nuclear a gran escala.

El Sínodo pidió al gobierno de Margaret Thatcher que tomara medidas, junto con sus aliados, para reducir progresivamente la dependencia de la OTAN de las armas nucleares y disminuir los arsenales nucleares en todo el mundo, y dejó abierta la forma en la que la OTAN debería compensar esta disminución de la seguridad dada la enorme superioridad numérica de las fuerzas convencionales soviéticas. En vísperas del final de la Guerra Fría el Sínodo volvió a debatir la cuestión. El centro del debate en noviembre de 1988 fue un informe publicado por un Grupo de Trabajo de la Junta de Responsabilidad Social, El establecimiento de la paz en la era nuclear (1988). La moción aprobada por el Sínodo acogía con satisfacción la mejora de las relaciones entre Oriente y Occidente e instaba al Gobierno a tomar las iniciativas necesarias para lograr importantes reducciones de los armamentos nucleares y convencionales, incluida la labor para lograr un acuerdo entre las naciones nucleares sobre el TPCEN.

Tras la invasión de Iraq en 2003, la Cámara de Obispos estableció un Grupo de Trabajo para examinar la cuestión de la seguridad internacional. Las reflexiones del Grupo de Trabajo sobre lo que significa la paz y la seguridad en un mundo posterior al 11-S se publicaron en septiembre de 2005 en un informe titulado Contrarrestar el terrorismo: El poder, Violencia y Democracia después del 11-S. Aunque el informe no abordaba específicamente la cuestión de la capacidad nuclear del Reino Unido, sí consideraba el deterioro de la relación entre Irán y la comunidad internacional en general. En su sección final, el informe señalaba que el debate sobre las armas nucleares debe llevarse a cabo con mucha más honestidad y coherencia. Si ciertos países retienen sus armas nucleares basándose en la incertidumbre y la volatilidad potencialmente violenta de las relaciones internacionales, ¿sobre qué base se niegan las mismas armas a otros Estados? A los Estados sin armas nucleares se les debe presentar argumentos e incentivos bastante más convincentes que hasta ahora en cuanto a por qué podría ser en su mejor interés a largo plazo no optar por la bomba nuclear.

En enero de 2007, el Consejo de Misión y Asuntos Públicos presentó pruebas escritas a la Comisión de Defensa de la Cámara de los Comunes, sobre el Libro Blanco del Gobierno, con respecto al futuro de la disuasión nuclear del Reino Unido. En la comunicación se reiteraba el argumento expuesto por primera vez en 1988 de que, si bien es responsabilidad fundamental de todo gobierno velar por la seguridad de sus ciudadanos en el presente y en el futuro, frente a amenazas reales y potenciales como la agresión y el chantaje nucleares, el gobierno debía demostrar de manera más convincente cómo la disuasión contribuiría a la seguridad del Reino Unido y a la capacidad de éste para actuar eficazmente al servicio de la paz, la justicia y la prosperidad en el mundo en general.

El razonamiento ético expuesto en la comunicación de 2007, coherente con la línea adoptada por el Sínodo General desde principios de los años 1980, fue aprobado posteriormente por el Sínodo General cuando examinó la cuestión en febrero de 2007. La moción dejó claro que el Sínodo General tenía serias dudas sobre la propuesta de renovación del mínimo disuasorio del Reino Unido y pidió a los cristianos que hicieran una contribución informada a las cuestiones planteadas.

Antes de las elecciones generales de 2015, la Cámara de Obispos publicó ¿Quién es mi vecino?: una carta de la Cámara de Obispos al pueblo y a las parroquias de la Iglesia de Inglaterra para las elecciones generales de 2015, en la que se pedía una nueva dirección que los obispos creen que debe tomar la vida política del país. Al examinar la relación entre las naciones y los pueblos, este amplio documento hace las siguientes observaciones con respecto a la disuasión nuclear de Gran Bretaña:

  • La gran escala del poder destructivo indiscriminado que representan las armas nucleares sólo se justifica, si es que se justifica, apelando al principio de destrucción mutua asegurada (MAD). Para muchos, incluyendo muchos cristianos, eso en sí mismo era un argumento profundamente problemático, aunque también había muchos que estaban dispuestos a vivir con la estrategia porque parecía asegurar la paz.
  • Los cambios en las realidades estratégicas mundiales implican que los argumentos tradicionales a favor de la disuasión nuclear deben ser reexaminados. La presencia de esa capacidad destructiva va en contra de cualquier sentido internacional de comunidad compartida. Pero tal es el poder del armamento nuclear que pocos políticos parecen dispuestos a confiar al electorado un verdadero debate sobre la capacidad militar que necesitamos en el mundo de hoy.

Conclusiones

Los líderes religiosos han estado predicando el desarme nuclear durante décadas. Han tenido impacto, pero en su mayoría es indirecto. Su contribución más importante ha sido ayudar a asegurar que la moralidad no sea un invitado no deseado en una fiesta exclusiva dominada por la realpolitik. El desarme nuclear ha pasado a ser una corriente principal por diversas razones, pero el imperativo moral está ayudando a impulsar este movimiento. Este movimiento a largo plazo sólo puede sostenerse si está animado por una visión moral de posibilidades que apenas pueden imaginarse, una visión moral cuya credibilidad dependerá de la calidad de su análisis ético del uso de las armas nucleares, la disuasión nuclear, el desarme nuclear y una paz justa. Otro papel importante que pueden desempeñar los organismos religiosos es ayudar a democratizar un debate que de otra manera sería elitista. Un rasgo muy poderoso del movimiento en favor del desarme nuclear de la década de 1980 fue que ayudó a sacar la política nuclear de las oficinas de Washington y llevarla a los ayuntamientos y a los sótanos de las iglesias. Los obispos católicos y otros líderes religiosos no lideraron esta campaña, pero proporcionaron credibilidad moral y autoridad institucional para legitimar las preocupaciones de un público ya despierto. Su vasta infraestructura institucional de parroquias, diócesis, escuelas, universidades, órdenes religiosas, organizaciones laicas y medios de comunicación les da la capacidad de movilizar y motivar a activistas de base. Esto ha sido cada vez más difícil en los últimos 25 años, ya que el tema nuclear se ha desplazado a los márgenes de la política exterior y, por consiguiente, ha retrocedido en la conciencia pública.

Ahora bien, no basta con el acto de participación de las comunidades religiosas. Si su participación es para reflejar los bienes más profundos de sus respectivas tradiciones, tendrán que recurrir directamente a estas tradiciones de manera que lleven las marcas de la singularidad del testimonio religioso en el mundo. No basta con que los actores religiosos describan las armas nucleares como ilegales o aterradoras o arriesgadas. La sociedad civil basada en la fe está en posición de describir las armas nucleares como pecaminosas, malignas, una mancha en nuestra vida religiosa colectiva, una violación de lo que significa ser personas de fe. El lenguaje, los rituales y las tradiciones particulares de las comunidades religiosas ofrecen recursos para ampliar la campaña de prohibición de las armas nucleares. Los grupos y líderes religiosos tienen la capacidad de reapropiarse de su propio lenguaje para poder participar de manera significativa en el debate nuclearMientras que las organizaciones seculares pueden denunciar las acciones de las potencias nucleares como inmorales o inapropiadas, los actores religiosos pueden utilizar el lenguaje del mal y del pecado. Por contra, tanto el Consejo Mundial de Iglesias como la Iglesia Católica hacen declaraciones públicas que denuncian las armas nucleares como inmorales y malvadas, pero cuando se dirigen directamente a los representantes estatales en las Conferencias de Revisión del TNP (RevCon), ambos utilizan principalmente un discurso secular. La declaración de apertura de la Santa Sede en la RevCon de 2015 describe el daño de las armas nucleares no en términos morales, sino financieros. La modernización y mejora de las instalaciones nucleares no se describe como un pecado, sino como algo no lógico. Es este silencio lo que más demuestra la abdicación de la voz moral de una de las organizaciones religiosas más poderosas del mundo.

¿Puede ser que las armas nucleares representen el caso último de un realismo duro, un reino tan saturado de la realpolitik y de los intereses de seguridad nacional que las comunidades de fe se retracten de sus compromisos últimos de decir la verdad al poder? La Santa Sede no necesita exigir el regreso del Sacro Imperio Romano para poder hablar en las arenas diplomáticas sobre cómo una epistemología católica exige la prohibición de las armas nucleares. El CMI puede llevar algunas de sus razones auténticamente religiosas para prohibir las armas nucleares más allá de las declaraciones de la Asamblea y en encuentros directos con los Estados. En la RevCon de 2015, las potencias nucleares continuaron posicionándose discursivamente como todopoderosas, mientras que también se comprometieron en teoría a despojarse de este poder. Sin embargo, se ha avanzado poco en este frente y parece bastante probable que el P5 (la reunión de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU) se sientan atraídos por la idea de seguir siendo destructores de mundos.

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