TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

En la actualidad se afirma que en la mayoría de países occidentales se está experimentando una crisis de representación política. La antigua relación estable entre votantes y partidos políticos, que implicaba contar con una vasta mayoría de ciudadanos identificados y fieles a uno u otro partido, parece haber llegado a su fin. O, cuando menos, al principio del fin. Y es que el número de personas que cambian su voto de unas elecciones a otras va en aumento, a la vez que las encuestas de opinión muestran que son cada vez más las personas que desconfían de los partidos políticos y que no se sienten identificadas con ninguno de ellos [1].

Anteriormente, y especialmente hasta la década de los 70, la mayoría de los estudios llegaban a la conclusión de que el comportamiento electoral se explicaba esencialmente por las características sociales, económicas y/o culturales de los votantes. Pero los fenómenos que tradicionalmente explicaban el comportamiento electoral, basados en los clivajes políticos —popularizados por los politólogos Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan  (1967)—, que servían para explicar la identificación partidista de los votantes, han perdido relevancia, dando lugar a lo que varios estudios han denominado «desalineamiento» [2]. Estas identificaciones con los partidos eran la forma de expresar la pertenencia a una clase social, actuando como «atajo cognitivo» que orientaba la toma de decisión por parte de los electores [3].

Sin embargo, y cada vez más ajustadamente, los resultados electorales varían de una contienda electoral a la siguiente, mientras que el estatus socioeconómico o cultural de los ciudadanos apenas sufre variaciones durante dicho período. Las implicaciones parecen claras: las razones de la variación en el voto han sido otras.

Lo que se conoce como "voto duro" a los partidos disminuye sin cesar, y los votantes muestran una mayor predisposición al abstencionismo. La identificación con partidos específicos baja, mientras que cada vez más los votantes se sienten independientes de ellos. En las elecciones generales de 2016 en España, un 17% de los votantes decidieron su voto en los últimos días de la campaña, una gran parte de los cuales incluso tomó su decisión el mismo día de la votación. De hecho, en 2016 un 6,8% de los votantes decidieron su voto frente a la urna (CIS, 2016), frente a los 5,8% que así lo hicieron en 2011 (CIS, 2011). En 2008, esta cifra representaba solo un 4,6% (CIS, 2008).

En países latinoamericanos este fenómeno es todavía más acusado. Un claro ejemplo de ello es México, donde los datos muestran un progresivo debilitamiento de la identificación partidista (Loza y Temkin, 2018), que se ve agravado por el alto porcentaje de indecisos: un 41% de los votantes aseguraba en 2015 haber decidido su voto entre el inicio de la campaña y el día de la votación (frente a un 38% en 2012). Un 15% afirmaba haberlo decidido el mismo día de las elecciones frente a la urna; en 2012, esta última cifra representaba el 9% (Loza y Temkin, 2018).

¿Qué puede haber pasado? Parece que las personas tienden cada vez más a votar a la persona, y menos al partido o programa electoral. Que la gente no lea los programas no es algo nuevo, pero el hecho de que desde hace algunos años el voto se decante gracias a una personalidad y no un partido sí constituye algo novedoso en democracia. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

El problema de la diferenciación

La pérdida o debilitamiento de las ideologías en el seno de los partidos ha contribuido notablemente a este cambio, que sitúa en el centro del eje político a los candidatos. La poca distancia ideológica entre partidos ha obligado a buscar otras formas de diferenciación, lo que convierte a los líderes en el foco principal en cuanto a la gestión de la imagen de cada opción política. En la actualidad, y desde hace unas décadas, asistimos a una personalización del poder.

Podría decirse que los partidos políticos, por su parte, han quedado relegados a convertirse en instrumentos al servicio de un líder. Es innegable que continúan ostentando un papel importante, pues la posibilidad de movilizar una estructura previamente organizada y con relaciones de influencia, la capacidad para contribuir a la financiación y la gestión de la mano de obra resultan beneficios muy interesante en un contexto de contienda electoral. Pero las victorias de candidatos con partidos recién salidos del horno e incluso a medio cocinar, como Macron en Francia, han dejado patente que ya no son imperativos.

Y estos cambios influyen notablemente en cómo se desarrollan las contiendas electorales —y en sus resultados.

Los políticos como marca

Las marcas ocupan un lugar central en nuestra sociedad. No solo en el contexto económico, sino también en el mediático. Y están penetrando cada vez más en el ámbito político, ocupando un espacio antes definido por las ideologías o las referencias directas a los partidos. Pues las marcas permiten a los políticos construir, posicionar y proyectar su imagen como líderes, personificando en sí mismos propuestas atractivas para los votantes que suponen ofertas de valor diferenciadas.

El protagonismo de los líderes se ha convertido en un fenómeno cultural que articula toda la comunicación política, y esto no hubiera sido posible sin los medios de comunicación. Es innegable que los medios tienen una fuerte influencia en la sociedad. La evolución que han sufrido las técnicas de comunicación ha jugado un papel fundamental en el proceso de personificación de la política: la televisión, convertida en el principal canal, confiere un carácter directo y sensible a la percepción de los candidatos por parte del electorado. El blanqueamiento televisivo de los líderes se ha convertido en un producto global, que ha dado lugar a imágenes a las que estábamos tan poco acostumbrados como Donald Trump bailando en Saturday Night Live [4].

Pero no hace falta irse tan lejos: en España, esta tendencia ha regalado a los espectadores imágenes como la de Pedro Sánchez escalando en Planeta Calleja o la del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, jugando al futbolín con Bertín Osborne. Sin olvidar a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría bailando, a Albert Rivera compitiendo en los karts o a Pablo Iglesias cantando y tocando la guitarra, todos ellos en El Hormiguero. De hecho, la visita de Iglesias otorgó al programa de Pablo Motos su máximo histórico en audiencia, lo que confirma que no solo los políticos acuden a la televisión por estrategia —para mostrar su lado más humano— sino que la audiencia está deseando consumir este tipo de programas.

Los ciudadanos ya no se identifican con los partidos como lo hacían antes, lo que vuelve necesario buscar otro «atajo cognitivo» que permita la toma de decisión. Para proporcionarlo, y con el objetivo de ganar la confianza de los votantes, a nivel comunicativo los políticos se han decantado por construir, posicionar y proyectar imágenes de marca. Imágenes que encarnan por un lado propuestas diferenciadas que potencian sus atributos personales como líderes y, por otro, su lado más humano. Han contribuido indudablemente a ello los medios de comunicación, proporcionando una plataforma que permite a los candidatos un contacto directo con los votantes. Los avances tecnológicos también han apoyado esta tendencia, pues las redes sociales permiten hoy en día, más que nunca, la conversación bidireccional entre figuras políticas y ciudadanos. Ahora prima la inmediatez, y los votantes buscan de manera inconsciente ese «atajo cognitivo» que les permita decidir su voto sin tener que procesar la enorme cantidad de información disponible. Algo que encuentran en la figura del líder.

Los partidos, actores indispensables en el panorama político, continúan ostentando un rol definido: el de proporcionar a los candidatos el apoyo estructural necesario para impulsarles a la cima. Pero tienden a convertirse cada día más en instrumentos al servicio de un líder.

Todo esto conduce a pensar que esta tendencia a la personificación en la figura del líder, que lleva inevitablemente —a nivel comunicativo— al auge de los candidatos-marca, es la imperante en la mayoría de democracias del siglo XXI.

Lo que no parece claro es que esta tendencia ofrezca algo realmente positivo a los ciudadanos. ¿Ver a los líderes políticos bailando, cantando o escalando montañas nos ayuda a decidir nuestro voto? Y de ser así, ¿a qué precio? Quedará por ver hasta qué punto contribuirán los candidatos, en su anhelo por humanizarse, a la banalización de la política y en qué grado lo permitirá la sociedad.


[1] Según el CIS [Estudio 3145, de julio de 2016], una de cada cuatro personas (24,2%) aseguran que no confían en los partidos políticos. Una desconfianza solo superada por los bancos, y que va en aumento: ya está cuatro puntos por encima de la cifra de 2011 (20,1%) (CIS, 2011).

[2] El «desalineamiento» se refiere a la pérdida de importancia de la identificación con los partidos políticos, que se había considerado fundamental para explicar el comportamiento electoral.

[3] Tras los estudios seminales de la Escuela de Michigan (Campbell et al., 1960) se afirmaba que la identificación con un partido político actuaba como «atajo cognitivo» de manera que orientaba en la toma de decisiones sin necesidad de contar con toda la información. y que era precisamente el «alineamiento» con un determinado partido lo que determinaba la asunción de sus posicionamientos en lo que a diferentes cuestiones se refería.

[4] De hecho, la visita de Trump al mencionado programa, por el que han pasado todos los aspirantes a la Casa Blanca, registró en esa ocasión su mejor audiencia desde el año 2012.

Referencias:

CAMPBELL, CONVERSE, MILLER Y STOKES (1960). The American voter. New York: John Wiley & Sons, Inc..

CIS, Estudio 3145 (Julio 2016). Postelectoral elecciones generales 2016.

— Estudio 2920 (Noviembre 2011). Postelectoral elecciones generales 2011.

— Estudio 2757 (Mayo 2008). Postelectoral elecciones generales 2008.

LIPSET y ROKKAN (1967). Cleavages, Structures, Party Systems and Voter Alignments: An Introduction. [Recuperado de: http://www.u.arizona.edu/~mishler/LipsetRokkan.pdf]

LOZA y TEMKIN (2018). Elección presidencial: ¿33% -33% o este arroz ya se coció?. Revista Nexos (México). [Recuperado de: https://www.nexos.com.mx/?p=37101]