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Introducción

La visión predominante en EEUU es que el equilibrio de poder ha de ser la principal garantía de seguridad y estabilidad en el Golfo Pérsico. Quienes proponen esta opción como mecanismo para garantizar la estabilidad regional sostienen que la comunidad internacional debería establecer un nuevo tipo de equilibrio de poder para frenar la expansión de la influencia iraní. No obstante, es probable que cualquier progreso hacia esa vía sea efímero, ya que EEUU ha buscado forjar una alianza anti-iraní en lugar de acoger con beneplácito la normalización de las relaciones entre Irán y los países del Golfo. Esta política ha fracasado en el pasado y lo más probable es que fracase en el futuro, ya que los países del Golfo no confían más en la capacidad de EEUU para ofrecerles protección, por lo que están menos dispuestos a desafiar a Irán.

En lugar de resistirse a esta tendencia, sería sugerible que EEUU la aceptara. La normalización de las relaciones entre Irán y los países del Golfo sería un primer paso útil para traer a Irán de vuelta al redil, haciéndolo participe y responsable de la seguridad regional, y así poder desarrollar un nuevo orden de seguridad en el Golfo. No obstante, la reacción por parte de EEUU ha sido totalmente opuesta: en vez de  buscar mejorar las relaciones con Teherán ha favorecido la confrontación apoyando y armando a sus aliados regionales. Ahora bien, los países del Golfo tienen recursos suficientes para comprar armas, pero no tienen ni remotamente las capacidades necesarias para participar con éxito en una confrontación militar con Irán. En consecuencia, la política de EEUU dirigida a contener a Irán debe tener en cuenta la falta de capacidades y voluntad de sus aliados regionales para adoptar una actitud de confrontación hacia su vecino.

EEUU y los Estados del Golfo

Tras el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein, EEUU ha tratado de encontrar un sustituto a Irak para equilibrar el creciente poder de Irán. Los responsables políticos de EEUU han considerado en general a Arabia Saudí, Israel y Turquía como candidatos potenciales. Esta búsqueda se ha acelerado en los últimos años como resultado de la creciente falta de capacidades militares y recursos por parte de EEUU y su pérdida de poder relativo frente a China y Rusia. No obstante, los potenciales sustitutos parecen recelar cada vez más de la vinculación de Washington con la política regional. Por ejemplo, Turquía está decidida a reforzar sus relaciones con Irán y a desempeñar un papel positivo en la estabilidad regional sin necesidad de recurrir a EEUU. La política exterior de Turquía se basa predominantemente en la cooperación con Irán en asuntos estratégicos como la seguridad energética, la resolución de crisis regionales y, lo que es más importante, la tarea de evitar la proliferación de armas de destrucción masiva (Davutoglu,  2008). Turquía desea tener relaciones de cooperación con Irán y, por lo tanto, tiene poco interés en el tipo de equilibrio estratégico que EEUU está tratando de fomentar en la región. Por otra parte, Arabia Saudí, el socio predilecto de Washington, sufre incontables limitaciones a la hora de contener a Irán: carece de la capacidad militar, política y de seguridad para equilibrar estratégicamente el poder de Irán en la región, así como del poder para construir las coaliciones necesarias para contrarrestar a Irán. Por último, a Israel tampoco le interese adoptar este rol de equilibrador ya que sus principales preocupaciones estratégicas se hallan en el Levante. Al mismo tiempo, Israel mantiene actualmente relaciones hostiles con una serie de Estados árabes y entidades para-estatales, y la apertura de un nuevo frente contra Irán podría tener consecuencias catastróficas para el Estado Judío. Los israelíes saben bien que librar una guerra contra Irán enfurecería al mundo islámico y obligaría a fuerzas pro-iraníes como Hezbolá y Hamás a reaccionar contra Israel (Cohen, 2010)Una vez señalado esto, es verdad que los regímenes árabes sunitas están profundamente preocupados por las actividades regionales de Irán y su creciente influencia, así como por las amenazas militares concretas que plantea. Consideran que la combinación de la injerencia y la subversión de la República Islámica en toda la región, así como su ideología revolucionaria, son una prueba de la determinación de Teherán de convertirse en un hegemon regional. El estallido de la guerra civil en Siria y el crucial apoyo a Bashar al-Assad le han dado a Irán una posición aún más fuerte en ese país. En Yemen, tras el caos suscitado por las Primaveras Árabes, los rebeldes hutíes se hicieron con el control de Sana'a, creando una cuarta capital árabe donde la influencia iraní es significativa (Aljazeera. 2017). Es probable que Irán también esté involucrado en actividades subversivas entre la mayoría chiíta gobernada por los suníes en Bahréin, y los líderes de Arabia Saudí sospechan que los iraníes también están involucrados en la movilización de la mayoría chiíta en las provincias orientales de la Península Arábiga (Coogle, 2017). Desde el punto de vista de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, la preocupación es evidente, ya que ellos podrían ser los siguientes en caer bajo el dominio iraní. Asimismo, Israel también comparte las preocupaciones de los árabes sunitas acerca de los constantes avances de Irán en la región, y cree que está en el punto de mira de Teherán.

A todo esto cabe añadir que, durante la última década, los aliados de EEUU han expresado su preocupación por cómo su “patrón” ha disminuido progresivamente su atención sobre las cuestiones regionales (Gause, 2013). Aunque muchos acogieron con beneplácito la visita del presidente Trump en la primavera de 2017 y los anuncios asociados sobre las ventas de armas, la falta de claridad sobre la política a largo plazo de Washington ha alimentado la preocupación de que EEUU esté menos comprometido con la seguridad de la región de lo que lo ha estado en el pasado. Como resultado de estas inquietudes por parte de sus principales aliados regionales, y ante un progresivo deterioro de sus alianzas anti-Irán, EEUU se ha visto obligado a involucrarse, a través de despliegues militares masivos como el del pasado mes de abril, para rebajar los temores de todos sus aliados en la región con respecto a un posible distanciamiento de EEUU de la política regional.

Las crecientes tensiones entre EEUU e Irán

Las razones que han causado la actual inestabilidad y la inseguridad en el Golfo Pérsico no sólo están relacionadas con los problemas de los Estados de la región, sino también con la injerencia de actores externos a la misma. Los conflictos y la expansión hegemónica regional en los últimos años han causado varias guerras locales y relaciones intensamente difíciles entre las naciones del Golfo. Al mismo tiempo, los Estados extra-regionales, encabezados por EEUU, también han interferido en los asuntos de la región con diversas excusas para garantizar la seguridad del suministro energético y su transporte. En especial, EEUU ha desplegado un cierto número de tropas militares en la región a través de los acuerdos firmados con las monarquías árabes y ha aumentado su presencia militar. Es evidente que el objetivo de EEUU es establecer un orden de seguridad regional a través de una presencia militar exacerbada, el cual buscaría como uno de sus objetivos contener a Irán. Pero no sólo EEUU; China y Rusia están desplegando también políticas exteriores cada vez más intrusivas en la región (tanto a través de la Nueva Ruta de la Seda como en el conflicto sirio), si bien sus objetivos regionales son claramente distintos a los de EEUU. Por ejemplo, si bien China persigue de momento objetivos estrictamente comerciales y Rusia tan sólo de presencia, estas estrategias podrían evolucionar en un futuro próximo hacia posiciones más condicionadoras del equilibrio de poder regional. Por su parte, Irán ha mostrado su voluntad de cooperar con las demás naciones del Golfo para establecer un orden de seguridad islámico bajo su dominio que excluya a EEUU. Esto significa que el conflicto por el dominio del nuevo orden de seguridad en la región es el verdadero choque entre EEUU e Irán.

A este choque político cabe añadir el choque identitario, que afecta a la seguridad del Golfo, entre los principios del liberalismo democrático y el fundamentalismo islámico. Mientras que EEUU considera el establecimiento de regímenes democráticos (o pro-EEUU) como un mecanismo legítimo para garantizar la seguridad del Golfo, Irán considera que el orden de seguridad del Golfo Pérsico debe adoptar la creencia islámica como su principio rector. Al mismo tiempo, el gobierno iraní está haciendo grandes esfuerzos para fortalecer la identidad del islam, eliminar las diferencias entre chiítas y sunitas, e incluso para subrayar que el Golfo Pérsico debería convertirse en el "Golfo Pérsico Islámico".

Considerando estas profundas diferencias en las concepciones del orden de seguridad regional por parte de EEUU e Irán, es casi imposible que el problema se resuelva completamente con un cambio de gobierno en EEUU (en caso de que Trump sea finalmente impugnado) y/o Irán. Por otra parte, los discursos y las actividades del presidente Trump y del gobierno iraní señalan que el conflicto entre ambas partes sobre el diseño del orden de seguridad del Golfo Pérsico continuará durante mucho tiempo, e incluso puede conducir a una crisis de seguridad más profunda en la región en un futuro próximo.

Sobre la base de los objetivos estratégicos de EEUU con respecto a Irán, Washington dispone de tres posibilidades para tratar el problema iraní: retroceso, contención y modus vivendi. La primera de ellas consistiría en mantener de forma indefinida su actual presencia militar en el Golfo Pérsico para mantener a las fuerzas iraníes lejos de las fronteras de Turquía, Israel y Jordania. Probablemente, esto implicaría una presión renovada sobre Irán en Siria por parte de actores apoyados por EEUU, un empuje concertado para controlar el poder militar iraní en Irak a través del apoyo al Gobierno Regional del Kurdistán Iraquí y a los sunitas iraquíes, y/o poner las vulnerabilidades internas del régimen iraní para socavar su capacidad de proyección de poder regional y mostrar solidaridad con los iraníes que buscan el cambio democrático.

La segunda opción implicaría imponer firmes restricciones para evitar que Irán utilice Siria como base para lanzar ataques contra los aliados de EEUU. En Irak, supondría un apoyo político continuado al gobierno de Mahdi en su intento de controlar a los chiítas y un mayor esfuerzo para reconciliar Bagdad y Erbil. La contención mantendría el statu quo regional o una situación tolerable que no alejara a Irán de sus logros regionales, pero que tampoco le permitiera obtener nuevos logros más allá de los que EEUU pueda tolerar.

La última opción sería una forma de coexistencia tensa que podría basarse en traducir la influencia militar de EEUU en Siria y en otros lugares en un resultado diplomático que implique un equilibrio incómodo entre Irán y sus rivales en toda la región. En última instancia, este enfoque se fundamentaría en la idea de que, con presión e incentivos, Irán podría aceptar un papel limitado pero reconocido en la región, compatible con los intereses de EEUU. Esta política implicaría el fomento por parte de EEUU de un statu quo basado en esferas de influencia regionales que fueran mutuamente reconocidas, aceptadas y negociadas.

El equilibrio de intereses y el nuevo sistema de seguridad colectiva regional

El concepto de equilibrio de intereses pone de relieve la interdependencia de los agentes regionales y transregionales, con un énfasis general en los intereses comunes. En base a esta óptica, cualquier iniciativa de seguridad regional debería basarse en una nueva definición y en una evaluación más adecuada de la naturaleza y las fuentes reales de las amenazas, así como en un reconocimiento más adecuado de las funciones de los principales actores, independientemente de un posible cambio en la orientación, percepción o conducta de los agentes implicados, un acuerdo de equilibrio de intereses en el Golfo Pérsico requiere un examen serio de cuestiones fundamentales: la inclusión de todos los principales agentes regionales y transregionales, la determinación de los contextos compartidos de las amenazas políticas y de seguridad, la cooperación regional para reducir el papel de las fuerzas militares extranjeras y la creación de una interdependencia económica mutua entre los principales agentes regionales. Un movimiento hacia la proporcionalidad en la distribución regional del poder y la convergencia de los intereses y logros comunes, integrando los papeles de todos los actores relevantes de acuerdo con sus fuentes de poder, será vital para el éxito de cualquier arquitectura política y de seguridad regional.

Mientras tanto, se ha gastado una cantidad significativa de energía política para enfrentar las amenazas introducidas por los actores externos, especialmente EEUU. Algunos analistas coinciden en que la presencia activa y muy visible de las fuerzas militares estadounidenses en la región a lo largo de la década de los noventa supuso unos costes políticos y de seguridad incalculables (Ottaway, 2015) . Agravó las divisiones y la desconfianza de los Estados regionales, y en el actual sistema de equilibrio de poder la atención se centra principalmente en los conflictos de intereses y las discrepancias existentes entre Irán y Arabia Saudí. Pero la naturaleza de las diversas amenazas en el actual escenario regional ha cambiado, y por ello es necesaria la cooperación mutua para hacerles frente.

Conclusión

El equilibrio de poder en el Golfo Pérsico es inviable para mantener la seguridad y la estabilidad de la región. Con los nuevos acontecimientos políticos, el establecimiento de un sistema basado en un equilibrio de intereses entre los principales actores regionales y transregionales es un enfoque más apropiado para el mantenimiento de la estabilidad y la seguridad en la región.

Irán y EEUU son actualmente los dos únicos agentes que pueden llevar a cabo operaciones militares en el Golfo, así como crear coaliciones políticas y de seguridad en la región. En consecuencia, el nuevo equilibrio de intereses debería establecerse entre estos dos actores principalmente. En este contexto, la redefinición del papel regional de Irán, así como la eventual aceptación de su condición de potencia, son los principales factores indispensables para cualquier formulación de un acuerdo sostenible.

En definitiva, cualquier orden de seguridad futuro que excluya a Irán no será eficaz ni sostenible (Yaffe, 2004). Por supuesto, EEUU podría ignorar a Irán y tratar unilateralmente de mantener la estabilidad regional durante los próximos años. También podría intentar provocar un cambio de régimen en Irán. Sin embargo, los costes y las consecuencias no deseadas de tales iniciativas serían exorbitantes, incluso para una potencia como EEUU. El acercamiento a Irán, por difícil que sea, es necesario.

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