Isaiah Berlin y la CUP

A falta de concretar cómo avanzará durante los meses venideros la línea discursiva de las diferentes fuerzas soberanistas, desperdigadas tras la ruptura del pacto de estabilidad y necesitadas de restablecerse cada una en su posición de comfort para justificar un fracaso descorazonador, me parece interesante detenerse a analizar el comportamiento del elemento esencial de este descalabro político: la Candidatura d’Unitat Popular.
¿Cómo consigue la fuerza política más minoritaria del Parlament marcar la agenda política y acaparar la atención mediática como lo ha hecho la CUP desde el 27-S? Lo primero es constatar que no se debe al mérito político de esta formación, sino al azar aritmético: de haber obtenido Junts pel Sí un solo escaño más, el papel de la CUP habría sido muchísimo más discreto. Es a raíz de la coyuntura política y de la inusual disposición de los bloques plebiscitarios que la estabilidad de una mayoría independentista en escaños (que no en votos) ha dependido perversamente de ese escuálido grupo de diez diputados que ni esperaban ni han sabido estar a la altura de tal responsabilidad. Es por ello que no solamente a nivel mediático, sino también político, han sido dotados de una sobrerrepresentación que ha subvertido las legitimidades democráticas: una mayoría independentista respaldada por un electorado insuficiente (un 47,8%) determinada por los caprichos de la fuerza menos importante de la cámara (respaldada por un 8,21%).
Repasemos brevemente las tortuosas andanzas del partido anti en su cruzada por hacer del soberanismo un títere dentro del mismo sistema del que reniegan: primero, las eternas negociaciones por llegar a un acuerdo de investidura, con el bochornoso espectáculo de su empate asambleario, para acabar hipotecando su independencia parlamentaria con tal de sustituir al odiado Artur Mas por un hombre de confianza suyo, del mismo partido e ideología; ergo, un sinsentido vengativo que no ha alterado las directrices ideológicas de la Presidència. Posteriormente, la agónica elaboración de unos presupuestos a través de una negociación (término que resulta más bien una licencia del lenguaje) en la que los anti se posicionaron, como están acostumbrados a hacer, en la intransigencia mesiánica de unas exigencias inasumibles. El resultado: un bloqueo institucional de casi nueve meses que ha alejado la Ítaca independentista de los objetivos de unos partidos más necesitados ahora de afianzar su poder en el complejo equilibrio amor-odio del trío soberanista.
Mi análisis es que, atendiendo a los hechos, creo que deberíamos añadir un eslabón más a la cadena de antis (anticapitalista, antisistema, antiespañolista…) que caracterizan el discurso folletinesco, al tiempo que estrangulan la solvencia política, de la CUP: el anti de antidemocrática. Para explicar esto, quiero remitirme a la teoría del pluralismo de valores de Berlin, espectador inquieto de los altibajos del siglo XX, un pensador que supo comprender la naturaleza vana del idealismo que vertebraba las ideologías de su tiempo.
Isaiah Berlin denunció el peligro de ser tentado por el atractivo profético del platonismo contemporáneo. Por platonismo entendemos el afán de teorías de diversos ámbitos por defender postulados próximos al del ideal filosófico de Platón, centrándose en la búsqueda de soluciones para las necesidades humanas basándose en tres premisas: la suposición de que todas las preguntas verdaderas tienen respuestas verdaderas, la de que tiene que existir necesariamente una vía segura para descubrirlas y la de que las soluciones verdaderas deben ser compatibles entre sí. Se presupone, por tanto, la necesidad incuestionable de que el mundo sea concebido como un todo armónico y coherente entre sus partes, conformado por la existencia de una serie de verdades absolutas. Así, «las sociedades podían transformarse según ideales verdaderos en los que se creyese con un fervor y una  resolución suficientes», afirma Berlin en El fuste torcido de la humanidad (Editorial Península, Barcelona, 1992, pg. 23). Ejemplos de esta clase de posturas son, más allá de Platón, pensadores como Sócrates, San Agustín de Hipona, los racionalistas del siglo XVII o Marx, sobre el que volveremos más adelante.
Por otro lado, el pluralismo de valores propuesto por Berlin es una postura que parte de la desconfianza ante la clase de verdades universales e intemporales reconocidas por el platonismo, más en la línea de pensadores como Maquiavelo, Herder o Vico, reconociendo la imposibilidad de que exista un compendio de valores universales que sean compatibles entre sí. Esta postura niega la existencia de una cadena de valores extendida a lo largo de la historia entre las diferentes comunidades humanas, contraponiendo el idealismo platónico a la realidad de las contingencias: los valores diferentes surgen de culturas y contextos diferentes que los justifican. La clave de esta teoría es que, construyendo sobre esta premisa, afirma que lo que en estos autores se puede identificar como relativismo es en realidad pluralismo; a saber, que la aceptación de unos u otros sistemas de valores en cada contexto y localización no ha dependido ni depende de una perspectiva acotada, pues afirma que cualquiera podría abrir la mente lo suficiente para llegar a comprender, mediante la intuición imaginativa, los valores de culturas ajenas. En virtud de esta postura, los fines que puede perseguir el ser humano son muchos e igualmente racionales todos ellos, sin tener que ser considerados cada uno de ellos subjetivos e incomprensibles desde ópticas diferentes, reconociéndose entre ellos posibilidad de choque y también de conciliación parcial (incluso en el interior del propio individuo).
Es posible, en el marco de estas reflexiones, comprender cómo a lo largo del siglo XX Europa se sumió en la progresiva construcción de ideologías platónicas como el fascismo o el comunismo (enfrentadas a la naturaleza conciliadora y progresista del naciente parlamentarismo), las encumbró hasta llevar a la catástrofe, sintió el desengaño ante el horror de sus consecuencias y finalmente consiguió avanzar, no sin dificultades, hacia un ansiado ideal democrático de tolerancia y pluralidad que luego hemos conseguido exportar a otras partes del mundo (pues es cierto que otros contextos también evidencian las marcas de este proceso de madurez, pero persiste aún el nocivo platonismo en ideologías extremas de territorios como Oriente Medio).
Volviendo a la Cataluña plebiscitaria, me parece evidente que la adopción de una perspectiva berliniana esclarece las diferencias entre aquellos soberanistas que conciben su proyecto como uno entre tantos otros igualmente legítimos, y aquellos que lo conciben como un fin indiscutible sustentado por una serie de valores universales que justifican su anteposición a la consecución de cualquier otro valor (a saber, la CUP y sus intolerantes postulados platónicos, proyectados desde la supremacía y el desprecio hacia toda alternativa política que no encarne lo que ellos consideran el Bien único). Creo que son evidentes las pruebas de su decadente platonismo, para el cual me cuesta encontrar parangón en el contexto de este siglo (es fácil compararlo con el yihadismo pero, aunque compartan este rasgo, hay comparaciones que sencillamente son odiosas, y por ello me limito a decir que no puedo encontrar parangón entre aquellos movimiento que respetan los derechos humanos y que me parecerían útilmente comparables). Y si he querido hacer esta referencia es porque creo que es el nocivo platonismo lo que está detrás del comportamiento de la CUP al habérsele atribuido un papel determinante en el escenario actual; un comportamiento que, a mi parecer, merecer añadir ese anti más de antidemocrática.
No creo que, tras la exposición hecha, sea necesario justificar por qué creo esto: el platonismo deriva por naturaleza hacia el desprecio de la democracia, por ser ésta la canalización representativa y plural de las diferentes posturas políticas de la ciudadanía, tanto aquellas que persiguen el supuesto Bien universal como aquellas que no. Pero es evidente que, cuando uno cree conocer una verdad absoluta que no admite disputa y que jerarquiza los bienes en un todo armonioso, la democracia deviene no más que un obstáculo para la realización de un fin universal. Y aquí volvemos a Marx, sombra ideológica de la CUP y, cómo no, destacado exponente del platonismo contemporáneo: de la misma forma que Platón despreciaba la democracia por poner el gobierno de la polis en manos de un vulgo inculto y proponía ceder el gobierno a los conocedores de la verdad (los filósofos), también Marx quería superar la democracia para instaurar la dictadura del proletariado, y los mismos dejes antidemocráticos perviven hoy en los genes del partido anti.
¿Acaso hay algo más antidemocrático que utilizar la ventaja estratégica de un frágil pacto de estabilidad para forzar la dictadura de la minoría? La democracia es el concepto más tergiversado como ariete político del descrédito, a menudo gravemente malinterpretado. En democracia, y más en nuestro contexto parlamentarista, la cultura del pacto y de la conciliación entre posturas es un valor fundamental, asentado sobre el principio de representatividad: a saber, al entrar en el proceso de contraposición de valores, los proyectos políticos de cada partido tienen en las instituciones la validez que los electores les den; y es evidente por tanto que, cerrando el círculo, respetar la democracia implica que el partido menos representativo del Parlament (por mucho que digan hablar en nombre del pueblo y la clase trabajadora, conceptos tan manidos como engañosos) acepte su situación de inferioridad al pactar con la fuerza política más mayoritaria y busque un consenso razonable para garantizar una estabilidad que añoramos en Cataluña desde el 2012. Pero, como se empieza a comprender ya, no se puede esperar una postura razonable en términos democráticos de aquellos que hacen de la intolerancia y la soberbia su seña de identidad, creyendo justificado sobreponerse a los engorrosos cauces democráticos. Y es por ello que no sólo han demostrado escaso interés en participar de la dinámica necesaria del acercamiento, el diálogo y el pacto, imponiendo su mensaje redentor sin importarles la peligrosa inestabilidad política que esto ha generado, sino que es más: como encomendó Marx al argumentar que cabía servirse del sistema para vencerlo, la CUP ha demostrado saber utilizar los instrumentos que el demonizado sistema ofrece para forzar desviaciones en la ruta política según su conveniencia. En definitiva, nada más lejos de los valores democráticos que dicen defender.
El pluralismo, en contraposición al monismo platónico, permite que las sociedades devengan mucho más inclusivas, siendo capaces de reconocer la necesidad de habilitar cauces para el desarrollo y consecución de diferentes fines en un mismo contexto. El gran riesgo de que se imponga el dirigismo platónico en una sociedad humana es, como bien atestigua Berlin con sus propias vivencias, la opresión de la disidencia, el ahogo de las minorías y, ulteriormente, la justificación del sacrifico humano innecesario por la consecución de un fin que, por ideal, parece merecer incurrir en gravísimos costes. En este sentido, el pluralismo ofrece una base conceptual mucho más adecuada para la garantía en sociedad de las libertades fundamentales del ser humano, reconociendo la necesidad del derecho a la discrepancia, a la tolerancia, a la riqueza cultural y a la saludable diversidad. Por tanto, la coexistencia de diferentes fines genera construcciones y conciliaciones positivas, produciendo un saludable choque de valores, mientras que la opción opuesta presenta graves riesgos. El pluralismo garantiza una contraposición enriquecedora, primordialmente encarada hacia la constante búsqueda y adecuación de los fines, para que éstos puedan ser siempre lo más cercanos posible a las necesidades tanto del género humano en su conjunto como de los colectivos diferenciados que integran la sociedad.
Todo ello lo desprecia el partido más antidemocrático del panorama español, que entra en las instituciones como quien profetiza la religión verdadera del pueblo verdadero (categoría que, a su parecer, nutre solamente una irrisoria parte de la población), enfrentándose a los intereses siniestros de todo aquel que no comulgue con sus ideas, buscando más la confrontación electoralista que el fruto parlamentario, concibiendo la política en unos términos decimonónicos que reverberan de los rincones más oscuros de una historia que creíamos aprendida. Solamente las palabras han cambiado: lo que antes era la idea del Bien o la sociedad comunista, hoy es la Cataluña independiente, que de hecho sustentan sobre un valor tan antidemocrático como el del derecho a decidir: un ejemplo de intransigente unilateralidad sin parangón en el derecho comparado. En definitiva, la CUP es un alarmante indicador de cómo los temores de Berlin pueden resurgir incluso en la modernidad del siglo XXI, alargando una vez más a lo largo de la historia la sombra del platonismo más nocivo y antidemocrático.

Roni Kuppers

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

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