TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.
«Cerrar los puños, apretar los dientes, Ambrosio, el APRA es la solución, la religión es la solución, el comunismo es la solución, y creerlo. Entonces la vida se organizaría sola y uno ya no se sentiría vacío.»

Es pertinente rescatar este fragmento de Conversación en la Catedral para introducir el concepto de ideología. Cuando Zavalita interpela a Ambrosio, viene a resumir el ambiente intelectual y cultural del Perú de las años cincuenta, dirigido con mano de hierro por el general Odría. La alternativa a la realidad de la dictadura pasaba, irremediablemente, por adscribirse al dogma revolucionario que condujera al paraíso terrenal.

Daniel Bell (2015) dedicó gran esfuerzo a trazar una genealogía de la ideología. Ya en el siglo XVIII, algunos filósofos como Destutt de Tracy se preocuparon por alcanzar mediante el intelecto una verdad objetiva que eliminara la naturaleza errante del ser humano. Para Marx, en cambio, la ideología equivalía a intereses particulares de grupos sociales. Así, el orden posrevolucionario de 1789, más que aspirar a la universalidad a través de derechos constitucionalizados y libertades políticas, respondía a las preferencias de la clase propietaria.

Claro que para el sociólogo estadounidense el marxismo adquiere la condición de ideología, pues se trata de «un sistema integral de la realidad general, es un conjunto de creencias que busca transformar la totalidad de una forma de vida» (Bell, 2015:74). Esta intención no se esconde en el Manifiesto Comunista de 1848, cuando el propio Marx y Engels afirman que «el lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y antagonismos de clases, será ocupado por una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos» (Marx y Engels, 2012:54). En fin, con el proletariado organizado en clase y dirigido por el proceso revolucionario, las viejas dominaciones acabarían cayendo para abrir paso a una sociedad feliz y armónica, desprovista del conflicto humano.

Roger Griffin ha enfatizado la vocación modernista del fascismo. Y esta característica no puede desvincularse de su matriz ideológica. El anhelo no era otro que el de insertarse en «una nueva temporalidad redentora, más allá de la anomia, la degeneración y las condiciones liminoides de un mundo modernizado y carente de sentido» (Griffin, 2010: 261). El telos del fascismo coincide con la argumentación de Bell: la purificación de la nación (la acción transformadora), extirpando sus elementos decadentes, portará a la comunidad a un nuevo tiempo de felicidad colectiva y homogeneidad cultural.

Pero la condición necesaria de las ideologías es la existencia de intelectuales. Tal vez sea Isaiah Berlin quien mejor ha tratado esta cuestión. Valdría la siguiente acotación: aquellos «individuos que, empleando sus propios recursos, son capaces de comprender y controlar el curso de los acontecimientos» (Berlin, 2016:61). Dan igual las contingencias propias de quien vive en una sociedad política. El intelectual asume que, a partir de sus descubrimientos teóricos, puede alcanzar la verdad absoluta que guiará el tránsito de la humanidad.

En suma, la ideología es la fe secular que invadió Europa durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del pasado; una confianza ilimitada en las posibilidades transformadoras de las ideas políticas para implantar una organización humana infalible. Todo esto, a costa de sacrificar la duda y el pluralismo social. Volvemos al diálogo entre Ambrosio y Zavalita: «Debían inventar una pastilla, un supositorio contra las dudas, Ambrosio— dice Santiago —. Fíjate qué lindo, te lo enchufas y ya está: creo».


Bell, D. (2015). El final de la ideología. Alianza Editorial.

Berlin, I. (2016). El erizo y el zorro. Península.

Griffin, R. (2010). Modernismo y fascismo: la sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler. Akal.

Marx, K., Engels, F. (2012). El Manifiesto Comunista. El Viejo Topo.

Vargas Llosa, M. (2004[1969]). Conversación en la Catedral. Alfaguara.