TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

“El fin de la excepción española” ha sido una de las frases más repetidas por las redes en los dos últimos días. Y es cierto –hasta cierto punto. Por primera vez desde 1979 (Fuerza Nueva, disuelta en 1982) un partido de extrema derecha ha entrado en un parlamento español, y los 12 escaños de Vox –casi 400.000 votos– han puesto en entredicho dos cosas en especial: un CIS que fue incapaz de captar los movimientos en el voto en la derecha y la estrategia de los partidos respecto a partidos situados en extremos ideológicos.

El objetivo de este artículo no es proporcionar una explicación sobre el ascenso de Vox ni un análisis detallado de sus votantes. Lo primero es un fenómeno multicausal, y solo dedicaré unas líneas a un aspecto estratégico que considero relevante; mientras que para lo segundo se requieren más datos, tiempo, y, para mayor precisión, casos. El objetivo aquí es intentar entender hacia dónde puede dirigirse el panorama político español, haciendo una comparativa con el caso francés.

Un único aporte acerca de este surgimiento, utilizando la teoría de Meguid (2005) acerca de distintas estrategias electorales y el éxito de partidos que denomina «nicho»: lo que la autora propone es que los partidos dentro del sistema pueden emplear varias estrategias ante estos nuevos competidores: acomodativas, adversariales o de "ignorancia". Parece claro que la última ha sido la menos empleada. La primera, empleada por el PP, con un Casado más escorado a la derecha en los últimos días de la campaña, legitima ciertas partes del discurso del nuevo partido y convierte su pugna con el partido que se pega a él en una cuestión de ver quién es percibido como más competente en el tema en concreto (issue ownership); para este caso, la inmigración y la cuestión nacional.

Sin embargo, lo que ha resultado más chocante, ante un rival extraparlamentario y al que las encuestas previas daban un máximo de cuatro escaños, ha sido la estrategia adversarial empleada por el PSOE. Las constantes referencias, a nivel nacional y regional, hacia el partido de Santiago Abascal parecían estar destinadas a dividir el voto en la derecha, temor perenne del PP en campaña, e invertir la pinza que propusieron PP y Podemos en junio de 2016. La paradoja es que haber empleado lo que normativamente parecía incorrecto pero tácticamente correcto ha acabado siendo ruinoso en los dos frentes, y la Junta de Andalucía peligra para el PSOE. Y prueba que, pese al empeño simplificador de muchos, la evidencia sigue siendo contradictoria respecto a la mejor manera de afrontar el crecimiento de partidos de extrema derecha.

Paisajes después de la batalla

Lo primero que debe decirse es que una extrapolación inmediata del resultado en Andalucía sería un error. En primer lugar, por las particulares circunstancias del gobierno en una Comunidad en la que los socialistas llevaban casi cuarenta años gobernando. El “voto protesta” contra el PSOE y la viabilidad de partidos que normalmente no serían considerados como alternativa no debe despreciarse. En segundo lugar, una elevadísima abstención (más del 40%) que no se dará en las generales ni es probable que se hubiera producido en un escenario de concurrencia de varias elecciones en el mismo día.

Sin embargo, Vox ha entrado en un parlamento y, ni que sea por la fuerza simbólica que tiene, eso puede cambiarlo todo. Posibles causas del éxito de “nuevos partidos” hay miles: sistema electoral, aparición de nuevos temas, decisiones estratégicas de partidos, carisma de líderes… pero algunos postulan el uso de elecciones regionales o europeas como trampolín para presentar al partido en sociedad y garantizar que pueda tener representación a nivel nacional (Hix y Marsh, 2007; Schulte-Cloos, 2018). Ocurrió con Podemos en las europeas de 2014, y sirvió a Ciudadanos para hacer entender que UPyD era una fuerza en eclipse mientras que su estrella estaba en ascenso. Para Vox representa mayor exposición mediática, plataformas desde las que extender su proyecto y proyección a nivel nacional.

Esta nueva fuerza de la derecha radical coloca al Partido Popular en una situación difícil. La elección de Pablo Casado en las primarias recientes suponía un intento de presentar al mismo tiempo a un líder joven y “limpio”, para combatir el adanismo y la novedad anti-corrupción de Ciudadanos, y una mayor ideologización del partido para evitar pérdidas por la derecha, justo donde Vox acaba de empezar a horadar el flanco. ¿Qué hacer ante esta pinza? Los últimos discursos de Casado y las declaraciones de Moreno, candidato en Andalucía, parecen indicar que el PP buscará contener la acometida de Vox y recuperar el espacio a la derecha, tratando de enviar a Ciudadanos hacia posiciones que el electorado perciba como más cercanas al PSOE.

El partido naranja, por su parte, se ha prestado exclusivamente a «recibir apoyo» en forma de votos, pero sin condiciones, de la derecha radical, y ha tratado de mantener un discurso en la línea de lo que se exigía desde ALDE (Liberales europeos) : no se pueden alcanzar pactos con el “nacionalpopulismo”. En el mensaje de Guy Verhofstadt al respecto hay, sin duda, cierta experiencia adquirida tras su intento de atraer al M5S para ser investido como presidente del Parlamento Europeo. El discurso de un partido liberal se vería seriamente comprometido si firmara con aquellos que se declaran euroescépticos y contrarios a muchas libertades individuales. Ante esa caja, Juan Marín ha declarado que pretende ser él el que lidere el cambio en la Junta, pero apoyado por «los constitucionalistas», PP y PSOE, en lugar de Vox o Podemos. La “estrategia Borgen” se mantiene a toda marcha en Ciudadanos.

A su izquierda, el PSOE digiere una derrota en su feudo histórico que casi nadie esperaba. En Andalucía se ha desatado la tormenta perfecta para ellos, con el castigo al incumbent perpetuo y una reacción a la polarización de la política a nivel nacional. El peor enemigo ahora es la división interna y el conflicto entre el sector de Sánchez y el de Susana Díaz, que puede partir al partido frente a los pactos que estarán por venir. Todas las otras formaciones coinciden en una cosa: no quieren a la actual presidenta en la Junta. Y ni siquiera un reemplazo y el voto de Adelante Andalucía valdría para conseguir la ansiada investidura. Salvo ruptura con la dirección central y un candidato aceptable para Ciudadanos y AA, no parece haber demasiadas esperanzas de gobierno socialista.

Por último, Adelante Andalucía. Lo peor que ha podido ocurrirle es la condena a la irrelevancia. En cierta manera, han imitado la situación de Ciudadanos a nivel nacional en 2015 y 2016. Una fuerza considerable en el Parlamento (a pesar de perder escaños, mantienen 17 de 109) pero insuficiente para tener la llave para formar gobierno. La estrategia ha sido la llamada a un frente “antifascista” que no incluye, obviamente, a Vox, pero tampoco parece alojar a Ciudadanos, y quizás ni siquiera al PP. Un "frente" reducido y en el que apenas tendrían peso parlamentario.

¿Hacia una recomposición del sistema político?

A la luz de lo visto, y si todos los partidos se mantienen en las estrategias delineadas en la jornada postelectoral, podría ser que España caminara hacia un sistema político tetrapolar. Las encuestas más recientes respecto al Congreso de los Diputados proyectaban un panorama similar en términos de partidos, con el PSOE liderando, PP y Ciudadanos siguiendo a cierta distancia y Podemos algo más descolgado; pero a lo que me refiero aquí es a la delimitación de las líneas ideológicas: las actitudes de las cuatro principales formaciones, los trasvases de votos entre ellas y los partidos y movimientos en su periferia marcarán la permanencia, o no, de los cuatro polos que se comienzan a perfilar.

Para esta teoría me inspiro en el trabajo de Martin (2017) sobre las elecciones francesas de 2017. En él, propone la existencia de tres polos para definir la política francesa después de 2015: el polo demócrata-ecosocialista, el polo conservador-identitario y el polo liberal-globalizador. Más allá del acuerdo o no con la tipología (y el incómodo encaje del partido de Mélenchon en esa izquierda), la tesis se sostiene en que Macron fue capaz de atraer a votantes a izquierda y derecha descontentos con la deriva hacia otros polos de sus partidos, coordinándolos en el liberal-globalizador. Esta idea concordaría con el postulado de Reuven Hazan (1997) sobre los partidos de centro y la polarización. Para él, y contrariamente a lo esperado, los partidos de centro no moderan sino que hacen la competición más centrífuga, dado el interés que tienen en recoger los restos “moderados” de los partidos tradicionales, que, ante su crecimiento, tienden a echarse hacia los extremos. Tal pareció ser el caso de Francia.

Sin embargo, España es un caso muy diferente. Pese a la creciente polarización política desde las elecciones de 2016 y las aproximaciones recientes de Casado a Vox, la constitución de un polo “liberal-globalizador” único no parecía clara. El PSOE de Sánchez armó un equipo de ministros muy técnico y con clara vocación europeísta, pese a los apoyos recibidos por parte de partidos independentistas y de Podemos en la moción de censura. A diferencia de lo ocurrido en Francia, la aproximación hacia “el extremo” de Sánchez no se ha dado en todos los cleavages, sino solo en determinadas políticas. En el mismo sentido, Ciudadanos ha abrazado el eje nacional ante la amenaza independentista y ha tensionado en algunas políticas y apaciguado en otras. No parece caber una clasificación basada solo en tres.

En su lugar, creo que el futuro se parece más a un escenario tetrapolar. Un polo de “izquierda”, contestataria con la democracia liberal y la Constitución de 1978, considerada como “candado”. Dos polos más aproximados, de izquierda liberal y derecha liberal, que representarían lo que Lucardie (2000) llama “purificadores”: reforma sin revolución, frente a los “profetas” a izquierda y derecha. Y una derecha más euroescéptica, liberal-conservadora y contestataria, a su modo, de la Constitución de 1978, dada la voluntad de revisar preceptos como la organización territorial del estado.

Ha de quedar claro que estos polos no se identifican necesariamente con los partidos. Sirven, más bien, de guías para entender las que parecen las demarcaciones ideológicas del actual momento político y dónde se sitúan, en un momento dado, formaciones y votantes. Puede que el PP decida intentar recuperar el espacio en la derecha liberal eurófila si la estrategia de acomodo con Vox no funciona, y puede que el PSOE decida acercarse más a la izquierda y transformar el escenario en un nuevo tripolarismo. No pretende más que servir de herramienta descriptiva para entender las estrategias discursivas de cada una de las formaciones en los momentos que vienen.

La entrada de Vox en un parlamento refuerza la existencia de ese cuarto polo en la derecha, introduciendo una nueva corriente de euroescepticismo en el sistema desde el otro flanco. Sin embargo, antes de caer en pánico y proponer mil estrategias, cabe analizar con detenimiento los datos y acudir a la experiencia comparada. La política en la era de la volatilidad extrema (de 2011 a esta parte) hace girar el viento de la fortuna de manera constante, y las certezas parecen derrumbarse en cuestión de meses. Si el escenario tetrapolar puede mantenerse, solo el tiempo lo dirá.


Hazan, R. Y. (1997). Centre parties: Polarization and competition in European parliamentary democracies. A&C Black.

Hix, S., & Marsh, M. (2007). Punishment or protest? Understanding European parliament elections. Journal of Politics, 69(2), 495-510.

Lucardie, P. (2000). Prophets, purifiers and prolocutors: Towards a theory on the emergence of new parties. Party politics, 6(2), 175-185.

Martin, P. (2017). Un séisme politique. L'élection présidentielle de 2017. Commentaire, (158), 249-263.

Meguid, B. M. (2005). Competition between unequals: The role of mainstream party strategy in niche party success. American Political Science Review, 99(3), 347-359.

Schulte-Cloos, J. (2018). Do European Parliament elections foster challenger parties' success on the national level?. European Union Politics.