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Globalización y Estado-nación (II): respuestas

23/06/2017

Remitiéndome a la primera parte de esta serie de artículos, recuerdo cómo terminábamos concluyendo que el Estado-nación es en efecto el núcleo de las distorsiones provocadas entre las esferas —social, económica, política— de la globalización, y que por ello es importante estudiar la relación entre ambos elementos como clave para comprender el futuro de la globalización en su conjunto.

Además, se apuntaba a la síntesis de Rodrik para mostrar que la degeneración actual de la realidad del Estado-nación es solamente uno de los tres caminos posibles en el tablero de la globalización; concretamente, uno que prioriza la integración económica y la soberanía nacional por encima de la democracia, llevando a lo que se ha llamado el Estado competitivo: una maquinaria desvirtuada que lucha a escala global por subsistir como soberana, aunque esto implique la necesidad de formular su agenda priorizando las exigencias del entorno global por encima de demandas de bienestar nacional. A continuación repasaremos las principales líneas discursivas que se han construido frente a esta situación desde la esfera política (pues es la que presenta una distorsión en términos globalizadores con respecto a las otras dos, que van a la par), que pueden agruparse genéricamente en dos.

La primera se caracteriza por un esfuerzo por salvar el concepto sacralizado de soberanía distorsionando su definición tradicional. La soberanía en tanto que fórmula entre poder e identidad, desplegada en las capacidades fundamentales de absoluta supremacía interna, absoluto derecho al gobierno del pueblo y libertad de toda interferencia externa en lo anterior, se demuestra claramente irrealizable en un contexto de hiperglobalización cultural y económica (1); por lo tanto se ha buscado construir nociones adecuadas a los nuevos sistemas institucionales globalizados, diluyendo la consistencia del Estado-nación tradicional para aspirar a realidades políticas que podríamos categorizar a grandes trazos bajo el concepto de Estados post-soberanos: Estados dispuestos a mantener la soberanía sobre políticas clave como defensa o asuntos exteriores aunque esto implique tener que compartirla (2).

El caso de estudio que mejor representa esta clase de respuestas a la cuestión globalizadora es la Unión Europea, el más sofisticado de los sistemas de globalización política de nuestros días, al tiempo que también el ejemplo más claro (sobre todo desde los últimos años) de los obstáculos que presenta este camino: su evolución ha sido lastrada por una crisis financiera que ha bloqueado sus maquinarias, revelando (más allá de deficiencias de diseño, como el hecho de que la integración monetaria se haya llevado a cabo sin integración fiscal) graves déficits ocultos tras la cara más inhumana de la UE, retratada ahora como un acuerdo primordialmente económico gestionado por burócratas no sujetos a rendición de cuentas. En definitiva, para muchos hoy lo que se llamó soberanía compartida —sovereignty pooling— ha resultado ser más bien soberanía externalizada: el poder ha sido transferido a decisores ajenos al proceso democrático, acolchados sobre capas y capas de burocracia. Rodrik podría decir que lo que ha ocurrido es que la esfera política ha sido globalizada no por medio de la puesta en común de la soberanía (un método posiblemente democrático), sino por medio del socavamiento de la soberanía (inevitablemente antidemocrático). Aunque la UE debe ser contemplada como un caso de estudio muy especial debido a su carácter pionero y transformador, que no debe ser desmerecido, expone cuando menos los peligros de esta línea discursiva.

El otro gran género de respuestas ofrecidas desde la esfera política, motivadas en gran medida por la decepción causada por las problemáticas de proyectos como la UE, son aquellas agrupadas bajo la reivindicación de la necesidad de una regresión en la integración económica y cultural, aspirando a recuperar el orden soberano tradicional de interdependencia limitada y control absoluto de asuntos internos característico del siglo XX. Desde estas perspectivas se proyecta un relato de de renacionalización las cuestiones económicas y culturales y de reafirmación de identidades sociopolíticas, generalmente asociado e impulsado por marcos discursivos reavivados en el nacionalismo (lo cual presenta una serie de peligros que serán tratados más adelante).

Todo esto sirve para ilustrar las derivaciones concretas que pueden encontrarse a las opciones expuestas en el trilema de Rodrik: los gobiernos no pueden priorizar a la vez la maximización de la democracia, la soberanía y la integración económica. De los tres posibles escenarios en que se priorizan dos (pero jamás tres) de estos tres elementos, parecería que la mayoría de estados del mundo se sitúan actualmente, forzados por el desajuste entre esferas de globalización, en un escenario de priorización de integración económica y soberanía por encima de la democracia (el llamado Estado competitivo). Se sitúan, por tanto, a medio camino entre las opciones de o bien potenciar la globalización en la esfera política para equipararla a las esferas económica y cultural (priorizando democracia e integración, como pretende el proyecto europeo), o bien retrotraer la globalización en las esferas económica y cultural (priorizando soberanía y democracia, como pretenden los reivindicadores del tradicional Estado-nación).

Esto sirve como una ilustración del problema al que apuntábamos al final del anterior artículo: el hecho de que la preservación del Estado-nación no sea posible sin por ello renunciar a la integración económica o a la democracia. Uno puede atestiguar las consecuencias al advertir cómo, en un contexto de Estados competitivos, los países más adaptados al entorno para sacar el mayor provecho posible han sido y son aquellos de régimen no democrático o deficientemente democrático, como es el caso de China, Rusia o Singapur (no es una categorización arbitraria, para medir su calidad democrática me remito al Índice de Democracia del Economist), mientras que los más democráticos (principalmente países occidentales) han sufrido severamente las consecuencias del desajuste globalizador.

Si partimos de las premisas a) es indeseable permanecer en este estadio globalizador intermedio que degrada la democracia y b) las consecuencias de la revolución tecnológica (causa principal de los niveles actualmente disparados de globalización económica y cultural) no pueden ser revertidos hasta el punto de restaurar el orden soberano tradicional, es evidente que la cuestión central es: ¿es el Estado-nación bueno o deseable en sí mismo? A saber, ¿tiene características inherentes que son de beneficio para la sociedad (en un marco mínimo de valores liberales)?

Hay ciertas razones evidentes que prueban que una identidad nacional cohesiva es beneficiosa para la democracia, en tanto que crea una comunidad de obligación moral y un sólido foro de deliberación social (una comunidad nacional genera confianza, entendimiento y otros valores que favorecen la democracia liberal) (2). Entonces hasta cierto punto basar un orden estatal en la identidad nacional es objetivamente positivo.

Pero esto también presenta serios peligros para las democracias liberales, algo demostrado a lo largo de la historia repetidamente. Primero, y como se ha reconocido antes, la cohesión nacional presenta comúnmente una pulsión nacionalista latente, con una tendencia clara a la intolerancia, la xenofobia, etc. Segundo, es común que se establezca una dialéctica de suma cero entre identidad nacional y democracia cuando las comunidades inmigrantes se hacen grandes (dado que mayor integración equivale a mayor realización democrática, al tiempo que comporta la dilución de la identidad nacional). Tercero, dado que aceptamos que la globalización es un proceso histórico que no puede ser revertido a un estadio soberano ideal, la noción de legitimidad nacional se oxida: las decisiones que toman las comunidades nacionales ya no afectan solamente a sus propias vidas (si es que alguna vez lo hicieron), lo que significa que las fronteras devienen un criterio arbitrario para la inclusión o exclusión de individuos en el proceso de decisión (me refiero aquí al concepto de externalidades negativas) (3). Cuarto, y conectado al anterior punto, el mundo actual se enfrenta a amenazas que no tienen en consideración las fronteras y nos afectan e interpelan globalmente (medio ambiente, pobreza, crimen internacional, etc.); como apuntan muchos expertos, un orden internacional basado en Estados-nación individuales será incapaz de navegar tales retos y podría llevarnos a una colosal tragedia de los comunes.

En definitiva, los Estados-nación tienen dos caras, y ninguna de las alternativas en el esquema de Rodrik considera la importancia de ponderarlas en la ecuación. A la vez, sabemos que la globalización es un fenómeno que ningún Estado-nación puede detener individualmente. De modo que la pregunta final es si puede existir una vía intermedia, que permita maximizar los aspectos positivos de la identidad nacional y la globalización, minimizando al tiempo sus aspectos negativos.

Mi opinión es que esta vía, de poder existir, pasaría por abandonar las formas de construcción nacional étnico-históricas (que apelan a cultura, lengua, sentimientos, etc. y son el germen del nacionalismo, cuerpo ideológico de todos los peligros identificados antes) y apostar por las formas cívicas (que apelan a valores compartidos, que en este caso serían los valores liberales y democráticos que hemos identificado como marco común, y que son el germen del patriotismo en su noción más liberal) (4). La teoría diría (y podríamos atestiguarlo con casos como los Estados Unidos o Canadá) que los Estados asociados al segundo tipo de construcción nacional pueden atender con mayor éxito a los retos de la globalización moderna (inmigración, multiculturalismo, etc.), dado que son capaces de preservar la cohesión sin necesidad de recurrir a la peligrosos herramientas del nacionalismo o de cualquier otra forma de construcción colectiva irracional. El contenido del consenso cohesivo en estos casos se basa ante todo en los valores liberales, susceptibles de ser integrados por ciudadanos de diferentes orígenes.

Dadas estas breves consideraciones, junto con el hecho de que el World Values Survey demuestra la imposibilidad (al menos en el medio plazo) de encontrar unos valores consensuales sobre los que construir una categoría exitosa a nivel global o cosmopolita de ciudadanía (es decir, sin alineamiento nacional alguno), parece que la agregación regional de instituciones democráticas en áreas susceptibles de un consenso en torno a valores cívicos (mi apuesta son los países europeos continentales más desarrollados) podría ser la mejor alternativa posible a la situación actual, como una forma de maximizar solamente los aspectos positivos de la identidad nacional (cohesión social, democracia saludable) y al tiempo globalizar y empoderar suficientemente a la esfera política como para que desde ésta sea posible minimizar los aspectos negativos de la globalización económica y cultural.

El tipo de solución al que aquí apunto, muy breve y esquemáticamente, comportaría tanto avanzar la globalización en la esfera política como reducirla en las esferas económica y cultural, aspirando a alcanzar un hipotético punto intermedio de virtud (en términos de Rodrik, esto implicaría priorizar globalización y democracia, pero sin llegar a todas las consecuencias que él predice cuando esta vía es llevada al extremo). En todo caso, esté uno de acuerdo o no con las reflexiones de este artículo, sí que parece seguro afirmar que la consecuencia última de la globalización es presentar a los Estados-nación (y a la esfera política en su conjunto) un reto saludable que revele deficiencias peligrosas y nos exhorte a avanzar hacia una nueva fase de democracias liberales perfeccionadas.


(1) WANG, Guigo (2004). «The impact of Globalization on State Sovereignty», Chinese Journal of International Law, 3/2: pp. 473-483.

(2) MÁIZ, Ramón (2003). «Nacionalismo y multiculturalismo», en ARTETA, A. (ed.), et al. (2003), Teoría política: poder, moral, democracia, Madrid, Alianza.

(3) HELD, David (1995). «Democracy and the New World Order», en ARCHIBUGI, D., HELD, D. (ed.) (1995), Cosmopolitan Democracy. An Agenda for a New World Order, Cambridge, Polity Press.

(4) MÁIZ, Ramón (2003). Íbid.

Roni Kuppers
AUTHOR

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

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