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Globalización y Cuerpo

Este sábado por la mañana, armado de un optimismo un tanto extraordinario con respecto al horario del que estamos hablando, me encaminé a la biblioteca más cercana para pasar un rato de estudio. Qué sorpresa la mía al comprobar que no sólo esa, sino también la segunda biblioteca que dispone mi universidad estaban cerradas. Pero eso sí, el gimnasio llevaba abierto desde las 8. “Menuda sociedad enferma” es el primer pensamiento que nos puede venir a la cabeza.

A menudo nos preguntamos cómo hemos podido llegar hasta aquí, hasta este momento en que se premia socialmente al homo gymnasiom y se estigmatiza al sapiens. Este proceso social se esconde bajo una nebulosa ideológica muy bien definida en la cual la Globalización tiene un papel muy importante.

El conocido geógrafo David Harvey explica[1] un estratagema muy bien planificado por el capital internacional, una vez que su mayor enemigo ha desaparecido (hablamos después de la caída del muro) para borrar identidades colectivas y debilitar aún más toda producción de movimiento anti-capitalista. La liberalización de los mercados mundiales, fenómeno que se ha convertido en universal a partir de la caída del bloque soviético, precisa de un corpus teórico que justifique esta planetarización del capitalismo neoliberal. Aquí es donde entra el juego lo que comúnmente llamamos Globalización.

“El término se expandió entonces [1970] como el fuego en la prensa económica y empresarial, principalmente para legitimar la liberalización de los mercados financieros. Después ayudó a que la disminución de las competencias estatales en la regulación de los flujos de capital pareciese inevitable, y se convirtió en una herramienta política extraordinariamente poderosa para restar poder a los movimientos obreros y sindicales nacionales y locales.”[2]

¿De qué manera consigue este fin la Globalización a escala ideológica? Harvey plantea que el neoliberalismo se sirve de una destrucción de las identidades colectivas (nación, clase, etnia) para debilitar los movimientos que le contradicen (movimientos nacionales, obreros o comunitaristas como el EZLN), a través de una división del centro de atención político.

Por un lado, la Globalización implica tomar la escala planetaria a la hora de elaborar ideologías, (pensar en lo universal), y por otro lado es necesario reducir al mínimo la unidad política, tomando como referencia a escala de lo particular ya no al individuo típicamente ilustrado (consciente, racional) sino a un “cuerpo difuso, un compartimento vacío”.

Esta división que plantea dos extremos aparentemente irreconciliables, el cuerpo y la Globalización pretende desdibujar todos los lazos de clase, étnicos o en resumen identitarios en una ofensiva ideológica neoliberal. Como advierte Ernesto Castro[3], es el reflejo de que si bien la clase trabajadora mundial ha ido perdiendo su conciencia de clase, la clase dominante mundial ha fortalecido su conciencia de clase y actúa hoy en día como una apisonadora ideológica.

Tiene gracia por lo tanto que tantísimos autores que defienden la Globalización lleguen a justificarla como el proceso final de un fin de las ideologías o de la historia, cuando, como podemos comprobar, se trata de una ofensiva a todas las escalas de una clase contra otra.

“Parte del trabajo de la posmodernidad como conjunto de prácticas discursivas a lo largo de las últimas dos décadas ha sido fragmentar y separar conexiones”.[4] 

¿Cómo se puede separar un sujeto consciente, capaz de identificarse a nivel planetario con otros sujetos (“actuar local, pensar global” proclama antiquísima que hoy suena tan de moda que nos recuerda al “¡proletarios de todos los países, uníos!”) de su misma conciencia de globalización?

Pues bien, convirtiendo ese sujeto en un objeto “neutro”, un compartimento vacío y rellenarlo de lo que Zizek llama el mandato a la diversión.

Desde que nacemos hasta que morimos recibimos miles de mensajes alentándonos a cuidar el cuerpo, decorarlo, adelgazarlo, quererlo (pero siguiendo un modelo, claro), a través de los anuncios, la tele, las pancartas publicitarias e Internet con el objetivo para nada parecido al mens sana in corpore sano: disfrutar por disfrutar. El consumo por el consumo, la diversión por la diversión, el cuerpo por el cuerpo. Lo difícil, dice Zizek, no es desinhibirte y conseguir gozar sino poder liberarse de este mandato de la diversión.

Cabe decir que este modelo ideal es inalcanzable, tanto desde una visión crítica como desde una visión neoliberal. Lo importante no es llegar a ese ideal, sino entretenerte por el camino consumiendo, metiéndote proteínas, comprando y anhelando productos de cosmética. Zizek hace la analogía con el huevo kinder en The pervert’s guide to ideology: no se trata de conseguir el regalo de dentro, que en verdad no tiene importancia, de lo que se trata es que sin el regalo interior, no consumiríamos el chocolate, que representa el consumo de la cultura del cuerpo.

Debemos ser capaces de conectar lo desconectado y retomar la proclama pensar global, actuar local. No se trata, creo yo de conectar el cuerpo con la globalización como categorías estancas ya que eso es aceptar las reglas del juego, se trata de conectar lo particular con lo universal: la explotación laboral de Nike en Malasia o Vietnam y la reducción de plantilla de Coca Cola en Fuenlabrada con la deslocalización de las industrias como estrategia de acumulación y el flujo de capitales a escala global.

¿Dónde queda la conciencia, la identidad colectiva tan nocivas para la ideología dominante ya que ponen de manifiesto las contradicciones de ésta? En una biblioteca cerrada un sábado por la mañana no, desde luego.


[1] David Harvey, Espacios de Esperanza. Akal: 2000

[2] Íbid. p.26

[3] Ernesto Castro, Contra la Posmodernidad. Alpha Decay: 2011

[4] David Harvey, Espacios de Esperanza. Akal: 2000

Fidel Oliván Navarro

Fidel Oliván Navarro

(Zaragoza, 1993). Estudiante de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Carlos III de Madrid y en la Universidad de Buenos Aires. Trabajo en una radio comunitaria y como becario en la UC3M.

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