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En el curso 2011/12, un humilde estudiante de Derecho y Ciencias Políticas iba a unirse al selecto club de la generación erasmus al pasar de vivir en un pueblo de 5.300 habitantes, donde realizó toda la secundaria, y posteriormente estudiar en el campus de Getafe de la Carlos III, a trasladarse durante seis maravillosos meses a vivir en la ciudad polaca de Wroclaw. Una especie de Salamanca a apenas tres horas en autobús de Praga o Berlín. Durante estos meses en que ingresó en el club pudo divertirse, beber, viajar, compartir piso y estudiar en la Universidad de Wroclaw con otros compañeros procedentes de todos los lugares de España, Alemania, Italia, República Checa, Turquía, Bulgaria o hasta Georgia. Además, en 2017, realizó una estancia de un mes en la Universidad de Georgetown en Estados Unidos, y se trasladó a trabajar y vivir a la “euro bubble” que es la capital europea de Bruselas.

El humilde estudiante, pertenece en primer lugar a esos cuatro de cada diez jóvenes españoles que poseen un título universitario (OCDE, 2017) y en segundo lugar a los 952.100 universitarios que desde el 87 han ido engrosando la generación erasmus española (MAEC, 2017). También puede encuadrarse en el 2,06% de estudiantes matriculados en educación superior que en el curso 2011/12 se fueron de media a estudiar a otro país europeo (OAPEE, 2012). Ser parte de esos 2,06% le ha permitido ser de ese 42,9% de españoles que según el último INE de 2016 puede usar el inglés o de ese 55,7% de los que tienen entre 25 y 34 años que lo hablan (INE, 2017). Su erasmus seguramente contribuyó a no formar parte del triste club del 49,6% de paro juvenil que sufría España en 2015 cuando terminó la carrera (INE, 2015).

Estos datos pueden resultar útiles para la presente reflexión sobre el artículo de El País titulado La ‘generación Erasmus’ se conjura para relanzar Europa, en que se habla del movimiento paneuropeo VOLT, que de cara a las europeas se propone conseguir 25 escaños para «contrarrestar el nacionalismo y "mejorar" el proyecto comunitario» con «una Europa federal y más integración en economía e inmigración»,  y que puede llevar a preguntarse, tras estar de acuerdo con el 90% de lo que se dice en él: ¿acaso no son un grupo de privilegiados/pijos, con ascensor social o sin él, que saben muy bien la teoría de hacia dónde debe ir la sociedad pero que no son capaces de entender a aquellos que no están en el bando de los claros ganadores de la globalización?

Ser parte de ese grupo de privilegiados les ha permitido sentir de primera mano los beneficios que la UE aporta como ciudadano. Les ha podido servir como ascensor social. Se saben miembros de la generación Ryanair que se ha beneficiado de los bajos precios de los vuelos y de la libre circulación de personas y mercancías del Acuerdo de Schengen. O, más importante, cuando hay recesión económica en España y crece el desempleo, en su caso y solo en su caso, sí les es aplicable el primer requisito de las Zonas Monetarias Óptimas, la movilidad laboral entre países (Mundell, 1961). La emigración española pasó del 8% en 2008 al 18% en 2014 (CIDOB, 2017), detectándose en este periodo un incremento de la demanda de especialistas con alto nivel de cualificación, especialmente en las áreas de ingienería, sanidad o arquitectura, por mercados laborales de otros países europeos (Herrera Ceballos, 2014). También seguramente han podido constatar las ventajas del fin del roaming cuando viajan y pueden subir a Instagram un selfie de su viaje sin tener que esperar a coger el wifi del hostel. Pero, ¿cómo se le explica esto a los que formaron parte del 31,9% del abandono escolar en 2008 (MAEC, 2009)? Esos que dejaban el instituto sin terminar la ESO porque en el andamio ganaban lo mismo o más que ahora un joven consultor con un buen trabajo en una multinacional (el salario medio de un empleado de la construcción superaba los 23.000€ anuales en 2008 (EADA, 2014)).

Tampoco es fácil de explicar que la Unión Europea, como defiende VOLT, necesite mayor integración en materia de inmigración cuando según el CIS de septiembre de 2018 es el quinto problema de los españoles (15,6%) —por detrás del paro, la corrupción, la economía y los políticos (CIS, 2018). Y todo esto a pesar de que, a 1 de enero de 2018, según el INE, solo uno de cada diez residentes en España es inmigrante (un total 4.418.898 extranjeros, en una población total de 46.438.422 (INE, 2018)). Pero a pesar de que la realidad es muy diferente a como se percibe, ¿quién no tiene un hijo, sobrino o amigo trabajando en otro país europeo? ¿Cómo se va a entender que unos señores reunidos en algo que se llama el Consejo Europeo, donde parece que la que manda es Merkel (a la que los españoles no votan) decidan una serie de cuotas para acoger refugiados?

Y aquí, al margen de que es cierto que en muchos casos el clivaje izquierda-derecha ha desaparecido —o se ha reformulado, frente al clivaje globalización-antiglobalización (lo que en Europa puede ser entendido como europeísmo-euroescepticismo)—, hay una cuestión que lo explica y está en el origen del auge de populismos a izquierda o derecha, donde como se ha visto en Italia, su VOX y su Podemos, salvando distancias y especificidades propias del país, pueden llegar a ponerse de acuerdo para gobernar.

Se trata del Trilema de Rodrik (Rodrik, 2010) (del que ya hemos hablado hace unos años en este artículo), que distingue tres escenarios: en el primero el Estado-nación sólo puede integrarse plenamente en una economía mundial globalizada si se debilita su democracia interna y se renuncia a los principios del Estado del bienestar; en el segundo , el Estado-nación puede convivir con una democracia interna solamente si se debilita su integración en una economía globalizada; por último, sólo renunciando al modelo de Estado-nación sería posible mantener los principios de la democracia en el marco de un entorno económico globalizado.

Es en este trilema donde surge el caldo de cultivo para la aparición de nuevos clivajes en los que situar el debate político. En concreto, en este nudo gordiano los de la generación erasmus seguramente se sienten muy cómodos tanto en el primer escenario como en el tercero: en el primero porque saben que  eso les permite comprar billetes de avión económicos, ropa a precios hiper baratos en la Gran Vía de Madrid o un smartphone de última generación; en el tercero porque tendrían las skills (término muy erasmus y millenial pero que no aporta nada distintivo del vocablo español) para mantenerse informados del proceso decisorio de un estado supranacional (están formados y saben idiomas) y seguramente sabrían jugar con reglas de esas instituciones que se reparten entre la Plaza Luxemburgo de Bruselas —donde los que han pasado por la euro bubble van a divertirse los jueves de afterwork— y la ribera verde de Estrasburgo. Pero, ¿dónde quedan todos los que no pertenecen a la generación erasmus o los que no están en el claro lado de los ganadores de la globalización? Seguramente ésa sea la arrogancia, una arrogancia que en el fondo solo pretende el bien común y que tendrán que conseguir que sea comprensible por todo el mundo.


CIDOB, La inmigración en el ojo del huracán, 2017.

CIS, Barómetro de septiembre de 2018, 2018.

EADA Business School, Evolución salarial 2007-2013, 2014.

Herrera Ceballos, María Jesús. Migración cualificada de trabajadores de España al extranjero, 2014.

INE, Encuesta de Población Activa [1T-2015], 2015.

INE, Encuesta sobre la participación de la población adulta en las actividades de aprendizaje, 2017.

INE, Cifras de población a 1 de enero de 2018, 2018.

MAEC, El abandono temprano: Análisis del caso español , 2009.

MAEC, 30 aniversario del programa Erasmus: 1987-2017, 2017.

Mundell, Robert A.. A Theory of Optimum Currency Areas, The American Economic Review Vol. 51, No. 4 (Sep., 1961), pp. 657-665.

Organismo Autónomo Programas Educativos Europeos (OAPEE), Datos y cifras del programa ERASMUS en España Curso 2011-2012, 2012.

OCDE, Nota País: Panorama de la Euducación 2017, 2017.

Rodrik, Dani. The End of an Era in Finance, Project Syndicate, 2010.