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El franquismo es un issue espontáneo que, en ciertos períodos, retorna a la agenda política por varias circunstancias. La izquierda española, por su lado, suele referirse al propio franquismo en términos de una transmigración de las bases sociológicas del régimen monocrático a las actitudes y valores de las personas que se socializaron en él —un reducto actitudinal que se habría reproducido socialmente a través de varios mecanismos.  El condicional tiene sentido en tanto que es una hipótesis que se ha manejado torticeramente bajo mi punto de vista: «Franco murió, pero el franquismo sigue vivo». A ello hace referencia el franquismo latente, como si de un parásito se tratara, que intercambia el huésped para sobrevivir [1]. Este tratamiento parasitológico que cierta izquierda hace de la dictadura tiene problemas de validación empírica, pero, en principio, podría intentar testarse. ¿Sigue el franquismo vivo en los españoles a pesar de que el régimen desapareciese formalmente? La pregunta es realmente capciosa, y durante trabajos anteriores sólo he encontrado respuestas parciales. Dicho esto, me centraré an aportar herramientas teóricas y conceptuales para poder atajar el asunto.

Este artículo trata de reflejar ciertas nociones de mi TFG. Dicho trabajo trató de transformar ese conocimiento social en conocimiento sociológico (De Espinosa, 2003) y testarlo empíricamente —aunque de forma parcial— rescatando la metodología de la Escala F (Adorno et al., 1950) [2] para hacer una propuesta de escala de franquismo sociológico. El concepto de 'franquismo sociológico' fue rescatado a colación de la necesidad de establecer una conexión específica entre las dinámicas de los sistemas políticos y los modelos de ejemplaridad e impresión de valores/actitudes que se reproducen socialmente y que, teóricamente, configurarían —o podrían configurar— una personalidad autoritaria. Su justificación se explica desde la necesidad de construir modelos de análisis complementarios a los de la cultura política [3], caracterizados por su escasa profundidad y su énfasis en la relación de los ciudadanos con la democracia, descuidando con ello otros aspectos más actitudinales que se gestan a través del sistema político. Algunos de los datos que suelen emplearse más son los asociados a la preferencia de régimen político:

Figura 1. Evolución temporal del Régimen Político preferido en España (1985-2018)

Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Centro de Investigaciones Sociológicas, Serie A.3.07.03.001

La personalidad autoritaria es un concepto con el que Adorno et al. (1950) buscaban definir un tipo antropológico de autoritarismo conectado a las circunstancias sociales y 'espirituales' de la personalidad. Así, popularizaron el instrumento de la Escala F —de Fascismo—, cuyos ítems manifestaban la esencia del autoritarismo. No obstante, mi escala se distingue de la de Adorno en determinados puntos justificados, en parte, por las múltiples críticas que recibió la escala F:

1) Mientras que la escala F era prospectiva, esto es, analizaba el potencial fascismo en la sociedad nortemaericana, la escala de franquismo sociológico rastrea los reductos del franquismo de forma retrospectiva, al incluir los sistemas políticos en la ecuación autoritaria;

2) La escala F ha sido empleada con posterioridad con un sesgo etnocéntrico, entendiendo las sociedades como entidades holísticas culturalmente homogéneas sin especificidades históricas [4].

3) El ensimismamiento de Adorno con el psicoanálisis contaminó algunos de los razonamientos y enlaces causales que buscaba detrás de las encuestas, produciendo algunos sesgos de autoconfirmación. La escala de franquismo sociológico se fundamentaría en una explicación más flexible e interdisciplinar que alterna nociones de la psicología social, la sociología política y la psicología política [5], para así configurar una herramienta metodológica actualizada a los tiempos que corren.

4) Por último, al optar Adorno por la vía psiconanalítica inferió una causalidad microsociológica total a través de la cual el entorno familiar explicaba la mayor parte de la personalidad autoritaria (ej. traumas familiares, relaciones paternofiliales tóxicas o excesivamente disciplinarias). Pero tampoco sería idónea una alternativa macrosociológica por la rigidez explicativa que supondría. Al final, el bagaje del debate entre estructura y agencia, dentro de la sociología, nos ha llevado a la conclusión de que se necesita un sistema teórico que conecte con cierta coherencia ambas dimensiones (Giddens,  1995).

Figura 2. Escala de Franquismo Sociológico

Fuente: Elaboración propia

Precisamente la especificidad española —lo que algunos historiadores denominaron sutilmente «fascismo a la española» (Saz, 2004)— puede reclamar una escala idiosincrática propia. A continuación explico los ítems que componen la escala:

  • Conservadurismo: podemos entender el conservadurismo genéricamente como una actitud provincial frente a las cosas, un deseo estable de preservación de lo existente y una actitud escéptica frente al cambio no gradual (Giner et al., 2006). Su complementariedad con el tradicionalismo muestra un círculo ideológico perfecto, un puzle cerrado donde todas las piezas encajan. Desde la psicología política, existe un abanico de estudios de las actitudes conservadoras y la influencia en su percepción del mundo (De Rojas & Schmitz, 2012; Jost et al., 2003). El axioma principal que se deriva del conservadurismo es que las sociedades son comunidades humanas unidas por fuertes lazos culturales, costumbres, tradiciones, lenguas y valores que las diferencian y les proporcionan una identidad común y homogénea. El funcionalismo sociológico —la visión según la cual las partes pueden explicarse por su contribución coordinada al todo, como un organismo biológico— es clave para entender esta concepción de las sociedades como sistemas producidos a través de largos procesos históricos de evolución e integración (Sánchez, 2014). Bajo este enfoque, toda intervención social resquebraja el edificio; de ahí que se derive una teoría política pragmatista y una gestión encaminada a la preservación. El conservadurismo del franquismo puede ser explicado desde la visión marxista de Tezanos (1978) y de cómo esos sectores convergentes de la coalición reaccionaria —oligarquía económica sobre todo— tenían intereses pro statu quo y creían en la necesidad de un régimen estable que mantuviese el orden (bonapartismo [6]). Esto es, un régimen autoritario que 'conserve' el sistema tal y como ha evolucionado históricamente, y reduzca la conflicitvidad entre clases.
  • Rechazo al diferente: el rechazo al diferente engarza con una idea fundamental: la identidad. El sentimiento de pertenencia a un grupo posibilita la conexión entre el núcleo de la individualidad y el núcleo comunitario (Erikson, 1994). La consideración sociológica de este asunto remite al interaccionismo simbólico; no obstante, los hallazgos de Tajfel (1981) han sido de los más significativos para comprender el funcionamiento de la identidad intergrupo. Según el autor, la formación de un endogrupo con características particulares implica la comparación con un exogrupo que siempre será peor que el endogrupo. Como señala Altemeyer (1996), los autoritarios se autoperciben como guardianes morales cuyas decisiones, acciones y pensamientos están por encima de los del resto. El franquismo, al igual que el resto de los sistemas autoritarios/totalitarios, se especializó en la demonización de un enemigo idealizado: la denominada ‘antiespaña’ de rojos, masones y homosexuales, entro otros colectivos, que eran hostiles a la identidad común y concreta que quería recrear el franquismo —una identidad maniquea e inestable de la 'verdadera España'.
  • Tradicionalismo: la genealogía del tradicionalismo se origina en los contrarrevolucionarios de la Revolución Francesa, como Bonald (1754-1840) o De Maistre (1753-1821) [7], cuya nostalgia les impulsó a concebir la Historia como un ente estático e inmutable. El equivalente en España fue el carlismo, uno de los movimientos que integró la coalición reaccionaria del franquismo y, sin duda, uno de los configuradores ideológicos capitales del régimen. El hilo conductor del tradicionalismo reconoce un sistema cultural hermético expuesto a constantes amenazas externas que ponen en riesgo la forma de vida de la sociedad; el elemento hostil es la modernidad y su capacidad de penetración social infunde el temor de perder las formas de vida establecidas (Duckitt et al., 2010). Para combatir la modernidad, el tradicionalismo impone un sentido activo de la tradición, para lo cual requiere una tradición que reivindicar normalmente constituida y constatada por una élite política/intelectual. Para el Tradicionalismo es importante proteger la moral de la comunidad y para ello el apoyo en las instituciones históricas —tales como la iglesia y el ejército— es crucial (Ferrer et al., 1941).
  • Integrismo católico: el integrismo es una actitud radical guiada por una idea, valor o principio que se considera fundamental y que se pretende afianzar a través de una doctrina y que puede implementarse materialmente a través de la violencia. Este término ha recibido grandes críticas porque muchos analistas lo han asociado a las ramas radicales del islam (Huntington, 1998), pero su marco es más genérico y puede aplicarse a todo tipo de religiones. El franquismo, sin embargo, más allá de imponer el catolicismo a través de la violencia directa, se sirvió también de sutiles mecanismos biopolíticos, como el control de la educación por parte de la Iglesia. Junto al papel de la Falange, ambos pilares del franquismo distribuyeron la doctrina nacionalcatólica, el eje ideológico vertebrador del régimen. En este trabajo caracterizo este concepto como un pensamiento exclusivista y holístico; por tanto, no buscamos personas declaradas católicas, sino personas con aversión a creyentes de diferentes religiones. Ello encajaría, además, con la idea que hemos reflejado de las personas autoritarias como fundamentalistas religiosos o fanáticos intolerantes ante el resto de creencias (Moss & Sheppard, 1956; Adorno et al., 1950; Levinson & Huffman, 1955). En pocas palabras, el integrismo católico sería una objetivización total y exclusivista del catolicismo.
  • Delegación autoritaria: la obediencia a la autoridad ha sido uno de los temas predilectos de la sociología desde los experimentos de Milgram (1963) y Haney, Banks y Zimbardo (1973). La Escuela de Frankfurt se especializó también en la manera en que los individuos, bajo ciertas circunstancias, pueden subordinarse a autoridades y liderazgos carismáticos. Desde mi perspectiva, el carácter bonapartista del franquismo (Oltra, 1978) insufló cierta necesidad de un caudillo que se encargara de tomar las decisiones fundamentales. Para preservar el orden, los autoritarios pueden aceptar e impulsar la candidatura de un líder carismático, y del cual emanan decisiones siempre racionales para ellos; a la vez, Peterson et al. (2002) muestran el escaso conocimiento político de las personas autoritarias, pues poseen un circuito cognitivo cerrado (echo chambers) y difícilmente asumen información externa contradictoria. El concepto de 'delegación autoritaria' trataría de reflejar, pues, la pasividad política que el régimen deseaba de sus súbditos. De ahí la célebre frase: «haga usted como yo y no se meta en política».
  • Percepción catastrofista: la incertidumbre y la inseguridad son un campo de cultivo idóneo para el autoritarismo (Inglehart, 2000). La justificación de sus comportamientos y sus imposiciones sólo puede darse a través de una visión catastrofista y hobbesiana del mundo (Altemeyer, 1981). El franquismo surgió para paliar la incertidumbre de una cierta élite de poder, que requería de un régimen bonapartista para equilibrar la balanza de intereses tras las reformas de la II República. Una característica por la cual el propio Tezanos (1978) defendió el franquismo como un fascismo.
  • Carácter antidemocrático: el carácter antidemocrático retrotrae a los estudios de la cultura política en España (Morán, 1999, 1995). Para los autoritarios, la democracia es una molestia ineficiente que altera el orden social armónico (Stevens et al., 2006). Sin embargo, con los años el régimen franquista fue evolucionando en varias etapas, abriéndose al exterior e intentando adaptar su sistema político a algo que se pareciera a una democracia sin serlo —lo que se denominó 'democracia orgánica' [8]. Pero a ciertos sectores del régimen les interesaba solamente promover el desarrollismo industrial, y algunas ideas concretas del libre mercado, sin consternarse por el asunto de la democracia [9].

A través de esta escala podría representarse de forma parcial una caracterología autoritaria asociada al franquismo, que es más transversal y flexible que las escalas psicoanalíticas de Adorno (1950) y que posee, además, la capacidad de implementar las dinámicas del sistema político en la ecuación autoritaria. La proyección ideal de dicho perfil sería la de un hombre integrista católico, con aversión a la diferencia respecto a la percepción propia de un sujeto moral y estéticamente idealizado. Un hombre de actitudes cínicas y desconfiadas, siempre a favor del orden y la autoridad en un mundo que observa abocado a la destrucción, y cuya salvación pasa por la obligatoria preservación de la tradición y una autoridad fuerte en la que delegar las capacidades políticas.

El problema fundamental de las escalas suele vincularse a su base teórica, más que a su aplicación metodológica. ¿Por qué estos factores representarían un fenómeno social y no otros? Garantizar una conexión teórica coherente, en ocasiones, no es suficiente para afianzar la validez interna de la escala; pese a todo, los esfuerzos de los académicos deben seguir avanzando hacia la creación de sistemas y axiomas que contemplen las particularidades histórico-culturales sin que ello lastre la obtención de un conocimiento general y extensivo. La hipótesis del franquismo sociológico es un instrumento cuya finalidad es explicar la supuesta reproducción social del carácter autoritario asociado al franquismo en una dimensión sociológica.


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[1] Algunas de estas ideas pueden encontrarse en la prensa: Lardiez, A. (2017) El franquismo sigue vivo y está señalando las zonas donde está. ElPlural, https://www.elplural.com/sociedad/el-franquismo-sigue-vivo-y-esta-senalando-las-zonas-donde-esta_100660102| Elordi, C. (2018) El franquismo sigue teniendo poder. Eldiario.es, https://www.eldiario.es/zonacritica/franquismo-sigue-poder_6_764383606.html| Rebolledo, M.G. (2018) Nicolás-Sánchez Albornoz: “El franquismo no es un recuerdo porque sigue vivo”. El Mundo, https://www.elmundo.es/cultura/2018/11/22/5bf6d84be5fdeab8068b4677.html

[2] La escala F estaba compuesta por varios ítems: 1) Convencionalismo o adherencia  a valores establecidos, 2) Sumisión autoritaria o actitud conformista frente a jerarquías idealizadas; 3) Agresión autoritaria o tendencia a rechazar a quienes se comportan de forma no convencional; 4) Antisubjetividad (anti-intracepción) u oposición a lo imaginativo; 5) Superstición, estereotipos y tendencia a priorizar el significado de los prejuicios; 6) Rudeza de conducta y culto al poder; 7) Destructividad, cinismo/desconfianza y desprecio al género humano; 8) Proyectividad o identificación catastrofista e impulsos emocionales del subconsciente y 9)  Obsesión y actitud morbosa para con el sexo (Adorno et al., 1950). Muchos de estos ítems han sido incorporados a la escala de franquismo sociológico con matices de enfoque distinto (alejándonos del psicoanálisis adorniano); otros ítems surgen a través de la revisión de la literatura realizada y que coinciden con los pilares fundamentales del franquismo.

[3] Para saber más sobre la cultura política española y su desarrollo conceptual el artículo de Morán (1999). Aunque aborda ciertos aspectos psicológicos y actitudinales, la puesta en práctica del propio concepto ha sido más limitada.

[4] Por ejemplo, los estudios de Pinillos (1953, 1963) en España emplearon la Escala F sin modificar, cuando Adorno estaba pensando en la sociedad norteamericana posterior a la Segunda Guerra Mundial.

[5] La psicología política deriva de la psicología social, pero también parte de la psicología clínica con los intereses patológicos de las figuras políticas. La definición básica sería la que busca aplicar la psicología a la comprensión de la política (Montero, 2009), esto es la interacción entre los fenómenos políticos y los fenómenos psicológicos (Horkheimer, 1971).

[6] Es un concepto recuperado por la tradición marxista, por el cual el estado capitalista entra en una fase de autonomía relativa como consecuencia de un equilibrio entre las clases dominantes y dominadas, dada su incapacidad mutua de imponerse hegemónicamente (Marx  & Engels, 1975). Para resolver esta síntesis dialéctica, surge la figura de un tirano que abusa del poder institucional para asegurar los intereses de la burguesía

[7] De Maistre, en concreto, es un conocido reaccionario de la Modernidad por el desplazamiento de Dios en la jerarquía explicativa de la vida cotidiana, detractor de la Democracia y los principios ilustrados por ‘inculcar’, según él, el caos y el desorden social; por alterar la armonía tradicional de los grupos. Además, utilizaba usualmente argumentos funcionalistas para defender sus tesis, por ejemplo, en Cartas a un caballero ruso sobre la Inquisición Española es un ejemplo paradigmático de defensa de la existencia de la Inquisición Española.

[8] `Democracia orgánica ‘fue una noción ideada por los propios intelectuales del Franquismo en su intención de adaptarse a los requisitos que exigía vagamente Estados Unidos. Según estos, la democracia orgánica no obtenía su representación a través del sufragio, sino de las relaciones sociales naturales de la dictadura como las familias (unidad política y socializadora fundamental), una aproximación de democracia corporativa que no tomaba como propios los principios de representación liberales (Calero, 2012).

[9] Muchos regímenes autoritarios supieron compatibilizar un sistema político constreñido con una economía que operase en términos de libre mercado como por ejemplo la Chile de Pinochet o la Dictadura militar de Corea del Sur. Otra discusión es si estos regímenes autoritarios, al aceptar el aperturismo, no firman una cláusula de exterminio (iatrogénesis).