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En la actualidad, existen pocos desafíos mayores que la brecha de género, aun habiéndose reducido sustancialmente en los países desarrollados, principalmente debido al acceso de las mujeres a la educación y al aumento de mujeres en el mercado laboral. La brecha de género sigue presente, no sólo en términos salariales sino también en términos sociales. Esta brecha no se trata sólo de una peculiaridad estadística sino que se trata de un freno ante el objetivo de conseguir una sociedad equitativa. Y, aunque ciertos medios han sido realmentes optimistas con respecto al rol de la mujer, la brecha no se ha llegado ni a cerrar ni a reducir a la velocidad predicha.

En términos salariales hay varias maneras de explicar la brecha salarial: el techo de cristal (el cual explica increíblemente bien la reducción hasta la fecha), los procesos de selección, la cultura de trabajo existente, la menor experiencia laboral de las mujeres... pero hay un instrumento que destaca especialmente a la hora de explicar esta brecha de género: el embarazo.

Esta penalización salarial por ser madre parece estar demostrada por dos estudios. Primero por el estudio de Claudia Goldin, una de las economistas más influyentes de las últimas tres décadas y pionera en economía de género; en su estudio, Goldin demuestra que la brecha de género es mayor en las edades en las que los embarazos suceden. Segundo, por el reciente estudio de Kleven, Landais y Egholt Søgaard: en este estudio se prueba claramente que las mujeres sufren una penalización salarial por tener hijos y que, además, las mujeres que no tienen hijos no sufren estas diferencias salariales.

Fuente: Children and Gender Inequality: Evidence from Denmark

Algunos gurús económicos apuntan erróneamente a que esta brecha de género de embarazos es provocada por la excesiva protección de las bajas por maternidad, cosa falaz y desprobada en repetidas ocasiones. Contrariamente, las bajas por maternidad reducen ligeramente la brecha de género y además son muy beneficiosas para los hijos. Por otro lado, en el debate está candente la igualación de los permisos de paternidad con los de maternidad. Aunque del beneficio que podría reportar a los hijos no podemos hablar aún, ya hay estudios que determinan que, mientras la baja por maternidad sí es beneficiosa para la madre, la baja por paternidad es perjudicial para el padre, provocando una penalización en su salario. Con las consecuencias derivadas que una reducción de salario provocan para el hogar.

La brecha es principalmente el resultado de dos fuerzas separadas pero relacionadas: lugares de trabajo que pagan más por hora a aquellos que trabajan más y en horas más inseguras, y hogares en los cuales las mujeres han asumido responsabilidades de forma no proporcional (Claudia Goldin, New York Times).

Por otro lado, sabemos que la brecha de embarazo parece afectar exclusivamente a mujeres de alta educación o altos salarios, creando los incentivos opuestos a los que necesitan las sociedades primermundistas con bajas natalidades (aunque otros estudios argumentan que este efecto también afecta a las mujeres de baja calificación, pero que no se aprecia debido a que los hombres de baja calificación tampoco lo están haciendo bien). Aunque lo que podemos tener por seguro es que no existe una segregación de efectos por ocupación.

El estudio de Kleven, Landais y Egholt Søgaard anteriormente citado afirma que el embarazo provoca hasta un 80% de la brecha de género en la actualidad. Si esto es así, la necesidad de políticas para reducirla parece imperante, pero si la igualación de bajas de maternidad no la reduce, ¿qué podemos hacer? La respuesta es "más guarderías".

Las guarderías son una respuesta que responde a varios problemas: no sólo aumentan la productividad de los trabajadores, lo que debería llevar a mayores salarios, sino que el desuso de guarderías está relacionado con menores salarios (lo que conlleva una menor pensión en el futuro), con la pérdida de oportunidades de formación futura y otro tipo de inversiones de tiempo que los padres pudieran hacer y que mejorarían la condición del núcleo familiar. Por otro lado, no existe un argumento que afirme que las guarderías mejoren las capacidades cognitivas de los niños; debemos entender, pues, que las guarderías cubren una necesidad de tiempo de los padres, no de los hijos. Y otro aspecto negativo es que beneficia principalmente a personas de bajos recursos más que a la clase media, siendo esta segunda la que sufre más la brecha de género, por lo que es una política que generaría una clara pérdida de eficiencia a corto plazo a cambio de la expectativa de un beneficio en el largo.

Fuente: Why the federal government should subsidize childcare and how to pay for it

El Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos define el gasto familiar de guarderías como costeable si cuesta menos del 7% del total de los ingresos de un núcleo familiar con dos niños. Si usamos esto como métrica, España se aleja del ideal (véase el gráfico superior), lo que aleja a posibles usuarios de este servicio de sus beneficios con todas la problemática que ello conlleva y, considerando que la carga de la responsabilidad de los hijos la lleva la mujer por imposición cultural, esto explicaría parte de la brecha de género existente. Afectaría principalmente, pues, al uso del tiempo de la mujer.

Cuestión de tiempo, cuestión de valores

Con la llegada del primer hijo, a una pareja se incorpora toda una nueva carga de trabajo asociado a las tareas reproductivas, esto es, los cuidados. La tradicional división doméstica del trabajo ha relegado históricamente estas tareas a la mujer y hoy en día este patrón se sigue manteniendo de forma general. Es bastante común utilizar las diferencias en cómo hombres y mujeres distribuyen el tiempo como indicador de la igualdad, y también pueden indicar que el desigual reparto de las tareas no remuneradas entre hombres y mujeres (donde se encuentra el cuidado de hijos) respalda la brecha de género.

Esta cuestión se ha tratado frecuentemente desde la óptica de un cálculo de costes de oportunidad en el que el hombre es quien aporta el mayor ingreso y supone un menor coste económico para la unidad familiar que la mujer se encargue del trabajo no remunerado (Coverman, 1985). No obstante, el incremento del nivel de estudios de las mujeres y la consiguiente mejor posición laboral ha mejorado el poder negociador de éstas o, por otro lado, ha posibilitado la externalización de los cuidados en otra persona, que aunque alivie la carga de tareas de una determinada familia genera una  “cadena de cuidados” que en muchas ocasiones es global. La proclama al respecto lo deja muy claro: «la abuela que cuida al hijo de la madre que migró para cuidar a la hija de la madre que salió a trabajar está cansada».

A pesar de las mejoras, y aunque el tiempo dedicado por las mujeres a las tareas no remuneradas se reduce, no llega a producirse un equilibrio de dedicación a estas tareas entre hombres y mujeres. De hecho, se constata que a lo largo de los 2000 el tiempo dedicado a la crianza ha aumentado en padres y madres, pero lo ha hecho mucho más en el caso de ellas. Todo esto respalda la idea de que prevalecen normas sociales y roles de género que dificultan el reparto equitativo de las tareas remuneradas y las no remuneradas.

La tendencia en España es de una paulatina convergencia en los usos del tiempo, y la literatura hace hincapié en que esto se debe especialmente a la mayor presencia de valores igualitarios en las parejas, centrando el debate el factor cultural. En este sentido, el artículo Trends in time allocation: A cross-country analysis recalca la importancia de las normas sociales y su impacto en siete países desarrollados (Australia, Canadá, Finlandia, Francia, Países Bajos, Noruega y Reino Unido) constatando patrones más allá de contextos nacionales de mercado laboral y políticas públicas que también inciden.

Recientemente el artículo de Eckhoff y Nix ha respaldado la gran relevancia del factor cultural. Los autores usan un experimento natural en la forma de parejas lesbianas ante parejas heterosexuales para comprobar si las diferencias culturales también afectan a esta brecha de género. Y lo explican fuertemente, concluyendo que las diferencias entre parejas se deben a preferencias culturales del cuidado de los hijos entre parejas heterosexuales y lesbianas, con una pequeña contribución biológica, más pequeña de lo creído hasta ahora. En estos gráficos (ver abajo) podemos leer que las parejas de hombres homosexuales no tienen penalización salarial por tener hijos, lo que nos deja entrever que es una penalización ligada al embarazo o a la edad de los niños, ya que asumimos que la mayoría de parejas de hombres homosexuales tienen hijos mediante adopción, evitando tener que "sufrir" los primeros años de educación de los hijos, que son los más exigentes en tiempo. Por otro lado la gráfica de parejas lesbianas nos deja ver que el primer año va a tener una penalización en cualquier circunstancia, pero ellas son capaces de cerrar la brecha de género posteriormente. Esto puede ser explicado por la diferencia cultural.

Fuente: What Causes the Child Penalty? Evidence from Same Sex Couples and Policy Reforms

Además, como señalan West y Zimmerman (1987), no debe subestimarse el juego de roles e identidades que se produce en el ámbito doméstico y de cuidados, que se entiende como un espacio en el que se refuerzan los roles de género bajo la premisa de que las mujeres deben realizar la mayor parte de estos trabajos para reafirmar su feminidad mientras que los hombres no deben implicarse demasiado, ratificando así su masculinidad. Esto cobra especial sentido teniendo en cuenta el trabajo de Eckhoff y Nix sobre las parejas lesbianas, pues quizás en una pareja en que los roles de género no estén tan fuertemente marcados y no haya “nada que demostrar” cabría esperar un reparto más equitativo de las tareas de cuidados.

Además, el artículo también estudia cómo de fuertes son las dos políticas de las que hemos hablado en este artículo: la baja de paternidad y las guarderías. Concluyen que la baja de paternidad no tiene efecto alguno, y que las guarderías parecen una potente herramienta política, ya que, por cada año que el hijo se quede en la guardería, la penalización salarial por ser madre se reduce en un 25%.

A la luz de estos artículos podemos concluir que el Estado tiene en las guarderías una poderosa herramienta para reducir la brecha de género, pero reconociendo que la clave se encuentra en la actitud de las parejas. Como decía Elisa Stinus Bru, «si no se incide en el cambio del rol masculino se producirá la paradoja de tener unas generosas políticas públicas que siguen manteniendo los roles tradicionales de género», junto con las desigualdades que las acompañan.


NOTA: Libertad Gonzalez y Jorge Garcia-Hombrados en Nada es Gratis han replicado el paper de Kleven, Landais y Egholt Søgaard para España recientemente. Podeis leer su artículo aquí.


West, C., & Zimmmerman, D. H. (1987). Doing Gender. Gender & Society, 1(2), 125–151. https://doi.org/10.1177/0891243287001002002

Coverman, S. (1985), Explaining Husbands´participation in domestic Labor. Sociological Quarterly, 26: 81-97. doi:10.1111/j.1533-8525.1985.tb00217.x

Gimenez-Nadal, J.I., Sevilla, A., (2012). Trends in time allocation: A cross-country analysis. European Economic Review, Vol 56, Issue 6: 1338-1359. https://doi.org/10.1016/j.euroecorev.2012.02.011.

Anderson, P. M., Levine, P.B., (1999). Child care and mother employment decisions. Working Paper 7058 http://www.nber.org/papers/w7058

Anderson, D. J., Binder, M., Krause, K., (2002). The Motherhood Wage Penalty: Which Mothers Pay It and Why? American Economic Review. Apr 2002, Vol. 92, No. 2: Pages 354-358 https://www.jstor.org/stable/3083431

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Kleven, H., Landais, C., Egholt Søgaard, J., (2018). Children and Gender Inequality: Evidence from Denmark. NBER Working Papers 24219, National Bureau of Economic Research, Inc.

Goldin, C., (2014). A Grand Gender Convergence: Its Last Chapter. American Economic Review 2014, 104(4): 1091–1119 http://dx.doi.org/10.1257/aer.104.4.1091 1091