TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Como muestra Anthony Giddens, el discurso político está viciado del uso torticero de una serie de conceptos entre los que destaca, muy particularmente, la dicotomía progresismo-conservadurismo. Así, en muchos sentidos, opina contra el discurso dominante que la izquierda ha tendido al conservadurismo del bienestar mientras que, por contra, la derecha ha creado espacios de progresismo con aportes como el neoliberalismo. Esto tergiversa el esquema tradicional que aún nos suena familiar; de forma similar, la idea o proyecto de la Unión padece a día de hoy un gran revés en el imaginario social: del progresismo de la unión liberalizadora a la caricaturización como establishment antidemocrático.

Teniendo en cuenta este marco, se antoja que el euroescepticismo opera en una paradoja increíble: se inscribe –más o menos intensamente según el contexto– en un proyecto social progresista (la alterglobalización, o más bien antiglobalización en este caso) pero proponiendo el más conservador de los retornos (el Estado-nación). ¿Cuáles son las bases de este desplazamiento discursivo?

Una –si no la– clave está sin duda en la identidad: el eje que ha permitido que en Europa el frente cultural ahogue al frente socioeconómico ante la globalización, favoreciendo a la derecha euroescéptica (Kriesi et al., 2006). La Unión, que desde sus inicios ha progresado a pasos agigantados hacia la integración, se encuentra en la actualidad en una encrucijada crítica que ha demostrado, como suelen hacerlo los momentos difíciles, la verdadera falta de profundidad de la construcción identitaria europea, cuya máxima bandera ha sido la construcción de la ciudadanía europea. Los resultados, desde su plasmación en el Tratado de Maastricht (Preámbulo y art. 9), han resultado ser decepcionantes.  

En primer lugar, en lo que respecta a los rasgos funcionales (es decir, materiales, de provisión), como señala Bauböck (2007) la ciudadanía europea carece de contenidos sustanciales que puedan impactar en la experiencia diaria del individuo para crear una auténtica identificación. Los derechos diferenciados asociados al nivel europeo han decepcionado por tener una aplicación defectuosa, y en muchos aspectos el trato a un migrante europeo ha resultado ser el mismo que a cualquier otro (por ejemplo, la libre movilidad de los adultos está sujeta a requisitos según el país de origen, como el de tener un contrato en Alemania). Ni siquiera la provisión de la propia ciudadanía está en manos de la UE, pues depende del acceso a la ciudadanía de los Estados miembro. Por si fuera poco, la crisis financiera ha hecho que ese vacío material sea llenado por una sensación de sumisión a los criterios económicos de una élite no democrática a la que estamos atados precisamente por esa condición ciudadana europea, cuyo balance deviene pues netamente negativo para amplios sectores de la población. Todo esto ha construido el primer pilar sobre el que se ha asentado el populismo euroescéptico: una crisis de representación que ha llevado a replegarse en identidades más seguras y cercanas, rechazando estar sujetos a un tipo de ciudadanía extraña y lejana.

En segundo lugar, la encarnación europea de los valores civilizados y progresistas ha quedado oscurecida por su asociación con dos fenómenos migratorios que han generado rechazo en diferentes partes de Europa, por ser vistos precisamente como una amenaza para esa civilidad: migrantes extraeuropeos de caracterización islámica y migrantes intraeuropeos de las repúblicas exsoviéticas. Este fondo, segundo pilar del resurgimiento de la derecha populista, es tanto más comprensible si se tienen en cuenta ciertas tendencias recientes, como el creciente individualismo (Lipovetsky, 1993), la erosión de la responsabilidad colectiva como componente de la ciudadanía (Ferrera, 2014) o la sensación de primacía de la seguridad por encima de la libertad. Retomando el argumento de Kriesi, de haber triunfado en Europa el eje económico antiglobalización, es más probable que el foco se hubiese puesto no sobre la inmigración sino sobre el capital internacional, un antagonismo que podría haber sido acomodado dentro de la UE (por ejemplo, mostrando menor tolerancia hacia las grandes multinacionales, o dotando la ciudadanía europea de un carácter más social para anular el elemento euroescéptico). En cambio, la cuestión de la diversidad es fatídica porque es imposible de acomodar sin violentar los principios fundadores de la UE (libertad de movimiento, humanitarismo, etc.).

Valga un ejemplo para ilustrar esto: la igualdad de género. En la actualidad, la islamofobia patente en el discurso euroescéptico (Yilmaz, 2012) permite a la derecha una doble operación: contraponer la agenda multicultural/intercultural y la agenda de la igualdad de género (lo cual no sólo descoloca a la hegemonía europea sino también a la izquierda), y subsumir esta cuestión clave de la izquierda dentro de esa civilidad como algo ya consolidado y logrado (“la amenaza es externa, lo conveniente no es invertir en más políticas de igualdad sino expulsar el islam”). Es decir, se crea una nueva frontera de antagonismo que resitúa un significante flotante (igualdad) para mostrarlo como incompatible con las demás demandas con que otras fronteras (la izquierda) lo emparejan. Se puede ilustrar gráficamente de la siguiente manera:

Siguiendo la sintaxis común, cada círculo representa una demanda que es por un lado diferencial pero por otro unida en una cadena equivalencial por un antagonismo común (de ahí la división interna). D1 representa en este caso la demanda igualdad, que está siendo disputada entre dos fronteras de antagonismo. En caso de que venciera la cadena que quiere convertir D1 en D’1, de repente la igualdad resultaría incompatible con el interculturalismo, el internacionalismo o la diversidad (i.e. las demadnas D2, D3 y D4) (en contra del hegemónico multiculturalismo de los 90, que considera imposible la igualdad real sin la consideración hacia la diferencia); por contra, se alinearía con otras demandas como el nacional-civismo, el nacionalismo y el proteccionismo (i.e. las demandas D’2, D’3 y D’4). Si entendemos que la igualdad en términos liberales se subsume dentro de ese concepto de civilidad que se ha comentado, es fácil comprender la eficacia de la operación de la derecha euroescéptica dada la importancia crítica de tal valor para la UE: la civilidad representa en gran medida el lazo que une todas las demandas del proyecto europeo, que cabe recordar que nació como contraposición a la barbarie de la guerra (Bruter, 2005).

Por si fuera poco, también hay que tener en cuenta cómo la UE ha dejado un flanco débil en lo que se refiere a la inmigración y la diversidad cultural que ésta comporta, entendiendo por diversidad solamente la consustancial a las diferentes realidades nacionales internas, excluyendo de esa diversidad definitoria de la ciudadanía europea a todo inmigrante. La inmigración ha sido tratada, ante todo, desde la vertiente de la seguridad por la UE, cuando podría haber sido una fuente de diversidad renovadora de la identidad europea. Por eso no debería resultar chocante que se hayan aplicado soluciones como el acuerdo de externalización a Turquía de los controles migratorios, precipitada precisamente por los incidentes del Fin de Año de 2015 en Alemania.

Finalmente, sobre muchas de estas cuestiones sobrevuela con cierto grado de causalidad el hecho de que, en el presente siglo, la dirección estratégica de la UE haya primado la expansión por encima de la profundización, provocando a la vez la apertura a esas migraciones incómodas de Este y dificultando, por la dilución de los fondos, una profundización en los contenidos palpables de la ciudadanía europea y en el estrechamiento de los lazos entre europeos (para más sobre esto, véase este artículo).

A falta de proponer alternativas a este escenario, hay que tener en cuenta que este resurgimiento nacionalista es anómalo en tanto que desmiente teorías ya clásicas de la inviabilidad de la soberanía nacional en el mundo global (Cooper, 1996; Wodak, 2007); o tal vez no, y sencillamente se da el caso de que en las modernas construcciones supranacionales el nacionalismo ha encontrado un último antagonismo aprovechable que, precisamente por su preeminente negatividad, no deja de ser síntoma del agotamiento de esas identidades (Onghena, 2016). Sea como fuere, el nacionalismo parece haber encontrado precisamente lo que necesitaba: un actor externo que fuera un activo político, sobre el que poder cargar costes y a costa del cual relegitimarse popularmente.


Bauböck, R. (2007). Why European Citizenship? Normative Approaches to Supranational Union. Theoretical Inquiries in Law, Vol. 8, 2, pp. 453–488.

Bruter, M. (2005). Citizens of Europe? The emergence of a Mass European identity. Basingstoke: Palgrave Macmillan.

Cooper, R. (1996). The Post-Modern State and the World Order. London: Demos.

Ferrera, M. (2014). Solidarity in Europe after the Crisis. Constellations, Vol. 21, Nº 2.

Kriesi, H., Grande, E., Lachat, R., Dolezal, M., Bornschier, S., Frey, T. (2006). Globalisation and the transformation of the national political space: Six European countries compared. European Journal of Political Research, US.

Lipovetsky, G. (1993). Espacio privado y espacio público en la era posmoderna. Sociológica, Vol. 8, No 22 (mayo-agosto).

Onghena, Y. (2016). ¿Existe la identidad europea? Opinión, Nº 376, CIDOB.

Wodak, R. (2007). Doing Europe: The discursive construction of European identities. En RCM Mole, Discursive Constructions of Identity in European Politics, Basingstoke: Palgrave Macmillan, pp. 70-94.

Yilmaz, F. (2012). Right-wing hegemony and immigration: How the populist far-right achieved hegemony through the immigration debate in Europe. Current Sociology, 60 (3), 368-381.