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Las elecciones británicas, en clave Brexit

Publicado originalmente en Bez.

Ante un terremoto, como dice Laclau, uno puede ver tanto un fenómeno natural como una expresión de ira divina. Lo mismo podría decirse del brexit: los ciudadanos británicos votaron por la salida, pero las formas de comprenderla o llevarla a cabo son extremadamente amplias y confusas.

Brexit es el enorme significante vacío que hoy inunda la política británica, asfixiándola con incertidumbres que no serán resueltas hasta que se le dote de contenido a través de las negociaciones. Y estas dependerán, a su vez, del resultado de las elecciones generales del próximo 8 de junio. Estas determinarán que acabe siendo visto como una reconquista de soberanía o como una deriva aislacionista. Dicho lo cual, cabe analizar cómo cada partido ha encajado el brexit en su campaña, articulándolo en su discurso para casarlo con sus intereses electorales.

Unas elecciones a medida

Empecemos por los conservadores, árbitros indiscutibles del momento. Pasada la sangría interna tras el hundimiento de Cameron, el partido está más unido que nunca y se impone un relato de consignas cómodas: el brexit como reafirmación soberanista frente a la tecnocracia ilegítima de Bruselas ("recuperemos el control"). En este sentido, el brexit se significa ante todo de forma identitaria, marcando el regreso de la identity politics como estrategia de transversalización electoral.

Se coloca así en el tablero una cuestión genuinamente británica que permite ahora al conservadurismo (tradicionalmente estigmatizado por su focalización inglesa) aspirar a una nueva hegemonía, barriendo al UKIP por debajo del 5% de intención de voto (el brexit fue su cima y su tumba) y traspasando los estancados clivajes nacionalistas (un ejemplo es el buen trabajo de Ruth Davidson, que ha puesto en apuros al nacionalismo en Escocia). Y la consigna electoral intrapartido parece no ser más que reiterar hasta la saciedad la dureza y la convicción con que se va a confrontar la negociación del brexit, llegando incluso a declarar Boris Johnson, secretario de Exteriores, que tal vez «sea la UE la que tenga que pagar la cuenta del brexit, y no al revés». Esta línea agresiva recrudece las perspectivas de un acuerdo favorable para los británicos, pues son ellos quienes tienen más que perder; lo cual desmiente una falacia muy extendida: más fuerza electoral no implica necesariamente más fuerza negociadora, sino que puede incluso darse una relación inversa entre ambas variables cuando quien tiene la fuerza electoral radicaliza su discurso anti-UE. Pero la realidad es que esta radicalización se capitaliza bien electoralmente.

Los datos corroboraban la decisión de May a principios de mayo: estaban a la cabeza en intención de voto en Gales y presentaban un sólido ascenso en Escocia, acariciando el 30% en intención de voto y coincidiendo con un mínimo índice de apoyo (de un 26%, según datos recientes del Telegraph) al nuevo referéndum independentista que se quería promover. El objetivo es claro: emplear la lanza identitaria de la reafirmación soberana para recuperar la cima hegemónica del simbólico 40% de voto popular (la última vez que esto ocurrió fue hace veinte años, coincidiendo con el momento álgido de la hegemonía laborista de Blair, y no hace más que indicar una alternancia pendular en la que ahora las identidades de clase se ven sobrepasadas por otras de carácter nacional).

Aunque las distancias con los laboristas se han reducido considerablemente a lo largo de la campaña, los conservadores siguen oscilando cómodamente en las encuestas en torno al 45%, además de registrar en las estadísticas periódicas de UK Data resultados excelentes en los índices clave de liderazgo y competencia económica. La necesidad de ajustar el ciclo electoral al ciclo del brexit (antes, la salida previsible en 2019 hubiese tenido un impacto cortoplacista en las generales de 2020) fue la excusa perfecta para aprovechar vientos favorables a las puertas de unos años decisivos.

La difícil tesitura de la oposición

Frente a esta hábil construcción hegemónica, las circunstancias del resto de partidos son difíciles. Para empezar, se hace evidente que ninguno puede permitirse ser el partido de la permanencia. Como se refleja en las últimas estadísticas de YouGov, es un error creer que existe un movimiento o bloque electoral en ese 48% que votó por la permanencia: a día de hoy, solamente un 21% de ciudadanos se declara favorable a detener el brexit, y el 52% apoya la postura de la primera ministra acerca de cómo afrontar las negociaciones. Todos se van a ver obligados a jugar en la arena post-brexit y a articular en esta un discurso convincente.

En esta tesitura, cabe tener en cuenta que el partido laborista arrastra ya varios años de de caída a causa de una crisis bicéfala muy similar a las de muchos otros partidos socialdemócratas: ideológica y de liderazgos. Esto, a su vez, influyó decisivamente en la tibieza con que el partido encaró la campaña contra el brexit, aunque tal vez ahora el poco disimulado euroescepticismo de Corbyn pueda ser una baza favorable, ya que una mayoría significativa de las circunscripciones laboristas votaron a favor del brexit (como muestra el gráfico, basado en un estudio del profesor Hanretty que ha agregado los datos por municipios para aproximarlos a las circunscripciones parlamentarias).

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Además, hay otra circunstancia que, aunque a priori sea desafortunada, puede jugar a favor del laborismo en unas condiciones tan complejas: nadie espera ver a Jeremy Corbyn como primer ministro. Y eso es bueno por dos razones: primero, porque despersonaliza la campaña, lo cual es positivo teniendo en cuenta los bajísimos índices de aprobación que tiene el líder laborista actualmente (según una encuesta de Ashcroft a cerca de 10.000 votantes, solamente el 18% cree que sería un buen primer ministro, frente al 55% que se registra para Theresa May); y segundo, porque permite que se venda exclusivamente como partido de oposición, pudiendo apelar con su postura crítica a todos aquellos votantes que quieran un contrapeso parlamentario que rebaje la dureza del Gobierno en las negociaciones con la UE, independientemente de si apoyan o no la salida.

Teniendo en cuenta que poco nuevo se puede esperar de unos competidores minoritarios que se han estancado (la cuota nacionalista del SNP en Westminster ya ha llegado a su máximo sin mayores consecuencias, y el partido liberaldemócrata no ha conseguido capitalizar su éxito en la circunscripción de Copeland en febrero), las circunstancias apuntan a la posibilidad factible de un efecto rebote (algo que ya ocurrió en 1983 y 2010, y que ya registran las encuestas) si el partido laborista consigue jugar a dos bandas como la única forma viable de contrarrestar la política identitaria conservadora (tratando de disputar la legitimidad que la primera ministra se arroga a la hora de hablar en nombre de la nación, como ha reivindicado el laborista Keir Starmer).

Consecuentemente, la estrategia ha consistido en defender un programa centrado en un discurso eminentemente social, antirrecortes y con propuestas muy atractivas (renacionalización de la industria del agua, subidas impositivas, descongelación de ayudas públicas a la vivienda y la discapacidad...), para significar el brexit sin entrar en el juego identitario (evitando reconocerlo como una reconquista de soberanía) y proyectándolo en cambio como una herramienta potencial del conservadurismo para rebajar los estándares sociales y laborales más allá de las barreras de la UE (atacando los controvertidos recortes que recoge su programa, que tocan cuestiones muy sensibles, como el gasto social en el tramo de tercera edad).

Las consecuencias de la campaña

En definitiva, el brexit es la punta de lanza de una reconstrucción hegemónica del conservadurismo, nacida (irónicamente) del fracaso que llevó a la destitución de David Cameron. Y es que May ha sabido tomar el pulso al momento actual mejor que su antecesor: la gente no votó el brexit pensando en el cálculo de costes y beneficios que Cameron quería vender como argumento tecnocrático aplastante, sino que ya se manifestaba una tendencia hacia la política identitaria, votando en función del qué queremos ser, más allá incluso de ideologías e intereses concretos. Y esto es lo que explota ahora el nuevo discurso conservador.

No obstante, la campaña no ha sido favorable a sus intereses: según el Telegraph, las distancias con los laboristas se han reducido de cerca de 17 puntos porcentuales a menos de 10 en el último mes. Aunque parece poco probable que los conservadores no consigan su objetivo de superar el 40%, los datos son significativos e incluso dramáticos en algunas regiones (en Gales las encuestas han dado un vuelco, situando al partido laborista diez puntos por delante), apuntando incluso a la posibilidad de que el resultado sea peor al de 2015 (pues ni siquiera el atentado de Manchester ha roto esta tendencia, e incluso parece que el de Londres pueda perjudicar directamente al Gobierno, algo reflejado en la urgencia que ha sentido la primera ministra por endurecer su discurso).

¿Qué explicación puede encontrarse? Si bien las condiciones de partida para los conservadores eran extremadamente favorables, parece que la estrategia del partido laborista ha funcionado, desvelando la cara oculta del adelanto electoral: la necesidad de consolidar una mayoría antes de que los malos datos económicos actuales (reducción del output industrial, ensanchamiento del déficit comercial y reducción salarial generalizada) se solapen con el multiplicador negativo del efecto brexit (una combinación de ciclo recesivo y convulsión que, según un informe de la LSE, podría tener consecuencias desastrosas si el brexit se lleva a cabo con la firmeza con que pretende la primera ministra). Exponer esta realidad, que parecía haberse eclipsado tras el relato identitario post-brexit, puede entenderse como un resultado directo de la estrategia del laborismo, consiguiendo un giro significativo en las encuestas que está por verse si se confirma el próximo día 8 de junio, y que demostraría, de ser así, que las identidades sociales y de clase tienen aún mucho recorrido frente al populismo nacionalista en el Reino Unido.

Roni Kuppers

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

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