TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Esta ola dorada del feminismo que vivimos desde hace un par de años no solo ha arrastrado hasta nuestras orillas nuevas movilizaciones sociales, cambios legales y políticos o una renovada inspiración para las artes. También nos ha traído nuevas palabras, y a este respecto una de las más famosas y recientes incorporaciones a nuestro vocabulario es el empoderamiento.

No obstante, para las que somos carne de cañón para el marketing del empoderamiento, a menudo nos resulta complicado discernir qué nos puede empoderar. Algunas de las cosas que, según me han contado últimamente, deberían hacerme sentir empoderada, son: llevar tacones, ser Miley Cyrus, enviar fotos desnuda, recibir fotos desnuda, no querer enviarlas ni recibirlas, ser feminista, no ser feminista… Y la lista aumenta cada vez que abrimos el ordenador, encendemos el televisor, leemos revistas o hablamos con ciertas personas.

Parece pues que, aunque las mujeres aún suframos cuantiosa discriminación en temas como la brecha salarial, la violencia de género o incluso el aborto, nunca antes había sido tan fácil sentirse empoderada. Prácticamente todo lo que una mujer hace ha sido descrito en algún momento como empoderador, vaciando a la palabra de su significado y llenando ese vacío con una mezcla de feminismo diluido, cultura celebrity y publicidad millenial.

El debate político actual nos ha permitido asisitir en primera línea a la desaparición gradual del significado de muchas palabras como un reflejo, quizá, de la pérdida de puntos de encuentro e identidad propios. Los diferentes participantes del espacio público que se han apropiado y abusado de ciertas palabras con el propósito de redefinirlas han terminado robándoles el significado original. Si bien esto es una consecuencia natural de la democracia e ilustra la idea de que el lenguaje no sólo plasma la realidad, sino que también la construye, tenemos asimismo que tener en cuenta que solo mediante un entendimiento común se puede avanzar en el discurso público. Precisamente por eso, y si queremos avanzar en el feminismo, debemos desenterrar el significado del empoderamiento.

El término en cuestión, aunque deriva de nociones ya existentes en la sociología, no se acuñó hasta los años 70. Su predecesora, la palabra concienciación, fue introducida por el académico brasileño Paulo Freire para denominar al proceso por el que una persona oprimida percibe las condiciones estructurales de su opresión y esto, en consecuencia, le alienta a luchar contra sus opresores. En la década siguiente, la educadora Barbara Bryant Solomon usó por primera vez la palabra empowerment («empoderamiento») en sus escritos sobre la comunidad afroamericana, en los que alentaba a sus lectores a rechazar el paternalismo y solucionar sus propios problemas. Con el tiempo, la definición de este concepto ha ido perfilándose tanto en la academia como más recientemente en organismos internacionales como las Naciones Unidas o el Banco Mundial. No obstante, el significado inicial que describía el proceso por el cual un grupo oprimido se hace consciente de su discriminación estructural y decide actuar en defensa de la justicia social se ha mantenido constante en todas estas definiciones.

Sin embargo, la tendencia neoliberal de las últimas décadas se ha infiltrado también en este término, centrando su definición en el nivel micro en vez de en el macro y enfatizando casi exclusivamente el plano individual. Esta reducción de la palabra al cambio de comportamiento del individuo, que tan claramente contradice el enfoque colectivo anterior, propone el desarrollo de ciertos atributos propios en pos de la realización personal.

En los 80 y los 90 el colectivo feminista utilizaba el empoderamiento para referirse a mujeres, generalmente del tercer mundo, viviendo diferentes tipos de opresión. Se consideraba una palabra radical, que casi incitaba a la revolución. En las dos últimas décadas, al apropiarse la sociedad del consumo del término, éste dejó de referirse a que un colectivo discriminado retomase poder, sino a que una mujer individual mejorase su propia vida. El problema central con esta nueva e imperante idea es que para empoderarnos ya ni siquiera tenemos que participar en actividades políticas o acciones colectivas. Podemos encontrar el empoderamiento en el fondo de un bolso de marca, o en la cima de unos tacones caros.

Este feminismo comercializado y consumista made in “Sexo en Nueva York” sugiere que cualquier decisión que tomemos, y sobre todo si ésta implica el consumo, nos empodera. Nuestra capacidad de elegir parece por lo tanto inherentemente feminista, lo que a su vez hace inherentemente antifeminista juzgarnos por nuestras decisiones. Al afirmarnos tan fácilmente como personas empoderadas, cualquiera que critique nuestras acciones se convierte en opresor. Siguiendo esa máxima neoliberal del culto a la libre elección de los individuos, se etiqueta como empoderador y feminista cualquier acto que decidamos tomar, porque you go, girl!

Así, si Kim Kardashian tuitea una foto desnuda está «empoderándose a través de su sexualidad». Incluso personajes tan alejados del movimiento feminista como Margaret Thatcher o Monica Lewinsky han sido consideradas por muchos como mujeres “empoderadas”. Por ello es más importante que nunca recordar que, si bien la capacidad de poder elegir es feminista, la elección no tiene por qué serlo.

No vamos a liberarnos de nuestra discriminación por llevar tacones de marca, ni podemos comprar nuestro empoderamiento mientras las relaciones de poder se mantengan intactas. Debemos desafiarlas; reconquistar la definición original del empoderamiento y ser conscientes de que la desigualdad es estructural, no individual.

La gran ironía del empoderamiento actual no solo reside en que mediante la pérdida de su significado se ha convertido en una palabra “desempoderadora”, sino en que son precisamente las personas que dicen sentirse o necesitar ser empoderadas las que menos poder necesitan. Las mujeres a las que se les oferta el empoderamiento son aquellas que ya poseen privilegios: mujeres de mediana edad, blancas, educadas, de clase media y con ingresos disponibles. Solo aquellas que tienen cierto poder pueden sentirse empoderadas a través de lencería. Las que hablan de empoderamiento son las que ya lo han alcanzado, lo cual lo convierte en una palabra más cercana al narcisismo que al feminismo, y roba el término a aquellas mujeres que más lo necesitan.

Durante la promoción de un perfume de lujo, Gwyneth Paltrow declaraba recientemente que para ella “el camino más claro y directo hacia el empoderamiento es ser verdaderamente fiel a una misma”. Olvida la violencia de género, la desigualdad salarial, los prejuicios de género: simplemente conócete a ti misma. ¿Sientes el empoderamiento?